REFLEXIONES

20 - Septiembre

DOMINGO 25º

  TIEMPO ORDINARIO   
 
(A)

" ¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?"

 

REFLEXIÓN - 1

¿VAS A TENER TÚ ENVIDIA PORQUE YO SOY BUENO?

Decíamos la semana pasada que muchas veces no pasamos de la justicia humana, aunque, como cristianos, nuestros pensamientos y acciones deberían estar  inspiradas en el comportamiento de Dios, revelado en Jesucristo con su vida y sus palabras.

Seguimos en el "ojo por ojo, diente por diente", en "el que peor se comporte, que pague más"; que Dios no sea bueno con todos, sino más bueno con unos que con otros, y esos otros, que seamos nosotros, los que venimos a la iglesia, los que intentamos llevar una vida honrada, al menos cara afuera, los que no "robamos ni matamos, ni somos adúlteros".

¿Cómo va a actuar igual Dios con nosotros que con unos asesinos y terroristas? ¿para qué, entonces, un infierno?

No es justo que, después de una vida de servicio al Señor, entre sacrificios y privaciones, se tenga el mismo premio que quien toda su vida ha estado alejado de Él y ha hecho lo que le ha dado la gana.

¿Es que no hemos pensado alguna vez así?

Dios es incomprensible, inabarcable y por eso, a veces, nos cuesta acoger y aceptar su forma de actuar.

Cuántas veces nosotros, en nuestros comportamientos con los que nos hacen mal o se lo hacen a los demás o a la sociedad, no somos tanto justos, cuanto vengativos.

Cuántas veces pensamos que los "malos" son los otros, cuando por dentro estamos llenos de odios, envidias, agresividades...

Es más fácil hacer a Dios como nosotros, castigador y justiciero, que hacernos nosotros como Dios, bueno, justo, perdonador. Y, sin embargo, el Señor nos ha dicho: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto".

Aunque vengamos todos los días a misa, aunque recemos cada día el rosario, aunque nuestra vida sea "normal", necesitamos acercarnos cada día más al Señor, buscarlo, para conocerle mejor, para entender que sus caminos, que sus planes, no son nuestros planes. El malvado y el criminal, como decía la primera lectura, que regrese al Señor, que tendrá piedad. Pero no olvidemos que todos somos pecadores.

¿Y los que trabajamos en la viña del Señor?

Los cristianos convertidos del judaísmo se creían con derechos históricos sobre los cristianos convertidos del paganismo, que eran los de última hora.

¿Es que el premio, el salario va a ser para todos igual? Los integrados en actividades pastorales o de servicio en la Iglesia, ¿igual que los que sólo vienen a misa los domingos o los cristianos de boda, bautizo y entierro?

Debemos grabar fuertemente en nuestro corazón las palabras del Señor: "¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?"

Dejemos a Dios los juicios sobre las personas y sus comportamientos, porque sólo Él conoce lo profundo de su corazón.

Si, como San Pablo, intentamos que Cristo sea nuestra vida, cambiarán muchas de nuestras formas de pensar.

Que al alimentarnos del Pan de la Palabra de Dios y del Cuerpo y la Sangre de Cristo, nuestros pensamientos y acciones se acerquen cada vez más a los del Señor. 

 

REFLEXIÓN - 2

RECOMPENSA IGUAL PARA UN TRABAJO DESIGUAL. 

La parábola parte de la existencia de obreros parados que se presentaban en la plaza pública a la libre contratación de un propietario que necesitase de su trabajo. El tiempo de la jornada de trabajo está limitado por la luz del día: "desde la salida del sol hasta la aparición de las estrellas". El jornal diario normal era un denario. Exactamente lo convenido con los trabajadores de primera hora. Junto a ellos hay otros que han trabajado en la viña desde las nueve, las tres y las cinco de la tarde respectivamente. Esta diversidad en la duración del trabajo tiende a poner de relieve la enseñanza principal de la parábola.

Según las prescripciones del Antiguo Testamento el salario debía pagarse el mismo día en que había sido realizado el trabajo (Lev 19, 13; Deut 24, 15). El dueño de la viña manda a su mayordomo que pague a los obreros en orden inverso a como habían sido contratados. Y que todos reciban la misma cantidad. Estos dos detalles tienen también importancia para la enseñanza de la parábola. Las protestas de los obreros de primera hora no estarían justificadas en la parábola si no hubiesen visto que los de última hora recibían un denario. Es entonces cuando se acusa de injusticia al señor de la viña. Este, sin embargo, atribuye la protesta a que "tu ojo es malo", es decir, a la envidia y animosidad contra los favorecidos.

La parábola podía haberse titulado "recompensa igual para un trabajo desigual". La parábola pretende únicamente acentuar la diversidad en el trabajo. No hace referencia ni a los diversos períodos en la historia de la salvación o de la humanidad ni a la diferente edad en que el hombre atiende la invitación que se le hace para formar parte del reino. Precisamente por eso resulta ilegítimo concluir que los últimos recibieron la misma recompensa que los primeros por su mayor aplicación y rendimiento en el trabajo. Esta interpretación destruiría la intención primera de la enseñanza parabólica.

El centro de interés lo tenemos en el v. 15: "¿No puedo hacer lo que quiero de mis bienes? ¿O has de ver con mal ojo que yo sea bueno?", y también en la recompensa, que es igual para todos.

Como el dueño de la viña es Dios, la parábola pone todo su acento en la liberalidad soberana de su actuación independiente.

Actuación divina que, juzgada con criterio humano, resulta incomprensible, pero lógica. ¿Quién puede pedir cuentas a Dios por su conducta? El hombre es su siervo (Lc 17,7-10). No puede presentarse ante su Señor con pretendidos derechos. La recompensa que Dios otorga al hombre será siempre pura gracia. El hombre nunca tiene derecho a pasar la factura a Dios. Cierto que Pablo espera la recompensa que le es debida en justicia (2 Tim 4,7).

Pero este premio tiene su último fundamento en la gracia previamente concedida por el Señor.

La conclusión de la parábola es, pues, la siguiente: Dios obra como el dueño de la viña en cuestión, que, por su bondad, se compadeció de aquellos hombres e hizo que, sin merecerlo, también llegase a ellos un salario desproporcionado a su trabajo. Pura gracia del Señor. ¡Así es Dios, así de bueno con los hombres! La sentencia final de los últimos y los primeros se halla en la misma línea de la parábola: los primeros son, en este caso, los fariseos y, en general, el pueblo elegido, que se creía con peculiares privilegios ante Dios y con el derecho de pasarle la factura. Jesús, con la parábola en cuestión y la sentencia final, dio el golpe de gracia a este concepto de Dios y de su retribución. Porque el escándalo por el proceder de Dios no estaba justificado desde el terreno de la justicia. ¡Lo había provocado su bondad! Pero, ¿la bondad para con el prójimo justifica esta clase de escándalos?

COMENTARIOS A LA BIBLIA LITÚRGICA NT

(mercabá)

 

REFLEXIÓN - 3

A CADA UNO SU DENARIO

Cuando leemos la parábola de los trabajadores de la viña, también nosotros, en nuestro interior, tendemos a expresar nuestra extrañeza: «¿Cómo pudo, este dueño de la viña, pagar por igual a los que sólo trabajaron una hora y a los que soportaron todo el peso del día y del bochorno?»

Las más elementales normas de justicia social parecen exigir un pago proporcionado a las horas del rendimiento en el trabajo. Y, sin embargo, el dueño de la viña, ante la protesta de los trabajadores de la «primera hora», dijo: «Amigo, no te hago ninguna injusticia». Es más, Jesús se identificó con su proceder, ya que, al comenzar su discurso, dijo: «El reino de los cielos se parece a un propietario que, al amanecer...». Y, a continuación, nos contó la parábola.

Creo, por tanto, que Jesús, con su parábola, intentaba decir otras cosas. Primera.--Que el reino de los cielos no podemos exigirlo en términos de «justicia», sino en términos de «amor», de «gratuidad». ¿Qué méritos tengo yo para que se me regale todo un paraíso de felicidad? San Pablo decía: «¿Qué tienes tú que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías, etc...?» En otro lugar, aludiendo a la insignificancia de nuestro trabajo, afirmaba: «Ni el que siembra es nada, ni el que riega, sino el que da el incremento». Y Jesús dijo claramente: «Sin mí no podéis hacer nada».

Bien haremos, pues, los cristianos en comprender que Dios es el Gran Capataz que, ante nuestro más mínimo esfuerzo --«un solo talento bastaría»-- nos ofrece contratos en blanco en los que nosotros mismos podemos poner una cifra millonaria. Ese es «su denario». Segundo.--La parábola nos recuerda las constantes invitaciones de Dios en las sucesivas etapas de la historia: «Sal de tu tierra, Abraham». O: «Vete a Egipto, Moisés...». O: «Antes de formarte en el vientre, te elegí». O: «A ti, niño te llamará profeta del Altísimo». O: «Venid detrás de mí, que os haré pescadores de hombres». Sí, son los incansables pasos de Dios, en una «alianza que no cesa» con los hombres.

Tercero.--Dios no sólo llama a la Humanidad en general, en las vicisitudes de la historia. Sino a cada hombre en particular. A mí, en concreto, en las etapas de mi vida: ha venido a mi plaza en el amanecer de mi niñez, en la mañana de mi adolescencia, en el mediodía de mi juventud, en el otoño de mi madurez. «Yo estoy a la puerta y llamo», me dice. Y cada cual puede certificar que ha escuchado su voz alguna vez, diciéndole: «¿Qué haces ahí todo el día ocioso? Ven a mi viña».

Y, cuarto.--La parábola nos recuerda otra «constante» del evangelio. Y es: que los veteranos, los de la «primera hora», nunca deben envalentonarse. Al pueblo de Israel, que se sentía «comensal privilegiado», Jesús le recordó más de una vez: «Vendrán de Oriente y Occidente muchos que se sentarán a la mesa, mientras los hijos serán echados fuera». Papini escribió un bello libro titulado: «Los operarios de la viña». Recogía en él una galería de personajes, muy distintos y distantes pero que, a una hora u otra, habiendo sido contratados, con su esfuerzo y desde su campo, respondieron a la construcción del mundo. Personajes en suma, que, como Abraham, Moisés, Jeremías, Juan o los Apóstoles, supieron que el mero hecho de haber sido «llamados a la viña», es ya, de por sí, el mejor «denario».

ELVIRA

(mercabá)