REFLEXIONES

2- Febrero

DOMINGO 4º

TIEMPO ORDINARIO
(A)

 "Dichosos..."

 

REFLEXIÓN - 1

LO QUE NO GUSTA ESCUCHAR

Estamos en tiempo preelectoral y los partidos políticos ya han sacado sus arma para defenderse y atacar. El gobierno, presidente y ministros, ha elegido, como un arma de ataque, el ir contra la Iglesia, contra los Obispos, contra todas aquellas asociaciones cristianas que defienden posturas diferentes a las que ellos llevan en sus programas, sobre todo en lo referente al derecho a la vida y a la familia.

Intentan convencer a la gente que la Iglesia no está al día, que no se moderniza, que no acepta costumbres, situaciones e ideas de la sociedad actual; que vamos contra las leyes que se votan en el Parlamento.

Según ellos, la Iglesia debería aceptar el aborto, la eutanasia activa, las relaciones sexuales extramatrimoniales, la manipulación genética, , las relaciones homosexuales, la familia entendida como uniones de personas de cualquier sexo, el Estado como único educador de los niños y jóvenes... Se está quedando atrás.

La Iglesia debe ser fiel a Jesucristo y al Evangelio y esa fidelidad vivirla en estos tiempos, con las dificultades que tienen. No podemos cambiar el Evangelio.

A muchos que se dicen dirigentes de la política y de la cultura de nuestro tiempo, no les gusta el mensaje del Evangelio y si alguien se siente interpelado por él, lo mejor, piensan, es un buen ataque.

En esta sociedad de la globalización y de las nacionalidades, que su primer objetivo es el beneficio a costa de lo que sea, no les gusta escuchar que los primeros, la primera preocupación, deben ser los pobres.

En esta sociedad del culto al cuerpo, de los gimnasios y de las operaciones de estética, no gusta escuchar que los primeros son los que sufren, los enfermos, los discapacitados.

En esta sociedad de la comodidad y del hedonismo, del botellón y las fiestas de fin de semana, no gusta escuchar que, para Dios, los primeros son los que lloran.

En un mundo de desigualdades entre países, culturas y personas, no gusta escuchar que los preferidos de Dios son los que luchan por la justicia.

En un mundo de grandes potencias, que tienen grandes arsenales de armas y que montan terribles guerras, no gusta escuchar que Dios está por los que trabajan por la paz.

En unos estados de derecho que fabrican leyes, no siempre justas, y se llenan la boca de la palabra "justicia", no gusta escuchar que Dios, el verdaderamente justo, prefiere la misericordia.

En fin, en un mundo de mentiras y apariencias, de fachadas y sepulcros blanqueados, Dios prefiere a los limpios de corazón.

Por eso quien defiende el espíritu de las bienaventuranzas, será ridiculizado, tratado de antiguo, perseguido. Pero ellos serán los herederos del Reino de Dios.

La Iglesia, los cristianos, no debemos cambiar el Evangelio para adaptarnos a las nuevas modas, ideologías y costumbres, pues sólo viviendo desde el Evangelio podremos crecer como personas, según nuestro modelo, que es Cristo, y vivir ya en este mundo según las categorías del Reino de Dios.

 

 

REFLEXIÓN - 2

CONTRA CORRIENTE

Uno aprendió de niño las «bienaventuranzas». Las aprendió de memoria con puntos y comas, intuyendo que eran frases sabias, de mucho contenido. Desde entonces ha llovido mucho, claro. Y uno se ha dado cuenta de que lo importante no es «saberlas de memoria», sino «irse empapando de ellas», hacer que se conviertan en «carne de nuestra carne». Por eso, ante el Evangelio de hoy, conviene hacer algunas precisiones.

1º Cristo, al afirmar que «son dichosos los pobres, los pacíficos, los perseguidos, los que sufren», no estaba brindando un programa de resignación pasiva a los pusilánimes; una especie de adormidera para conformarnos con las injusticias; un «opio del pueblo» que animara a los desheredados y desesperados a «aguantar mecha», ya que «la vida es así»; un consuelo pensando en ser recompensados en el «más allá», ya que no lo hemos conseguido en el «más aquí». No. Cristo no aprueba la pobreza, la persecución o el dolor como un «fin», sino como unos «medios».

2ª Esa es la segunda consideración. El «fin» que Cristo busca es que seamos «sus seguidores», «ciudadanos de su reino». Ahora bien, para entrar en ese «reino» hay que hacer un trastocamiento de valores, un «volver del revés» muchas cosas, se requiere un cambio de mentalidad y de corazón. Es decir, son necesarios unos «medios»: son las «Bienaventuranzas».

3ª. La aceptación de estas «bienaventuranzas» suponer «ir contra corriente», meterse en la «locura de la cruz», hacer propia aquella página de Pablo: «Nosotros somos necios por Cristo, vosotros sensatos; nosotros débiles, vosotros fuertes; nosotros despreciados, vosotros célebres». Efectivamente: ¿Quién podría pensar nunca que el «ser pobre y vivir con dignidad la pobreza» es garantía de «poseer el reino verdadero»? ¿Quién habría osado decir que todos los débiles, los minusválidos y deformes tienen, en su «privación», el certificado de pertenecer a una raza de «superhombres»? ¿Quién se atrevería a proclamar que los desprecios, las calumnias, la soledad pueden ser pasaporte para la «ciudad de la alegría»? Más aún, en una sociedad frenética de sexo y hedonismo, ¿no es como una provocación asegurar que «los limpios de corazón verán a Dios»? Sí, amigos, entrar en esa filosofía es entrar en la «paradoja de Jesús». Esa paradoja que dice que «los últimos serán los primeros» y que «por la muerte, se va a la Vida».

4ª Y aquí conviene hacer una última apreciación. Y es: que poner esta programación en marcha es tarea ardua y difícil. Por lo que habrá que partir de dos estrategias imprescindibles. Primera, la gracia de Dios absolutamente imprescindible, ya que «sin mí no podéis hacer nada».

La gracia de Dios, conseguida a través de la oración y de los sacramentos. Y segunda: nuestro personal esfuerzo, renovado una vez y otra vez, ya que el cansancio y la monotonía siempre ponen trabas a nuestros buenos deseos. Nuestro personal esfuerzo, que además, es la varita mágica para que nos llegue la gracia de Dios. Porque, como dicen los teólogos: «Al que hace lo que está de su parte, Dios no le niega su gracia».

Resumiendo: las bienaventuranzas pueden quedarse en «consignas bellísimas escritas en pancartas a los lados de nuestro camino». O pueden convertirse en vida de nuestra vida, pasando a grabarse en nuestros actos y en nuestro corazón. Creo que esto segundo es lo que quería Jesús.

ELVIRA-1

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REFLEXIÓN - 3

LA FELICIDAD NO SE COMPRA

Nadie sabemos dar una respuesta demasiado clara cuando se nos pregunta por la felicidad. ¿Qué es de verdad la felicidad? ¿En qué consiste realmente? ¿Cómo alcanzarla? ¿Por qué caminos?

Ciertamente no es fácil acertar a ser feliz. No se logra la felicidad de cualquier manera. No basta conseguir lo que uno andaba buscando. No es suficiente satisfacer los deseos. Cuando uno ha conseguido lo que quería, descubre que está de nuevo buscando ser feliz. También es claro que la felicidad no se puede comprar. No se la puede adquirir en ninguna planta del «Corte Inglés» como tampoco la alegría, la amistad o la ternura. Con dinero sólo podemos comprar apariencia de felicidad.

Por eso, hay tantas personas tristes en nuestras calles. La felicidad ha sido sustituida por el placer, la comodidad y el bienestar. Pero nadie sabe cómo devolverle al hombre de hoy el gozo, la libertad, la experiencia de plenitud.

Nosotros tenemos nuestras «bienaventuranzas». Suenan así: Dichosos los que tienen una buena cuenta corriente, los que se pueden comprar el último modelo, los que siempre triunfan, a costa de lo que sea, los que son aplaudidos, los que disfrutan de la vida sin escrúpulos,los que se desentienden de los problemas...

Jesús ha puesto nuestra «felicidad» cabeza abajo. Ha dado un vuelco total a nuestra manera de entender la vida y nos ha descubierto que estamos corriendo «en dirección contraria».

Hay otro camino verdadero para ser feliz, que a nosotros nos parece falso e increíble. La verdadera felicidad es algo que uno se la encuentra de paso, como fruto de un seguimiento sencillo y fiel a Jesús.

¿En qué creer? ¿En las bienaventuranzas de Jesús o en los reclamos de felicidad de nuestra sociedad?

Tenemos que elegir entre estos dos caminos. O bien, tratar de asegurar nuestra pequeña felicidad y sufrir lo menos posible, sin amar, sin tener piedad de nadie, sin compartir... O bien, amar... buscar la justicia, estar cerca del que sufre y aceptar el sufrimiento que sea necesario, creyendo en una felicidad más profunda.

Uno se va haciendo creyente cuando va descubriendo prácticamente que el hombre es más feliz cuando ama, incluso sufriendo, que cuando no ama y por lo tanto no sufre por ello.

Es una equivocación pensar que el cristiano está llamado a vivir fastidiándose más que los demás, de manera más infeliz que los otros.

Ser cristiano, por el contrario, es buscar la verdadera felicidad por el camino señalado por Jesús. Una felicidad que comienza aquí, aunque alcanza su plenitud en el encuentro final con Dios.

JOSE ANTONIO PAGOLA
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