REFLEXIONES  

Domingo 6º
Tiempo ordinario (b)


 Si quieres puedes limpiarme

" Si quieres puedes limpiarme "

 

 

REFLEXIÓN - 1

EXTENDIÓ LA MANO Y LO TOCÓ

Cuántas veces hemos oído, nos han dicho o hemos dicho frases como: "Dios te va a castigar", "Dios te ha castigado".

Cuántas veces ante el dolor, el sufrimiento, la enfermedad, hemos dicho: ¿por qué a mí? ¿Qué he hecho de malo para que Dios me dé esto?

Y nos hemos creado la imagen de un Dios injusto, castigador, vigilante y policía que sigue nuestros pasos para ver dónde tropezamos y caemos.

Y, como consecuencia, nuestros comportamientos tienen por objetivo que Dios no nos castigue con el infierno; y nuestras buenas obras son más por temor y para hacer méritos.

También en la época de Jesús existía una mentalidad semejante. El bueno recibía bienes y el pecador, males. Así se entendía que el que poseía bienes materiales y salud, era porque Dios le había bendecido por sus buenas obras y el que no poseía nada o estaba enfermo, era como consecuencia del pecado, ya en él o en los suyos, aunque fueran antepasados.

Y si alguien era prototipo del pecador e impuro, este era el leproso; tanto, que se le expulsaba de la comunidad y tenía la prohibición de acercarse a nadie, y nadie debía acercarse a él. Dios y el pueblo lo habían rechazado.

Pero Jesús viene a decirnos que eso no es así, que Dios no es un castigador, que Dios no nos está espiando para ver cuándo caemos y pisarnos, que la pobreza y la riqueza materiales nada tienen que ver con el comportamiento, al revés, las más de las veces las riquezas se han amontonado por medio del egoísmo y la injusticia.

El gesto de Jesús de acoger al leproso, de tocarle y hacerse uno con él, expresa su cercanía, y en él la de Dios, al que sufre; y la curación del leproso nos dice que Dios es el Dios de la vida, el Dios que salva, el Dios que espera que nos acerquemos a él y, como el leproso, le digamos: "Si quieres, puedes limpiarme", para él decirnos con inmensa alegría: "Quiero: queda limpio".

Quizás también nosotros, en algún momento, hemos presentado una imagen distorsionada de Dios. Los fundamentalismos religiosos lo hacen y estamos viendo las consecuencias.

A nosotros, los seguidores de Jesús, nos toca ser hoy imágenes del auténtico rostro de Dios, no caricaturas. Y esto lo hacemos en la medida que nuestras obras, como las de Jesús, sean cercanía, solidaridad y perdón; en la medida en que nuestros comportamientos expresen la alegría de quienes se sienten salvados, como el leproso que "empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones".

 

REFLEXIÓN - 2

IMÁGENES DE SU AMOR

Jesús es distinto

¡Cuántas veces nos sorprende Jesús tomando decisiones que modifican las leyes sacrosantas del Antiguo Testamento! Hoy mismo tenemos un ejemplo de ello, en el caso de la enfermedad de la lepra. Cuando hemos escuchado el libro del Levítico, en la primera lectura, nos hemos dado cuenta de la severidad extrema que se aplicaba a esos enfermos. El supuesto peligro de contagio les obligaba a vivir marginados de la vida social. Y, como precaución suplementaria, también era necesario apartarse de los que, sin tener propiamente esa enfermedad, presentaban “una inflamación, una erupción o una mancha en la piel”.

Jesús, en cambio, no sólo acoge al leproso que no ha observado la norma de mantenerse apartado. Tampoco Jesús cumple la norma de apartarse de él y, sin miedo al contagio, le toca. El leproso seguirá desobedeciendo, ahora a Jesús, que le recomienda que no se lo diga a nadie. Cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones. Únicamente le va a obedecer en una cosa: presentarse al sacerdote para que le quite el impedimento que le apartaba de relacionarse con los demás de un modo normal. Pero, he aquí una paradoja: mientras él ya puede mezclarse con los demás, ahora es Jesús el que tiene que apartarse porque, de momento, no quiere que la gente le rodee aclamándole.

Vemos cómo, además de una curación milagrosa, la misericordia de Dios que actúa en Jesús, procura otro beneficio para aquel hombre. Una vez curado de la lepra y, obtenido el certificado de pureza legal, se puede incorporar de nuevo a la vida social. Para él debía haber sido un gran sufrimiento vivir alejado de la familia, de los amigos, del trabajo... Y, por tanto, el estado de pobreza material y tristeza espiritual, habían llegado a ser insoportables para él.

Esta consideración nos permite ensanchar nuestra mirada y contemplar otros muchos casos de marginación que encontramos en nuestra vida social de hoy. Empezando por los pobres: la familia o el lugar en que han nacido o las desgracias que les han sobrevenido, les han impedido acceder a la cultura y a una profesión bien remunerada. No tienen dinero; van sucios, mal comidos y mal vestidos. Ellos mismos ya se apartan y ya nos va bien que estén lejos. Así les podemos ignorar. Podríamos concretar más todavía, pensando en los discapacitados físicos y disminuidos psíquicos, los drogadictos, los inmigrantes de otras razas y religiones que nos llegan procedentes de países pobres, los encarcelados y los que acaban de salir de la prisión, los ancianos en las residencias olvidados de la familia y los amigos...

Del mismo modo que Jesús puso siempre en primer lugar la exigencia del amor, por encima de las leyes positivas, incluso cuando vinieran de la autoridad indiscutible de Moisés, también nosotros hemos de saber superar nuestro “estatus” social y la tranquilidad que nos pueda dar, abriendo los ojos a los demás hombres y mujeres que conviven con nosotros, sea cerca, sea lejos, y preocuparnos por sus carencias.

El amor a los demás no es sólo un sentimiento de lástima, que después puede resultar ineficaz, sino un darnos a nosotros mismos, a semejanza de lo que hizo Jesucristo. San Pablo, predicando y también escribiendo a los corintios, sabiendo que no tenían delante la figura terrena de Jesús de Nazaret para poder contemplarle directamente, se considera, él mismo, icono de Cristo. A él, Pablo, si le pueden ver. Por ello se atreve a decir que le miren a él, que intenta imitar a Cristo.

La gente de nuestro tiempo, tampoco tiene un acceso visual y auditivo a la vida de Cristo, tal como históricamente se desarrolló. Sí que ellos y nosotros disponemos del texto de los evangelios, pero es mucho más impactante cuando vemos cristianos de carne y hueso, contemporáneos nuestros que, habiendo asimilado profundamente el mensaje evangélico, lo viven y lo manifiestan en su conducta y con un amor sincero a los más necesitados. Nosotros mismos deberíamos ser de así.

¿Tendremos el atrevimiento de san Pablo de decir que nos imiten a nosotros? ¿Hemos llegado a un nivel de ejemplaridad que nos permita afirmarlo sinceramente? Si no fuera así, esforcémonos en ello. Una imagen vale más que mil palabras. La actuación de un cristiano de pies a cabeza es más convincente que mil libros y sermones.

ALBERTO TAULÉ

(mercaba)

 

REFLEXIÓN - 3

NO ME DESPRECIES

Era por la tarde. Una chica drogadicta, mal vestida y llena de suciedad y malos olores, extiende su mano en la calle en busca de cualquier moneda perdida, da igual que se la den con amor o por pena, da igual… Otra muchacha pasa a su lado. Está bien vestida. Con su cara hace un gesto de repugnancia al ver tanta suciedad y hedor; la drogadicta le mira y con una voz, —nunca vi una voz con tanto dolor y tanta pena juntas—, le dice: "¡si no me quieres dar, no me des; pero no me desprecies!…"

Algo parecido le pasaba a los leprosos en la época de Jesús y hasta bien entrado el siglo pasado. El leproso tenía que asumir no sólo el sufrimiento físico de su enfermedad, sino también la angustia mental y espiritual de estar totalmente desterrado de la sociedad y ser evitado incluso por los suyos.

Para la Biblia, la lepra era una de las peores enfermedades que podía sufrir una persona. Sabemos que lo que ellos llamaban lepra de una manera mas bien generalizada, hoy se puede desgranar en varias enfermedades cutáneas. Una persona con cualquier enfermedad en la piel quedaba impura y contra el enfermo se tomaban varias precauciones:

  • se les echaba del lugar de residencia

  • tenía que vivir solo o con otros leprosos pero siempre lejos de los núcleos de población sana.

  • tenían que llevar la ropa desgarrada, la cabeza descubierta y cuando caminaban tenían que gritar: "¡Impuro! ¡Impuro!"

Semejanzas más que evidentes con los marginados de nuestra sociedad. Hoy son otras las formas y las sutilezas para disfrazar siempre la misma marginación desde muy distintos nombres: prevención, precaución, atención, promoción… Pero la realidad es casi siempre la misma…

En la edad media cristiana los leprosos no corrieron mejor suerte. El sacerdote, con la estola y el crucifijo, llevaba al leproso a la iglesia y le leía el oficio de difuntos. El leproso era un muerto en vida. Tenía que llevar una túnica negra para que todos pudieran reconocerle, y vivir en un lazareto. No podía asistir a los oficios religiosos, sólo podía verlos a través de la llamada "grieta de los leprosos" que había en los muros de los templos…

Hoy muchos cristianos no ven con buenos ojos que a sus aseados templos entren personas mal vestidas. En muchas ocasiones hemos creado espacios puros para los puros y nos olvidamos que el Evangelio es pureza para los impuros…

La lepra como enfermedad en la actualidad no tiene gran resonancia. Tenemos que trasladar el significado de su presencia a otras enfermedades con las mismas características de sufrimiento y marginación. Hoy tenemos que hablar de SIDA, de homosexualidad, de drogadicción, de ludopatía, de enfermedades mentales… y de otras tantas dolencias que arrastran las mismas consecuencias que la lepra de antaño. Pero no debemos olvidarnos de quienes están sumergidos en la enfermedad y en la marginación y en sus consecuencias sociales.

Aparentemente, todo el mundo es bueno y solidario. Lo podemos comprobar en cualquier país. La buena voluntad de las personas parece que todavía no ha muerto; pero la realidad es bien distinta. Decimos que hay que ayudar a los enfermos de SIDA, etc. pero si en un colegio hay algún niño que tenga esa dolencia veremos a esas mismas personas intentando que se tomen medidas (una forma disimulada de marginación) para evitar el contagio…

No digamos nada de los lugares de trabajo y de ocio…

Veamos qué podemos aprender del Evangelio, de Jesús y del leproso:

  • Jesús no rechazó a esta persona porque fuese un leproso, ni tan siquiera cuando estaba saltándose la legalidad vigente (un leproso no podía acercarse a nadie sano…)

  • El enfermo llega a Jesús suplicante, poniéndose de rodillas. Para la altanería de nuestro tiempo bien valen estas rodillas…

  • El doliente se acerca a Jesús con una seguridad y una invitación: "Si quieres, puedes limpiarme…" Buena enseñanza para quienes dudan del poder de Dios.

  • La actitud del Señor no es la de reprimenda o de soltarle el clásico sermón. Dice la Palabra que "Jesús tuvo compasión de él…" La compasión, la misericordia, son disposiciones que nunca pueden ni deben faltar en la vida de la Iglesia y de los cristianos. Si en algo debemos los cristianos de distinguirnos en las desgracias del mundo y de las personas de nuestro tiempo, es precisamente en la misericordia con las que les tratamos. La palabra "misericordia" etimológicamente significa "corazón sensible a la miseria", así es el corazón de Jesús para con el que sufre.

  • "Jesús le tocó con la mano y dijo: Quiero. ¡Queda limpio!" Muchas veces nos olvidamos que Dios siempre quiere sanarnos de nuestras miserias, pero tenemos que acercarnos a Él con las mismas disposiciones de nuestro enfermo.

La Biblia en Levítico 14 nos dice cuál era el proceso de purificación de un leproso. Jesús le dice al recién sanado que cumpla con la ley, ella dará testimonio de su verdadera curación.

* * *

  1. ¿Quiénes son los leprosos de nuestra época?

  2. ¿Por qué las personas marginan a otros seres humanos?

  3. ¿Por qué es necesaria la misericordia en las relaciones humanas?

  4. ¿Cómo es la misericordia de Jesús?

  5. ¿Cómo vivir hoy la misericordia? ¿Qué debemos hacer?