REFLEXIONES  

12 - Abril

Domingo de Resurrección

 
 

" Hasta entonces no
habían entendido
la Escritura"

 

REFLEXIÓN - 1

PASCUA PARA TODOS

1. El acontecimiento pascual, sacramentalmente celebrado en la eucaristía, no se reduce sólo a Cristo y a la Iglesia, sino que tiene relación con el mundo y con la historia. La eucaristía pascual es promesa de la Pascua del universo, una vez cumplida la totalidad de la justicia que exige el reino. Todo está llamado a compartir la Pascua del Señor, que, celebrada en comunidad, anticipa la reconciliación con Dios y la fraternidad universal.

2. En el día pascual de la resurrección, Jesús se apareció a las «mujeres», a los discípulos de Emaús y a los Once en el cenáculo. Comió con todos ellos. Son comidas transitorias entre la resurrección y la venida del Espíritu. Estas comidas expresan el perdón a los discípulos y la fe en la resurrección. Enlazan las comidas prepascuales de Jesús con la eucaristía.

3. Denominada «fracción del pan» por Lucas y «cena del Señor» por Pablo, se celebraba al atardecer, a la hora de la comida principal. Había desde el principio un servicio eucarístico (mesa del Señor) y un servicio caritativo (mesa de los pobres). Se festejaba el «primer día de la semana», con un ritmo celosamente observado. Surge así la celebración del día del Señor (pascua semanal), y poco después la celebración anual de la Pascua.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Vivimos un cristianismo gozosamente pascual?

CASIANO FLORISTAN

(mercabá)

 

 

REFLEXIÓN - 2

AMENAZADOS DE VIDA

Él había resucitado de entre los muertos.

Cada vez es más intenso el afán de todos por estrujar la vida, reduciéndola al disfrute intenso e ilimitado del presente. Es la consigna que encuentra cada vez más adictos: «Lo queremos todo y lo queremos ahora».

No dominamos el porvernir y, por ello, es cada vez más tentador vivir sin futuro, actuar sin proyectos, organizar sólo el presente. La incertidumbre de un futuro demasiado oscuro parece empujarnos a vivir el instante presente de manera absoluta y sin horizonte. No parece ya tan importantes los valores, los criterios de actuación o la construcción del mañana. El mañana todavía no existe. Hay que vivir el presente.

Sin embargo, cada uno de nosotros vive más o menos conscientemente con un interrogante en su corazón. Podemos distraernos estrenando nuevo modelo de coche, disfrutando intensamente unas vacaciones, sumergiéndonos en nuestro trabajo diario, encerrándonos en la comodidad del hogar. Pero, todos sabemos que estamos "amenazados de muerte".

En el interior de la felicidad más transparente se esconde siempre la insatisfacción de no poder evitar su fugacidad ni poder saborearla sin la amenaza de la ruptura y la muerte. Y aunque no todos sentimos con la misma fuerza la tragedia de tener que morir un día, todos entendemos la verdad que encierra el grito de Miguel de ·Unamuno-M: «No quiero morirme, no, no, no quiero ni puedo quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que soy y me siento ser ahora y aquí».

Este pobre hombre que somos todos y cuyas pequeñas esperanzas se ven tarde o temprano malogradas e, incluso, completamente destrozadas, necesita descubrir en el interior mismo de su vivir un horizonte que ponga luz y alegría a su existencia. Felices los que esta mañana de Pascua puedan comprender desde lo hondo de su ser, las palabras de aquel periodista guatemalteco que, amenazado de muerte, expresaba así su esperanza cristiana:

«Dicen que estoy amenazado de muerte... ¿Quién no está amenazado de muerte? Lo estamos todos desde que nacemos... Pero hay en la advertencia un error conceptual. Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor.

Estamos equivocados. Los cristianos no estamos amenazados de muerte. Estamos «amenazados» de resurrección. Porque además del Camino y la Verdad, él es la Vida, aunque esté crucificada en la cumbre del basurero del Mundo».

JOSE ANTONIO PAGOLA

 

 

 

REFLEXIÓN - 3

«ESTE ES EL DÍA»

Este es el día que hizo el Señor. Un día que empezó aquella madrugada del sábado al lunes de hace dos mil años y que perdurará para siempre. De lo que ocurrió ese día arranca «todo» para el cristiano.

Es verdad que, como dijo Pedro, «la cosa empezó en Galilea», concretamente en Nazaret, cuando el ángel se llegó a María y le dijo: «Dios te salve, llena de gracia...». Pero, cuando las cosas empezaron a «tener sentido de verdad» fue aquella mañana de resurrección. Es decir, hoy.

Porque daos cuenta. La muerte de Jesús cortó por lo sano todas las ilusiones de los apóstoles y de sus seguidores. ¿Quiénes eran los apóstoles? Gentes que «lo habían dejado todo y le seguían». ¿Por qué? Porque «una rara virtud salía de El y curaba a todos». Porque «tenía palabras de vida eterna». O porque, como los de Emaús, «esperaban que fuera el futuro libertador de Israel». Lo cierto es que «a aquel profeta poderoso en obras y palabras, los sumos sacerdotes y los jefes lo condenaron a muerte y lo crucificaron». Y entonces, a todos sus seguidores, se les hundió el mundo. Y sobre sus vidas y sobre su corazón, cayó una losa, tan grande y fría como la que cayó sobre el sepulcro de Jesús. «Causa finita». Fin.

Pero no. Más bien: Principio, Aurora definitiva. Día «octavo» de la Creación. «La primavera ha venido. Y todos sabemos cómo ha sido». Leed despacio el evangelio de hoy, y el de ayer-noche, y el de todo este tiempo. Y veréis cómo van «resucitando» todos: la Magdalena, los de Emaús, y los apóstoles desconcertados. Escuchad su grito estremecido que se les sube por los entresijos del alma: «Era verdad, ha resucitado y se ha aparecido a Simón».

Es decir, tras el aparente fracaso de Cristo crucificado, que da al traste con todas sus ilusiones, la resurrección trajo un cambio radical en su mente y en su vida. Dio «sentido» a todo lo que los discípulos antes no habían entendido: al valor de la humillación, del dolor, de la pobreza; comprendieron aquella obsesión de Jesús por el Padre, la fuerza del «mandamiento nuevo», distinto, imprescindible. Todo lo entendieron.

Y así, la resurrección se convirtió para ellos en la piedra fundamental de su fe, en el convencimiento de la divinidad de Jesús, y en el núcleo de toda su predicación. Eso. Ya no pensaron en otra cosa. Esa fue su chaladura: declarar oportuna e inoportunamente que «ellos eran testigos de la muerte y de la resurrección de Jesús». Y que «creer eso, era entrar en la salvación». Ese fue su pregón. Y ésa debe ser la única predicación de la Iglesia.

Lo que ocurre es que, a partir de ahí, los hombre se dividen en dos: los que no creen y piensan que todo acaba con la muerte. Y prefieren no pensar en ella, aunque la ven cabalgando por todos lados, de un modo inevitable. Y se agarran a la «filosofía de la dicha», ya que el tiempo corre que vuela. Y proclamen como Camús: «No hay que avergonzarse de ser dichosos». Y, segundo los que creemos, a pesar del tormento de la duda y la humillante caducidad de las cosas. Los que hemos aceptado el kerigma de Cristo resucitado. Porque algo nos dice en nuestro interior que no pueden quedar fallidas nuestras ansias de inmortalidad. Y, sobre todo, porque como dirá Pablo: «Si Cristo no hubiera resucitado, seríamos los seres más desdichados». Por eso, dejadme que os repita: «La primavera ha venido. Y todos sabemos cómo ha sido».

ELVIRA-1