REFLEXIONES  

 

 

REFLEXIÓN - 1

"NO ES DE LOS NUESTROS"

Una de las primeras palabras que pronuncian los niños es "mío"; y, desde ahí se pasa al "para mí", "para los míos", "para los nuestros", excluyendo a los que no son ni de los míos ni de los nuestros.

Y cuando cuando el mío, para los míos, para los nuestros, se hace adulto, pasamos, p.e., a los nacionalismos excluyentes, a los totalitarismos y fundamentalismos, que eliminan a quienes no piensan como ellos, a todo tipo de sectarismo.

Estaba echando demonios en tu nombre y se lo hemos impedido "porque no era de los nuestros", dice Juan a Jesús.

Hay en la Manga algunos carteles que repiten constantemente: "Se alquila", "Se vende" y "Prohibido el paso, propiedad privada, uso exclusivo de propietarios"

En la Iglesia surgen también grupos que se encierran en sí mismos, que se creen más fieles a Jesucristo que los demás, que miran por encima del hombro a cristianos sencillos, tal vez sin tanta formación doctrinal que ellos. Y en esos grupos, en sus encuentros, sólo caben los que son y piensan como ellos.

La acción de Dios no la puede encerrar nadie en un grupo o en una Iglesia. Todo bien, venga de donde venga, es una acción de Dios, Señor de todo bien.

Es verdad que la plenitud de la revelación de Dios y de su acción es Jesucristo, el Hijo, nuestro Señor. Pero también es verdad que Dios ha puesto en el corazón de todos los hombres deseos de paz, libertad y justicia, en su sentido más amplio, aunque en algunos haya desaparecido a causa del pecado.

Allí donde una persona, conozca o no a Jesucristo, de una manera generosa y desinteresada hace el bien, busca la paz y la libertad, se esfuerza por hacer un mundo más justo y más humano, allí está la acción de Dios y hemos de reconocerla, aceptarla y dar gracias a Dios por ella.

El cristiano no puede impedir el que no creyentes en Cristo, actúen en claves y principios cristianos; al revés, hay que trabajar juntos. Se lo decía el Papa el otro día a los representantes en el Vaticano de los países musulmanes: "Amigos...cristianos y musulmanes tienen que aprender a trabajar juntos, para evitar toda forma de intolerancia"

Dejémonos de capillismos, seamos amables, acogedores y respetuosos con todas las personas, aunque no sean "de los nuestros".

Recordemos que en cada Eucaristía decimos: "Señor no soy digno..." y, a pesar de ello, el Señor se nos da como alimento de Vida.

 

REFLEXIÓN - 2

"LA FORMACIÓN PERMANENTE EN LA ESCUELA DE JESÚS"

En las lecturas de hoy podemos fijarnos en diversos consejos que afectan a nuestra vida cristiana. Son consignas que contribuyen a que vayamos amoldando nuestros criterios de actuación a la mentalidad de Jesús:

- Santiago, con su característica viveza, denuncia a los ricos que se han aprovechado injustamente de los demás para prosperar ellos, y les avisa que todo lo que han amasado no les va a servir de nada a la hora de la verdad;

- Jesús, en el evangelio, nos asegura que no quedará sin recompensa nada de lo que hagamos en bien de los demás, ni que sea sencillamente darles un vaso de agua; resuena ya lo que dirá al final: "me disteis de beber";

- más duras son sus palabras en contra del que escandaliza a los niños, o sea, a los débiles; ¡cuántos modos hay de escandalizar hoy a las nuevas generaciones, con nuestro mal ejemplo en la vida familiar o social, o por los medios de comunicación (ahora por Internet)!; es de las veces que Jesús se pone más serio: "más le valdría que le encajasen una rueda de molino en el cuello y le echasen al mar";

- también es sorprendente la radicalidad que pide en su seguimiento: "cortarnos la mano, o el pie, o el ojo" si nos estorban en nuestro camino al Reino: Aun cristiano tiene que renunciar a algo para conseguir lo principal...

La Palabra de Dios que escuchamos en cada Eucaristía nos va educando, nos ayuda a confrontar nuestra escala de valores con la mentalidad de Cristo. Es incómodo, pero es necesario, para que no conformemos nuestra vida según este mundo, sino según la voluntad de Dios que nos enseña Jesús.

LOS CELOS DE LOS BUENOS

Pero tal vez la lección principal que se deriva de las lecturas de hoy es la denuncia del que puede ser uno de los pecados más propios de los que nos creemos "los buenos", "los practicantes": pensar que tenemos el monopolio del bien o de la verdad. Ya aparece esta actitud en la primera lectura, cuando Dios sorprende a Moisés comunicando su Espíritu también a los dos que no acudieron a la reunión oficial de los setenta consejeros o colaboradores que habían sido nombrados para el gobierno del pueblo. Estos dos, ausentes en el acto constituyente, "se pusieron a profetizar", o sea, actuaron con la autoridad de los demás como asesores y profetas. El joven Josué, el ayudante de Moisés, que luego sería su sucesor, se siente celoso: "Moisés, señor mío, prohíbeselo". Pero Moisés muestra su corazón comprensivo y tolerante: para él sería el ideal que todos recibieran el espíritu del Señor.

Se ve claramente el paralelo entre esta escena y la que narra el evangelio. Aquí es Juan, el discípulo predilecto de Jesús, el que siente celos: "Maestro, uno echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros". Pero Jesús muestra un corazón mucho más abierto y una visión más universal: "no se lo impidáis: el que no está contra nosotros está a favor nuestro".

¿CREEMOS TENER EL MONOPOLIO?

También a nosotros nos puede pasar lo mismo. Podemos sentir celos de que otros "que no sean de los nuestros" hagan el bien y tengan éxito, y no logremos controlar todo lo que surge en torno nuestro. Josué y Juan eran buenas personas, eran fieles a Moisés y a Jesús, y precisamente por eso se creían de alguna manera poseedores en exclusiva de su favor. Y recibieron la lección.

De cuando en cuando vamos al médico a hacernos un chequeo del corazón. Hoy podemos examinar el nuestro y ponerlo en sintonía con el de Jesús. La comparación con la actitud de Cristo nos puede decir si tenemos un corazón mezquino o abierto. Si tendemos a acaparar el bien o la verdad o controlar los carismas del Espíritu. Esto nos puede pasar a los sacerdotes y religiosos con relación a los laicos, o a los hombres con las mujeres, o a los mayores con los jóvenes, o a los católicos con los otros cristianos, o a los de una lengua o nación con los forasteros...

Deberíamos ser más tolerantes, más abiertos, y alegrarnos de que se haga el bien y de que prosperen las iniciativas buenas, aunque no se nos hayan ocurrido a nosotros, aplaudir los éxitos de los demás, y reconocer que no siempre tenemos nosotros toda la razón. Siguiendo el ejemplo de aquel Juan el Bautista, el Precursor, que tuvo como lema: "Que él crezca y yo disminuya".

J. ALDAZÁBAL (+)

 

REFLEXIÓN - 3

"ESPÍRITU DE PARTIDO"

Jesús envió de dos en dos a sus discípulos para que predicaran el Evangelio por tierras de Galilea y les "dio poder sobre los espíritus inmundos" como convenía a unos heraldos del Reino de Dios. Después de esta primera correría apostólica, los discípulos cuentan las incidencias de su misión. Juan no parece estar muy tranquilo de su actuación respecto a un extraño exorcista que iba echando demonios en nombre de Jesús, y a quien trataron de impedírselo, porque no era del grupo: "Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir porque no es de los nuestros". Juan presenta esta razón especiosa en la que se expresa, con toda la claridad deseable, el espíritu de partido que arruina tantas veces el servicio a la verdad.

El interés del grupo, es decir, los intereses de las personas que constituyen el grupo, viene a situarse por encima de la misión que se ha de cumplir. Como si lo importante fuera no tanto servir al Reino de Dios cuanto el que este servicio lo hagan precisamente aquéllos que son de los nuestros, como si nosotros fuéramos ya definitivamente "nosotros" antes de haber recibido la misión y por encima de la misión que hemos recibido, como si fuera el grupo el que define la bondad de sus obras y no éstas las que definen la bondad del grupo.

En este sentido partidista se funda el fanatismo de todos los "hinchas" que se adhieren más a las personas que a la verdad, a la justicia, a la paz, a los ideales verdaderamente humanos a los que es preciso servir y que nunca pueden ser privatizados por ningún partido. El partidismo supone siempre una actitud competitiva, en la que lo importante es ganar. Es posible que grupos distintos luchen por unos mismos ideales, y, sin embargo, se acometen entre sí, porque, en definitiva, la lucha no está motivada por la realización de esos ideales sino por el interés de triunfar sobre los demás. Este espíritu partidista lleva a la pretensión de monopolizar lo que parece bueno y de impedir a los demás que lo hagan. Supone también una actitud que nos ciega a priori para reconocer el bien que vemos en los demás, en los que no son de los nuestros. Ahora bien, "nosotros" sólo llegamos a ser efectivamente comunidad de Jesús en la medida en que somos llamados a cumplir la misión de Jesús. "Nosotros" es una unidad que se define por esa misión, y, si esto es así, también son de los nuestros aquéllos que sirven a la misma causa de Jesús "aunque no sean de los nuestros". Si la Iglesia fuera fiel a su misión, la Iglesia estaría siempre sometida a la causa de Jesucristo, que la trasciende para abarcar en una más amplia solidaridad a todos aquellos que no son oficialmente católicos. La Iglesia no tiene por qué estar interesada en "apuntarse tantos" y en aumentar su prestigio en el mundo, sino en promover con todos los hombres de buena voluntad aquéllo por lo que Jesús vivió y murió. Una Iglesia así tendría los ojos claros para juzgar sus propias infidelidades y para descubrir que la gracia de Dios actúa más allá de sus fronteras.

EUCARISTÍA