REFLEXIONES

 

 

REFLEXIÓN - 1

EL MEJOR CAMINO

Algunos dicen que el mejor sistema de convivencia es la anarquía, la ausencia de jefes y leyes.

Sería fantástico no necesitar ni jefes ni leyes porque cada uno responde de sus actos, respeta a los demás, busca el bien de la colectividad, poniéndose a sí mismo sus propios límites. Sería vivir la propia libertad desde el derecho a la libertad de los demás.

Una verdadera anarquía no es hacer lo que a uno le venga en gana sin jefes, leyes ni cortapisas, sin límites, sin respeto a los demás.

La verdadera anarquía es una utopía, pues en la convivencia humana no se puede prescindir de la realidad del pecado, del egoísmo, del ansia de estar por encima de los demás y dominarlos.

Es verdad que se necesitan sistemas de gobierno, personas y leyes que ordenen la convivencia en aras del bien común. También es verdad que personas y grupos utilizan el gobierno y las leyes para subyugar a los demás, para imponer sus ideologías, para oprimir y explotar a los pueblos.

Desde nuestra visión cristiana sólo las leyes y gobiernos que se inspiren en la ley de Dios verán crecer y desarrollarse a sus pueblos en paz y libertad, en armonía y respeto, en la alegría de caminar juntos sin que nadie se quede atrás.

Y la ley de Dios está fundamentada en el amor, porque Dios mismo es Amor; un amor que da por adelantado y da lo que más quiere, su propio Hijo, que se entrega hasta la muerte para el perdón de los pecados y para que podamos llevar una vida nueva.

Y permanecer en el amor de Dios y de Cristo es guardar los mandamientos.

La palabra "mandamiento" nos suena a ley a imposición y lo que se hace por imposición no expresa amor y libertad.

Cuando acojo libremente los mandamientos de Dios, acepto libremente el camino que Él me indica para vivir en el amor, para desarrollarme a su imagen, como amor.

Cuando entiendo los mandamientos como una imposición, como mucho, los cumplo, pero no vivo en el amor.

Ya en el Sinaí, los mandamientos indicaban el camino para una convivencia fuerte, respetuosa, fraterna, de unión con Dios y con los demás.

Jesús los sintetizó: Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

Y al final del evangelio de hoy hemos escuchado: "Esto os mando: que os améis unos a otros".

Por eso una convivencia humana fundamentada en el amor, entendido como entrega, respeto, preocupación por los demás, especialmente los más débiles y desprotegidos, es fuente de alegría, de fraternidad, que es superación de la amistad, de libertad, porque ya nadie es siervo, todos somos hijos del mismo Padre, Dios.

"No me habéis elegido vosotros a mí, soy yo quien os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure". Este mensaje de que es posible una vida fundamentada en el amor, se puede quedar en palabras si no se ha hecho vida, si no hay fruto; sería una utopía más.

Cuando dentro de la Iglesia, en nuestras comunidades cristianas vivamos de esta manera, podremos indicarle al mundo, con autoridad, cómo de debe vivir. Nuestra vida fortalece nuestro mensaje.

La Eucaristía robustece nuestra fe y nos impulsa a la comunión fraterna en el amor; nos compromete a ser testigos, con nuestras obras, de lo que celebramos: el amor de Dios hecho, en el Hijo, entrega hasta la muerte por nuestra salvación.

 

 

REFLEXIÓN - 2

UNA VIDA NUEVA QUE SE COMUNICA

· (El discípulo auténtico)

Los discípulos de Jesús comienzan a serlo de verdad cuando experimentan la presencia viva y, al mismo tiempo, misteriosa de Jesús resucitado. Es una vitalidad interior totalmente desconocida para ellos. Tienen la certeza de que aquel Jesús, que convivió con ellos durante los años de su actividad publica, vive, está presente y lo viven en el fondo fondo de su ser de una manera particular. Un empuje interior que no es sino el mismo Espíritu de Dios que antes había arrastrado a Jesús y que ahora alienta en la vida de cuantos creen en el resucitado. Es una convicción de que algo novedoso y desconcertante está dominando sus vidas.

(Una riqueza vital desbordante)

Es por tanto una experiencia riquísima, sencilla y compleja al mismo tiempo: el Padre ha resucitado a Jesús (la muerte, pues, no es la última palabra ante la precariedad de esta vida), Jesús vive y se convierte para ellos en el Señor (vale la pena confiar en él y en el mensaje que predicó), Jesús retorna al Padre (quedan, pues, ellos como testigos de su mensaje y continuadores de su obra), una fuerza interior les impulsa a dar testimonio de Jesús (es el Espíritu que cambia su cobardía en valentía). La experiencia de la resurrección es todo esto y mucho más todavía que la persona va captando paulatinamente.

· (Renovación de criterios)

La experiencia de Jesús resucitado sana y limpia incluso los criterios raquíticos y obtusos que las personas tienen. Es el caso de Pedro. Su mente, moldeada en la estricta tradición judía, descartaba a los paganos como beneficiarios del plan de Dios. Pero, desde la nueva manera de entender la vida que le ofrece la fe en Jesús resucitado, no duda en acogerlos en el seno de la comunidad de salvados.

El mensaje de Jesús resucitado rompe toda barrera y todo límite. Pedro ha comprendido que Dios no tiene preferencias. Las reticencias y los temores humanos se hacen añicos ante la acción del Espíritu. Lo grande es que Pedro ha secundado los deseos del Espíritu, olvidándose de sus criterios poco universales y excesivamente anclados en el pasado. La fe en Jesús resucitado nos acerca a valorar y defender todo aquello que es permanente y a relativizar todo aquello que es secundario.

· (Confianza incondicional en Dios)

Este cambio operado en lo intimo de la persona es la prueba más sólida del amor de Dios. No sólo ha enviado su Hijo a este mundo, no sólo su Hijo ha compartido las consecuencias de ser fiel a unas convicciones y de cumplir su voluntad, no sólo el Hijo asumirá la muerte como suprema expresión del amor, sino que ese Dios Padre, Hijo y Espíritu inundarán la vida de quien crea en ese Dios que ha resucitado a Jesús. Dios siempre ama primero y en abundancia, por encima de toda expectativa humana e incluso diferente a los deseos humanos. No nos cabe otra actitud que creer en este amor, a veces incomprensible, de Dios. Y corresponder a su amor con nuestro amor.

Solamente quien ama entiende las razones y el contenido del amor. En el ejercicio íntimo de nuestra confianza y amor a Dios llegamos a captar la abundancia de su amor. No queramos amar a Dios sino como él quiere ser amado. Y eso se realiza en la generosidad y en la entrega sin condiciones. Cuando esperamos algo a cambio adulteramos el amor y, por regla general, nos sentimos decepcionados. Hemos rebajado tanto el listón que el amor lo hemos identificado con nuestros deseos y necesidades

· (Más allá de nuestros proyectos)

Dios a cada uno de nosotros nos encomienda una sencilla y costosa misión. Nos ha elegido no para figurar en ninguna portada de las revistas de moda sino para que afirmando nuestra fe en el resucitado, tengamos la osadía de romper nuestras cortas miras y vivir como testimonios de Jesús, haciendo el bien sin mirar a quién. Esa es la manera de ser de Dios. Y él nos elige, nos ama y nos envía para hacer otro tanto. Esto es lo más justo que podemos hacer.

Santa Teresita el Niño Jesús, una joven apasionada por Jesús, entendió que el amor es el único bien que vale la pena ambicionar. Pero que el amor auténtico consiste en amar no con nuestra medida sino con la medida de Jesús. Amar a los demás como Jesús los ama. No es una chiquillada, sino la sabia perspicacia de ampliar cada vez el marco de la verdadera felicidad aquí en la tierra que es amar al estilo de Dios. Que él nos ayude en el intento.

ÁNGEL BRIÑAS

(mercabá)

 

 

 

REFLEXIÓN - 3

LA CONSIGNA DEL AMOR

Este proyecto sigue las lecturas del domingo 6 de Pascua Eso sí: a la 2ª lectura, de la carta de Juan, se le podría añadir la 2ª del domingo 7 de Pascua, que es su continuación.

(Artículo primero: el amor)

Las lecturas de hoy nos han centrado claramente en la consigna del amor como el programa prioritario de los cristianos. Como si la Pascua, que estamos celebrando, tuviera aquí su clave principal: ¿amamos o no amamos? Este es el "mandamiento" por excelencia, que nunca acabamos de aprender y cumplir. No está mal que nos miremos a este espejo y nos examinemos, para saber si estamos siguiendo bien los caminos del Resucitado.

(Un amor en tres tiempos)

La carta de san Juan, y de nuevo el evangelio de san Juan, nos proponen este tema del amor con una "lógica" que nos podría parecer un poco extraña.

* Ante todo, nos asegura que Dios es amor. No somos nosotros los que amamos primero. Es él el que nos ha amado, anticipándose a nosotros. Y lo ha demostrado en toda la historia, sobre todo en su momento central, cuando hace ahora dos mil años nos envió a Cristo su Hijo.

La mejor prueba del amor de Dios la tenemos precisamente en la Pascua que estamos celebrando desde hace cinco semanas: ha resucitado a Jesús y en él a todos nosotros, comunicándonos su vida. De Dios podemos resaltar su inmenso poder, su sabiduría, su santidad. Pero hoy hemos escuchado una definición sorprendente: Dios es amor. Y ahí está el punto de partida de todo.

* Un segundo paso es constatar que Cristo Jesús es la personificación perfecta de ese amor: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo". En Cristo vemos el amor de Dios en acción. Cristo nos muestra su amor: "Ya no os llamo siervos, os llamo amigos". Y lo puede decir con pleno derecho, porque es el que mejor ha hecho realidad esa palabra: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos".

El Cristo de la Pascua, el entregado a la muerte y resucitado a la vida, es el que puede hablar de amor. En la misma escena en que dice estas palabras -su cena de despedida- hará con sus discípulos un adelanto simbólico de su entrega en la cruz: se ciñe la toalla y les lava los pies. El amor del que sirve, del que se entrega hasta el final, del que no se busca a sí mismo.

* Y ahora viene la conclusión. Amaos unos a otros: Es el tercer momento de esta propuesta del amor. Una conclusión que parece como que rompe la lógica, porque se podría suponer que acabara de otro modo: si Dios os ama, si yo os he demostrado mi amor, responded vosotros con vuestro amor a Dios y a mí. Y sin embargo, la conclusión de Jesús es otra: "Amaos unos a otros". Es una lógica sorprendente, pero que Juan subraya una y otra vez. Sólo el que ama a los demás "ha nacido de Dios", sólo el que ama "conoce a Dios".

(Amor de hijos y de hermanos)

"Amor" es una palabra que usamos mucho y que puede llegar a vaciarse de contenido. Pero aquí se nos presenta cargada de contenido. El que se siente amado por Dios, el que tiene conciencia de "hijo" de Dios y "hermano" de Cristo, tiene un programa de vida clarísimo: tiene que amar a su hermano. Si yo soy hijo de Dios, y los demás también lo son, todos nos debemos sentir hermanos y amarnos. Es un programa que nos ofrece los mejores ideales y a la vez la más auténtica alegría: "Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud". La alegría de Cristo es profunda y seria: es la alegría del que se ha sacrificado por los demás hasta las últimas consecuencias. En nuestra vida familiar y social tenemos muchas ocasiones para ejercitar este primer mandamiento, hecho cercanía, comprensión, perdón, ayuda generosa...

(Un amor universal: el caso de Cornelio)

Hemos escuchado en la primera lectura un caso muy hermoso de esta caridad fraterna, concretada en la actitud de tolerancia y universalismo. La comunidad primera, por medio de Pedro, primero, y luego de todos, aceptan en la fe a una familia pagana, romana por más señas (o sea, de la nación ocupante), la familia del centurión Cornelio. Iluminados por el Espíritu, se dan cuenta de que Dios no hace "acepción de personas", que no distingue entre naciones y lenguas y procedencias. La comunidad cristiana aprendió así una lección de apertura.

Esto sigue costándonos a nosotros. Es difícil aceptar a personas de distinta formación, de carácter, cultura, ideología y edad diferentes... Y, sin embargo, la lógica es clara: Dios quiere a todos, Cristo se entregó por todos, por tanto nosotros debemos amar también con corazón universal.

En cada Eucaristía escuchamos todos la misma Palabra, recibimos el mismo alimento de vida, y nos damos la paz. Que se note también en la vida que estamos aprendiendo a amar con el mismo corazón universal de Dios y de Cristo.

J. ALDAZABAL (+)