REFLEXIONES  

3 - Noviembre

31º DOMINGO

TIEMPO ORDINARIO


"

"También este es hijo de Abraham"

 

 


 

REFLEXIÓN 1

CREO EN UN SOLO DIOS... 
       CREO EN EL PERDÓN DE LOS PECADOS.

A lo largo de la historia cuántas personas han estado interesadas en excluir a Dios del mundo, ya sea negando su existencia, ya sea relegándolo a lo íntimo de la persona, sin que salga; hoy, considerándolo como algo residual.

Y, sin Dios, surgen los ídolos, personas, cosas, ideologías.... en las que ponemos toda nuestra confianza; tanto, que las convertimos en el absoluto, como Dios.

No podemos encandilarnos y echarnos en brazos de quienes nos prometen y prometen y luego no dan; no podemos poner nuestra esperanza en las cuatro cosas que tenemos, como si fueran un ancla segura para siempre; no podemos dejarnos llevar por ideas que se presentan muy bonitas y, después, se quedan en palabras vacías de contenido.

Dios no es una idea o una teoría más; Dios es una realidad. Cuántas veces hemos sentido su presencia, su cercanía, su cariño. Es verdad, también, que, muchas veces, actúa por mediaciones: personas, cosas, acontecimientos, que nos cuestan entender.

La Sagrada Escritura es testimonio de esa presencia y cercanía de Dios a los hombres.

El libro de Sabiduría nos lo ha presentado como el creador de todo; ante Él somos muy poca cosa: "grano de arena en la balanza", "gota de rocío mañanero"; pero, también la Escritura, como notaria de la vida del pueblo de Israel y del nuevo pueblo de Dios, nos presenta a un Dios cercano: un Dios que ama todo lo creado, que sostiene todo lo que existe, que cierra los ojos a los pecados de los hombres para darles tiempo al arrepentimiento, que ha dejado su "soplo incorruptible" en sus criaturas para que vivan con él para siempre.

Creer en Dios no es esclavitud sino libertad; creer en Dios es estar llenos de vida, porque el Señor es "amante de la vida"; creer en Dios es tener una mano amiga que comprende nuestra debilidad y pecado y sufre con nosotros.

Creer en Dios significa sentirnos inmersos en él. Como decía San Pablo: "En él vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 27).

Pero Dios respeta nuestra libertad de estar en él o de marchar por otros caminos; de aceptar su revelación en la historia o de rechazarla.

Zaqueo que, para sus paisanos, ha dejado a Dios para hacer del dinero y la traición a su pueblo y a su Dios, su vida, siente deseos de ver a Jesús. Eso ha bastado para que Jesús se invite a ir a su casa. El escándalo está servido: aquel que dicen que es el Mesías de Dios, en casa de un pecador.

Pero ese deseo ha llevado la salvación a Zaqueo y a su casa. Después vendrá el cambio de vida: dar la mitad de sus bienes a los pobres y resarcir a quienes ha engañado dándoles cuatro veces más.

Dios no es un castigador; ha venido a salvar lo que estaba perdido. Dios no está para quitar la autonomía del hombre en la marcha de la creación. Él se la dio: "Creced y multiplicaos, dominad la tierra y sometedla" (Gn 1, 28). Dios está ahí para que no la destrocemos, para que no nos destrocemos.

Hagamos nuestros los sentimientos del salmo responsorial que hemos proclamado hoy. Anunciemos con el salmista que Dios es clemente y misericordioso, bueno con todos, fiel, apoyo de los que van a caer y, con él, digámosle: "Día tras día te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás", "Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles".

 

 

 

REFLEXIÓN  2

ZAQUEO 

-Zaqueo, ¿un hombre rico que se convierte?

Una vez más Jesús se acerca a los pecadores y a los marginados de la buena sociedad y comprueba que son precisamente éstos los que mejor reciben el Evangelio. La conversión de Zaqueo es admirable y constituye desde el punto de vista de la fe, un verdadero milagro de la gracia de Dios.

Porque Zaqueo era un hombre rico, y Jesús había dicho que "es más fácil que un camello pase..." Aunque también había dicho que "lo que es imposible para los..." (Lc 18. 25-27). Con todo, hay que advertir también que Zaqueo no era lo que se dice un rico en todos los aspectos. Le faltaba rango y categoría social, pues era un publicano. Pertenecía, por lo tanto, a uno de los grupos marginados de Israel, lo mismo que los samaritanos, y era considerado por todo el pueblo como un pecador público.

Zaqueo no podía esperar, en consecuencia, que el profeta de Nazaret se hospedara en su casa, ni siquiera se atrevía a mezclarse con los seguidores de Jesús y tenía que contentarse viéndolo pasar, con un poco de suerte, por debajo de la higuera a la que se había subido. Pero Zaqueo, al pensar de esta manera, se equivocaba, ignorando que su condición de marginado era justamente lo que le hacía a los ojos de Jesús destinatario del evangelio.

Lo malo para entrar en el Reino de Dios no es sólo la riqueza, sino especialmente, la "buena conciencia" que tienen los ricos en general. Lo malo es que los ricos están además satisfechos de la vida y de su vida, satisfechos de su riqueza y de sus limosnas, llegando a pensar que aquélla es una bendición del cielo y una ocasión que Dios concede a los buenos para que sean todavía mejores. En cuyo supuesto, los ricos se bastan y se justifican a sí mismos, haciéndose impermeables al anuncio y a la denuncia del evangelio y ajenos al reinado de Dios y su justicia. La ventaja de Zaqueo frente a estos ricos, respetados en la sociedad, es que él no halla nada y a nadie que pueda justificar su riqueza. La marginación que padece le ayuda a no falsificar su conciencia, engañándose a sí mismo y teniéndose por un bendito de Dios. Considerado por todos como un pecador público, Zaqueo no se tiene a sí mismo por justo.

-La conversión de Zaqueo es ejemplar, porque es eficaz y realista. Zaqueo no es un rico que, de pronto, se haga pobre en espíritu, cambie sólo sus sentimientos y no su condición. Más bien se trata ya de un pobre de espíritu, de un hombre que conoce su propia miseria espiritual, y que se hace pobre de verdad, repartiendo su hacienda a los pobres y devolviendo con creces lo que había robado. No se limita a dar señales de buen corazón, no hace limosnas sino justicia. Y con esto satisface a todo el mundo y no tranquiliza solamente su conciencia. El realismo de la conversión de Zaqueo descubre la hipocresía de tantas confesiones rutinarias que no tienen en absoluto repercusión alguna en las relaciones con los demás, como si todas las cuentas a saldar fueran cuentas del alma con Dios o simples deudas "espirituales".

-El gozo de la conversión. La conversión es la respuesta a la Buena Noticia, lo mismo que la fe. Es, por lo tanto, o debiera ser en cualquier caso, una respuesta gozosa. Zaqueo hace lo que debe y responde gozosamente al evangelio. Su decisión se enmarca seguramente en una comida de fiesta, a la que se ha invitado Jesús. Podemos afirmar que aquello fue como una eucaristía y que toda eucaristía es un banquete en el que Jesús, el Señor, se sienta a comer con los pecadores.

En efecto, la eucaristía es una fiesta de reconciliación. No sólo de los hombres con Dios por medio de J.C., su enviado, sino también de todos los hombres en J.C., que es el hermano universal. Si la fracción del pan es el símbolo del amor y de la convivencia fraterna, el vino es el símbolo de la fiesta que celebra dicha convivencia. Si el pan es la vida compartida, el vino es la abundancia de la vida que Jesús ha venido a traer a la tierra.

EUCARISTÍA
         (mercabá)

 

 

 

REFLEXIÓN  3

SALVAR LO QUE ESTABA PERDIDO

Jesús atravesaba la ciudad de Jericó. En esto, un hombre llamado Zaqueo, que era «El jefe de los Recaudadores de impuestos romanos» y muy rico... Una vez más Lucas es el único evangelista que nos aporta esta página... con ella ilustra un tema que le es particularmente muy querido: la conversión de los pecadores. En esos últimos Kms. de la «subida a Jerusalén», le agrada a Lucas contarnos esa conversión: es un caso verdaderamente difícil, y considerado desesperado. «El Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido.»

«¡El jefe de los Recaudadores de impuestos Romanos!» Un hombre odiado entre todos: ¡el que colaboraba con el ejército de ocupación, el que se comprometía con los paganos idólatras, el que oprimía al pueblo sencillo enriqueciéndose a cargo de la gente humilde, el que sacaba provecho de asuntos injustos, el que hacía ostentación de su riqueza y de su lujo... el jefe de los «publicanos» de Jericó, ciudad aduanera en la que los arbitrios de las caravanas procedentes de Arabia debían dejar bonitos dividendos!

Para todo el mundo, y sobre todo para los fariseos, ese «Zaqueo» era el hombre al que había que abatir, ¡el pecador definitivamente «perdido», podrido!

-Trataba de distinguir quien era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Se adelantó corriendo y se subió a una higuera para ver a Jesús que tenía que pasar por allí. Quiere «ver». Este hombre, cuya vida está corroída por el dinero, está insatisfecho. Y tiene que superar varios obstáculos. La gente le estorba; no teme parecer ridículo. A toda costa quiere establecer «contacto» con Jesús. Sin que le preocupe su dignidad de jefe de la Tesorería, ¡se sube a un árbol, ante las miradas irónicas de los que le conocen!

-Levantó Jesús la vista y le dijo: "¡Zaqueo!... Baja en seguida: Hoy tengo que alojarme en tu casa!". El bajó en seguida y lo recibió muy contento. Hay que permanecer unos minutos imaginando toda esta escena, tan concreta, tan llena de vida y de movimiento: los pasos... las interpelaciones... los gestos... los rostros... la «alegría»... Jesús hubiera podido dejarle encaramado en su higuera y continuar su camino. Hubiera podido alojarse en casa de alguien más honorable. Al tomar la iniciativa Jesús sabe que está haciendo algo inusitado: un judío piadoso no debiera compartir la mesa de un «publicano» (Lucas 15, 2; 5, 30).

-Al ver aquello todos murmuraban: «¡Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador!" Jesús, que ha pedido que no se den escándalos (Lucas, 17, 1-3) él mismo no duda en escandalizar alguna vez con actitudes no conformes a la opinión corriente de su época. Había dicho un día: «Feliz el que no se escandaliza de mí». (Lucas, 7, 23); ¡Jesús es «salvador» hasta lo chocante!

-Zaqueo se puso en pie y le dijo al Señor: "¡Mira! la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si a alguien le he sacado dinero se lo restituiré cuatro veces." Sin comentario. Vuelvo a leer despacio, varias veces, esas palabras.

-Jesús le contestó: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abraham. En efecto el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.» Con frecuencia Lucas notó el DÍA de HOY de la salvación: (Lucas, 2, 11; 3, 22; 5, 26; 13, 32; 19, 9; 23, 43). En el DÍA de HOY Dios quiere salvarme. Esta página es absolutamente ejemplar: se ha visto en ella la pobreza del pecador, su cooperación libre por el deseo de salir de ella, la iniciativa divina, la comida de Jesús con los pecadores, la alegría del perdón. el corazón nuevo y transformado..

NOEL QUESSON
      
(mercabá)