REFLEXIONES  

 

REFLEXIÓN - 1

"PAN DE VIDA"

Cuántas veces cuando salimos de los supermercados llevamos el carro lleno de comida. Pero esa comida nos dura, como mucho, una semana o quince días y hay que volver a comprar. Con este alimento nos mantenemos en esta vida.

Pero no somos sólo un cuerpo que alimentar y nuestra vida no abarca únicamente los cuatro días que estamos en este mundo.

Creados a imagen y semejanza de Dios, estamos hechos para vivir eternamente con Él. Toda nuestra persona, cuerpo y espíritu.

Y Dios mismo nos da el alimento para esta vida sin fin: el Hijo, que procede de él.

El Hijo de Dios que bajó del cielo, aunque lo hizo naciendo entre nosotros de María Virgen .

Extrañaba a la gente que el hijo de José y de María dijera que había bajado del cielo. No le creían y murmuraban de él.

Pero el que cree y acoge a Cristo como el Hijo de Dios hecho hombre y bajado del cielo, ese tiene vida eterna.

Él se ha hecho para nosotros pan de vida para que, comiendo de él, no muramos.

En la Eucaristía expresamos y vivimos de una manera especial que Jesucristo es el pan de la vida. En ese pequeño trozo de pan, nos da su carne para la vida del mundo. 

 

 

REFLEXIÓN - 2

"REHACER LAS FUERZAS"

En la vida de cada ser humano hay momentos de toda clase: algunos son sencillos y fáciles de vivir, y otros muy complicados y difíciles de asimilar. Esto también pasa en nuestra vida como creyentes, en nuestra vida de fe, como hombres y mujeres que queremos ser discípulos fieles de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios.

            Esta experiencia también la tuvo el profeta Elías quien, por ser fiel a Dios, ahora se ve perseguido por el rey Acab y tiene que huir. La situación es tan difícil de vivir que su plegaria impresiona: “¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!”

            La respuesta de Dios a través de su mensajero no tiene nada que ver con la petición que Elías ha formulado: Es necesario que Elías continúe la misión que Dios le encarga. Aunque para poder hacerlo debe recuperar las fuerzas:

            “¡Levántate y come!... ¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas”. También nosotros necesitamos el alimento para afrontar la vida y rehacer las fuerzas, para poder así afrontar tanto los momentos sencillos y fáciles de vivir como los complicados y difíciles de asimilar. Por un lado, todos nosotros necesitamos el alimento básico que permite que nuestro cuerpo pueda funcionar, pero, por otro lado, también tenemos necesidad de otras muchas formas de “alimento”: la compañía de los demás, unas palabras de afecto, unas palabras iluminadoras que nos hagan ver las cosas desde una perspectiva nueva, y, por qué no, también alguna que otra reprensión que nos haga reaccionar.

            Todos nosotros tenemos necesidad de alimento para rehacer las fuerzas, ¿nos damos cuenta de ello y damos gracias por tenerlo? ¿Damos gracias a los que nos lo procuran? ¿Damos gracias a Dios y a los demás?

            Pero además de éste, nosotros hemos descubierto que necesitamos otro alimento: Jesús, aquel que se presenta como “el pan vivo que ha bajado del cielo”.

            Después del signo de la multiplicación de los panes y los peces, que escuchamos hace quince días, el evangelista san Juan pone en boca de Jesús un

discurso en el que se presenta a si mismo como el pan básico y definitivo para la vida de todos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”.

            Esta afirmación de Jesús provoca le extrañeza de los que le escuchan: ¿Cómo puede decir estas cosas, si nosotros le conocemos perfectamente, sabemos de dónde procede, quién es toda su familia?

            Para poder entender la afirmación sobre Jesús es necesario un espíritu abierto, no quedarse en los elementos exteriores, sino acercarse a su identidad profunda y, de manera especial, dejarse impregnar profundamente por su enseñanza, que no es suya, sino del mismo Padre: “Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mi”. Esta es la experiencia a la que somos invitados hoy: dejarnos interpelar por Jesús, penetrar en la profundi­dad de su persona, aceptar su enseñanza, dejarnos alimentar por él.

            Cuando hacemos real y personalmente esta experiencia, nuestra vida se transforma. Seguimos necesitando el alimento básico que permite que nues­tro cuerpo pueda funcionar; seguimos necesitando el alimento que nos da la compañía de los demás, unas palabras de afecto, unas palabras iluminado­ras que nos hacen ver las cosas desde una perspectiva nueva o la crítica que nos hace reaccionar. Pero descubrimos que básicamente necesitamos estar cerca de Jesús y alimentarnos de él, porque en él encontramos el alimento que da sentido a nuestra vida y a la del mundo: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

ENRIC TERMES

www.catolicaweb.com

 

 

OTRAS REFLEXIONES

XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B
San Juan 6, 41- 51: La vida no es solo comer
Autor: Padre Javier Leoz  

 

1. Nunca como hoy, la humanidad o gran parte de ella, ha dispuesto de tantos adelantos: comunicación por aire, tierra y mar. Recursos de alimentación o bienes materiales en abundancia y, por contraste, en algunos lugares con tanta escasez y desigualdades.

Nunca como hoy, la humanidad, ha tenido tanto y, por lo que sea, nunca ha tenido tanta sensación de insatisfacción, de infelicidad. Algo ocurre en nuestro globo cuando, tanto personal, dice tener poco apego a la vida. Cuando, la droga, el suicidio u otras prácticas de riesgo se convierten en una llamada de atención que nos debiera de hacer reflexionar: la vida, no sólo es tener, acaparar, aparentar, conquistar, consumir o comer. Es mucho más. Tenemos que descubrir o llegar a algo más que le dé sentido.

No es de extrañar, precisamente por eso, que mucha gente encuentre en el sano altruismo, en la entrega generosa hacia los demás, muchas razones para vivir o sentirse realizado. Y, al contrario, no es de extrañar tampoco que otros –teniéndolo todo- no sepan por donde tirar para alcanzar un equilibrio razonable en su vida.

¿Dónde está la respuesta? Para nosotros, los cristianos, en Cristo. Y desde ahí hemos de trabajar. De poco sirve ser los más adelantados; que la ciencia vaya conquistando campos hasta unos años impensables; que los grandes descubrimientos dejen a parte de la humanidad con los ojos asombrados o que, por ejemplo, el bienestar del hombre –en algunos rincones del mundo- haya alcanzado cotas impresionantes. ¿Es positivo si luego, a continuación, fallamos y faltamos en lo esencial: el hombre?

2.- La apariencia, lo material y lo puramente superficial, se pueden convertir en un cruel muro que nos impida dar el salto a Dios. A los judíos les aconteció lo mismo: estaban tan aferrados a la ley (y a sus propios privilegios) que el paso del código de normas a Jesús les resultaba escandaloso, imposible, inadmisible. Entre otras cosas porque, aquello, suponía desmontar muchas ideas y muchos intereses; apearse de muchos caballos domesticados a su propia medida.

Hoy, como entonces, también nos encontramos con escenas muy parecidas: ¡creo en Dios pero no en la Iglesia! ¡Yo me confieso directamente con Dios! ¡A mí con creer en Dios me basta, me sobran los curas! ¿No será en el fondo que seguimos sin creer en el Dios encarnado? ¿No será que, muchos, seguimos o siguen pensando que Dios es un Dios a nuestro antojo, capricho y sometido a nuestra propia ley?

3.- Ojala, amigos, sigamos avanzando en el conocimiento de Dios. Pero, no lo olvidemos; para llegar hasta El, el único camino es Jesucristo.

Que no reduzcamos nuestra vida a “un ir tirando comiendo.” Que nos preocupemos de buscar siempre razones, momentos, profetas, ayudas para “un ir viviendo creyendo en Jesús”.

4.- PAN VIVO, EN UN MUNDO MUERTO

Fortaleces, con tu pan,
al que hambriento de otros panes
cae bajo el peso de su propia debilidad.
Nos sacias, Señor, con tu ternura
y, cuando falla el calor humano,
te haces encuentro, caricia,
abrazo, respuesta y amor entregado

Eres pan vivo, Señor,
en un mundo que, creyéndose seguro,
es zarandeado al viento de su propio egoísmo.

Eres pan vivo, Señor,
que, cuando se recibe con fe,
produce el milagro del amor sin farsa
el milagro de la fe sin fisuras
el milagro de las manos abiertas
el milagro de darse sin agotarse

Eres pan vivo, Señor,
y quien te recibe, vive eternamente
quien te recibe, cree y espera
quien te come, ama y se entrega
quien te comulga, perdona y olvida

Eres pan vivo, Señor;
ayúdame a responderte con mi fe
enséñame a ver más allá de mi mismo
condúceme hasta tu regazo
para que, allá donde yo vaya,
siempre contigo me encuentre.

Y, cuando yo crea sentirme demasiado vivo,
haz que, con tu pan,
comprenda que el mundo
está demasiado muerto
cuando es incapaz de reconocerte
como el pan vivo y verdadero sustento.

Amén.

 

XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B
Yo soy el pan de la vida
Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

El discurso eucarístico del capítulo sexto de Juan se desarrolla según una marcha del todo especial que podemos llamar en espiral, o en escalera de caracol. En ésta, se tiene la impresión de girar siempre sobre uno mismo, pero en realidad en cada vuelta se pasa a un nivel un poco más alto (o más bajo, si se desciende). Igual sucede aquí. Jesús parece volver continuamente sobre los mismos temas, pero mirando bien, cada vez se introduce un elemento nuevo que nos va llevando más arriba (o nos va haciendo profundizar más) en la contemplación del misterio. El elemento nuevo y la nota dominante del pasaje de hoy tienen que ver con el pan. Hasta cinco veces se repite esta palabra.
 

Los sacramentos son signos: «producen lo que significan». De aquí la importancia de entender de qué es signo el pan entre los hombres. En cierto sentido, para comprender la Eucaristía, prepara mejor la labor del campesino, del molinero, del ama de casa o del panadero, que la del teólogo, porque aquellos saben del pan infinitamente más que el intelectual que lo ve sólo en el momento en que llega a la mesa y lo come, tal vez hasta distraídamente.
 

¡De cuántas cosas es signo el pan! De trabajo, de espera, de alimento, de alegría doméstica, de unidad y solidaridad entre quienes lo comen... El pan es el único, entre todos los alimentos, que nunca da náuseas; se come a diario y cada vez agrada su sabor. Va con todos los alimentos. Las personas que sufren hambre no envidian a los ricos su caviar, o el salmón ahumado; envidian sobre todo el pan fresco.
 

Veamos ahora qué ocurre cuando este pan llega al altar y es consagrado por el sacerdote. La doctrina católica lo expresa con la palabra: transustanciación. Con ella se quiere decir que en el momento de la consagración el pan deja de ser pan y se convierte en el cuerpo de Cristo; la sustancia del pan –esto es, su realidad profunda que se percibe, no con los ojos, sino con la mente— cede el puesto a la sustancia, o mejor a la persona, divina que es Cristo vivo y resucitado, si bien las apariencias externas (en lenguaje teológico los «accidentes») siguen siendo las del pan.
 

Para comprender transustanciación pedimos ayuda a una palabra cercana a ella y que nos es más familiar: la palabra transformación. Transformación significa pasar de una forma a otra, transustanciación pasar de una sustancia a otra. Pongamos un ejemplo. Al ver a una señora salir de la peluquería, con un peinado completamente nuevo, es espontáneo decir: «¡Qué transformación!». Nadie sueña con exclamar: «¡Qué transustanciación!». Claro. Ha cambiado su forma y aspecto externo, pero no su ser profundo ni su personalidad. Si era inteligente antes, lo sigue siendo ahora; si no lo era, lo siento, pero tampoco lo es ahora. Han cambiado las apariencias, no la sustancia.
 

En la Eucaristía sucede exactamente lo contrario: cambia la sustancia, pero no las apariencias. El pan es transustanciado, pero no transformado; las apariencias (forma, sabor, color, peso) siguen siendo las de antes, mientras que cambia la realidad profunda: se ha convertido en el cuerpo de Cristo. Se ha realizado la promesa de Jesús escuchada al comienzo: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».
 

La Eucaristía ilumina, ennoblece y consagra toda la realidad del mundo y la actividad humana. En la Eucaristía la propia materia –sol, tierra, agua— es presentada a Dios y alcanza su fin, que es el de proclamar la gloria del Creador. La Eucaristía es el verdadero «cántico de las criaturas».

 

XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B
La libertad nos llama desde el cielo

Autor: Fernando Torres Pérez, cmf

Todo empezó con Jesús invitando a la gente a comer, haciéndoles partícipes de un banquete y saciando su hambre.

¿Podía criticar alguien a Jesús por eso? Nada de eso. Todos se sintieron contentos. Los que comieron porque tenían el estómago lleno. Y los que mantenían al pueblo en la pobreza, los que lo oprimían, porque habían encontrado a uno que satisfacía las necesidades del pueblo, que en principio no daba problemas. Se sentían contentos porque la gente cuando tiene hambre puede llegar a sentir rabia, puede llegar a darse cuenta de la injusticia a la que está sometida y puede intentar protestar. Eso nunca es bueno porque altera el orden social, el orden legalmente establecido.

Pero la cosa no terminó ahí. Los estómagos saciados querían más. El hambre es una necesidad que no se sacia definitivamente nunca. El estómago se vacía y quiere volver a saciarse. Por eso la gente siguió a Jesús. Querían más. Pero Jesús, en lugar de alimentarlos, los provoca. Tienen que buscar el pan que da la verdadera vida. No basta con el pan material. Es necesario el pan de la fraternidad, de la justicia. Y en ese momento los poderosos, los guardianes del orden social, de la ley establecida por ellos mismos y para su provecho, se comenzaron a poner nerviosos. Aquel Jesús era mucho más peligroso de lo que aparecía a primera vista.

Los malos de la película. Esa es la razón por la que aparecen en el Evangelio de Juan unos personajes nuevos: los judíos. ¿No eran judíos todos los que seguían a Jesús y Jesús mismo? Ciertamente, pero Juan en su Evangelio personifica bajo ese nombre a los malos de la película, a los que se oponen a Jesús y su mensaje. Los judíos son los que no pueden creer que Jesús sea el “pan bajado del cielo”, el que lleva a los hombres y mujeres por caminos nuevos de libertad, de justicia y fraternidad. Ni desean que existan esos caminos –todo debe ser como ellos dicen que siempre ha sido, como ellos dicen que dice la tradición, como ellos dicen que dice la ley– ni creen que puedan existir.

Ellos conocen a Jesús, conocen a su familia, a su padre, a su madre. No es posible que haya nada “bajado del cielo” en ese origen. Y en ningún caso puede venir del cielo un mensaje como el de Jesús que promete vida, libertad, justicia, que promete la salvación para todos. Pero Jesús insiste. Él es el mensajero y el mensaje del Padre. Él es el pan que da la verdadera vida. Él trae la vida al mundo. Como el ángel del Señor alimentó a Elías en su camino al Horeb, Jesús se hace alimento para que lleguemos a nuestra propia plenitud, que es la mejor forma de dar gloria a Dios. El “salto” de la fe y el testimonio

El choque es inevitable. Jesús y los “judíos” se mueven a niveles diferentes. Jesús invita a los que le siguen a crecer, a levantarse, a ser libres, a vivir. Los “judíos” no quieren moverse de donde están. Y piensan que Dios lo quiere así. No hay posibilidad de encuentro. Sólo sería posible dando el salto de la fe. O cayéndose del caballo, como Pablo.

Al final, sólo cabe el testimonio limpio de los que viven en el nuevo orden de cosas instaurado por Jesús, de los que se han levantado y han comenzado su personal camino hacia el Horeb, hacia el encuentro con el Dios de la libertad y de la justicia, del amor y de la paz. Ahí se entienden fácilmente los consejos de Pablo en la segunda lectura.

Los que siguen a Jesús no viven amargados sino que están dominados por la bondad, la comprensión, la paciencia. Irradian a su alrededor el buen olor de Cristo y hacen de su vida una eucaristía. Comulgan el cuerpo de Cristo y lo reparten transformado en vida, en amor, en compromiso por la justicia, a todos los que se encuentran en su camino. Y, de paso, se cambia lo que haya que cambiar. Porque Dios no quiere que se conserve el orden establecido sino que hombres y mujeres, todos los hombres y mujeres, vivan y vivan en libertad y en plenitud.