REFLEXIONES  

Domingo 5º
Tiempo ordinario (b)


 

"Curó a muchos enfermos"

 

 

REFLEXIÓN - 1

SEGUIR SUS PASOS

Jesús era un buen judío que cumplía con la Ley de Dios. Como nosotros vamos a misa los domingos, él iba el sábado a la sinagoga y participaba activamente en la lectura y la explicación de los textos sagrados, haciéndolo, como decía el evangelio del domingo pasado, con autoridad. La autoridad de quien es la Palabra de Dios hecha carne.

Por eso se permite corregir desviaciones y ante aquellos que afirman que no se puede curar en sábado, él cura a un poseído por un espíritu inmundo y a la suegra de Pedro, ya que, como dice, "el sábado se ha hecho para el hombre y no el hombre para el sábado", diciéndonos con ello que la persona, imagen de Dios, sobretodo la que sufre, es más importante que un mero cumplimiento del precepto.

Jesús, el Maestro y el Señor, nos da en el texto que proclamamos hoy unas claves para ser buenos cristianos, buenos seguidores de Cristo.

Jesús, judío, vivió dentro del pueblo de Abraham y de la Ley de Moisés y, desde ella, la purificó y la llevó a plenitud. 

El cristiano vive dentro del nuevo Pueblo de Dios, del pueblo de la nueva Alianza, la Iglesia y, desde ella, vive su fe, adaptándose a los tiempos y culturas, para que llegue a todos la única y eterna Palabra del Señor.

Jesús vino a anunciar que el Reino de Dios estaba en medio de nosotros, que el amor de Dios, siempre presente, irrumpía de una manera plena en el mundo, para liberarnos de la esclavitud del pecado y abrirnos las puertas del Reino de los Cielos. Y lo que anunció, lo llevó a cabo con la entrega de su vida en la cruz, como sacrificio total y definitivo.

El cristiano debe proclamar a todo el mundo que Dios es Amor, Misericordia y Perdón; que Dios no quiere el mal; que los males del mundo son producto de la débil condición humana y del egoísmo y pecado que hace que nos dañemos unos a otros. Aunque, también, asumido el dolor desde la fe, hacemos de él una ofrenda a Dios, que nos purifica y nos une más a Él y, junto al de Cristo, salva al mundo.

Jesús no se contenta con predicar, "que para eso ha venido", como dice el evangelio de hoy. Las palabras van acompañadas de signos, de milagros, de gestos que demuestran que el Amor de Dios está presente y actuante.

El cristiano no puede quedarse sólo en palabras al anunciar la Buena Noticia, el Evangelio del Amor de Dios. Su vida será la mejor palabra. Y, como para Jesús, los pobres, los débiles, los que sufren en el cuerpo o en el espíritu, son los primeros y no faltará la denuncia de todo aquello que aleja al hombre y al mundo de Dios y su Reino: el odio, la violencia, el egoísmo, la ambición, la idolatría de creernos dioses...

Jesús, que era el Mesías, el Señor, el Hijo de Dios hecho hombre, rezaba, se aislaba para ir al encuentro del Padre. Qué importante es la oración personal para Jesús y qué importante debe ser para los suyos, ya que es el motor de toda la vida.

Anunciar el evangelio con palabras y obras, vivir la fe en la comunidad-Iglesia y la oración personal. Estas son las claves de nuestra vida cristiana.

 

REFLEXIÓN - 2

UNA VIDA LLENA

* UNA ACTIVIDAD INTENSA

            La narración de los inicios del ministerio de Jesús en Galilea por parte del evangelista Marcos presenta un cuadro que podríamos titular “un día en la vida de Jesús” (Mc 1,16-39). Una jornada llena de actividad: hace dos domingos escuchábamos cómo llamaba a los primeros discípulos (v.16-20); el domingo pasado veíamos cómo predicaba en la sinagoga y curaba a un hombre poseído de un espfritu inmundo (v.21-28); y hoy escuchamos cómo continúa la jornada con múltiples actividades: cura a la suegra de Pedro, cura a muchos enfermos y endemoniados, reza, se va a predicar a otros lugares... (v.29-39). Prácticamente no descansa, porque lo vemos con actividad incluso “al anochecer, cuando se puso el sol”, y otra vez “de madrugada”. Cierta­mente, la actividad de Jesús era intensa, tenía ansiedad por llevar a cabo su misión, se sentía responsable de una tarea de parte de Dios que no podía apla­zar y que no le permitía distracción.

 

En la lectura Job vive una inquietud parecida, dice que pasa las noches en blanco: “Al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba”. También san Pablo vivía esa desazón por hablar y actuar en nombre de Dios, tal como vemos hoy en la segunda lectura, de la Primera carta a los Corintios: “Hermanos, el hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mi si no anuncio el Evangelio!.., es que me han encargado este oficio”. Ojalá que todos los cristianos tuviésemos esa actitud de urgencia, de inquietud, de interés por las cosas de Dios y por vivir de forma coherente y comprometida. Sin caer en el activismo ni en el estrés, debemos estar atentos a no distraernos, a no perder el tiempo y las ocasiones para llevar a cabo nuestra misión evangelizadora.

            * ACTUAR CONTRA EL SUFRIMIENTO

            El domingo pasado ya veíamos cómo la predicación de Jesús iba acompañada de obras, de signos de curación. Hoy vuelve a aparecer: Jesús cura primero a la suegra de Pedro, y después cura a muchos enfermos y endemoniados. Vemos, pues, cómo una de las principales actitudes de Jesús es estar atento a las necesidades de los demás, sobre todo de los que tienen problemas, de los que lo pasan mal. Ante las realidades de sufrimiento que hay a su alrededor (tanto sufrimiento físico como psíquico), Jesús actúa llevando la salud, la alegría, la esperanza, el consuelo. Y esa acción curativa de Jesús es la mejor expresión del mensaje que él predicaba. Es la buena noticia de Dios que canta el salmo: “El Señor sana los corazones destrozados, venda sus heridas... El Señor sostiene a los humildes, humilla hasta el polvo a los malvados”. También nosotros debe­mos llevar a cabo esas acciones curativas hacia los necesitados como una de las prioridades de nuestra vida cristiana personal y comunitaria. Una buena noticia salvadora, por cierto, que hay que hacer llegar tanto a la gente próxima (familia, amigos) como a todos.

            * IMPORTANCIA DE LA ORACIÓN

            Continúa el relato de la jornada de Jesús, y dice que al día siguiente, “se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar”. La oración personal y profunda era la fuerza interior que sostenía, animaba y daba sentido a toda la acción de Jesús. Todo lo que hacía, lo hacía como un signo del amor de Dios que él había experimentado primero, y se sentía empujado a actuar en su nombre. Sin oración toda la acción hacia fuera, para un cristiano, pierde el sentido, y tiene el riesgo de quedar vacía o de perder la orientación correcta. Va bien recordarlo en este mundo nuestro tan activo, tan activista, en el que todos vamos siempre atareados, a menudo incluso agobiados... Y también a veces en nuestra misma tarea pastoral: tantas reuniones, y actividades, y encuentros... No perdamos de vista esa dimensión contemplativa, de oración, sin la que todo lo demás no tiene sentido, porque es como si la faltase el alma.

            * PREDICAR POR TODAS PARTES

            Finalmente, dice que a Jesús vienen a buscarle sus discípulos, cuando todavía estaba rezando, y le dicen que todo el mundo le busca. Y se va con ellos, a predicar por toda Galilea, porque esa es su misión, como reconoce él mismo. Predicar, dar testimonio, vivir y transmitir esa buena noticia del evangelio que a nosotros nos llena y que queremos compartir con los demás. Es lo mismo que ya hemos comentado de san Pablo en la segunda lectura, que predicaba como una necesidad de su fe: “Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes”. Nosotros también deberíamos vivir ese entusiasmo de Pablo: sentimos felices por la fe que vivimos, y por eso casi espontáneamente nos saldría ese deseo de transmitir, de contagiar esa alegría y esa felicidad. Una predicación hecha de palabras y obras: “Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios”. Todos debemos vivir esas actitudes de Jesús: el amor a los demás, la oración, y el testimonio.

XAVIER AYMERICH  

 

REFLEXIÓN - 3

"SE MARCHÓ AL DESCAMPADO" (Mc 1, 29-39)

Jesús no se ha dejado destruir por el activismo. No se ha "vaciado" en la actividad agotadora de cada jornada. Rodeado de gentes que se agolpan sobre él, incluso, después de anochecer, sabe encontrar tiempo para reavivar su espíritu.

Según la información de Marcos, Jesús tenía esta costumbre: se levantaba de madrugada, se retiraba a un lugar solitario y, allí, se entregaba a la oración.

Cuando, al amanecer, los discípulos lo llaman de nuevo, Jesús se levanta con nuevas fuerzas, dispuesto a continuar su servicio generoso e incondicional a las gentes de Galilea. El cansancio es algo con lo que tiene que contar todo hombre o mujer que se esfuerza por cumplir su tarea diaria con entrega y responsabilidad.

Un día las fuerzas se desgastan y el agobio se apodera de nosotros. Quedan atrás la euforia y vitalidad de otros tiempos. Ahora sólo sentimos la falta de aliento, la impotencia, el hastío.

Las raíces del cansancio pueden ser muy diversas. Las ocupaciones nos dispersan, la actividad constante nos desgasta, la mediocridad misma de nuestra vida y nuestro trabajo nos aburre.

Perdemos energías en las mil contrariedades y roces de cada día y no sabemos cómo ni dónde reparar nuestras fuerzas. Nos vaciamos quizás generosamente a lo largo del día, pero no cuidamos el alimento de nuestro espíritu.

¿Qué hacer cuando la alegría interior se nos escapa y sentimos el alma cansada y sin aliento?

Quizás, lo primero sea aceptar con paciencia el cansancio como «compañero de nuestro camino». Pero, al mismo tiempo, recordar que la soledad y el silencio pueden sanar de nuevo nuestras raíces.

Hay una oración callada, humilde y confiada que puede devolvernos el aliento y la vida en las horas bajas del cansancio y el agobio.

Todos necesitamos, de alguna manera, saber retirarnos a "un lugar solitario" para enraizar de nuevo nuestra vida en lo esencial.

Necesitamos más silencio y soledad para reconocer con paz «las pequeñas cosas» que hemos agrandado indebidamente hasta agobiarnos, y para recordar las cosas realmente grandes e importantes que hemos descuidado día tras día.

Esa oración no es huida cobarde de los problemas. Es renacimiento, reencuentro y renovación del espíritu. Es sentirse vivo de nuevo y dispuesto para el servicio.

JOSE ANTONIO PAGOLA

(mercaba)