REFLEXIONES  

 

 

REFLEXIÓN - 1

SINCERIDAD DEL CORAZÓN

Vivimos en una sociedad llena de leyes y normas. Los legisladores intentan no dejar resquicio para que nadie se salga de ellas. Los incumplimientos se sancionan con castigos y multas.

Muchas de esas leyes no buscan el bien común y el crecimiento de las personas como tales y, por supuesto, son impuestas, no aceptadas libremente.

La Ley de Dios sí nos hace crecer como personas, como auténticas personas, pues nos acercan a Aquel que nos ha creado a su imagen y semejanza.

Cumplir la Ley de Dios es amarle sobre todas las cosas y hacer de la relación con los demás, empezando por la familia, la prolongación del amor a Dios. Amar al prójimo es respetarle en todo: en su lugar en la familia, en su vida, en su intimidad, en sus cosas... Quien llega a entender y vivir esto es verdaderamente sabio e inteligente.

A veces, queriendo concretar formas de expresar ese amor a Dios y al prójimo, transformamos la Ley de Dios en leyes y normas humanas, que acaban alejándonos de lo esencial y cargándonos con fardos imposibles de llevar.

Es verdad que la Palabra de Dios no es únicamente para saberla; Santiago nos ha dicho bien claro que hay que llevarla a la práctica, que hay que hacerla vida, sobre todo en gestos de amor y cercanía a los necesitados y de rechazo de aquello que nos aparta de Dios. 

Las normas pueden ser una guía para vivir la Ley de Dios, siempre que no la suplanten, la escondan o la ahoguen.

Es de lo que se queja Jesús ante los fariseos: se han llenado de normas y leyes humanas creyendo ser fieles a Dios, pero el corazón se ha alejado de Él. Dios y su Ley no es ya lo importante, sino cumplir. El que cumple es bueno, el que no cumple es malo.

Para Jesús lo importante no es el mero cumplimiento externo, sino la limpieza y la sinceridad del corazón, donde se fraguan los buenos y los malos comportamientos.

No saquemos la conclusión de que son los fariseos y escribas del Evangelio los esclavos de sus leyes y normas humanas, que llegan a sustituir a la Ley de Dios. Cuántos cristianos podemos estar en su situación.

 

REFLEXIÓN - 2

¿SÍ, PORQUE SÍ?

¿SÍ, PORQUE SÍ? El SEÑOR NOS DICE: ¡NO!

1.- En la vida las cosas no se hacen porque si, ni se dejan de hacer porque no. El evangelio de hoy nos trae a la memoria, aquellos hombres que realizaban ciertos gestos cultuales o que practicaban cientos de preceptos “porque sí” pero, en el fondo, habían olvidado el sentido que los generó: el Amor a Dios…o el amor al prójimo.

Siempre que leo este evangelio me acuerdo de aquella anécdota donde la abuela de un hogar, por disimular un agujero que existía en medio de la casa, ingenió un gran arcón donde todo el mundo tropezaba. Pero, lo cierto, es que servía para que nadie cayera por el inmenso orificio situado en el centro del pasillo.

Con los años la vivienda se derribó y se levantó de nuevo. Y, los familiares, -otra vez y sin pensarlo- decidieron instalar en mitad del pasillo la famosa arca donde, visitantes y allegados, tropezaban una y otra vez.

Un día llegó un familiar más joven y preguntó ¿por qué habéis puesto el arca en mitad del pasillo si ya no existe el agujero? Ellos siguieron en sus trece. ¡Siempre había sido así! Y no había que cambiar las costumbres.

Nosotros somos esa gran familia y, el joven, es Jesús. Un Jesús que –más allá de los preceptos y de las normas quiere que nuestro seguimiento hacia El sea consciente (no mecánico), ilusionado (no mortecino), renovado (no atelarañado).

2.- Por eso debiéramos de hacernos un examen de conciencia:

Cuando cantamos en nuestras celebraciones ¿Lo hacemos sabedores que, también el canto, es alabanza y no simple adorno?

-Cuando respondemos al celebrante, nos levantamos, arrodillamos o sentamos, ¿somos conscientes de lo qué decimos y por qué lo hacemos?

-¿Nos esforzarnos por entender y vivir a tope cada signo, símbolo y gesto –por ejemplo- de la Eucaristía?

Dios no quiere que “pongamos el piloto automático” a la hora de optar por el camino de la fe. Si somos creyentes, nuestras palabras deberán de ser sinceras; nuestras obras indicativas de que estamos en comunión con El; nuestros gestos y celebraciones culmen de lo que vivimos y sentimos por dentro.

3.- Nosotros no creemos porque nuestros antepasados han creído (aunque nos han dado testimonio de su fe); creemos porque hemos descubierto a Jesús. Un Jesús que lo sentimos vivo en cada sacramento; presente en el prójimo y operativo a través de nuestra vida cristiana.

No somos animales de costumbres. No hagamos como aquel católico que, tan escrupulosamente cumplidor y devoto, pasó por delante de un escaparate y al observar que había un cáliz en su interior…se arrodilló.

La fe, como decía al principio, debe de ser consciente, tributando a Dios un culto lleno de vida y de verdad. En definitiva, poniendo en los labios que rezan, el corazón que ama y que siente que, de verdad, Dios vive en nosotros.

No seamos como aquel constructor que, por poner tanto afán en el montaje de andamios, se olvidó de levantar el edificio.

Javier Leoz