REFLEXIONES  

 

REFLEXIÓN 1

 "INTERESADOS"

Cuántas veces nos movemos por intereses personales, familiares o de grupo; cuántas veces pasamos factura de lo mucho o poco que hacemos por los demás, aun dentro de la Iglesia.

Aquellas gentes que seguían a Jesús también tenían sus intereses, que, en muchos casos, no era Jesús y su palabra.

Hoy nos dice el Evangelio que mucha gente le seguía "por que veían las señales que hacía con los enfermos", es decir, le seguían para ver si Jesús les curaba o curaba a alguno de los suyos. Y al día siguiente de la multiplicación de los panes les dirá: "me buscáis... porque habéis comido de los panes".

No estaría mal moverse por intereses si, al final, nos encontramos con la persona de Jesús y le seguimos por él mismo, no por lo que podamos sacar de él.

Porque los signos: la curación de los enfermos, la multiplicación de los panes... nos tienen que acercar al auténtico Jesús, el Hijo de Dios.

Él puede curarnos de la enfermedad más profunda, el pecado y su consecuencia la muerte; él puede alimentarnos hasta la saciedad de todo aquello bueno y verdadero que ansiamos.

En la Eucaristía se hace pan para todos, en abundancia y sin límites; nos enseña a poner nuestros "cinco panes y dos peces" para que todos coman.

No caigamos en la tentación de hacer "rey" a Cristo para que solucione todos nuestros problemas; se marchará.

Acojamos a Cristo en nosotros y, con él, resolveremos nuestros problemas, nuestras "enfermedades", nuestras "hambres".

 

REFLEXIÓN  2

"DE MARCOS A JUAN"

DE MARCOS A JUAN

Podríamos tener la impresión de que este domingo seguimos escuchando el evangelio de Marcos en la misma página con la que acabábamos la narración del domingo pasado. Pero hoy el evangelio dominical pasa de Marcos a Juan. En vez de la multiplicación de los panes narrada por Marcos, escuchamos el relato del mismo hecho según la versión de Juan. Así, los próximos domingos (con el paréntesis de la Transfiguración) escucharemos a Jesús en su "sermón" sobre el pan de vida, que el evangelio de Juan sitúa después de la multiplicación de los panes, como una "catequesis" del mismo Jesús sobre la Eucaristía.

EN CONTINUIDAD CON EL DOMINGO PASADO

Aunque el relato evangélico sea de Juan, es bueno recordar qué continuidad tiene con el relato evangélico del domingo pasado.

En aquel, de Marcos, Jesús nos mostraba su solicitud para con los apóstoles después de la primera misión que les había confiado. El Señor, después de escuchar la explicación de los suyos, se los lleva para que reposen con él y para que "estando" con él aprendan a ser pastores. La escena acababa mostrándonos a Jesús instruyendo a la multitud que le seguía "como ovejas sin pastor". En el marco de esta solicitud de Jesús para con todos, el evangelista nos narra la multiplicación de los panes. En el evangelista Marcos, esta solicitud beneficia a la multitud que seguía a Jesús y le escuchaba; y en el evangelista Juan se trata de los que le seguían por los "signos prodigiosos " que hacía. Tanto en un caso como en otro, Jesús vela en favor de los que le siguen, no ofreciéndoles sólo el alimento de su palabra y de los "signos prodigiosos" con que la acompañaba, sino también en todo aquello que afectaba la vida de aquellas personas, para que en nada quedaran desatendidos. De paso, Jesús enseña a los apóstoles a velar por todos como pastores del pueblo que les sería confiado

JOSEP URDEIX
                       
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REFLEXIÓN  3

"DOSCIENTOS JORNALES"

Pasó Jesús a la otra orilla del lago de Galilea. Y mucha gente lo seguía, porque habían presenciado las maravillas que hacía en favor de los enfermos. Pero Jesús se retiró a la parte montañosa y se sentó allá con sus discípulos. Estaba cerca la fiesta judía de la Pascua. Alzando la vista y viendo el gentío que había venido, le dijo a Felipe: "¿Con qué vamos a comprar pan para que esta gente coma?" Esto lo dijo para ver qué respondía, pues bien sabía Jesús lo que iba a hacer. Felipe le contestó: "Aunque gastáramos doscientos jornales, no alcanzaría para darle un mendrugo de pan a cada uno".

Uno de los discípulos de Jesús, Andrés, el hermano de Simón, le dijo:"Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados. ¿Pero qué es esto para tanta gente?". Jesús les dijo: "Hagan que la gente se siente en el suelo". En ese sitio había mucha hierba. La gente se sentó en el suelo. Solamente los hombres eran como cinco mil. Jesús tomó los panes, dio gracias a Dios y les repartió pan y pescado cuanto quisieron. Y cuando quedaron satisfechos, les dijo a sus discípulos: "recojan las sobras; que no se desperdicie nada". Ellos las recogieron y llenaron doce canastos con las sobras que quedaron de los cinco panes de cebada. Y los que fueron testigos del milagro decían: "¡Este sí es el profeta que debía venir al mundo!" Pero Jesús, dándose cuenta de que iban a llevárselo a la fuerza para hacerlo rey, se retiró otra vez, Él solo, a la parte montañosa. (Juan 6, 1-15).

Todos los Evangelios narran el milagro de la multiplicación de los panes: dos veces el de Mateo, el de Marcos y el de Lucas, y una vez el de Juan. Tratemos de aplicar este relato evangélico a nuestra vida, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas de hoy [2 Reyes 4, 42-44; Salmo 145 (144); Efesios 4, 1-6.]

1.-"¿Con qué vamos a comprar pan para que esta gente coma?"

Esta pregunta de Jesús hecha al apóstol Felipe, "para ver qué respondía", podemos considerarla hoy como hecha a cada uno de nosotros. Actualmente se calcula que cerca de 900 millones de personas en el mundo padecen hambre crónica, la gran mayoría en los países subdesarrollados y en vías de desarrollo. Si los habitantes del planeta somos unos 6.000 millones, esto quiere decir que aproximadamente 15 de cada 100 seres humanos se encuentran en esta grave situación. Unas 24.000 personas mueren cada día de hambre o por causas relacionadas con el hambre, siendo el 75% niños y niñas menores de 5 años. Y aunque se han venido haciendo esfuerzos por reducir la magnitud de este problema, aún falta mucho por lograr. Un dato importante es que ha crecido la proporción de las emergencias alimentarias derivadas de los conflictos armados.

Ante esta situación, el mensaje del Evangelio es un llamado a compartir. Mientras pocos que tienen mucho sigan despilfarrando en forma egoísta lo que tienen, mientras el mal uso que se hace de los recursos naturales siga haciendo que éstos sean cada vez más escasos -como el agua, por ejemplo-, mientras no tomemos todos conciencia de que cada cual es responsable de la suerte de todos según esté dispuesto o no a compartir constructivamente la mesa de la creación con los demás, la pregunta de Jesús seguirá siendo un llamado a la reflexión de todos para ver qué y cómo respondemos.

2.-Tomó los panes, dio gracias a Dios y les repartió pan y pescado cuanto quisieron

El milagro de la multiplicación de los panes y peces expresa el cumplimiento de las promesas anunciadas por Dios a través de sus profetas: la abundancia de un alimento renovador que Él mismo haría posible para todos los que acogieran su mensaje y lo invocaran sinceramente. Tal es el sentido de la 1ª lectura y del salmo de este domingo.

La multiplicación de los panes y peces es una prefiguración del sacramento de la Eucaristía, signo visible de la presencia de Jesús que nos alimenta con el pan de su propia vida entregada y resucitada. Él mismo iba a ser representado desde los comienzos de la historia de su Iglesia, no sólo con la imagen del pan, sino también con la del pez, "ictus" en griego, cuyas letras son las iniciales del nombre y de varios títulos de Jesús: Iesous, Christos, Theos, Uios, Soter (Jesús, Cristo, Dios, Hijo, Salvador).

La enseñanza de este milagro es que donde existe voluntad de compartir, aunque haya poco alcanza para todos y hasta sobra; en cambio, donde no existe esa voluntad, aunque haya mucho, unos pocos lo acaparan todo y las mayorías padecen hambre. El sacramento de la Eucaristía, llevado a la práctica, expresa la voluntad sincera de compartir entre todos la creación, significada en las ofrendas de pan y vino, para que al hacerlo se realice entre nosotros la presencia de Dios, que es Amor, que se nos revela en Jesucristo y nos alimenta con su propia vida.

3. Dándose cuenta de que iban a llevárselo a la fuerza para hacerlo rey, se retiró…

Jesús había iniciado su predicación proclamando la cercanía del "reino de Dios". Sus milagros mostraban la verdad de esta proclamación: como dice el Evangelio, "mucha gente lo seguía, porque habían presenciado las maravillas que hacía…". Al presenciar ahora la multiplicación de los panes y peces, en medio de la situación de pobreza que padecían, quieren hacerlo rey. Pero Jesús se opone a la tentación de ambicionar poderes terrenales. Él no sólo es "el profeta que debía venir al mundo"; es el Mesías, el ungido por Dios como descendiente del rey David para reinar no sólo sobre Israel sino sobre toda la humanidad, tal como lo anunciaron los profetas del Antiguo Testamento. "Sí, soy Rey", le diría a Poncio Pilato pocos momentos antes de que la multitud agolpada junto al despacho del gobernador romano, azuzada por sus máximos jefes religiosos, gritara exigiendo su crucifixión. Pero, como Él mismo le explicó a Pilato, también hoy nos dice a todos: "Mi reino no es de este mundo" (Juan 18 36-37).

La preocupación efectiva de Jesús por contribuir a la solución de los problemas humanos, no sólo los espirituales sino también los materiales, es un llamado a todos nosotros para que nos identifiquemos con Él y procuremos contribuir, cada cual según sus posibilidades, a resolver la situación de hambre y de miseria de tantas personas que la padecen. Y asimismo, a que reconozcamos el verdadero sentido de su misión y por lo mismo el de la misión de la Iglesia que Él fundó no para ambicionar los poderes terrenales, sino comportarse "en todo con humildad y mansedumbre", como dice el apóstol Pablo en la 2ª lectura de hoy; una Iglesia puesta al servicio de todos los seres humanos, especialmente de los más oprimidos, marginados y necesitados; una Iglesia no dominadora sino servidora, a imagen y semejanza del mismo Jesús que, inmediatamente antes de instituir la Eucaristía, comenzó la última cena con un gesto humilde de servicio y no con actitudes arrogantes de poder (Juan 13, 1-15).

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

 

OTRAS REFLEXIONES

XVII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B
San Juan 6, 1-15:
¡Dinos, Señor! ¿Cómo hacer para que sobre?
Autor: Padre Javier Leoz  

 

1.- Cinco panes y dos peces, cuando hay fe y buena disposición para compartir, son suficientes para colmar, calmar las aspiraciones y las carencias de aquellos/as que llaman a nuestra puerta. Lo más fácil escurrir el bulto. Lo más necesario y efectivo: hacer frente a tantas situaciones que son las nuevas caras y los nuevos rostros de Cristo que caminan a nuestro lado.

¡Dinos Señor! Dónde ir y a quien alimentar con nuestras presencias y palabras, con gestos y compromiso.

Los nombres y las calles donde multiplicar y hacer presente el pan y los peces de nuestra misericordia y delicadeza.

Los corazones solitarios necesitados de la masa, de la harina que es el pan de nuestra compañía.

¡Dinos cómo! Permanecer atentos al sufrimiento humano sin necesidad de huir despavoridos en dirección contraria o de cerrar los ojos para no sentir pena alguna.

Compartir parte de nuestra riqueza sin, a continuación, mirar el vacío que dejó en nuestros bolsillos.

Salir de nosotros mismos sin pensar que, es de necios, poner en la mesa de la fraternidad el pan fresco de cada mañana o las horas gratuitamente gastadas.

Cómo hacer posible ante los ojos del mundo la justicia cuando, cada día que pasa, parece utópico y poco menos que un imposible

¡Dinos Señor! Una palabra ante la situación de la violencia para poder llevar el pan de la Paz

Una palabra ante el drama del egoísmo para que podamos ofrecer los peces de la hermandad

Una palabra ante la enfermedad para que compartamos el pan de la salud

¡Dinos cómo! Dar de comer a quien no busca precisamente tu pan sino aquel otro que endurece, perece y que en esta vida caduca

Presentar el mensaje de tu vida cuando hay tanta hartura de golosinas que embaucan, endulzan y malogran el paladar de la humanidad.

Trabajar, y no caer en ese empeño, para que la fuerza del hombre no esté en lo que aparentemente se multiplica sino en aquello que, por dentro, de verdad le enriquece y que en el mundo escasea.

¡Dinos Tú Señor!! ¡Dinos cómo Señor!! ¡Cómo con tan poco pudiste Tú hacer tanto! cuando, nosotros con tanto, llegamos a tan poco.

2.- Es cuestión, ahora (allá donde nos encontremos) pongamos sobre la mesa, los cinco panes y los dos peces que todos tenemos en propiedad. Que no pensemos que con ello, será insuficiente.

Lo importante es, en la medida de nuestras posibilidades, poner todo lo que somos y parte de lo que tenemos en beneficio de alguien necesitado. Dios, hará el milagro.

Los cinco y panes, y los dos peces, son las pocas o las muchas capacidades que podemos tener, el consejo oportuno, la palabra de aliento, la ayuda oportuna, la compañía a quien se siente solo, el silencio solidario con el que sufre.

3.- Todos, ¡todos!, tenemos nuestros “personales cinco panes y dos peces” con los que contribuir a mejorar muchas situaciones enquistadas o delicadas.

Desde luego, quien nunca tiene, es aquel que nunca se mueve ni hace nada por los demás.

 

XVII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B
San Juan 6, 1-15:
Recoged los trozos sobrantes
Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

Durante varios domingos el Evangelio está tomado del discurso que pronunció Jesús sobre el pan de vida en la sinagoga de Cafarnaúm, y que refiere el evangelista Juan. El pasaje de este domingo viene del episodio de la multiplicación de los panes y los peces, que hace de introducción al discurso eucarístico.

No es casualidad que la presentación de la Eucaristía comience con el relato de la multiplicación de los panes. Con ello se viene a decir que no se puede separar, en el hombre, la dimensión religiosa de la material; no se puede proveer a sus necesidades espirituales y eternas, sin preocuparse, a la vez, de sus necesidades terrenas y materiales.

Fue precisamente ésta, por un momento, la tentación de los apóstoles. En otro pasaje del Evangelio se lee que ellos sugirieron a Jesús que despidiera a la multitud para que fuera a los pueblos vecinos a buscar qué comer. Pero Jesús respondió: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mateo 14, 16). Con ello Jesús no pide a sus discípulos que hagan milagros. Pide que hagan lo que pueden. Poner en común y compartir lo que cada uno tiene. En aritmética, multiplicación y división son dos operaciones opuestas, pero en este caso son lo mismo. ¡No existe «multiplicación» sin «partición» (o compartir)!

Este vínculo entre el pan material y el espiritual era visible en la forma en que se celebraba la Eucaristía en los primeros tiempos de la Iglesia. La Cena del Señor, llamada entonces agape, acontecía en el marco de una comida fraterna, en la que se compartía tanto el pan común como el eucarístico. Ello hacía que se percibieran como escandalosas e intolerables las diferencias entre quien no tenía nada que comer y quien se «embriagaba» (1 Co 11, 20-22). Hoy la Eucaristía ya no se celebra en el contexto de la comida común, pero el contraste entre quien tiene lo superfluo y quien carece de lo necesario no ha disminuido, es más, ha asumido dimensiones planetarias.

Sobre este punto tiene algo que decirnos también el final del relato. Cuando todos se saciaron, Jesús ordena: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Nosotros vivimos en una sociedad donde el derroche es habitual. Hemos pasado, en cincuenta años, de una situación en la que se iba al colegio o a la Misa dominical llevando, hasta el umbral, los zapatos en la mano para no gastarlos, a una situación en la que se tira el calzado casi nuevo para adaptarse a la moda cambiante.

El derroche más escandaloso sucede en el sector de la alimentación. Una investigación del Ministerio de Agricultura de los Estados Unidos revela que una cuarta parte de los productos alimentarios acaba cada día en la basura, por no hablar de lo que se destruye deliberadamente antes de que llegue al mercado. Jesús no dijo aquel día: «Destruid los trozos sobrantes para que el precio del pan y del pescado no baje en el mercado». Pero es lo que precisamente se hace hoy.

Bajo el efecto de una publicidad machacona, «gastar, no ahorrar» es actualmente la contraseña en la economía. Cierto: no basta con ahorrar. El ahorro debe permitir a los individuos y a las sociedades de los países ricos ser más generosos en la ayuda a los países pobres. Si no, es avaricia más que ahorro.

 

XVII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B
San Juan 6, 1-15:
Ser un milagro
Autor: Mons. Jesús Sanz Montes, ofm

Prosigue este domingo el Evangelio del domingo pasado cómo Jesús percibió otro tipo de carencia, más elemental quizás pero igualmente evidente, entre aquella multitud que le seguía: no sólo no tenían pastor y por lo tanto había que enseñarles, sino que tampoco tenían pan, y entonces, igualmente había que alimentarles: “Jesús, al ver que acudía mucha gente dijo a Felipe: ¿con qué compraremos panes para que coman éstos?”. En medio de la extrañeza de Felipe llega Andrés y apunta un conato de solución: aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, ¿pero qué es eso para tantos?

La evidente provocación estaba servida, y ante la desmedida empresa de tener que alimentar a tantos con tan poco, era lógica aquella reacción de los discípulos: nos supera, no sabemos qué hacer ni por dónde empezar. Como dice el Evangelio de Marcos: “vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?”.

Jesús hizo ese milagro ante todos, y quedó manifiesta la grandeza de Dios... pero a través de la pequeñez humana: fue realizado con la ayuda humilde del muchacho que encontró Andrés: con sus cinco panes y sus dos peces. Es un impresionante testimonio de cómo Jesús no ha querido mostrarnos un rostro de Dios autosuficiente y despectivo respecto de sus hijos, sino que –por así decirlo– ha querido tener necesidad de nuestra pequeña colaboración humana para que su grandeza divina pueda ser manifestada.

Otras hambres de otros panes tiene planteadas nuestra querida humanidad: la paz, el trabajo, la justicia, el amor, el respeto, la esperanza, la fe, la verdad... y un largo etcétera tan inmenso como grande es la humanidad. Son muchas las hambres de los hombres. Quizás haya quien espere de Dios un milagro sonoro y tumbativo, un milagro de Dios y a lo divino. Mientras que Jesús nos seguirá diciendo como entonces: dadles vosotros de comer, buscad el pan adecuado para esas hambres concretas. Entonces sentiremos el mismo estupor y desbordamiento que sintieron los discípulos en el lago de Galilea. Jesús sigue haciendo milagros, pero éstos pasan por nuestras manos, nuestro corazón, nuestros ojos, nuestros labios: Él necesita también hoy nuestros panes y nuestros peces, para dar de comer a la multitud de tan diversas hambres. El milagro somos nosotros, que ofreciendo nuestra pequeñez, Dios convierte en grandeza, en signo. Y también hoy la gente quedará saciada. ¿No vemos el hambre? ¿No nos vemos como el pan que las manos de Jesús reparten? Dejémonos tomar, partir y repartir, dejémonos ser milagro para los demás.