REFLEXIONES  

XXIV Domingo
Tiempo ordinario (b)


 
 

"El Hijo del Hombre
tiene que padecer mucho...
"

 

REFLEXIÓN - 1

SOY..., PERO NO EJERZO

Cuántas personas hay que hicieron unos estudios, unas carreras, que después no han ejercido: médicos que no trabajan en la medicina, economistas que trabajan de policías municipales, abogados que están de empleados en oficinas...

¿Son médicos, economistas y abogados? ¿Pondríamos en sus manos nuestra salud, nuestros ahorros, nuestros pleitos?

"Soy cristiano, pero no practicante", soy cristiano, pero no ejerzo.

Ni los de antes pueden decir que son médicos, economistas y abogados, ni éste puede decir que es cristiano. Para poder decir que se es algo, hay que ejercer.

Ser cristiano es ser de Cristo y ejercer, esto es, vivir desde Cristo; acoger a Cristo en la inmensidad de su misterio de Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nuestra salvación.

Ser cristiano es seguir a Cristo cuando el Padre y el Espíritu Santo se hacen presentes en el Bautismo y lo ratifican como Hijo amado y predilecto, pero también cuando lo expulsan de la sinagoga y lo quieren arrojar por el barranco.

Ser cristiano es seguir a Cristo cuando, tras la multiplicación de los panes quieren hacerlo rey, y, cuando, poco después, al decirles que es el pan de vida y que da a comer su cuerpo y su sangre para la salvación del mundo, hasta los discípulos le abandonan.

Ser cristiano es seguir a Cristo en el Tabor, cuando se presenta como Hijo de Dios en gloria y cuando, al abrir los ojos, Pedro, Santiago y Juan se encuentran sólo con Jesús.

Ser cristiano es seguir a Cristo cuando has dicho alto, como Pedro, "Tú eres el Mesías" y él te dice que debe padecer, ser condenado, ser ejecutado y resucitar a los tres días.

La fe es acoger a Cristo siempre: cuando se entiende más y cuando se entiende menos, cuando gusta más y cuando gusta menos, en los momentos altos y bajos, en el triunfo y en la persecución.

Y no olvidemos que nuestra salvación pasa por el escándalo de la cruz; una cruz que no es de oro, ni de brillantes, ni de materiales nobles, como las que nosotros llevamos al cuello o lucimos en nuestras iglesias, una cruz que no es de adorno; unos troncos de madera de los que cuelga ensangrentado nuestro Salvador.

Siguiendo a Cristo con la cruz y dando la vida para la salvación del mundo, manifestaremos nuestra fe y como él resucitó a los tres días, también nosotros resucitaremos para la vida eterna. 

 

REFLEXIÓN - 2

LA FE, SI NO TIENE OBRAS, ES MUERTA

Cuando empiezan las lecturas de este domingo parece como si nos trasladaran de nuevo al tiempo de Pasión, por el canto del Siervo de Isaías. Pero se ha elegido esa lectura para preparar la afirmación de Jesús en el evangelio sobre el estilo de su mesianismo.

Lo que sí tiene personalidad propia, y se podría comentar en la homilía, antes de pasar al mensaje del evangelio, es lo que nos dice Santiago en su carta.

A la fe la tienen que acompañar las obras. Esta afirmación no va en contra, naturalmente, de la que repite una y otra vez san Pablo, que no son las obras lás que salvan, sino la fe en Jesús. Pero él opone esta fe a las "obras de Moisés", o sea, a las prácticas de los judaizantes, que no querían dar el paso del Antiguo al Nuevo Testamento. . Lo que pide Santiago -y Pablo también- es coherencia entre la fe y el estilo de vida. ..

El lenguaje de Santiago es vivo, y denuncia la tendencia que todos tenemos a contentarnos con las palabras -palabras bonitas, solemnes- paró sin pasar a cumplirlas en la vida. El ejemplo que pone es gráfico, nuestra conducta con los que no tienen que comer ru que vestir: decirles palabras de ánimo y no ayudarles de hecho. Siguen siendo ejemplos válidos hoy. Mirañdo a países más pobres, o mirando sencillamente a nuestro alrededor, referido a lo económico, o también a lo humano: ¡cuántos necesitan de nuestro interés; de nuestro tiempo, de nuestra acogida, de nuestra esperanza! Y podemos quedarnos en palabras muy bien sonantes ?comunidad, solidaridad, justicia, democracia, amor fraterno? y no pasar a lo concreto, a una actuación coherente. También lo decía Juan en su primera carta: "Hijos, no amemos de palabra ni de lengua,.sino con obras y de verdad" (1 Jn 3,18).

TÚ ERES EL MESÍAS

El evangelio de Marcos -que es el que leemos este año en las misas dominicales- había empezado así: "Comienzo del evangelio de Jesús Mesías, Hijo de Dios". Hoy, ya en el capítulo 8, escuchamos, por fin, por boca de Pedro, la confesión de fe de alguien que sí ha creído en él: "Tú eres el Mesías". Una página decisiva en el evangelio de Marcos, la confesión de Cesarea.

Es una pregunta clave también hoy: ¿quién es Jesús? Junto a los que le rechazan o no creen en él, están los que le tienen sólo por un profeta, o por un predicador admirable, o como un modelo de entrega por los demás. Los que están presentes en la Eucaristía dominical seguramente tienen un concepto más profundo sobre Jesús: es el Mesías, el Enviado de Dios; más aún: es el Hijo de Dios, el hombre en quien habita la plenitud de la divinidad. Por eso creemos en él, le amamos, le intentamos seguir en nuestra vida. Porque él es quien da sentido a todo en nuestra existencia.

Nos podemos espejar en ese apóstol que se ha constituido en portavoz de los demás, Pedro, que irá madurando poco a poco en su conocimiento de Jesús, porque todavía es muy superficial su seguimiento y tendrá, en la Pasión, momentos incluso de traición y negación. Luego, después de la Pascua y con la fuerza del Espíritu, será un apóstol incansable y dará su propia vida como testimonio de su fe en Cristo. Los que nos rodean irán interesándose en Cristo Jesús y su mensaje si a nosotros, que nos decimos cristianos, nos ven con un estilo de vida que hace creíble nuestro testimonio de fe.

UN MESÍAS QUE PADECERÁ, MORIRÁ Y RESUCITARÁ

Una cosa que Pedro y los demás no quisieron entender, al principio, es que el mesianismo, tal como lo entiende Jesús, pasa por el sufrimiento y la muerte. Y eso que ya lo había anunciado el profeta Isaías, en su canto del Siervo, cuando hablaba de que este Siervo enviado por Dios recibiría golpes e insultos y salivazos, aunque contando siempre con la ayuda y la fuerza de Dios. Por eso, la actitud que triunfará en él es la confianza: "No quedaré avergonzado".

Junto a la alabanza que merecía Pedro por su lapidaria?profesión de fe, recibe según el evangelio de hoy, una de las réplicas más duras de Jesús: "Apártate de mí, Satanás". Pedro y los demás no entienden que Jesús ha venido, no a ser servido, sino a servir; a cumplir su misión con una solidaridad plena con la familia humana, incluido el dolor y la muerte; y que va a salvar al mundo precisamente con su muerte, con su entrega total. A Pedro -y la nosotros- le gustaban las palabras suaves de Jesús, las consoladoras. Le gustaba el monte Tabor, el de la transfiguración de Jesús. No quería entender el sentido del otro monte: el Calvario.

Tampoco a nosotros nos gusta que Jesús nos haya dicho que el que quiera ser su discípulo, debe tomar su cruz cada día y seguirle. Creer en Jesús no sólo de palabra, sino viviendo según su estilo de vida -de nuevo parece resonar el mensaje incisivo de Santiago- supone seguramente renunciar a criterios más atrayentes de este mundo, elegir el camino más difícil, organizar nuestra vida siguiendo el ejemplo de Jesús, sobre todo con la entrega por los demás. No basta con que digamos que creemos en Jesús, sino tenemos que aceptarle por entero, también en lo que tiene de exigencia y de cruz.

J. ALDAZÁBAL (+)
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REFLEXIÓN - 3

CREER EN ALGUIEN

¿Quién decís que soy yo?

Los cristianos hemos olvidado con demasiada frecuencia que la fe no consiste en creer en algo, sino en creer en Alguien. No se trata de adherirnos fielmente a un credo y, mucho menos, de aceptar ciegamente «un conjunto extraño de doctrinas», sino de encontrarnos con Alguien vivo que da sentido radical a nuestra existencia.

Lo verdaderamente decisivo es encontrarse con la persona de Jesucristo y descubrir, por experiencia personal, que es el único que puede responder de manera plena a nuestras preguntas más decisivas, nuestros anhelos más profundos y nuestras necesidades más últimas.

En nuestros tiempos se hace cada vez más difícil creer en algo. Las ideologías más firmes, los sistemas más poderosos, las teorías más brillantes se han ido tambaleando al descubrirnos sus limitaciones y profundas deficiencias.

El hombre moderno, escarmentado de dogmas, ideologías y sistemas doctrinales, quizás está dispuesto todavía a creer en personas que le ayuden a vivir y lo puedan «salvar» dando un sentido nuevo a su existencia. Por eso ha podido decir el teólogo K. Lehmann que «el hombre moderno sólo será creyente cuando haya hecho una experiencia auténtica de adhesión a la persona de Jesucristo».

Produce tristeza observar la actitud de sectores católicos cuya única obsesión parece ser «conservar la fe» como «un depósito de doctrinas» que hay que saber defender contra el asalto de nuevas ideologías y corrientes que, para muchos, resultan más atractivas, más actuales y más interesantes.

Creer es otra cosa. Antes que nada, los cristianos hemos de preocuparnos de reavivar nuestra adhesión profunda a la persona de Jesucristo. Sólo cuando vivamos «seducidos» por él y trabajados por la fuerza regeneradora de su persona, podremos contagiar también hoy su espíritu y su visión de la vida. De lo contrario, seguiremos proclamando con los labios doctrinas sublimes, al mismo tiempo que seguimos viviendo una fe mediocre y poco convincente.

Los cristianos hemos de responder con sinceridad a esa pregunta interpeladora de Jesús: «Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?».

Ibn Arabi escribió que «aquel que ha quedado atrapado por esa enfermedad que se llama Jesús, no puede ya curarse». ¿Cuántos cristianos podrían hoy intuir desde su experiencia personal la verdad que se encierra en estas palabras?

JOSÉ ANTONIO PAGOLA