REFLEXIONES


IVº Domingo de Pascua

(b)

"doy mi vida por las ovejas"

 

 

REFLEXIÓN - 1

"MEJOR ES FIARSE DEL SEÑOR"

¿Podemos poner nuestra vida, nuestra esperanza, nuestra salvación en manos de los hombres?

Cuántos se presentan como salvadores, cuántos prometen grandes cosas, valores importantes: libertad, solidaridad, igualdad de tratos y derechos, la paz verdadera, el respeto a los diferentes y contrarios, la escucha a todos, también a las minorías, una vida mejor, un mundo mejor, un servicio desinteresado a la sociedad...

A la hora de la verdad, tantas promesas duran lo que dura una campaña electoral.

Cuando se encuentran con el poder entre las manos y con la posibilidad de manejar los presupuestos, donde dije "digo", digo "diego". Ya no mandan las bellas promesas electorales, el gobernar para todos; mandan las ideologías de partido, los intereses personales o de grupo, el pago de facturas a los que se han vendido.

Ya nos lo decía el salmo responsorial:

"Mejor es refugiarse en el Señor
       que fiarse de los hombres,
       mejor es refugiarse en el Señor
       que fiarse de los jefes"

¿Qué perspectivas tenemos en la vida? ¿Tener un buen sueldo, una buena jubilación y que nos falte de nada? Eso se puede conseguir con mucho trabajo y alguna trampa que otra. ¿Cómo se han hecho, si no, algunas fortunas?

Pero quien quiera en la vida algo más, como es el ser auténtica persona, verdaderamente libre, es decir, que toma sus propias decisiones sin manipulaciones externas, crecer en el cuerpo y en el espíritu, vivir con perspectivas de eternidad y plenitud..., que no lo espere de los jefes de este mundo.

Sólo Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nuestra salvación puede darnos la vida en plenitud. Él es la piedra angular para dar solidez a la construcción de una persona auténtica; Él es el salvador, "ningún otro puede salvar"; por Él hemos sido hechos hijos de Dios y nuestro destino es vivir eternamente en Dios, "verle cara a cara".

Cuántos de los que se presentan como pastores, guías, jefes del mundo, también en la Iglesia, acaban siendo mercenarios, asalariados. No sirven al pueblo, se sirven de él para sus intereses, para medrar, para hacerlo laboratorio donde probar sus ideas, sus genialidades.

Cuando viene el lobo, es decir, los problemas, abandonan, eso sí, poniendo a buen recaudo los beneficios obtenidos.

¿Quién es el buen pastor? El que da la vida por las ovejas, el que las sirve, las cuida, las quiere, aquel a quien le importan las ovejas.

Podemos estar tranquilos, tenemos un Pastor al que le importamos, que nos quiere, que nos salva dando la vida por nosotros. Ese Pastor es Jesús, el Señor.

Somos ciudadanos del mundo, de un país, de una sociedad, debemos elegir para guiarnos y dirigirnos a aquellos que consideremos más idóneos, pero conscientes de que ninguno es el Buen Pastor, el salvador, que de ninguno podemos fiarnos totalmente.

Ya nos lo ha dicho la Palabra de Dios de hoy:

- Jesucristo es el Salvador. Ningún otro puede salvar.

- Mejor es refugiarse en el Señor, que fiarse de los jefes.

-"Yo soy el Buen Pastor que da la vida por las ovejas", dice Jesús.

Que Él sea en centro y el punto de referencia de nuestra vida.

 

 

REFLEXIÓN - 2

"OVEJAS DE CRISTO"

La figura del pastor fue todo un símbolo en Israel y en el contexto histórico-cultural en el que vivió.

En la literatura oriental antigua en general y, concretamente en la Biblia, se da el nombre de pastores a los reyes y jefes de los pueblos. Las relaciones de Yavhé con su pueblo Israel se ilustran con imágenes tomadas de la vida de los pastores. Ante la corrupción de los "pastores" de Israel, sean reyes o sacerdotes, se alza la voz de los profetas, quienes anuncian que, al fin, Dios mismo se hará cargo del rebaño o que suscitará de la estirpe de David un buen pastor que rija con justicia a su pueblo (Jr 23, 1-6; Ez 34, 23; 37, 24). Cuando Jesús dice que es el buen pastor, se refiere a estas profecías y se presenta como el Mesías prometido; pero en el evangelio de Juan el símbolo del pastor, aplicado a Jesús, ha perdido todo el significado de dominio sobre las ovejas.

No se trata aquí solamente de decir lo que hace el buen pastor, sino de la definición del buen pastor. Jesús es el buen pastor porque da la vida por sus ovejas.

El asalariado es todo lo contrario del buen pastor. En vez de dar la vida por las ovejas, vive de ellas. Por eso las abandona a su suerte cuando llega el peligro. No hay que pensar que el texto hace alusión a los fariseos del tiempo de Jesús o a los que se presentaron como Mesías y llevaron al pueblo al matadero.

Asalariados, falsos pastores, demagogos de toda clase los hubo entonces y los hay ahora.

En cambio, no ha habido ni puede haber otro que sea el buen pastor. Nótese el contexto pascual en el que debe entenderse la expresión "Yo soy". Jesús, el Señor resucitado, es el "buen pastor". Nadie puede ocupar su lugar, nadie puede representarlo en el sentido de desplazarlo o sustituirlo. El "buen pastor" no tiene sucesores, pues vive y es hoy el "buen pastor". Los que se llaman pastores en la Iglesia sólo pueden hacer presente o visible el servicio de Cristo dando la vida por las ovejas de Cristo.

Las ovejas no son de Pedro ni de los sucesores de Pedro, ni de los obispos; son siempre las ovejas de Cristo. Y Cristo mantiene con ellas relaciones personales de conocimiento y de amor, las mismas que se dan entre él y el Padre.

EUCARISTÍA

(mercabá)

 

 

REFLEXIÓN - 3

 

EL BUEN PASTOR

Hay dos experiencias básicas, fundamentales y profundas que todo cristiano debe tener en su vida, si quiere considerarse tal. La primera es sentir a Cristo vivo, resucitado de entre los muertos. La segunda es sentirse hijo de Dios y, como tal, llamado a compartir con Cristo, nuestro hermano, esa nueva vida.

Esto se puede explicar, se puede enseñar en catequesis, se puede repetir una y mil veces en las homilías, se puede saber de memoria y repetir cada mañana al levantar y cada noche al acostarnos. Pero lo importante, lo vital, lo decisivo no es que se sepa, sino que se experimente, que se sienta, que se viva.

Hay muchos cristianos a los que no les cuesta nada decir que Dios es su Padre, pero que no se sienten hijos de Dios, que no sienten esa vibración de hijo que, lógicamente, sentimos ante nuestros padres de carne y sangre.

Quizás en nuestra catequesis hemos dejado un tanto orillada esta verdad, la hemos transmitido como algo a saber en vez de como algo a vivir.

Quizás hemos insistido demasiado en la justicia de Dios, o en su grandeza, o en su poder... y lo que hemos conseguido es transmitir a un Dios lejano, distante, inaccesible... Así, ¿quién puede sentirlo como Padre? Lo propio de un padre es la cercanía, la disponibilidad, el tenerlo a nuestro lado, el sentir la seguridad y la confianza que nos transmite... ¿Así sentimos a Dios?

Ese fue el afán de Jesús; o al menos podemos estar seguros de no equivocarnos si lo formulamos en estos términos: Jesús se desvivió por acercarnos a Dios, por facilitarnos el reconocerlo a nuestro lado, por hacernos comprender que es nuestro Padre, y que esto no es un título más en la larga lista de atributos que podemos aplicarle a Dios, sino el principal y primero, el único que de verdad importa e interesa.

El afán de Jesús no es que sintamos temor ante el poder de Dios, sino paz ante su amor, consuelo ante su cercanía, confianza ante su paternidad. Pero lo cierto es que nuestros sistemas religiosos no siempre han estado acertados a la hora de transmitir a los hombres esta buena noticia. No estaría de más esforzarnos por hacer coincidir nuestros «afanes» con el afán de Jesús.

Y para transmitir ese mensaje de la paternidad de Dios, mucho nos ayudaría ser nosotros más comprensivos con el hombre de hoy. Menos condenas y más comprensión. Comprender, ayudar, salvar... ¿Cuándo vamos a entender que los que llamamos «marginales» no necesitan tanto que les recordemos lo que deberían hacer como que son, también ellos, hijos de Dios, igual que la oveja perdida no necesita sermones sino alguien que se remangue los pantalones y se vaya a buscarla, y esté con ella, y la eche sobre sus hombros, y la cuide...? La imagen del pastor y la oveja, que nos trae el Evangelio de hoy, es más, mucho más que una fuente de inspiración para pintores, o una frase para cierta literatura religiosa.

Pero ser pastor así no es fácil; «el buen pastor que da la vida por las ovejas». ¡Casi nada! ¡Dar la vida! Porque pastores, en un momento dado, todos lo somos: de los hijos, de los padres, de los amigos, de los empleados, de los pacientes, de los vecinos, de... Pues el Evangelio es claro: si no somos (pastores) así, somos asalariados, llenos de buenas palabras, de hermosos documentos, de grandilocuentes declaraciones... que echamos a correr en cuanto viene el lobo, dejando las ovejas a su suerte.

¿A cuántas «ovejas» hemos dejado a su suerte? ¡Si tenemos hasta el valor de llegar a decir: «se lo tiene merecido»! ¿Eso es ser buen pastor? ¿Qué hacemos con las mujeres que abortan, con los homosexuales, con los enganchados en la droga, con los emigrantes, con los gitanos, con los...? De momento, clasificarlos con esa etiqueta, incluso antes de reconocerles la categoría de personas. Los vemos por su peculiaridad antes que por su esencialidad. Y después los dejamos abandonados a su suerte: «ellos se lo han buscado». Así, ¿cómo conseguir que el hombre se sienta hermano?, ¿cómo lograr que se sienta hijo?

A veces da la impresión que ser hijos de Dios no es un don que el Padre nos hace, sino un privilegio de ricos, de acomodados, afortunados en la vida... ¡Lo que nos faltaba! Si alguien necesita descubrir que Dios es Padre son, precisamente, los otros, igual que la oveja que necesita que su pastor vaya a por ella es la que se ha perdido y no las que se han quedado bien seguras en el redil, igual que no necesitan de médico los sanos, sino los enfermos.

Dice la primera lectura que Pedro, inspirado por el Espíritu Santo, proclamó: «la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Quizá nosotros seguimos haciendo lo mismo, y desechamos las piedras angulares de nuestra vida, porque desechamos a los pobres (a las ovejas «perdidas»), sin darnos cuenta que ellos son los que nos ofrecen la posibilidad de ser más humanos, más cercanos, más hermanos. Si, como él dijo, lo que le hacemos a uno de los más pequeños se lo hacemos al propio Jesús, Jesús sigue siendo la piedra angular del mundo que continuamente es empujada fuera de nosotros, por todos.

Pero somos hijos de Dios, aunque ahora no se note del todo. Y eso debe abrir nuestro corazón a la esperanza. Estamos a tiempo, es viable, podemos hacerlo, podemos sentirnos hijos y, por lo tanto, hermanos de los hombres. Podemos cambiar la sociedad y el mundo, podemos hacer realidad el Reino de Dios entre nosotros. Y si esto suena a utopía, tenemos que proclamar bien fuerte: ¡Pues claro! ¡Es que lo nuestro es la utopía! ¡La utopía de la fraternidad universal!