REFLEXIONES  

XXVIII Domingo
Tiempo ordinario (b)


 
 

"¿Qué haré para heredar la vida eterna?"

 

REFLEXIÓN - 1

ENGORDANDO AL CAMELLO

El dinero, el ser ricos se ha convertido en una obsesión para muchas personas.

¿Qué tendrá para que tantos se jueguen la vida por él?

El dinero es poder: "Poderoso caballero es D. Dinero".

El dinero es prestigio: "Donde hay ¨din¨, hay ¨don¨".

El dinero es para algunos camino de la felicidad: "El dinero no da la felicidad, pero ayuda a conseguirla.

Hay quien busca la riqueza por medio de un trabajo honrado; es difícil ese camino. Al final, trabajas mucho y vives poco.

Muchos buscan caminos más cortos y rápidos. Cuántas veces el Antiguo y el Nuevo Testamento habla de riquezas adquiridas con malas artes, como p.e. la explotación de los pobres ("El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros", escuchábamos hace dos domingos en la carta de Santiago).

Todos los días nos hablan los medios de comunicación de grandes fortunas hechas a base de corrupción; y sólo salen los casos más escandalosos.

Cuántos criminales, pues no se les puede llamar de otra manera, están acumulando riquezas sobre cadáveres: los nuevos traficantes de esclavos que dejan morir en medio del mar a seres humanos, a quienes han sacado todos sus bienes y los de su familias  con promesas que saben que son falsas; los traficantes de drogas, los traficantes de armas, los traficantes de niños, de órganos, de pornografías... Si sumáramos las cantidades de dinero que se mueven en estos "negocios"...

Y otros, cegados por las luces del dinero fácil, lo buscan a través del robo y la delincuencia, cada día más violenta y nunca justificada.

Aquel rico del que nos habla el Evangelio de San Marcos, tal vez pertenecía al primer grupo, los que han logrado las riquezas de manera honrada. Parece un hombre bueno, preocupado por la vida eterna, cumplidor de los mandamientos...; posiblemente, como la gente de su tiempo, creyese que las riquezas era fruto de la bendición de Dios, sin pensar en los medios utilizados para conseguirlas.

Nadie le había dicho nunca que las riquezas podrían ser un pesado lastre para la vida eterna.

Por eso, cuando Jesús le dice que venda lo que tiene, dé el dinero a los pobres y le siga, no tiene fuerzas.

No entiende que si quiere remontar vuelo, ir a la vida eterna, tiene que aligerar la carga; que si uno no se vacía se sí mismo y de sus cosas, Dios, la gran riqueza, no cabe.

Después, comentando con sus discípulos, les dirá lo difícil que les es entrar en el Reino a los que ponen su confianza en el dinero. Es más difícil que el que un camello entre por el ojo de una aguja.

Cuando el "tener", sean riquezas, dinero, posesiones, propiedades,  patrimonios,  poder, influencia..., se pone por encima del "ser", del ser persona justa, honrada, caritativa, solidaria con los más débiles, que busca un mundo mejor, más humano, más fraterno, aunque a él le toque tener un poco menos, se está estrechando el ojo de la aguja y engordando al camello.

Momentánea y externamente pueden parecer felices, porque tienen muchas cosas y muchas personas a su servicio y a sus órdenes, aunque es difícil, pues las preocupaciones para mantener y aumentar lo adquirido, lo suele impedir.

Pero la felicidad de vivir en sencillez, sin apegos, sólo la experimenta el valiente que se decide por ella.

"Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido", dice Pedro a Jesús.

Jesús le responderá que recibirá cien veces más de lo dejado, con persecuciones, "y en la edad futura vida eterna".

Cada uno que sopese y decida.

 

REFLEXIÓN - 2

UN DINERO QUE NO ES NUESTRO

"Una cosa te falta"

En nuestras iglesias se pide dinero para los necesitados, pero ya apenas expone hoy nadie la doctrina cristiana que sobre el dinero predicaron con fuerza teólogos y predicadores como S. Ambrosio de Tréveris, S. Agustín de Hipona o S. Bernardo de Claraval. Una pregunta aparece constantemente en sus labios. Si todos somos hermanos y la tierra es un regalo de Dios a toda la humanidad, ¿con qué derecho podemos seguir acaparando lo que no necesitamos, si con ello estamos privando a otros de lo que necesitan para vivir? ¿No hay que afirmar más bien que lo que le sobra al rico pertenece al pobre?

No hemos de olvidar que poseer algo siempre significa excluir de aquello a los demás. Con la «propiedad privada» estamos siempre "privando" a otros de aquello que nosotros disfrutamos.

Por eso, cuando damos algo nuestro a los pobres, tal vez estamos en realidad, restituyendo lo que no nos corresponde totalmente. Escuchemos estas palabras de S. Ambrosio: "No le das al pobre de lo tuyo, sino que le devuelves lo suyo. Pues lo que es común es de todos, no sólo de los ricos... Pagas, pues, una deuda; no das gratuitamente lo que no debes».

Naturalmente, todo esto puede parecer idealismo ingenuo e inútil. Las leyes protegen de manera inflexible la propiedad privada de los grandes potentados aunque dentro de la sociedad haya pobres que viven en la miseria. S. Bernardo reaccionaba así en su tiempo: «Continuamente se citan leyes en nuestros palacios; pero son leyes de Justiniano, no del Señor».

No nos ha de extrañar que Jesús, al encontrarse con un hombre rico que ha cumplido desde niño todos los mandamientos, le diga que todavía le falta una cosa para adoptar una postura auténtica de seguimiento a El: dejar de acaparar y comenzar a compartir lo que tiene con los necesitados.

El rico se alejó de Jesús lleno de tristeza. El dinero lo ha empobrecido, le ha quitado libertad y generosidad. El dinero le impide escuchar la llamada de Dios a una vida más plena y más humana.

«Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios». No es una suerte tener dinero sino un verdadero problema. Pues el dinero nos cierra el paso y nos impide seguir el verdadero camino hacia la vida.

JOSE ANTONIO PAGOLA

 

 

REFLEXIÓN - 3

LAS EXIGENCIAS DE LA SALVACIÓN

1. La salud -de donde se deriva salvación- equivale, idealmente, a vida en plenitud (sin  rastro de enfermedad), a integridad personal (sin secuelas de alienación) y a armonía  global (en paz con todos y con Dios). Cumple todos los deseos y aspiraciones de la  persona y se expresa en la esperanza de la inmortalidad. No es mera ausencia de  desgracias y calamidades, sino realización plena del ser personal. Naturalmente, la salud  está constantemente amenazada por la enfermedad, el hambre y, en definitiva, el pecado y  la muerte. Sólo Dios es salud total, que se comunica en la historia; por eso es «bueno».

2. La salud cristiana, o salvación liberadora, abarca la totalidad de lo humano. No es la  mera inmortalidad del alma ni la retribución individual en forma de «vida eterna». Es  presencia ya actuante, aunque todavía no en su plenitud, del reino de Dios. Para recibir la  salud de Cristo no basta con guardar los mandamientos; es preciso, además, despojarse de  las riquezas y entrar en la comunidad de discípulos.

3. Evidentemente, la riqueza es un obstáculo considerable para entrar en el reino de Dios  o para seguir a Jesús, porque falsifica la relación con Dios y con los hermanos. En cambio,  la riqueza de los pobres está en el seguimiento de Jesús, en la fraternidad y en el reino. Se  plantea esta cuestión evangélica: «¿Quién podrá salvarse?». La salvación es irrupción de  Dios en la persona humana, que acepta y cree sin aferrarse al dinero o a la autosuficiencia.  La recompensa de los discípulos que lo han dejado todo es consecuencia del seguimiento:  formar parte de la comunidad eclesial ahora, y de la definitiva en la plenitud de los tiempos.  Lo que parece «primero» es lo «último», y viceversa.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Por qué nos aferramos tanto a las riquezas? 
¿Qué salvación es la que pretendemos? 

CASIANO FLORISTAN