REFLEXIONES  

Domingo 2º
Tiempo ordinario (b)


 

"Maestro, ¿dónde vives?"

 

 

REFLEXIÓN - 1

ESTUVIERON TODO EL DÍA CON ÉL

Cuánto se habla de la contaminación: los agujeros negros en la capa de ozono, los ríos, los vertederos de basuras, en los que viven muchas personas, ahora la contaminación del tabaco... y la contaminación acústica, los ruidos.

El ruido de la calle, los ruidos de los electrodomésticos en las casas, las músicas a todo volumen...; hay quien se aísla del ruido exterior poniéndose los auriculares con la radio o la música, a la hora de la verdad, meter los ruidos directamente al cerebro.

Al ruido añadamos las prisas. No hay tiempo para nada; siempre corriendo. Y, como consecuencia, el estrés, las depresiones, las soledades, porque, aunque estemos juntos, cada uno va a lo suyo.

Algunos buscan la solución a estos males en los fármacos: pastillas para el estrés, para las depresiones, para los cansancios, para ver si se animan...

El silencio interior y exterior es el mejor camino para encontrarse con uno mismo y con Aquel que, sin darnos cuenta, siempre camina a nuestro lado.

El pequeño Samuel se encontró con el Señor en la tranquilidad de la noche, aunque todo el día estaba a su servicio en el templo.

En la oscuridad de la noche escuchó su nombre y pudo responder: "Aquí estoy" y decirle al Señor: "Habla, Señor, que tu siervo te escucha".

Andrés y el otro discípulo de Juan Bautista, se fueron con Jesús y pasaron todo el día con Él. Sólo así, después de ese encuentro personal, pudo decirle a su hermano Simón: "Hemos encontrado al Mesías".

También nosotros, cristianos, estamos metidos en la vorágine de los ruidos y prisas de nuestra sociedad. Tanto, que nos impide encontrarnos con el Señor, escucharle y ver, con Él, si nuestra vida discurre o no por sus sendas.

Necesitamos  hacer, de vez en cuando, un alto en el camino, buscar la serenidad del silencio; darnos cuenta de que estamos inmersos en la presencia del Señor, que camina a nuestro lado, pero que los ruidos y las prisas nos lo impiden sentir.

Necesitamos silencio interior y exterior para poder decirle al Señor: "Aquí estoy", "Habla, Señor, que tu siervo escucha".

Silencio, serenidad y oración, son las mejores "pastillas" para los males del ruido y las prisas. La experiencia de haber estado un día entero con Jesús, llevó a Andrés a comunicárselo a su hermano Pedro, para que él también fuera con Jesús.

La Eucaristía es un momento de encuentro con el Señor, con Jesús, su palabra, su Cuerpo y su Sangre, su comunidad..., pero necesitamos de esos encuentros íntimos en el silencio y en la oración personal, para revisar nuestra vida ante Él y con Él, para decirle: "Aquí estoy", pero también: "Habla, Señor, que tu siervo te escucha", para experimentar la alegría de Andrés cuando dijo a su hermano: "Hemos encontrado al Mesías".

 

REFLEXIÓN - 2

UNA MIRADA

Desde su bautismo, Jesús formó parte de los discípulos del Bautista; va "detrás" de Juan y bautiza él también. No hay duda de que Jesús adquirió rápidamente ascendiente sobre sus compañeros, de manera que el movimiento bautista habría tenido entonces dos cabezas. Juan, "el amigo del Esposo", reconoció al "Cordero de Dios" y anunció que su misión de precursor había terminado. Y, al igual que el anciano Simeón, se llenó de gozo.

Los discípulos de Juan, que ahora se unen a Jesús, son todos galileos. Andrés, Simón y Felipe son de Betsaida: Natanael es escriba, medita debajo de la higuera, es decir, debajo del "árbol del conocimiento del bien y del mal", si damos crédito a la literatura rabínica (TOB). Discípulo de Juan y con compañeros galileos: los comienzos de Jesús son tremendamente humanos.

También esto pertenece a la encarnación.

Nos gustaría saber qué dijo Jesús, a lo largo de aquel día, a los dos discípulos que se sintieron fascinados por su mirada. Pero siempre es indiscreto registrar los diálogos amorosos. Y, sin embargo, yo sé bien lo que les dijo... Una palabra, una sola, la palabra que llevaba él en su corazón de Hijo. Jesús les dijo (o más bien leyeron ellos en su mirada) que Dios es Amor, que Dios lo es todo y que, cuando Dios llama, hay que dejarlo todo.

¡Dichoso el cristiano que no se cansa de mirar a Jesucristo! Quedará fascinado. Y, pase lo que pase, siempre volverá a su primer amor, pues la mirada de Cristo es la mirada infinitamente amorosa de Dios al hombre, a todo hombre. ¿Recordáis el último diálogo de Pedro con Jesús, después de aquella noche imposible en que el discípulo creyó que podría volver a sus redes? -"Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" -"¡Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo!".

Cuando se ha nacido de Dios, no se puede decir más que eso. El que ha nacido de Dios, ni siquiera puede ya pecar: ¡está embarcado en el amor!

DIOS CADA DIA

(mercaba)

 

REFLEXIÓN - 3

¿QUÉ BUSCÁIS?

"¿Qué buscáis?". Es una pregunta la primera palabra del encuentro que el evangelista pone en boca de Jesús. Una pregunta que se dirige al interior del corazón del hombre. Tal vez se trate de hacer manifiestos los deseos humanos más profundos, abriendo precisamente aquello que se encierra en lo más recóndito del corazón. Ahora bien, sólo el que sabe lo que todavía le falta puede disponerse a la búsqueda. El satisfecho está cerrado a cualquier cosa que pueda sobrevenir. La respuesta que San Juan atribuye a ambos discípulos pone de relieve el tratamiento de "Maestro", con el reconocimiento de Jesús por parte de los primeros discípulos (es decir, de los primeros cristianos) como aquel que es el auténtico y definitivo intérprete o maestro de la ley, el guía por excelencia.

"Venid y ved". A continuación ya no se dice nada del sitio donde habita Jesús ni de las conversaciones que posteriormente pudieron llevarse a cabo. Todo ello no es nada más que excusa o pretexto.

Lo importante es el resultado: "Hemos encontrado al Mesías". Este era su anhelo y su deseo. Y se acentuaba que la inquietud de búsqueda ha sido recompensada; el deseo, satisfecho; hasta tal punto que la vida de aquellos hombres llega a encontrar un contenido decisivo. La hora de la llamada (como dice Richard Gutzwiller) coincide con la hora del destino de su vida. Todo aquel que ha escuchado interiormente la llamada de Jesús, por muy exteriores que hayan sido los medios que la han podido producir, todo aquel que le ha seguido y ha entregado la vida por su causa ha podido experimentar que su existencia ha alcanzado un sentido pleno. Esa llamada, en adelante, se convierte en lo inolvidable, lo incomparable y lo decisivo o definitivo.

Hay otra cosa importante, a partir de este pasaje evangélico, pero prescindiendo de él en concreto y refiriéndose a toda la historia bíblica; Dios elige a los hombres personalmente (individualmente y en referencia a un pueblo o comunidad), esto es, a cada uno le llama por su nombre o lo designa con un nombre y lo que esto significa. Porque cada hombre, como nos muestran Jesús y su Evangelio, tiene un valor en sí mismo, un valor peculiar. Cada uno es alguien ante Dios.

EUCARISTÍA