REFLEXIONES  

 

 

REFLEXIÓN - 1

"NO DOY LA TALLA"

Cuando escuchamos la Palabra de Dios, ¿pensamos que es para nosotros? o más bien la vamos aplicando a los demás: esto le va bien a fulano, esto otro a mengano, lo otro al de más allá...

¿Y a mí? ¿es que a mí no me habla el Señor? - ¡Claro que sí!, pero hago oídos sordos y cierro los ojos. En el fondo, como dice Isaías, soy un "cobarde de corazón". Tengo miedo a enfrentarme con la Palabra de Dios porque mi vida no da la talla.

No doy la talla en mi amistad con Dios, pues muchas veces me aparto  cuando no logro lo que quiero. En el fondo, no quiero ser para Dios, sino que Él sea para mí.

Y no doy la talla conmigo mismo, pues estoy lleno de egoísmos, envidias, bajezas...

Y no doy la talla en la entrega generosa a los demás. Busco primeros puestos, influencias, me acerco más a aquel de quien puedo sacar algún beneficio... Los pobres, los que sufren injusticias y esclavitudes, no son rentables...

No doy la talla, pero el Señor, hoy, en su Palabra, me da ánimos y esperanza.

"Sed fuertes, no temáis", dice el Señor. Yo estoy con vosotros y vengo a salvaros.

Aunque estés ciego, verás; aunque estés cojo, saltarás como un ciervo; aunque estés más seco que el desierto, brotará un río dentro de ti.

No nos desanimemos en nuestro camino cristiano, no queramos recorrerlo en solitario, el Señor quiere recorrerlo con nosotros y nos da el Pan de su Palabra, que nos guía e ilumina, y el Pan de la Eucaristía, que nos fortalece en los momentos de debilidad.

 

REFLEXIÓN - 2

" EL PODER CURATIVO DE DIOS"

Como de costumbre, la primera lectura y el evangelio, apoyados por el salmo de meditación, coinciden en el aspecto que la Palabra de Dios nos quiere transmitir hoy. Esta vez, el poder curativo de Dios para con nuestros males.

El profeta Isaías consuela a su pueblo, en horas difíciles, y le asegura -con un lenguaje al que estamos más acostumbrados en las semanas del Adviento- que Dios va a infundir fuerza a los cobardes, y la vista a los ciegos, y el oído a los sordos, y el habla a los mudos, y aguas abundantes al desierto.

El salmo amplía todavía más el campo de esta salvación que nos concede Dios, porque habla de los oprimidos y hambrientos, de los cautivos y peregrinos. Y nos invita a elevar a Dios nuestra alabanza agradecida: "Alaba, alma mía, al Señor".

Estas palabras del profeta y del salmista nos preparan para escuchar cómo Cristo, en una de esas escenas breves, plásticamente contadas por san Marcos, cura a un sordomudo, y le devuelve el oído y el habla. ¡Cuántas veces aparece Jesús en el evangelio atendiendo a los enfermos, dedicándoles tiempo y ánimos, y curándoles milagrosamente! Con razón comentaba la gente: "Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos". Los planes de Dios son planes de salud y de vida. A la miseria humana responde su inmensa misericordia, que se nos ha manifestado sobre todo en Cristo Jesús, que tiende su mano a toda persona que sufre, para curarla y darle esperanza.

NOS PUEDE CURAR A NOSOTROS, SORDOS Y MUDOS

Jesús nos tendría que curar también a nosotros, porque a veces somos sordos y mudos. No oímos lo que tendríamos que oír: la Palabra de Dios, o también las palabras de nuestros hermanos. Y no hablamos lo que tendríamos que hablar: en la alabanza a Dios y también en nuestras palabras de ayuda a los hermanos.

En el rito del Bautismo hay un gesto -libre, pero expresivo-, el del "effetá", o "ábrete", en el que el ministro toca los labios y los oídos del bautizado, mientras dice: "el Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su palabra y proclamar la fe...". Un cristiano tiene que saber escuchar y saber hablar a su tiempo. Según en qué ambiente, es bueno ejemplificar en qué ocasiones debemos escuchar y en qué ocasiones hablar.

AYUDAR A LOS DEMÁS A CURARSE DE SUS MALES

Desde hace dos mil años la Iglesia, la comunidad de los seguidores de Jesús, no sólo se goza en ser curada por su fuerza sanadora, que sigue eficazmente presente en los sacramentos, sino que ha recibido el encargo de curar a los demás, de transmitirles esa misma fuerza salvadora. Ahora no vemos a Jesús por nuestros caminos. Pero la comunidad cristiana -cada cristiano- deberíamos ser sus signos vivientes.

La comunidad cristiana, con la Palabra evangelizadora, con los Sacramentos, tiene que ir comunicando esperanza y atendiendo a los pobres y a los que sufren. Atendiendo a los muchos "sordos" y "mudos", los que no se han enterado todavía de la Buena Noticia del amor de Dios. A los que no encuentran voz para hacerse oír. Ser seguidores de Jesús no sólo es saber y creer cosas sobre él, sino imitar su estilo de actuación en la vida.

J. ALDAZÁBAL (+)

 

REFLEXIÓN - 3

"SORDOS Y MUDOS"

"No hay peor sordo que el que no quiere oír" y podríamos para frasear:"ni peor mudo que el que no quiere hablar.

En nuestra sociedad, que adora las cosas materiales, la comodidad, la libertad, entendida como un hacer lo que uno quiere sin cortapisas, Dios, su Palabra, sus mandamientos... son un estorbo. Así, pues, hay que callarlo, hay que enmudecerlo; que no se oiga su voz, pues puede complicarnos la vida fácil.

Y si no podemos callarlo, hagámonos los sordos.

Muchos de los que hoy se hacen sordos a la voz de Dios y se su portavoz la Iglesia, un día pertenecieron a ella, fueron cristianos, recibieron los sacramentos..., pero han cerrado sus oídos, han encontrado unos cantos de sirena que les halagan y siguen tras ellos, creyendo que les van a dar la felicidad.

Quieren demostrar que se puede vivir sin Dios, más aún, que Dios es un obstáculo para vivir bien.

Y así, piensan que hay que sacar a Dios de las escuelas, de la familia, del matrimonio, de la sociedad, de la política..., de la vida.

No se dan cuenta que sacando del mundo a Dios, Amor y Padre Misericordioso, pondremos en su lugar ídolos: personas, cosas, ideologías..., a las que seguiremos y daremos culto.

Los "grandes" de la tierra, en cuanto les dejamos, se endiosan, se ponen por encima, nos manipulan, nos engañan con palabras bonitas, vacías de contenido, nos utilizan para sus intereses y cuando ya no les servimos, nos tiran y nos pisan como a una colilla.

No se puede vivir sin Dios; o lo tenemos a nuestro lado porque creemos en él, o nos lo fabricamos y adoramos al "becerro de oro" de turno.

Pero si hay muchos sordos a Dios, también hay muchos mudos, incluso entre nosotros.

Creen en Dios, pero cuando van a la iglesia, al templo. A la salida se han vuelto mudos: viven como si Dios no existiera, son incapaces de comunicar sus creencias, les da vergüenza presentarse como creyentes en Dios y cristianos.

Hay algunos sordos que, cuando les hablas fuerte al oído, oyen; pero si el que tiene que hablarles se hace el mudo...

Pidámosle al Señor en la Eucaristía que diga también sobre nosotros, tantas veces mudos, y sobre los que le han cerrado sus oídos: "Effetá", ábrete.