REFLEXIONES


Santísima

Trinidad

(b)
 


"...bautizándolos
en el nombre del Padre, 
del Hijo y del Espíritu Santo"

 

 

 

REFLEXIÓN - 1

UN AMOR QUE SE DESBORDA

Buscaba el otro día en Internet imágenes que representaran ala Santísima Trinidad. Y encontré dos tipos de imágenes: la clásica en la que al Padre se le representa como un anciano venerable de barba blanca, en un trono sobre las nubes; al Hijo se le representa ya sea crucificado, ya glorificado, sentado a la derecha del Padre, y como un joven adulto; finalmente, al espíritu Santo casi siempre en forma de paloma, tanto entre el Padre y el Hijo, como encima de ambos con las alas extendidas.

La otra imagen con la que me encontré es la de tres personas exactamente iguales entorno a una mesa. Las tres personas tienen las mismas caras, los mismos gestos y las mismas vestiduras, es decir, la misma imagen repetida tres veces.

A través de estas pinturas se nos presenta, se nos expresa, se nos proclama el misterio de la Santísima Trinidad.

Nuestra fe en la Santísima Trinidad afirma la unicidad de Dios, es decir el "Creo en un solo Dios", que proclamamos en la profesión de fe. Las imágenes exactamente iguales nos dicen que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el mismo y único Dios.

Por otra parte, las imágenes de un Padre de aspecto venerable, la de Cristo, sea crucificado, sea glorificado, y la paloma del Espíritu, forma con la que se hizo presente en el Bautismo de Jesús, nos manifiestan la otra afirmación de nuestra fe; que , si bien son un solo y único Dios, también son tres personas distintas.

"Tres personas distintas y un solo Dios verdadero", dice el catecismo.

Y todo ello lo afirmamos "porque tu lo revelaste", como se dice en el prefacio del día.

Podremos profundizar en nuestras afirmaciones, podremos buscar  los conceptos y las palabras que más fácil y claramente definan el misterio de la Santísima Trinidad, pero, al final, es un misterio revelado que se acoge desde la fe.

El misterio de la Santísima Trinidad es el Misterio del Amor de Dios que se desborda y se multiplica en las tres personas.

Es el misterio de un Dios Padre, cercano, que nos crea a su imagen y nos quiere tanto que, cuando rompemos con Él por el pecado, nos ofrece la salvación, nos libera de nuestras esclavitudes; además es un Dios que camina a nuestro lado como no lo hace ningún otro dios.

Y ese amor de Dios se hace uno de nosotros en el Hijo, que, metiéndose en nuestra muerte, nos saca de ella y, resucitando, nos abre a la vida nueva para siempre.

Y de se amor de Dios en el Padre y el Hijo procede el Espíritu Santo, Espíritu de Vida, que nos llena de esa vida de Dios, que nos guía, acompaña y fortalece en el camino del seguimiento de Jesucristo.

Al conocimiento de este amor trinitario y desbordante no hemos llegado por nuestras capacidades intelectuales.

Así se nos ha revelado, así lo creemos y así lo proclamamos.

Dios es comunión de personas y la Iglesia es la comunión de los que acogemos al Dios revelado por Jesucristo, Padre , Hijo y Espíritu Santo.

Y es el Bautismo el signo  por el que participamos en esa comunión con Dios y con la Iglesia; comunión que hay que vivirla en amor a Dios y al prójimo, enseñando, con el ejemplo, a vivir según el Señor nos ha mandado.

 

REFLEXIÓN - 2

"EN EL NOMBRE DEL PADRE, 
Y DEL HIJO, Y DEL ESPÍRITU SANTO "

"En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Ha zarpado el barco de la Iglesia. A impulsos de una palabra -"Id"-, ha soltado las amarras que lo mantenían atado a la presencia visible de Jesús. Es la hora de su 'envío', de su 'misión'. Tiene por delante una descomunal tarea: llevar a 'todos los pueblos' la buena noticia de que Jesús nos salva: toda una aventura, llena de peligro y de esperanza... ¡No temas, Iglesia! Vas en el nombre del Señor -Padre, Hijo y Espíritu-. Él será tu fuerza. Él hará posible la utopía de ese programa que predicas: un mundo de hermanos, de hijos. Suyo será el mérito, suya la gloria. Por eso es tan importante que te mantengas fiel. Que nunca te creas la dueña. Que todo lo hagas en su nombre.

"En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu".

¿Se oyó alguna vez algo semejante? Un Dios alto y grande, el único 'allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra', dueño absoluto del viento y de la luz, Señor del tiempo. Un Dios que, sin necesitar nada de nadie, toma sin embargo la iniciativa -a impulsos del amor- de crear, de escuchar, de perdonar, de salvar. Un Dios tan cercano, que sabe inventar un idioma a la medida de cada corazón, que es capaz de preparar un camino de vuelta para cada arrepentimiento. Un Dios tan olvidado de su poder que, hasta cuando impone unos mandamientos, lo hace 'para que seas feliz tú, y tus hijos después de ti'.

Un Dios que, disponiendo de todas las armas para vencer, prefiere bajar desarmado y solo a nuestra incómoda arena; y aquí, como de igual a igual, trata de convencernos, de ganarse nuestros corazones uno a uno. Es un lenguaje fácil de comprender. Es agradable dejarse convencer por un amor tan grande. Es maravilloso vivir en el nombre de tal Señor.

"En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu".

Venimos de muy abajo. Desde muy atrás, casi desde el principio, hemos venido trasmitiéndonos la esclavitud como una triste herencia; era como nacer con las manos ya encallecidas. Pero un día se nos encendió la esperanza: ¡hay camino! Es posible remontar la desgracia. Es posible dejar atrás la tristeza, y el trabajo como castigo, y el salario del miedo, y la sombra de la muerte amargándonos la vida. Es posible asomarnos a un paisaje diferente donde no hay mendigos a la puerta, ni gente escondiendo su llanto por los rincones, ni capataces con el látigo en la mano; sino una gran mesa bien abastecida, con hijos felices sentados alrededor de un 'Abba= Padre', de rostro sonriente. Es posible un mundo sin guerras, sin cuentas pendientes de odio, sin hambre, sin este abismo creciente entre los que lo tienen casi todo y los que no tienen casi nada: un mundo de hermanos. Es posible llamar amiga a la muerte, porque viene a traernos la noticia, tan esperada, de que somos al fin libres, de que ya no hay nada que impida el abrazo que nos hará totalmente felices... Es posible, sí. 'Para los que se dejan llevar por el espíritu'. Para los que viven 'en nombre del Señor'.

Eso es la Trinidad. No es un dogma distante y frío. Es la presencia caliente del amor de Dios -Padre, Hijo y Espíritu-, haciéndonos posible la Vida.

JORGE GUILLEN GARCIA
AL HILO DE LA PALABRA
Comentario a las lecturas de domingos y fiestas, ciclo B

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REFLEXIÓN - 3

UN AMOR GOZOSO

Si por un imposible, la Iglesia dijera un día que Dios no es Trinidad, ¿cambiaría en algo la existencia de muchos creyentes? Probablemente, no. Por eso queda uno sorprendido ante la confesión del P. Varillon: «Pienso que si Dios no fuera Trinidad, yo sería probablemente ateo... En cualquier caso, si Dios no es Trinidad, yo no comprendo ya absolutamente nada».

La inmensa mayoría de los cristianos no sabe que al adorar a Dios como Trinidad, estamos confesando que Dios, en su intimidad más profunda, es sólo amor, acogida, ternura.

Es quizás la conversión que más necesitan: el paso progresivo de un Dios considerado como Poder a un Dios adorado gozosamente como Amor.

Dios no es un ser "omnipotente y sempiterno" cualquiera. Un ser poderoso puede ser un déspota, un tirano destructor, un dictador arbitrario. Una amenaza para nuestra pequeña y débil libertad.

¿Podríamos confiar en un Dios del que sólo supiéramos que es Omnipotente? Es muy difícil abandonarse a alguien infinitamente poderoso. Es mejor desconfiar, ser cautos, salvaguardar nuestra independencia.

Pero Dios es Trinidad. Dinamismo de amor. Y su omnipotencia es la omnipotencia de quien sólo es amor, ternura insondable e infinita. Es el amor de Dios el que es omnipotente.

Dios no lo puede todo. Dios no puede sino lo que puede el amor infinito. Y siempre que lo olvidamos y nos salimos de la esfera del amor, nos fabricamos un Dios falso, una especie de Júpiter extraño que no existe.

Cuando no hemos descubierto todavía que Dios es sólo Amor, fácilmente nos relacionamos con él desde el interés o el miedo. Un interés que nos mueve a utilizar su omnipotencia para nuestro provecho. O un miedo que nos lleva a buscar toda clase de medios para defendernos de su poder amenazador.

Pero una religión hecha de interés y de miedos está más cerca de la magia que de la verdadera fe cristiana.

Sólo cuando uno intuye desde la fe que Dios es sólo AMOR y descubre fascinado que no puede ser otra cosa sino AMOR presente y palpitante en lo más hondo de nuestra vida, comienza a crecer libre en nuestro corazón la confianza en un Dios Trinidad del que lo único que sabemos en Cristo es que no puede no amarnos.

JOSE ANTONIO PAGOLA

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