Solemnidad de Todos los Santos (B)

 

" Bienaventurados"

 

Eucaristías anteriores

 

Primera Lectura

* Apocalipsis 7, 2-4. 9-14

Salmo Responsorial

* Salmo 23

Segunda Lectura

* 1ª Juan 3, 1-3

Aclamación

* Mateo 11, 28

Evangelio

* Mateo 5, 1-12a

Reflexión 1

* "Todos santos"

Reflexión 2

* "Santos en curso"

Reflexión 3

* "La santidad"

   

 

 

PRIMERA LECTURA.
Apocalipsis7, 2-4. 9-14

San Juan nos presenta una gran visión del cielo.
      El trono, que simboliza a Dios, y el Cordero, que simboliza a Jesucristo.
      Delante del trono los "marcados", "los siervos de nuestro Dios".
     Todo Israel (12 x 12 x 1000) 144.000, después, "una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar".
     Las vestiduras blancas, la palma del triunfo. Son los testigos, los que han blanqueado las túnicas en la sangre del Cordero.

 

PRESENTACIÓN

El leccionario, al saltar los vv. 5-8, nos ahorra la enumeración de los doce mil marcados de cada una de las doce tribus. El hombre moderno ya no percibe el simbolismo de los números: una cultura cuantitativa y el abuso de las estadísticas y presupuestos los han "deshechizado". Pero la cifra de 144000 no es un recuento de feligreses practicantes, sino la combinación de dos números perfectos, el 12 y el 1.000. Indica la salvación universal, como dice la segunda parte del fragmento que leemos: una multitud incontable, de todos los pueblos, razas y lenguas (v. 9) (...).

Los vv. 9-14 se refieren ya a la multitud de los mártires que, vencidos a los ojos de los hombres, son en realidad vencedores. Nótese que, a diferencia de la simbología tradicional, el color de los mártires es el blanco, porque la sangre del Cordero, en la que por su martirio se han lavado, los ha purificado, y que las palmas no aluden primariamente al martirio (como en nuestra iconografía), sino a la fiesta de las Tiendas o Cabañas, celebrada gozosamente en el desierto tras haber salido triunfalmente de Egipto.

HILARI RAGUER
 

 

 

LIBRO DEL APOCALIPSIS 7, 2-4, 9-14

Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello de Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles: No dañéis a la tierra ni al mar, ni a los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios.

Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel. Después vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!

Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes, cayeron rostro a tierra ante el trono, y rindieron homenaje a Dios, diciendo: Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios , por los siglos de los siglos. Amén.

Y uno de los ancianos me dijo: Esos que están vestidos con vestiduras blancas quiénes son y de dónde han venido?

Yo le respondí: Señor mío, tú lo sabrás.

Él me respondió:
Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero.

Palabra de Dios

 

 

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 23

PRESENTACIÓN

«Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes. ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?».

La visión de tu majestad me llena el alma de reverencia, Señor, y cuando pienso en tu grandeza me abruma el sentido de mi pequeñez y el peso de mi indignidad. ¿Quién soy yo para aparecer ante tu presencia, reclamar tu atención, ser objeto de tu amor? Más me vale guardar distancias y quedarme en mi puesto. Lejos de mí queda tu sagrada montaña, tu intimidad secreta. Me basta contemplar de lejos la cumbre entre las nubes, como tu Pueblo en el desierto contemplaba el Sinaí sin atreverse a acercarse.

Pero, al pensar en tu Pueblo del Antiguo Testamento, pienso también en tu Pueblo del Nuevo. El recuerdo del Sinaí me atrae a la memoria la cercanía de Belén. Los que temían acercarse a Dios se encuentran con que Dios se ha acercado a ellos. Se acabaron las cumbres y las montañas. Ahora es una gruta en los campos, y un pesebre y un niño. Y la sonrisa de su madre al acunarlo entre sus brazos. Dios ha llegado hasta su pueblo.

Te has llegado hasta mí. El don supremo de la intimidad. Andas a mi lado, me tomas de la mano, me permites reclinar la cabeza sobre tu pecho. El milagro de la cercanía, la emoción de la amistad, el triunfo de la unidad. Ya no puedo dejar que mi timidez, mi indignidad o mi pereza nos separen. Ahora he de aprender el arte bello y delicado de vivir junto a ti.

Por eso necesito fe, ánimo y magnanimidad. Necesito la admonición de tu Salmo: «¡Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la Gloria!». Quiero abrir de par en par las puertas de mi corazón para que puedas entrar con la plenitud de tu presencia. Nada ya de falsa humildad, de miedos ocultos, de corteses retrasos. El Rey de la Gloria está a la puerta y pide amistad. Dios llama a mi casa. Mi respuesta ha de ser la alegría, la generosidad, la entrega. Que se me abran las puertas del alma para recibir al huésped de los cielos.

Enséñame a tratar contigo, Señor. Enséñame a combinar la intimidad y el respeto, la amistad y la adoración, la cercanía y el misterio. Enséñame a levantar mis dinteles y abrir mi corazón al mismo tiempo que me arrodillo y me inclino en tu presencia. Ensé-

ñame a no perder de vista nunca a tu majestad ni olvidarme nunca de tu cariño. En una palabra, enséñame la lección de tu Encarnación. Dios y hombre; Señor y amigo; Príncipe y compañero.

¡Bienvenido sea el Rey de la Gloria!

CARLOS G. VALLÉS
 

SALMO 23

R. Éstos son los que buscan al Señor.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena
el orbe y todos sus habitantes:
Él la fundó sobre los mares,
Él la afianzó sobre los ríos.
R. Éstos son los que buscan al Señor.

¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes
y puro corazón.
R. Éstos son los que buscan al Señor.

Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Este es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob
R. Éstos son los que buscan al Señor.
 

 

 

SEGUNDA LECTURA
1ª San Juan 3, 1-3

San Juan nos dice que Dios nos llama hijos suyos; y añade: "pues ¡lo somos!".
      Lo somos por puro don y gracia, no por méritos propios.
      Quien no conoce a Dios, no conoce a sus hijos.
      Estamos llamados a vivir siempre con Él; a verlo cara a cara.

 

PRESENTACIÓN

El autor destaca con entusiasmo el insondable amor del Padre que ha dado a los cristianos el nombre de "hijos de Dios".

Seguidamente y con gran alborozo, subraya la realidad que significa tal nombre. Pues no se trata simplemente de un título honorífico, sino de un hecho de salvación. Dios, que dijo "hágase la luz", y la luz fue hecha, dijo también que somos sus hijos, ¡y lo somos! Engendrados por Dios en el bautismo, el hombre renace para una vida divina (Jn 1.12s; 3.5). Este hombre participa en cierto sentido analógico, pero realmente, del modo de ser o naturaleza de Dios.

El mundo del que Juan habla aquí no es el que Dios ama y salva, sino el que rechaza la salvación de Dios. Este mundo no conoce a Dios y a su Hijo, J.C. Mal podría conocer entonces y amar a los hijos de Dios (cfr. 16.2s), a los que viven la vida divina que trae Jesús para los que creen en él.

Aunque esta filiación divina de los creyentes es ya una realidad, todavía es una realidad escondida e incipiente. Ni los mismos hijos de Dios saben ahora y tienen clara experiencia de lo que realmente son. Cuando se manifieste plenamente y llegue a pleno desarrollo lo que son, los hijos de Dios se sorprenderán y verán que son semejantes a Dios. Entonces los hijos de Dios serán alzados a la altura de los ojos del Padre, y le verán como él mismo les ve.

Esta esperanza de encontrarnos cara a cara con el Padre y de ser semejantes al Padre es la verdadera motivación cristiana de la santidad (Mt 5. 48; Hb 12. 14). Es la esperanza que nos anima a seguir el ejemplo del "Primogénito entre muchos hermanos", o sea, de Jesús (cfr 2. 6), y a entrar por el camino de las bienaventuranzas.

EUCARISTÍA

1ª CARTA DE SAN JUAN 3, 1-3

Queridos hermanos:
Mirad qué amor nos ha tenido el Padre
para llamarnos hijos de Dios,
pues lo somos!

El mundo no nos conoce
porque no le conoció a Él.

Queridos:
ahora somos hijos de Dios
y aún no se ha manifestado lo que seremos.
Sabemos que, cuando se manifieste,
seremos semejantes a Él,
porque le veremos tal cual es.

Todo el que tiene esta esperanza en Él,
se hace puro como puro es Él.

Palabra de Dios

 

 

ACLAMACIÓN
Mateo 11, 28

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré -dice el Señor.

 

 

EVANGELIO
Mateo 5, 1-12a

Había dicho Jesús: Me voy a prepararos un sitio..., para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y ya sabéis el camino. ¿Cuál es el camino?, pregunta Tomás. Y Jesús le responde: "Yo soy el Camino".
      Y ese camino lo vemos concretado en las Bienaventuranzas.
      Si recorremos ese camino, Jesús nos dice: " "Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo".

 

PRESENTACIÓN

El texto comienza con un escenario de excepción. Con bastante probabilidad, en la intención del autor, el monte desborda toda ubicación geográfica en Palestina para situarse en el Sinaí, el monte por excelencia en la tradición judía, donde tuvo lugar la constitución del pueblo de Dios. Este pueblo había ido perdiendo su identidad hasta el punto de ser uno más en el conjunto de pueblos, con los mismos recursos, los mismos intereses y las mismas metas.

Presentando a Jesús subiendo al monte, Mateo quiere significar con ello que va a tener lugar el acto fundacional del nuevo pueblo de Dios, con Jesús como nuevo Moisés, como nuevo líder.

El acto constitucional del nuevo pueblo no son principios abstractos, sino que recoge situaciones de hecho de sus miembros.

De estas situaciones, unas son pasivas, en cuanto que sus miembros las padecen (vs.3. 4. 6. 10 y 11), y otras activas, en cuanto las generan (vs. 5. 7-9). A las primeras pertenecen la pobreza, el llanto, el hambre y la sed, los malos tratos y la persecución. Se trata de situaciones de sufrimiento físico que el miembro del pueblo de Dios se ve obligado a padecer por causa de su dedicación a la justicia, es decir, a la construcción de un nuevo modelo de sociedad llamado Reino de Dios. No se deja vencer por ellas, sino que las sufre con gozo. A estos que viven así el realismo de la vida, Jesús los declara bienaventurados. No son, pues, las situaciones las que son objeto de la bienaventuranza de Jesús, sino las personas que no se dejan derrotar por ellas; las personas, por ejemplo, que aceptan vivir el mal de la pobreza.

Esto es lo que significa la formulación "pobres de espíritu" de Mateo.

El comienzo del acto constitucional del nuevo pueblo de Dios es un canto a las personas que sufren por intentar hacer posible el Reino de Dios. Es un canto fantástico por su sencillez y que ciertamente gustan en toda su hondura las personas que saben de sufrimiento por construir algo mejor.

DABAR

 LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO  5. 1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos; y Él se pudo a hablar enseñándolos:

Dichosos los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Dichosos los sufridos,
porque ellos heredarán la Tierra.

Dichosos los que lloran,
porque ellos serán consolados.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia,
porque ellos serán saciados.

Dichosos los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.

Dichosos los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por causa de la justicia,
porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Palabra de Dios

  "BIENAVENTURADOS"

En una sociedad cada vez más descreída y en la que muchos de los creyentes en Cristo parece que nos vamos escondiendo para que no se fijen en nosotros, para que nos dejen tranquilos, van debilitándose grandes fiestas cristianas, fruto de la herencia de muchas generaciones, del sustrato cristiano de nuestra cultura y se van sustituyendo por engendros que nada tienen que ver con nosotros, pero que algunos aprovechados les sacan buenos beneficios.

Qué importancia tenía antiguamente, y no tan antiguamente, las fiestas de Todos los Santos y la Conmemoración de los fieles Difuntos.

Ahora, socialmente, casi han desaparecido, si bien es cierto que aún se visitan los cementerios.

Preguntad a los jóvenes y a los niños por Todos los Santos y los difuntos o por "Halloveen", con sus disfraces y sus fiestas. Hasta las familias cristianas y los colegios católicos han entrado por el aro y se afanan por hacer los disfraces y organizar las fiestas con las calabazas de luz.

De la fiesta de Todos los Santos y los Difuntos, a la fiesta de los monstruos. Buen cambio. Estaremos orgullosos.

Pero vayamos a lo nuestro, que es la fiesta de Todos los Santos.

Celebramos a los que han llegado al final del camino. Y, si Cristo es el Camino, celebramos a aquellos que en su vida fueron fieles, intentaron hacerlo presente en sus vidas. Cada uno en su tiempo, con su edad, en su situación; cada uno en su lugar de origen, en su cultura; cada uno con sus valores grandes o sencillos... "De toda nación, raza, pueblo y lengua", que decía el Apocalipsis.

Entre ellos están los nuestros y estaremos también nosotros.

Porque, como también nos decía el Apocalipsis, fuimos marcados en la frente en el Bautismo.

Esta marca nos hizo hijos de Dios, sin mérito de nuestra parte, porque el Padre nos ama. Y estamos llamados a verle tal cual es.

Como tantos hermanos nuestros a lo largo de la historia, también nosotros debemos recorrer el camino.

Recorrer el camino es ser testigos de Jesucristo en el mundo, con más fuerza cuanto las circunstancias son más adversas.

Y la concreción de ese camino: las Bienaventuranzas.

En un mundo donde se adora al dios dinero, donde, para conseguirlo, se cometen las mayores fechorías, "Bienaventurados los pobres en el espíritu".

Cuando la risotada, la fiesta fácil, la droga, el alcohol, el sexo como diversión es, para muchos, ser felices,  bienaventurados los que comparten su vida con los que lloran, los que sufren, los marginados.

En la cultura del pelotazo, del enriquecimiento rápido, del engaño y la mentira, bienaventurados los sufridos, los honrados, los que cumplen con sus deberes, los que piensan más en los demás que en sí mismos.

En un mundo donde se cometen tantas injusticias, bienaventurados los que se esfuerzan por construir un mundo más justo, más humano, más fraterno, empezando por ellos mismos.

Bienaventurados los que entregan su vida a los demás, los que tienen un corazón compasivo, los que van con la verdad por delante, los que enarbolan la bandera de la paz.

Algunos los llamarán tontos, otros dirán que son ilusos, otros los perseguirán porque su vida se ha convertido en una denuncia, pero "su recompensa es grande en el cielo" donde formarán parte del número de los santos.

 

 

REFLEXIÓN - 1

"TODOS SANTOS"

"Una muchedumbre inmensa...".
Impresiona escuchar todos los años, el primero de noviembre, la repetida frase del Apocalipsis:
"Y vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas..." Son los santos. Santos desconocidos en su mayoría. Santos de todas las regiones, de todos los países, de todas las épocas. Santos negros y blancos, cultos e ignorantes... El mundo de los santos ¿Qué es lo que une a gente tan distinta? Realmente, ¿es posible que gente tan distinta tenga algo en común, algo que permita darles a todos el mismo nombre, el nombre de santos?

Los dos hechos que celebramos.
La fiesta de Todos los Santos nos invita a celebrar, en principio, dos hechos. El primero es que, verdaderamente, la fuerza del Espíritu de Jesús actúa en todas partes, es una semilla capaz de arraigar en todas partes, que no necesita especiales condiciones de raza, o de cultura, o de clase social. Por eso esta fiesta es una fiesta gozosa, fundamentalmente gozosa: el Espíritu de Jesús ha dado, y da, y dará fruto, y lo dará en todas partes.

El segundo hecho que celebramos es que todos esos hombres y mujeres de todo tiempo y lugar tienen algo en común, algo que les une. Todos ellos "han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero". Todos ellos han sido pobres, hambrientos y sedientos de justicia, limpios de corazón, trabajadores de la paz. Y eso les une. Porque hoy no celebramos una fiesta superficial, hoy no celebramos que "en el fondo, todo el mundo es bueno y todo terminará bien", sino que celebramos la victoria dolorosamente alcanzada por tantos hombres y mujeres en el seguimiento del Evangelio (conociéndolo explícitamente o sin conocerlo). Porque hay algo que une al santo desconocido de las selvas amazónicas con el mártir de las persecuciones de Nerón y con cualquier otro santo de cualquier otro lugar: los une la búsqueda y la lucha por una vida más fiel, más entregada, más dedicada al servicio de los hermanos y del mundo nuevo que quiere Dios.

La tercera celebración: el puente no se ha derrumbado.
Celebramos, por tanto, esos dos hechos: que con Dios viven ya hombres y mujeres de todo tiempo y lugar, y que esos hombres y mujeres han luchado esforzadamente en el camino del amor, que es el camino de Dios.

Pero ahí podemos añadir también un tercer aspecto: San Agustín, en la homilía que la Liturgia de las Horas ofrece para el día de San Lorenzo, lo explica así: "Los santos mártires han imitado a Cristo hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza de su pasión. Lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos".

San Agustín se dirigía a unos cristianos que creían que quizá sólo los mártires, los que en las persecuciones habían derramado la sangre por la fe, compartirían la gloria de J.C. Y a veces pensamos también nosotros lo mismo: que la santidad es una heroicidad propia sólo de algunos. Y no es así. La santidad, el seguimiento fiel y esforzado de J.C., es también para nosotros: para todos nosotros y para cada uno de nosotros. Es algo exigente, sin duda; es algo para gente entregada, que tome las cosas en serio, no para gente superficial y que se limita a ir tirando. Pero somos nosotros, cada uno de nosotros, los llamados a esa santidad, a ese seguimiento. Como decía San Agustín en la homilía antes citada: "Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación" (...). "Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio". Y hoy, en la fiesta de Todos los Santos, se nos invita a celebrar que también nosotros podemos entender y descubrir nuestra manera de seguir a J.C.

J. LLIGADAS

 

 

REFLEXIÓN - 2

"SANTOS EN CURSO "

Al celebrar hoy la fiesta de Todos los Santos, una expresión tan "amplia" nos lleva a una primera reflexión sobre ese "todos" ¿Quiénes son esos "todos"? La respuesta más lógica -y única posible- es que todos son todos. Y lo que puede parecer una simpleza, en la práctica no lo es tanto, pues de hecho, para la gran mayoría de cristianos lo de "todos" equivale -solamente- a unos cuantos.

-Hay santos canonizados, oficialmente proclamados como tales; a lo largo del año litúrgico vamos celebrando sus fiestas.

-Hay santos no canonizados, pero no por eso menos santos; todos aquellos que gozan de la compañía de Dios, aunque no se les haya reconocido oficialmente esa condición.

-Y hay "santos en curso", que somos nosotros, los que hemos aceptado la fe y nos esforzamos por vivir en coherencia con ella; este tipo de santidad es reconocida ya por San Pablo, quien solía llamar "santos" a los fieles a los que dirigía sus cartas. Con esta amplitud de miras hay que entender, pues, a Todos los Santos, aunque hablando con precisión hoy estamos festejando a los de los dos primeros grupos (especialmente el segundo, entre los cuales, a bien seguro, tenemos muchos familiares y amigos).

-NOSOTROS, SANTOS

De todos modos, aunque celebremos a esos santos, su santidad nos debe recordar la nuestra. "Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad o con la que es perfecto el mismo Padre" (_VAT-II). Con estas palabras tan claras recordaba el Concilio Vaticano una realidad que había quedado un tanto relegada al olvido: todos estamos llamados a ser santos. Pero lo cierto es que los buenos propósitos del Concilio aún no han dado muchos frutos, porque aún no hemos asumido, sinceramente y de forma generalizada, el hecho de que todos estamos llamados a la santidad. (...).

-UNA PALABRA DE CORAJE

Frecuentemente hemos tomado las bienaventuranzas como unas enseñanzas de Jesús; incluso las hemos aprendido de memoria, como si eso fuese importante; pero no es así; Jesús empieza el "Sermón de la Montaña" con palabras de ánimo, dando coraje a sus seguidores, a aquellos que, por su fidelidad en el seguirle a él, se van a ver en situaciones como las que enumera, o muchas otras que se pueden dar en la vida de cada creyente concreto; por eso, en cierto sentido, la lista concreta de bienaventuranzas es secundaria; son, sencillamente, situaciones que la injusticia generalizada provoca en aquellos que quieren vivir como discípulos, como "santos". Para esos van estas palabras de ánimo, de esperanza, palabras de coraje para los santos, para los valientes. Y quien no necesite estas palabras de ánimo porque nunca ha tenido dificultades... que vaya preguntándose sinceramente sobre su cristianismo; y que repita las bienaventuranzas, no para demostrar que las sabe, sino para encontrar su vocación de servicio.

L. GRACIETA

 

 

REFLEXIÓN - 3

"LA SANTIDAD"

1. «Santos», por antonomasia, son Dios, tres veces Santo, Jesucristo, el Santo de Dios, y  el Espíritu de Dios, «Espíritu Santo». Pero Dios comunica su santidad al pueblo. En el  Antiguo Testamento son santos los justos, y en el Nuevo Testamento lo son los testigos.  Denominamos «santa» a la persona admirable, ejemplar y generosa (da lo que tiene), que  sabe perdonar (reconcilia), que obra con justicia y libertad (el reino es su causa), que vive la  cercanía de Dios (dialoga con El) y que siempre reacciona evangélicamente ante la vida y  ante la muerte (sus valores son los de Jesús). En plural, los santos son modelos propuestos  por la Iglesia como intercesores entre el pueblo y Dios, a los cuales se venera y que son  capaces de ayudar o conceder favores. Nunca deberían, sin embargo, desplazar a  Jesucristo.

2. La fiesta de hoy no es propiamente de los santos «oficiales», sino de aquellos que, sin  corona ni altar, son dichosos según las bienaventuranzas, porque son pobres, sufridos,  pacientes, misericordiosos, honestos, pacíficos e incomprendidos. Por esta razón se  proclaman las bienaventuranzas en la festividad de los santos.

3. Las bienaventuranzas son siempre admiradas y paradójicas, deseadas y difíciles de  cumplir. Constituyen la quintaesencia del evangelio: son la verdadera buena noticia. Causan  estupor e irritación en los ricos, apegados al dinero, al poder y al prestigio. En cambio, en los  pobres de humilde corazón despiertan admiración y alegría. Según esta fiesta, para ser  santo hay que ser bienaventurado de acuerdo con la proclamación de Jesús.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Está pasada de moda la santidad o discurre por otra vía? 

¿Nos creemos de verdad las bienaventuranzas? 

CASIANO FLORISTAN