REFLEXIONES  

17 - Febrero

6º DOMINGO

TIEMPO ORDINARIO

 
"Dichosos... Pero , ¡ay de vosotros...!

 

 


 

REFLEXIÓN 1

"YO NO SOY TONTO"

Ser pobre o ser rico; tener hambre o tener una despensa bien provista; el sufrimiento, la tristeza o la alegría de la fiesta, aun de la juerga y la francachela; el ser bien visto, alabado, felicitado, a cualquier precio, o el ser perseguido a causa del Señor.

La primera respuesta, aun de muchos cristianos, sería: es de tontos no querer la riqueza, tener la despensa bien provista, la fiesta y la alegría, las alabanzas y el buen nombre.

Y muchos, que no quieren ser "tontos", se afanan por conseguir las riquezas; el dinero y las cosas materiales que proporciona, se ha convertido en una obsesión; hay algunos que ya no miran cómo lo consiguen: vendiéndose, estafando, con corruptelas, aprovechándose de su puesto y de los que tienen por debajo... Tengo dinero, soy feliz.

Y muchos, que no quieren ser "tontos", viven tirando lo que otros necesitan. Mesas bien repletas, recetas de grandes cocineros..., siempre con problemas de peso y de cintura. No importa que a su puerta estén los pobres Lázaros. Comamos y bebamos que mañana moriremos.

Y muchos, que no quieren ser "tontos", aunque no haya motivos para la alegría, hay que fingirla: se confunde la alegría con la risotada y la vida hecha un carnaval.

Y los que, para no ser "tontos", se venden, venden sus conciencias por una alabanza, por un puesto, buscando privilegios y reverencias. No importa, si hay que cambiar de chaqueta, se cambia; lo importante es estar arriba.

¿Y quién no estamos de una manera u otra en esta dinámica?

A veces se piensa: Si son dichosos los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, los perseguidos a causa del Señor, ¿para qué preocuparnos de ellos?; que se preocupe Dios.

Y Dios se preocupa: ellos serán los primeros en su reino en el "más allá".

Y en el "más acá", también se preocupa, a través de la mediación humana, que es la que suele fallar, echando después las culpas a Dios.

Si Dios ha hecho una opción preferencial por los pobres, los que pasan hambre, los que lloran, los perseguidos a causa de Jesucristo, ¿por qué los que nos decimos cristianos estamos tan apegados a las cosas materiales, que nos esclavizan, especialmente el dinero?, ¿por qué ese rechazo del dolor, del sufrimiento, de todo lo que cuesta esfuerzo?, ¿por qué permitimos, sin rebelarnos, un mundo de pocos inmensamente ricos y muchos inmensamente pobres, un mundo de injusticias, guerras y violencias y los sufrimientos que conllevan?, ¿por qué en lugar de denunciar evangélicamente, con hechos y palabras, el pecado de la sociedad, nos sentamos en las poltronas y lo consentimos todo?

Tal vez es que tenemos miedo a complicarnos la vida; no acabamos de creer en las bienaventuranzas.

Pidamos en la Eucaristía que el Señor nos dé su fuerza para ser auténticos testigos.

 

 

 

REFLEXIÓN  2

" FELICIDAD AMENAZADA "

Ay de vosotros los ricos...

Occidente no ha querido creer en el amor como fuente de vida y felicidad para el hombre  y la sociedad. Y las bienaventuranzas de Jesús siguen siendo un lenguaje ininteligible e  increíble, incluso para los que se llaman cristianos.

Nosotros hemos puesto la felicidad en otras cosas. Hemos llegado, incluso, a confundir la  felicidad con el bienestar. Y, aunque son pocos los que se atreven a confesarlo  abiertamente, para muchos lo decisivo para ser feliz es «tener dinero».

Apenas tienen otro proyecto de vida. Trabajar para tener dinero. Tener dinero para  comprar cosas. Poseer cosas para adquirir una posición y ser algo en la sociedad. Esta es la felicidad en la que creemos. El único camino que se nos ocurre recorrer para  buscar la felicidad. Casi la única manera de llegar a «vivir mejor».

A veces, tiene uno la sensación de vivir en un mundo que, en el fondo, sabe que algo  absurdo se encierra en todo esto, pero no es capaz de buscar una felicidad más verdadera.  De alguna manera, nos gusta nuestra manera de vivir aunque sintamos que no nos hace  felices.

Los creyentes deberíamos recordar que Jesús no ha hablado sólo de bienaventuranzas.  Ha lanzado también amenazadoras maldiciones para cuantos, olvidando la llamada del  amor y la fraternidad, ríen seguros en su propio bienestar.

Esta es la amenaza de Jesús. Quienes poseen y disfrutan de todo cuanto su corazón  egoísta ha anhelado, un día descubrirán que no hay para ellos más felicidad que la que ya  han saboreado.

Quizás estamos viviendo momentos críticos en los que podemos empezar a intuir mejor la  verdad última que se encierra en las amenazas de Jesús: «¡Ay de vosotros, los ricos,  porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque  tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque lloraréis!».

Empezamos a experimentar que la felicidad no está en el puro bienestar. La civilización  de la abundancia nos ha ofrecido medios de vida pero no razones para vivir. La  insatisfacción actual de muchos no se debe sólo ni principalmente a la crisis económica,  sino, ante todo, al vacío de humanidad y a la crisis de auténticos motivos para trabajar,  luchar, gozar, sufrir y esperar.

Hay poca gente feliz. Hemos aprendido muchas cosas, pero no sabemos ser felices.  Necesitamos de tantas cosas que somos unos pobres necesitados. Para lograr nuestro  bienestar somos capaces de mentir, defraudar, traicionarnos a nosotros mismos y  destrozarnos unos a otros. Y así, no se puede ser feliz.

Y, ¿si Jesús tuviera razón? No está nuestra «felicidad» demasiado amenazada? ¿No  tenemos que imaginar una sociedad diferente cuyo ideal no sea el desarrollo material sin  fin, sino la satisfacción de las necesidades vitales de todos? ¿No seremos más felices  cuando aprendamos a necesitar menos y a compartir más? 

JOSE ANTONIO PAGOLA
BUENAS NOTICIAS
(mercabá)

 

 

 

 

REFLEXIÓN  3

"BENDITO EL HOMBRE" 

¿Existe alguien que no busque la felicidad? Las bienaventuranzas de Lucas -precedidas  de la bendición de Jeremías (1a. lectura)- nos abren el camino de la felicidad para el  discípulo de Jesús, que coinciden con la bendición -el bien que Dios nos da- que tan  poéticamente nos describe el profeta del AT. y el salmo 1.

Parece que en Lucas las cuatro bienaventuranzas se presentan en su forma más  primitiva y directa: están dirigidas a "vosotros", a los seguidores de Jesús. Fijémonos en el  "ahora" y en "el día de mañana".

Ahora son felices los pobres, los hambrientos, los que lloran, los perseguidos. El día de  mañana, el día de la plenitud poseerán el Reino, serán saciados, recompensados, estarán  sonrientes.

La redacción tan primitiva -Mateo ya desarrolla más la idea- queda muy abierta. En la  homilía deberá explicarse quién es pobre, en qué consiste tener hambre, llorar, por qué al  discípulo de Jesús le sobrevienen odios, ofensas, denigraciones.

La referencia al día de mañana nunca puede hacerse solamente en un sentido "celestial",  alienador. Ya ahora son verdaderamente felices los que en el día venidero van a poseer el  Reino: porque el Reino de Dios está ya ahora en nosotros: si somos pobres, si tenemos  hambre, si lloramos, si somos perseguidos por causa del Hijo del hombre.

- MALDITO EL HOMBRE. 

Nadie busca la infelicidad, la maldición, el ay. Es altamente aleccionador que el nuevo  leccionario nos presente las cuatro maldiciones, los cuatro "ayes" de Lucas, de modo  paralelo a las cuatro felicidades.

En la homilía debe fijarse la atención de la gente en esto: el Evangelio da la vuelta a los  valores del mundo, de nuestra sociedad. Según el pensamiento común del mundo tienen la  felicidad aquellos que el Evangelio maldice. Lucas es un evangelista muy "radical", va a las  raíces -sin compromisos- del seguimiento del Señor. Debemos darnos cuenta de ello,  porque el cristiano debe saber, debe vivir que ni la riqueza, ni la saciedad, ni el placer, ni la  buena estampa publicitaria dan la verdadera felicidad aquí y en el más allá.

- NUESTRA ESPERANZA VA MAS ALLÁ. 

He dicho ya que la homilía de hoy no puede ser alienadora: sería traicionar el sentido  profundo de las bienaventuranzas y de todo el Evangelio. Pero "nuestra esperanza en  Cristo no acaba con esta vida".

Nos lo predica san Pablo en la segunda lectura. No estamos sumergidos en el pecado,  en la maldición; de todo esto nos ha liberado Cristo con su resurrección. El es el primer  resucitado: después de él, también nosotros vamos a resucitar. Así, en Cristo resucitado  poseemos ya desde ahora la felicidad: lo celebramos en la Eucaristía. En ella proclamamos  nuestra fe, que tiene un objeto: afirmar que Cristo ha resucitado, que vive entre nosotros,  que nosotros somos felices ahora y en el más allá porque en Cristo hemos resucitado ya. 

PERE LLABRÉS