REFLEXIONES  

29- Septiembre

26º DOMINGO

TIEMPO ORDINARIO


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"" Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino..."
"Un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal...""

 

 


 

REFLEXIÓN 1

CEGADOS POR LAS RIQUEZAS

Hay personas que han hecho de las riquezas su proyecto de vida. Toda su preocupación, todos sus esfuerzos, todo lo que hacen, es para ganar dinero y, con él, todo lo que se puede adquirir.

Hay riquezas que son fruto del trabajo honrado, del tesón, del ahorro, de la buena administración...; esas riquezas no se hacen en poco tiempo. Muchas personas buscan las riquezas por el camino corto. Enriquecerse enseguida, no importan los medios empleados: engaños, extorsiones, destrucción de la salud de los demás, venta de las intimidades de "tele" en "tele"... Y es que el dinero proporciona lujos: casas, coches, barcos, fiestas, todo tipo de cosas deseables...

Encerrados en sus lujos, a muchos les pasa lo que al rico de la parábola del evangelio: no se dan cuenta de la presencia de Lázaro, el mendigo pobre. Más aún les es de mal gusto que a la hora de la comida la televisión les muestre las miserias y los sufrimientos del mundo.

A parte de estos ricos hay otros, que son mayoría: los ricos por envidia. No tienen nada, pero lo ansían todo. De tanto mirar y desear a los ricos, también se olvidan de los que estás detrás de ellos.

La riqueza en sí no es buena ni mala. Es buena o mala la manera como se ha adquirido y es bueno o malo el uso que hacemos de ella. Si se ha adquirido la riqueza con malas artes, toda ella está contaminada. Si la riqueza nos hace egoístas, insolidarios, libertinos, derrochadores..., esa riqueza ha sido un mal para nosotros.

Aquellos ricos del tiempo de Amós se creían bien seguros en su riqueza; seguros en sus lechos de marfil, comiendo y bebiendo opíparamente. ¡Qué ilusos! Sus riquezas no iban a impedir que Sargón II, rey de Asiria, invadiera el reino de Israel y se los llevara deportados, despojados de todos sus bienes.

El rico del Evangelio está, también, cegado por sus bienes, por sus linos y púrpuras por sus comilonas diarias. Esta ceguera le impide ver al pobre Lázaro a su puerta. Tiene de todo, no necesita de nada ni de nadie, ni siquiera de Dios, que le habla a través de Lázaro, de los profetas, de la sagrada Escritura (Moisés y los Profetas). Cerrado a Dios, el futuro, la vida eterna, es vivir sin Él para siempre. Abraham se lo dice muy claro: mientras tus hermanos no salgan de su egoísmo y se abran a la Palabra de Dios, que ha hablado por los profetas, no cambiarán aunque vayan los muertos a hablar con ellos.

San Pablo le ha dicho a Timoteo que no se afane por las riquezas. Le recuerda que "sin nada vinimos al mundo y sin nada nos iremos de él" (6, 7); que, teniendo para comer y vestir, no necesitamos más (6, 8); que el que busca riquezas "cae en tentaciones, trampas, y mil afanes absurdos y nocivos" (6, 9); que la razón de todos los males es el afán del dinero y, algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos dolores" (6, 10)

Así, pues el consejo de Pablo a Timoteo, como hemos escuchado hoy, es: "practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza..." (6, 11)

Cristo, siendo rico, se hizo pobre hasta entregar la vida por nosotros.

Hay que decidirse: riqueza rápida, ostentosa, pero corta y perecedera, o la riqueza de una vida según Dios que lleva a la "luz inaccesible" en la que Él habita por siempre.

 

 

 

REFLEXIÓN  2

NUEVO CLASISMO

banqueteaba espléndidamente...

Conocemos la parábola. Un rico despreocupado que «banquetea espléndidamente», ajeno al sufrimiento de los demás y un pobre mendigo a quien «nadie daba nada». Dos hombres distanciados por un abismo de egoísmo e insolidaridad que, según Jesús, puede hacerse definitivo, por toda la eternidad.

Adentrémonos un poco en el pensamiento de Jesús. El rico de la parábola no es descrito como un explotador que oprime sin escrúpulos a sus siervos. No es ése su pecado. El rico es condenado sencillamente porque disfruta despreocupadamente de su riqueza sin acercarse a la necesidad del pobre Lázaro.

Esta es la convicción profunda de Jesús. La riqueza en cuanto «apropiación excluyente de la abundancia», no hace crecer al hombre, sino que lo destruye y deshumaniza pues lo va haciendo indiferente, apático e insolidario ante la desgracia ajena.

El fenómeno del paro cada vez más masivo está haciendo surgir un nuevo clasismo entre nosotros. La clase de los que tenemos trabajo y la clase de los que no lo tienen. Los que podemos seguir aumentando nuestro bienestar y los que están parados. Los que exigimos una retribución cada vez mayor y unos convenios cada vez más ventajosos y quienes ya no pueden «exigir» nada.

La parábola es un reto a nuestra vocación de solidaridad. ¿Podemos seguir organizándonos nuestras «cenas de fin de semana» y continuar disfrutando alegremente de nuestro bienestar, cuando el fantasma de la pobreza está ya amenazando a muchos hogares?

Nuestro gran pecado puede ser la apatía social y política. El paro se ha convertido en algo tan «normal y cotidiano» que ya no escandaliza ni nos hiere tanto. Nos encerramos cada uno en «nuestra vida» y nos quedamos ciegos e insensibles ante la frustración, la humillación, la crisis familiar, la inseguridad y la desesperación de estos hombres y mujeres.

El paro no es sólo un fenómeno que refleja el fracaso de un sistema socio-económico y que obliga a las naciones a preguntarse qué es lo que no funciona.

El paro son personas concretas que ahora mismo necesitan la ayuda de quienes disfrutamos de la seguridad de un trabajo. Quizás daríamos algún paso concreto de solidaridad si nos atreviéramos a contestar a esta pregunta: ¿necesitamos realmente todo lo que compramos? ¿Cuándo termina nuestra necesidad real y cuándo comienzan nuestros caprichos?

JOSE ANTONIO PAGOLA
(mercabá)

 

 

 

 

REFLEXIÓN  3

«¡UNOS NACEN CON ESTRELLA...!» 

Lo malo no es ser rico. (Ahí andamos todos, rellenando el boleto de la primitiva, a ver si  por casualidad...). Lo malo no es ser rico. Como tampoco es malo ser guapo, o listo, o  habilidoso. Lo malo consiste en no saber utilizar la riqueza como un «talento», que hay que  hacer fructificar como es debido. Lo malo no es «ser rico». Lo malo es «epulonear»; verbo  intransitivo, que significa «dejarse llevar por la mecánica taimada del dinero». Y que  consiste: primero, en idolatrarlo; después, en multiplicarlo sin medida; más tarde, en  construir con él una torre de marfil para aislarnos en ella y allá «vestirnos de púrpura y  banquetear espléndidamente»; y, al fin, en insonorizarla de tal modo, que no podamos oír  los gemidos de los innumerables Lázaros, que, llenos de úlceras, mueren bajo nuestras  almenas.

De la misma manera, lo bueno tampoco consiste, sin más, en «ser pobre». (Ya sabéis que  «unos nacen con estrella», sin mérito propio, y, «otros, estrellados», también sin culpa  propia). Lo bueno consiste en «saber ser pobre». Es decir, no necesariamente los pobres  son santos. Pueden tener el alma llena de avaricia, o de envidia. Pueden ser dados al odio y  al resentimiento. Pueden, por tanto, ser malos, como los demás.

Lo que pasa es que tienen una gran ventaja. Al no tener nada, al verse con las manos  vacías, al no contar con nadie en quien apoyarse, están más capacitados para recibir todo  lo que les pueda «llenar». Pueden decir, mejor que nadie; «el Señor es mi fuerza y mi  salvación». En su inmenso vacío, en su gran hueco interior, tienen más sitio para recibir la  Buena Noticia del Reino. Por eso proclamó Jesús: «Dichosos los pobres, porque de ellos es  el Reino de los Cielos».

El rico tiende a «cerrarse», a «encastillarse», a ignorar que el pobre «existe». El pobre,  en cambio, está tan hambriento, que «se abre» para recibir no sólo «el pan del que vive el  hombre, sino toda palabra que venga de la boca de Dios».

¿Queréis un ejemplo? Otra parábola de Jesús: la del banquete. El organizador del  banquete invitó a «muchos», hizo una gran lista. Pero, los primeros invitados tenían  «posesiones»: uno, una finca, otro cinco yuntas de bueyes; el otro, mujer, ya que se había  casado. Y fueron esas «posesiones» las que les impidieron acudir a la cita. No tenían  «necesidades». Los segundos invitados, en cambio, al no tener nada que les distrajera,  acudieron a la llamada. Estaban hechos de «vacío». Todo lo tenían por «llenar». Eran, ya lo  sabéis, «tullidos, ciegos, lisiados, pobres. . . ». Abarrotaron la sala.

Es natural. No es que estos segundos tuvieran más méritos. Simplemente estaban más  hambrientos, más receptivos a cualquier don. El dueño, en el fondo, lo que les hizo fue  «justicia». Dice el Evangelio que «les obligó a entrar». Porque nunca habrá derecho,  aunque ocurra a cada paso, a que estén tan distanciados Epulón y Lázaro.

Hay otra cosa. Si Epulón hubiera sentado a Lázaro en su  mesa, no hubiera «perdido». Habría «ganado»: se habría purificado de sus pecados y  habría ido «al seno de Abrahán». Solía decir ·Bossuet que «los pobres son los ciudadanos  natos en el Reino, mientras que los ricos adquieren esa ciudadanía, en la proporción en que  hayan servidos a los pobres».

¡Me parece que Epulón no sabía estas cosas! 

ELVIRA

(mercabá)