REFLEXIONES 

2- Febrero

PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO
(A)

 "Mis ojos han visto a tu Salvador"

 

REFLEXIÓN - 1

LUCIDEZ Y ESPERANZA

En la primera fiesta de la Presentación hubo dos extraños invitados. Se invitaron ellos mismos. María y José no hicieron otra cosa que "sentirse maravillados" por la intervención de los dos invitados-sorpresa. El se llamaba Simeón y era justo y piadoso. La tradición dice que era, además, viejo. Lo ha llamado "El anciano Simeón". Sin duda, porque dijo aquello de "puedes ya dejar ir a tu siervo...". Ella se llamaba Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era profetisa y tenía 84 años. Otra anciana. Ambos andaban por el templo paseando su esperanza. Esperaban. Años y años esperando. Hasta que llegó Jesús y reconocieron en El al objeto de su esperanza. Simeón improvisó un poema de iluminación y Ana también alabó al Señor. Además, la viejísima Ana dio en hablar de Jesús "a cuantos esperaban la salvación de Jerusalén". Ninguno de los dos estaba previsto en el ritual de la Presentación pero he aquí que se erigieron en sombras maravilladas y luminosas del Protagonista. En humildes y esperanzados co-protagonistas. Hoy resulta imposible hablar de aquella fiesta y no citarlos con relieve.

Simeón y Ana tuvieron dos virtudes fortísimas: esperanza y lucidez. No se cansaron de esperar y, en el momento justo, supieron descubrir al Salvador. No era fácil descubrirlo entre tanta gente más brillante que El y no había sido fácil resistir años y años de esperanza.

La Presentación es fiesta de lucidez y esperanza. Quienes se sientan cortejados por ambas virtudes, déjensen prender por ellas. Los alejados de toda iluminación acudan a estos viejecitos insensatos que tanto supieron esperar. Miren a su alrededor, no sea que el Niño haya llegado. Intenten descubrirlo. Dejarse quemar por la desesperanza es, con frecuencia, pudrirse de estupidez por falta de luces para descubrir luces. Si no la Luz, al menos luces, esas mil luces que brillan aquí y allá entre tanta oscura desolación.

BERNADINO M. HERNANDO
 

 

 

REFLEXIÓN - 2

SIMEÓN Y ANA

¿Cómo se ve la salvación del Señor? ¿Cómo la reconocemos? Entre todos los niños presentados al templo, ¿cómo pudo Simeón reconocer al salvador? Es difícil poder contestar a estas preguntas pero el Evangelio nos da unas pistas interesantes...
1) Simeón era un hombre “ justo y piadoso ”
2) Simeón “ esperaba la consolación de Israel”
3) En Simeón “ estaba el Espíritu Santo”
4) Simeón había recibido una “revelación” por el Espíritu Santo
5) Simeón es un hombre “ movido por el Espíritu Santo”
 

Como podemos ver Simeón era un hombre que tenía una relación muy estrecha con el Espíritu Santo: escuchaba, actuaba, vivía según el Espíritu y eso le permitía sí ser buena persona, pero sobre todo le permitía no perder la esperanza, le permitía vivir sabiendo que vería al salvador de Israel. Es fácil de suponer que movido también por el Espíritu cogiera al pequeño Jesús en sus brazos, le diera un achuchón y diera gracias a Dios como todos sabemos con su precioso cántico.
 

Ana es otro ejemplo de espera paciente y además dentro de una situación desesperante. El evangelista nos dice que era profetisa y posiblemente lo era tan solo con su forma de vida, no hacían falta palabras, bastaba con verla pegada y dedicada al único lugar desde donde sabía que le podía llegar la salvación. Eso sí, al igual que Simeón, no puede quedarse callada al ver al Salvador.

Carlo Gallucci

 

REFLEXIÓN - 3

GOZO Y SUFRIMIENTO

En el fondo de la escena de la presentación está la vieja ley judía según la cual todo primogénito es sagrado -sea hombre o animal- es sagrado, pertenece a Dios, y por lo tanto ha de entregarse a Dios o ser sacrificado. Como el sacrificio humano estaba prohibido, la Ley obligaba a realizar un cambio de manera que en lugar del niño se ofreciera un animal puro.

Se resalta el hecho de que Jesús ha sido "presentado al Señor", es decir, ofrecido solemnemente al Padre. El sentido de esta ofrenda se comprenderá solamente a la luz de la escena del calvario, donde Jesús ya no podrá ser sustituido y morirá como el auténtico primogénito que se entrega al Padre para salvación de los hombres.

Jesús ha sido ofrecido al Padre y el Padre responde enviando la fuerza de su Espíritu al anciano Simeón, que profetiza. En sus palabras se descubre que el antiguo Israel de la esperanza puede descansar tranquillo; su historia -representada en Simeón- no acaba en vano, ha visto al Salvador y sabe que su meta es ahora el triunfo de la vida. En esa vida encuentran su sentido todos los que esperan, porque Jesús no es sólo gloria del pueblo israelita, es luz y salvación para todos los hombres.

Estas palabras del himno del anciano Simeón son hermosas, sentimentalmente emotivas. Sin embargo, miradas en su hondura, son reflejo de un dolor y de una lucha. Por eso culminan en el destino de sufrimiento de María.

Desde el principio de su actividad, María aparece como signo de la iglesia, que llevando en sí toda la gracia salvadora de Jesús se ha convertido en señal de división y enfrentamiento.

La sabida de Jesús al templo ha comenzado con un signo de sacrificio (22-24), con signo de sacrificio continúan las palabras reveladoras de Simeón.

Desde este comienzo de Jesús como signo de contradicción para Israel (u origen de dolor para María) se abre un arco de vida y experiencia que culminará sobre el calvario y se extendería después hacia la Iglesia.

Todo el que escuche las palabras de consuelo en que Jesús se muestra como luz y como gloria (29-32) tiene que seguir hacia adelante y aceptarle en el camino de dureza, pasión y muerte.

En ese camino no irá jamás en solitario, le acompaña la fe y el sufrimiento de María.