REFLEXIONES

26- Enero

DOMINGO 3º

TIEMPO ORDINARIO
(A)

 "Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos "

 

REFLEXIÓN - 1

LUZ Y VIDA

En todas las épocas se dan situaciones de oscuridad y muerte.      

Cuando analizamos los grandes desastres en los que el mundo está metido, nos damos cuenta de que somos muy pocos los que vivimos bien . A nosotros no nos han dejado en la calle y sin nada los duros golpes de la naturaleza; no nos tocan nada los miles y miles de personas que han perdido familiares y bienes; están muy lejos, no son nuestros parientes. Tampoco nos afecta el hambre, la violencia de la guerra, la incultura, las enfermedades serias de los países pobres, muchos de ellos en la miseria. Comparados con ellos vivimos bien, mejor dicho, muy bien.

Por eso no sé si nos podemos sentir interpelados por la Palabra de Dios de hoy: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló".

 Si creemos que vivir en la luz es tener muchas cosas, no veremos las grandes oscuridades que hay también en nosotros y la necesidad que tenemos de esa "luz grande".

Conscientes de las propias oscuridades, de las propias situaciones de pecado y muerte, los cristianos debemos llevar al mundo un mensaje de luz y de vida: "Acreciste la alegría... porque la vara del opresor y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, lo quebrantaste", porque el Reino de los cielos está cerca.

Por eso, hoy, la llamada de Jesús a la conversión es , sobre todo, para los que nos decimos sus seguidores, para los que somos portadores de su mensaje de luz y esperanza.

Si en nosotros se apaga la luz de Cristo, si nos falta la esperanza de que el Reino de los cielos es una realidad que ya ha comenzado, si los demás no ven en nosotros signos de ayuda, de cercanía, de que estamos a su lado en los problemas y las oscuridades de la vida, necesitamos convertirnos.

Y la conversión no es a hacer unas cosas u otras; la conversión es al seguimiento de Jesucristo. También a nosotros nos ha dicho como a Pedro y Andrés, a Santiago y Juan: "Venid y seguidme", enrolaos en mi tarea de ser "pescadores de hombres". Pero Jesús quiere una entrega decidida, como la de los primeros discípulos y, después, apóstoles: "Inmediatamente dejaron las redes y le siguieron", Pedro y Andrés, "Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron", Santiago y Juan.

No hay tiempos más o menos difíciles para la vivencia de la fe, para el seguimiento de Jesucristo. Aunque nos parezca que los nuestros son malos, los ha habido mucho peores. Hoy el problema está más en nosotros que fuera de nosotros. Queremos ser cristianos, seguidores de Jesucristo, y no dejar de lado modelos de vida no cristianos que presenta nuestra sociedad y que nos atraen.

Unidad en torno a Cristo pedía San Pablo a los cristianos de Corinto.

La Eucaristía es fuente de luz y de vida. Cómo la necesitamos para aprender a ser luz en nuestros ambientes y para ser portadores de vida en tantas situaciones de muerte.

No perdamos la esperanza, porque el reinado de Dios ya ha comenzado.

 

REFLEXIÓN - 2

ALEGRÍA: NUNCA ES TARDE 

Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos.

No nos gusta hablar de conversión. Casi instintivamente, pensamos en algo triste, penoso, muy unido a la penitencia, la mortificación y el ascetismo. Un esfuerzo casi imposible para el que no nos sentimos ya con humor ni con fuerzas.

Pero, si nos detenemos ante el mensaje de Jesús, escuchamos, antes que nada, una llamada alentadora para cambiar nuestro corazón y aprender a vivir de una manera más humana, porque Dios está cerca y quiere poner nueva vida en nuestra vida. La conversión de la que habla Jesús no es algo forzado. Es un cambio que va creciendo en nosotros en la medida en que vamos cayendo en la cuenta de que Dios es alguien que quiere hacer nuestra vida más humana y feliz.

Porque, convertirse no es, antes que nada, intentar hacer desde ahora todo «mejor», sino sabernos encontrar con ese Dios que nos quiere mejores y más humanos. No se trata sólo de «hacerse buena persona» sino de volver a aquél que es bueno con nosotros. Por eso, la conversión no es algo triste sino el descubrimiento de la verdadera alegría. No es dejar de vivir sino sentirse más vivo que nunca. Descubrir hacia dónde debemos vivir. Comenzar a intuir todo lo que significa vivir.

Convertirse es algo gozoso. Es limpiar nuestra mente de egoísmos e intereses que empequeñecen nuestro vivir cotidiano. Liberar el corazón de angustias y complicaciones creadas por nuestro afán de dominio y posesión. Liberarnos de objetos que no necesitamos y vivir para personas que nos necesitan.

Uno comienza a convertirse, cuando descubre que lo importante no es preguntarse: «¿cómo puedo ganar más dinero?», sino «¿cómo puedo ser más humano?». No «¿cómo puedo llegar a conseguir algo?» sino «¿cómo puedo llegar a ser yo mismo?». Cuando uno se va convirtiendo a ese Dios del que nos habla Jesús, sabe que no ha de temerse a sí mismo ni tener miedo de sus zonas más oscuras. Hay un Dios a quien nos podemos acercar tal como somos.

Si, al pasar los años, no nos hemos encontrado nunca con este Dios, podremos llegar a ser algo importante, pero habremos equivocado el sentido de nuestra vida. Cuando hoy escuchemos la llamada de Jesús: "Convertíos porque está cerca el Reino de Dios", pensemos que nunca es tarde para convertirse, porque nunca es tarde para amar, nunca es tarde para ser más feliz, nunca es demasiado tarde para dejarse perdonar y renovar por Dios.

JOSE ANTONIO PAGOLA

(mercabá)

 

REFLEXIÓN - 3

TOMANDO POSICIONES

El evangelio de hoy pinta a un Jesús «tomando posiciones». Quizá una lectura rápida del evangelio puede darnos la impresión de que Jesús era «un improvisador», alguien que iba dejando caer su doctrina y sus signos «sobre la marcha», sin demasiada premeditación. Y sin embargo, leyéndolo despacio, encontramos en él unos planes determinados, unas etapas escalonadas, siguiendo siempre «la voluntad de Dios, que era su alimento». Eso es el evangelio de hoy. Una página en acción, que sigue tres objetivos, tres peldaños.

SE ESTABLECIÓ EN CAFARNAUM. 

Lo mismo que el pueblo de Nazaret fue el lugar idóneo para su larga preparación para la vida pública, Cafarnaún aparece como el lugar estratégico para ese ministerio público. No lo eligió como un lugar estático, al estilo de las orillas del Jordán para el Bautista, sino como un centro dinámico. De allí saldría y allí volvería tras cada correría apostólica. ¿Su «cuartel general»? Isaías había dicho hace mucho tiempo: ..País de Zabulón y de Neftalí .. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande». Eso fue Cafarnaún. Un lugar que empezó a irradiar luz para disipar tinieblas. (Me gusta pensar en una iglesia --parroquias, colegios y universidades cristianas, centros de jóvenes, medios de comunicación...-- tratando de irradiar luz, tratando de disipar tinieblas «desde el evangelio»).

CONVERSIÓN. 

Ese es, y será siempre, el primer paso de quien quiera seguir a Jesús: Comenzó a predicar Jesús diciendo: «Convertíos porque está cerca del reino de los cielos». Daos cuenta. Es exactamente lo mismo que decía el Bautista. Y es que, en ese sentido, lo que hace Jesús es «tomar el testigo» de Juan y continuar insistiendo en algo básico. Vida de pecado, vida mundanizada, vida de placeres y egoísmos son cosas que «no casan» con «ser discípulos» de Jesús. Para acercarse a Dios, «hay que quitarse las sandalias», como Moisés. A eso nos invita siempre el sacerdote al «entrar al altar de Dios»: a «reconocer nuestros pecados». Los místicos van por el mismo camino: antes de llegar a la vía iluminativa y la unitiva, quieren que pasemos por la «purgativa». Jesús, más adelante, dirá: «Los limpios de corazón verán a Dios». Pero ya desde ahora nos dice: «Convertíos», es decir, «cambiad; fuera el hombre viejo».

VENID Y SEGUIDME

Supuesto ese cambio de mentalidad y de corazón, el tercer paso puede ser esa personal «llamada de Jesús»: «Viendo junto al lago a Simón y Andrés, y, más adelante, otros dos hermanos, Santiago y Juan, les dijo: Venid y seguidme; os haré pescadores de hombres». Por culpa de todos, amigos míos, se nos ha ido devaluando la estima de la vocación religiosa y sacerdotal. Sí, de todos: de los padres y de los hijos, de los sacerdotes y de los fieles, del medio ambiente y del mal ambiente, que lo hemos ido creando entre todos. Y, sin embargo, y pese a quien pese, es seguro que Jesús «sigue pasando por las orillas de todos los lagos y sigue invitando». Y es necesario que los invitados, con la ayuda de la comunidad que formamos los cristianos, tengan el coraje de «dejar las redes y seguirle». En cualquier caso, no estará mal que todos, clérigos y laicos, «tomemos posiciones», como Jesús. Primero, sabiendo elegir nuestro «Cafarnaúm». Después, metiéndonos en clima de «constante conversión». Después «no endureciendo el corazón, si oímos la voz de Dios».

ELVIRA-1

(mercabá)