REFLEXIONES  

10 - Noviembre

32º DOMINGO

TIEMPO ORDINARIO


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" No es Dios de muertos sino de vivos"

 

 


 

REFLEXIÓN 1

CREO EN LA RESURRECCIÓN

Actualmente nos encontramos con muchas personas que no creen en la resurrección y en la vida eterna; también algunos que se dicen cristianos.

Su horizonte no va más allá de esta vida y las cosas que hay en ella. Por eso buscan la felicidad en lo inmediato. Esa es su meta. Lo que tengan y disfruten aquí eso es lo que se llevan.

Para otros, el futuro es el recuerdo que dejan; mientras se acuerden y hablen de ellos, es como si están vivos todavía. Corto futuro también, pues la inmensa mayoría es olvidada al poco tiempo, en pocas generaciones.

También están aquellos que afirman que el cuerpo desaparece, se pudre y queda el espíritu, que va vagando de un lado a otro; hay quienes dicen que los ven y les oyen.

Siempre ha habido una inquietud por conocer qué pasará después de la muerte.

También en tiempos de Jesús había quienes afirmaban la resurrección de la persona y quienes la negaban.

Entre los que la negaban estaban los saduceos, grupo de gente importante, ya que entre ellos había sumos sacerdotes; vivían bien y colaboraban con la potencia dominadora, Roma, para no tener problemas.

Había una ley en el Pentateuco llamada la ley del levirato, según la cual, si un hombre moría sin dejar descendencia, el hermano del difunto debía casarse con la viuda y darle, así, una descendencia a su hermano muerto, para que no desapareciera su apellido en Israel.

Cuando discutían los saduceos, que no creían en la resurrección, con los fariseos que sí creían, solían ponerles el mismo que ejemplo que a Jesús.

Los siete hermanos, que se casaron con la viuda del primero, y que no le dieron descendencia; cuando resuciten los muertos, ¿de quién será la mujer?, todos han sido su marido.

Los saduceos sólo admitían la autoridad del Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia; los otros libros, algunos de los cuales hablaban de la resurrección, no tenían para ellos ninguna autoridad.

Jesús sí acepta la resurrección de la persona completa: cuerpo y espíritu; les dirá que el resucitado es la misma persona que era antes de morir, aunque la vida sea diferente, "como ángeles; son  hijos de Dios". Las cosas de esta vida, entre ellas el matrimonio y la procreación, ya no tendrán sentido. Será la gran fraternidad de los hijos de Dios.

Y como la puerta de esta vida eterna está cerrada al pecado, el mismo Jesús, Hijo de Dios, entregando su vida en la cruz, como supremo sacrificio de expiación por nuestros pecados, y resucitando al tercer día, nos limpia del pecado y nos abre de par en par las puertas de la eternidad. "Si con él morimos, viviremos con él", decía San Pablo.

La resurrección de Jesús y, por él, la nuestra, como plenitud de vida en Dios, es fundamental en nuestra fe. Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe, seguimos en nuestras pecados y estamos muertos para siempre.

La vida es una peregrinación hacia Dios, hacia la resurrección y la vida eterna. Soltemos los lastres que nos impiden caminar ligeros y alegres hacia el Señor.

 

 

 

REFLEXIÓN  2

NUESTRO DESTINO ES LA VIDA

Noviembre es un mes serio, aunque esperanzador. El día primero recordamos a los Santos, los que ya están gozando de Dios. El día 2, tuvimos un recuerdo especial por los Difuntos. Hoy las lecturas nos hablan otra vez de la vida futura a la que todos estamos destinados.

Jesús ya está en Jerusalén. Después de su largo "camino de subida" que nos ha presentado Lucas, y que hemos ido siguiendo durante muchos domingos, las últimas escenas suceden junto al Templo y nos ayudan a reflexionar sobre el más allá, nuestro destino final.

En la la lectura tenemos un hermoso ejemplo, tomado del AT, sobre la fe en la vida futura. En la persecución de Antíoco IV, que, con una mezcla de halagos y amenazas, intenta seducir a los israelitas y conducirles a la religión oficial pagana, olvidando la Alianza, una buena mujer, madre de siete hijos, da un ejemplo admirable de entereza y fidelidad. Lo de comer o no carne prohibida era un detalle: se trataba de mantenerse fieles al conjunto de la fe en Dios.

De la "catequesis" que la madre había dado a sus hijos, estos han asimilado sobre todo el argumento de la vida futura: "el rey del universo nos resucitará para una vida eterna", "Dios mismo nos resucitará: tú, en cambio, no resucitarás para la vida". Y de esa convicción sacan fuerzas para perseverar en su fidelidad.

Es la actitud que nos invita a expresar el salmo responsorial: "al despertar me saciaré de tu semblante, Señor". Al final de la vida, al "despertar" a la realidad última, nos espera el rostro del Padre y sus brazos abiertos, si hemos sido fieles.

También el evangelio, con la respuesta de Jesús a los saduceos, nos presenta la fe en el más allá.

Los saduceos, de los que el evangelio habla pocas veces, pertenecían a las clases altas de la sociedad. No creían en la otra vida y en la resurrección, y le plantearon a Jesús una pregunta capciosa que parece ridiculizar toda la perspectiva, basándose en la famosa "ley de levirato", por la que el hermano del esposo debe casarse con la viuda si esta no ha tenido descendencia: ¿de quién será esposa en el cielo una mujer que se ha casado sucesivamente con siete hermanos?

La pregunta no es importante. La respuesta de Jesús, sí. Les dice, ante todo, que en la otra vida el matrimonio no tendrá como finalidad la procreación, porque allí la humanidad no necesita renovarse, porque todo es vida y no hay muerte. Y, sobre todo, les asegura que los que "han sido juzgados dignos de la vida futura son hijos de Dios y participan en la resurrección, porque Dios es Dios de vivos". No explica cómo es la otra vida (ciertamente, resucitar no significará volver a la vida de antes, sino entrar en una nueva realidad). Lo que sí nos dice es que nuestro destino es la vida, no la muerte. Un destino de hijos, llamados a vivir de la misma vida de Dios, y para siempre, en la fiesta plena de la comunión con él.

No somos muy dados a mirar al futuro, preocupados como estamos por el presente y sus problemas. Según en qué círculos, hablar de "la otra vida" produce reacciones parecidas a las de los saduceos: se intenta olvidar o ridiculizar esa perspectiva. Y, sin embargo, es de sabios recordar en todo momento de dónde venimos y a dónde vamos. Las lecturas de hoy nos invitan a tener despierta esta mirada profética hacia el final del viaje, que, pronto o tarde, llegará para cada uno de nosotros.

En medio de una sociedad que parece a veces bloqueada en la perspectiva terrena de acá abajo, hoy se nos urge a que sepamos alzar la mirada y recordemos cuál es la meta de nuestro camino. La fe en la vida a la que Dios nos destina, tal como nos ha asegurado Jesús, es la que ha dado luz y fuerza a tantos millones de personas a lo largo de la historia, y la que también a nosotros nos ayuda en nuestra vida de fidelidad humana y cristiana, abiertos al Absoluto de Dios, que es el destino de nuestra historia personal y comunitaria. Sigue siendo un misterio. No pretendemos imaginar cómo es el más allá. Pero creemos a Cristo Jesús, el Maestro que Dios nos ha enviado, que nos asegura que los que se incorporan a él, vivirán para siempre.

Cuando Jesús anunció la Eucaristía, nos dijo que este sacramento iba a ser una garantía y un anticipo de la vida definitiva: "Si uno come de este pan, vivirá para siempre, yo le resucitaré el último día... el que me come, vivirá por mí, como yo vivo por el Padre". Vamos bien encaminados, si somos fieles a la convocatoria eucarística dominical, con lo que significa de actitud también fuera del templo: Jesús mismo, Palabra y Alimento, nos va dando fuerzas y nos prepara para el encuentro definitivo con él, o sea, con la vida plena.

J. ALDAZÁBAL (+)

 

 

 

REFLEXIÓN  3

¡QUEREMOS VIVIR!

¡Queremos vivir! Es una aspiración común a todos los hombres. Es un grito en los que luchan desesperadamente con la muerte. Es la fuerza que impulsa ciegamente los esfuerzos del hombre hacia el desarrollo y el progreso. Fábricas y autopistas, planes de desarrollo y urbanizaciones, trabajos, estudios, inventos, leyes, propaganda... todo parece estar encaminado a desterrar el hambre, la enfermedad, la muerte, a hacer posible la vida. De vez en cuando la prensa recoge una noticia sensacional: "Será posible prolongar la vida", "Se ha retrasado la edad de mortalidad", "Parece inminente un remedio contra el cáncer", "Un nuevo sistema para prolongar la juventud", "Una nueva conquista en la cirugía"... Todo hace presumir que sí, que queremos vivir.

Y, sin embargo, nos hacemos la vida imposible. La explotación irracional de la naturaleza, la especulación del suelo, la insaciable ambición de poseer está reduciendo de manera alarmante las reservas de la humanidad, convierte los bosques y playas en basureros, contamina el aire y las aguas, extingue las especies de animales indispensables para la vida. La desatención a la tierra y a los pueblos, empuja a los hombres a la ciudad. Los hacina en rascacielos monstruosos y hace de las ciudades el único lugar donde no es posible la vida: humos, ruidos, tráfico, delincuencia, drogas, vértigo.

Queremos vivir y, sin embargo, hacemos imposible la vida. El que hace imposible la vida no cree en la vida eterna, pues la vida eterna no puede ser entendida como la negación de esta vida, sino como su plenitud. Tampoco cree en la vida eterna el que no se esfuerza en la superación de las dificultades que encuentra la vida en este mundo y se resigna pensando en el cielo, pues el cielo no es el premio de nuestros sufrimientos y la liberación de nuestras depresiones, sino el fruto de nuestro esfuerzo y la manifestación de la gracia de Dios que opera en medio de nosotros.

No estamos en el mundo para padecer. Nuestra fe no es una fe en un Dios sádico que se complazca en nuestros sufrimientos y quiera someter a prueba el límite de nuestra "paciencia". Creemos en un Dios vivo que actúa en la historia sacando adelante nuestra esperanza. Creemos en un Dios que nos llama y nos hace así responsables de una gran tarea, poniendo en nuestras manos nuestro mejor futuro. La paciencia cristiana es una virtud activa, no es el simple aguardar, sino un salir al encuentro. Es hija de la esperanza, y la esperanza se acredita en sus primeros pasos hacia el Reino de Dios, un reino de justicia y de paz para todos los hombres. Sólo aquella fe en la vida eterna que se realiza en la continua transformación del mundo, hace efectivamente creíble la esperanza cristiana. Por eso, sólo cree de verdad en la vida eterna y sólo hace posible esta fe a todos los hombres, aquel que se compromete en hacer posible la vida para todos los hombres.

EUCARISTÍA