REFLEXIONES  

Domingo 14º
Tiempo ordinario (b)


 

"No desprecian
a un profeta
más que en su tierra..."

 

 

 

REFLEXIÓN - 1

"TE ESCUCHEN O NO TE ESCUCHEN"

A veces hay padres que se lamentan de que cuando ellos, en casa, han intentado vivir según los principios cristianos, han rezado en familia, han ido el domingo a misa con los hijos, han inculcado valores cristianos como la caridad, la justicia, la verdad..., ahora, cuando los hijos son mayores, han rechazado todo y viven en dirección contraria a lo que se les enseñó. Algunos, hasta tienen complejo de culpabilidad, de si no lo habrán hecho bien.

La cultura laicista que se nos quiere imponer desde las instituciones y los medios de comunicación, no ayuda a vivir los valores del Evangelio y hay que ser fuertes para nadar contra corriente.

A quien no tiene una opción clara por seguir a Jesucristo, por su Evangelio, por su comunidad...; a quien se siente cristiano simplemente   por el hecho sociológico de haber nacido en un lugar y en una familia de tradición católica, le pueden fallar las fuerzas.

La fe es una opción personal. La familia y los demás educan, guían, acompañan, animan..., pero el seguimiento de Cristo es cosa personal; el creer en él es decisión del que acoge la gracia que se le pone delante.

Entonces, ¿no hay que educar a los hijos?, ¿no hay que dar testimonio de nuestra fe?, ¿hay que silenciar los valores cristianos, aunque sepamos que nos conducen a un mundo más justo, más feliz, más humano?

No. Hay que seguir anunciando a Jesucristo con hechos y palabras, aunque nos parezca que es inútil.

Así hemos escuchado que se lo dijo el Señor al profeta Ezequiel. Ha de llevar la palabra del Señor al pueblo de Israel; "y lo harás, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde".

Si le pasó a Jesús, ¿no nos va a pasar a nosotros?: sus mismos vecinos desconfiaban de él, y la desconfianza es lo contrario a la fe. Se sintió despreciado por los suyos, pero él no dejó de recorrer los pueblos predicando y enseñando.

En este momento en el que muchos "predican" caminos contrarios al Evangelio, debemos valorar nuestro ser cristianos, nuestra fe.

Con nuestras palabras y nuestros comportamientos debemos seguir educando a los nuestros en el camino de Jesucristo; debemos defender con todos los medios lícitos y justos la doctrina cristiana, inspirada en la palabra de Dios, nos escuchen o no nos escuchen, acepten a Jesús como Señor y Mesías o no lo acepten.

El Papa ha venido al Encuentro Mundial de las Familias a recordarnos que la familia cristiana es iglesia doméstica y escuela de evangelización; que la familia cristiana es educadora de la fe.

Que la Eucaristía nos fortalezca en esa fe, para que en toda circunstancia, a favor o en contra, demos testimonio de aquel en quien creemos: Jesucristo, nuestro Señor.

 

REFLEXIÓN - 2

SU VECINO ERA EL MESÍAS

A las gentes de Nazaret les pasó lo que a tantos: que lo de Jesús estaba bien, y había que reconocer su doctrina y sus señales. Pero ¿cómo aceptar su mesianismo si era un hombre como los demás? ¿Qué títulos tenía? ¿Qué escuela de rabinos o qué instituto de pastoral había frecuentado? Escandaliza que Dios se encarne en Jesús -¡un hombre de pueblo!- como escandaliza que Jesús se encarne en una Iglesia que, por humana, ha de ser pecadora.

Esconde Dios su infinitud y oscurece su divinidad, y el hombre, en lugar de exultar ("¿hubo algún pueblo que tuviera sus dioses tan cercanos como lo estuvo nuestro Dios de nosotros?"), rechaza la realidad mesiánica porque es un vecino del pueblo cuya profesión y familia todos conocemos.

Su falta de fe hizo que en Nazaret no ocurrieran maravillas. "Sólo curó a algunos enfermos" dice con aire resignado el relato, como quien habla de calderilla. ¿Qué tesoros no hubiera Jesús aportado a aquellas gentes que tanto amaba, si su razón orgullosa no hubiera cerrado los corazones a la fe, ¿Cómo podrían descubrir al Jesús-Señor si no aceptaban al Dios-Siervo? Los nazaretanos, creyentes sin duda en el Dios de Israel, necesitaban ver la humanidad de Jesús, no como el obstáculo que oculta la divinidad, sino como la plataforma que Dios elegía para su manifestación: Emmanuel, Dios-con-nosotros.

Los creyentes de hoy, (y quién no está algo tocado de increencia) necesitamos superar lo que la precariedad humana de la Iglesia pueda suponer de obstáculo para reconocer su misión. El verdadero conocimiento de la Iglesia no termina con decir "Iglesia, comunidad de pecadores", pero lo presupone. Don de Dios es que el hombre sea humilde para descubrir en ella a la dadora de los tesoros de Cristo.

MIGUEL FLAMARIQUE VALERDI
ESCRUTAD LAS ESCRITURAS
REFLEXIONES SOBRE EL CICLO B
Desclee de Brouwer BILBAO 1990. Pág. 112
(MERCABÁ)

 

REFLEXIÓN - 3

INCRÉDULOS

Con este pasaje termina lo que podemos llamar una etapa de la predicación de Jesús, o de la presentación que Marcos va haciendo a lo largo de su evangelio de Jesús y su obra, junto con las reacciones que provoca.

Y termina con un panorama de fracaso: la incredulidad precisamente de los más cercanos. El mismo Jesús se extraña de la poca fe de los suyos. Es un retrato muy humano, nada mitificado.

No "puede" hacer milagros, porque ve que no tienen fe.

Apoyado por la primera lectura, el tema que hoy nos interpela es el de la incredulidad. Sería bueno que tuviéramos presente, como desarrollo sistemático y moderno, la carta de los obispos vascos en Cuaresma-Pascua de 1988 sobre "Creer en tiempos de increencia", donde hacen un magnífico análisis del hecho de la increencia, de sus raíces e itinerarios, así como de los compromisos a que invita a la comunidad eclesial.

-Por qué no creyeron en El. 

Las reacciones ante Jesús son a veces de incomprensión (sus familiares), de superficialidad interesada (por los milagros), de desconfianza (sus paisanos), de hostilidad declarada (los enemigos)...

También algunos creen en El, y pueden ser objeto de su acción salvadora, como hoy hemos leído. Pero la tónica general, es de increencia, cumpliéndose aquello de que "vino a su casa y los suyos no le recibieron" (Jn 1,11), o lo que ya anunció Simeón, de que Jesús iba a ser piedra de escándalo y señal de contradicción.

El asombro ante lo que oían llevó a los paisanos de Jesús a formular la pregunta justa: ¿quién es éste? ¿de dónde saca todo eso? (pregunta que aparece varias veces en Marcos: 1, 27; 4, 41; 6, 3; 8, 27). Pero sus esquemas mentales no les dejaron encontrar la respuesta verdadera. Desconfiaron de él y no le acogieron.

Sin violentar los textos se pueden adivinar dos motivos de esta increencia:

a) Jesús aparece como demasiado sencillo como para ser el enviado de Dios: ¿cómo puede hablar Dios a través de un obrero humilde, sin cultura, a quien además conocen desde hace años? ¿cómo puede venir la salvación mesiánica con rasgos tan cotidianos? Le llaman "el hijo de María": no sabemos si con tono despectivo, o sencillamente para constatar la humildad de su origen familiar. María no es una dama "distinguida" de la sociedad. (También Ella, la Madre, nos da, como su Hijo, a lo largo del evangelio, y para los cristianos de hoy, un ejemplo de sencillez y de calidad, precisamente desde una vida cotidiana, sin milagros ni grandes discursos).

b) Pero además seguramente interviene otro factor: el mensaje de Jesús no es como el de los escribas que explican más o menos sabiamente la Ley. Es un mensaje muy personalizado y exigente: se presenta a sí mismo como el enviado de Dios, y ofrece las líneas del Reino con una carga notoria de compromiso. Si le aceptan, tienen que aceptar también su mensaje. En esta dirección va la lectura preparatoria de Ezequiel, profeta en tiempos difíciles de destierro, que anunciaba también palabras incómodas, que no estaban demasiado dispuestos a escuchar lo que más o menos se habían instalado bien en la falta de esperanza o en el contorno pagano del destierro.

-Seguimos sin querer creer. Sin detenernos en todas las raíces y formas de la increencia moderna (cfr. la carta antes aludida de los obispos vascos), tal vez no sea superfluo repasar sencillamente las dos direcciones que el evangelio mismo apunta.

A veces Dios nos habla desde la cotidianidad y la sencillez extrema, sin aparato ni espectacularidad (de prestigio o de ciencia). Es verdad que hoy, al contrario de los de Nazaret, parece que estamos más dispuestos a descubrir la voz de Dios precisamente en la sencillez de una Iglesia pobre y despojada de todo ropaje de prestigio económico o social. Pero, ¿llegamos a la fe? (También Pablo se nos presenta hoy casi gloriándose... de su debilidad. Totalmente entregado al Reino, pero desde la pobreza y hasta de las dificultades personales. No somos superhombres, sino personas débiles, y seguramente, cada uno con su "espina" particular que le molesta y le marca y le convence de que no es en sus propias fuerzas en las que debe confiar).

Si no estamos dispuestos a hacer mucho caso al mensaje de Dios, tampoco haremos mucho caso de estos mensajeros sencillos y humildes, como Teresa de Calcuta o el vecino de al lado, que nos está dando un testimonio clarísimo, si quisiéramos verlo.

Otras veces la voz de Dios nos puede venir con la vestidura solemne de un concilio o sínodo, o de una encíclica de un Papa.

Pero si no nos interesa demasiado seguirla, dejaremos de oírla por mil razones, poniendo en marcha nuestros "mecanismos de defensa". En el fondo nos hacemos un Dios a nuestra medida, y cuando a El se le ocurre -que es muchas veces- saltarse nuestras programaciones y nos sorprende con un estilo que no esperábamos, no queremos reconocerle; por ejemplo, desprestigiaremos al mensajero (somos unos maestros en desacreditar al que no nos interesa tener que hacer caso) y así no tenemos que escucharle.

Esto pasa en las cosas solemnes (reacciones ante documentos del episcopado o del Papa), o en la vida de cada día. Catalogamos a las personas en nuestro fichero mental, y ya pueden hacer milagros, que no tiene remedio nuestro desinterés o desconfianza. Deberíamos saber reconocer la presencia de Cristo y su voz profética en los signos sencillos y humanos del pan y vino de nuestra Eucaristía, y en las personas de esta comunidad (no de otra ideal), y los pastores concretos que tenemos, y en esta Iglesia que formamos todos, y que es imperfecta y débil, y en la cotidianidad de la vida, que es dónde a Dios le gusta "aparecérsenos", como en los tiempos bíblicos.

J. ALDAZABAL