REFLEXIONES  

XIX Domingo
Tiempo ordinario (b)


"Yo soy el pan vivo
que ha bajado del cielo"

 

 

 

REFLEXIÓN - 1

"PAN DE VIDA"

Cuántas veces cuando salimos de los supermercados llevamos el carro lleno de comida. Pero esa comida nos dura, como mucho, una semana o quince días y hay que volver a comprar. Con este alimento nos mantenemos en esta vida.

Pero no somos sólo un cuerpo que alimentar y nuestra vida no abarca únicamente los cuatro días que estamos en este mundo.

Creados a imagen y semejanza de Dios, estamos hechos para vivir eternamente con Él. Toda nuestra persona, cuerpo y espíritu.

Y Dios mismo nos da el alimento para esta vida sin fin: el Hijo, que procede de él.

El Hijo de Dios que bajó del cielo, aunque lo hizo naciendo entre nosotros de María Virgen .

Extrañaba a la gente que el hijo de José y de María dijera que había bajado del cielo. No le creían y murmuraban de él.

Pero el que cree y acoge a Cristo como el Hijo de Dios hecho hombre y bajado del cielo, ese tiene vida eterna.

Él se ha hecho para nosotros pan de vida para que, comiendo de él, no muramos.

En la Eucaristía expresamos y vivimos de una manera especial que Jesucristo es el pan de la vida. En ese pequeño trozo de pan, nos da su carne para la vida del mundo. 

 

REFLEXIÓN - 2

"REHACER LAS FUERZAS"

En la vida de cada ser humano hay momentos de toda clase: algunos son sencillos y fáciles de vivir, y otros muy complicados y difíciles de asimilar. Esto también pasa en nuestra vida como creyentes, en nuestra vida de fe, como hombres y mujeres que queremos ser discípulos fieles de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios.

            Esta experiencia también la tuvo el profeta Elías quien, por ser fiel a Dios, ahora se ve perseguido por el rey Acab y tiene que huir. La situación es tan difícil de vivir que su plegaria impresiona: “¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!”

            La respuesta de Dios a través de su mensajero no tiene nada que ver con la petición que Elías ha formulado: Es necesario que Elías continúe la misión que Dios le encarga. Aunque para poder hacerlo debe recuperar las fuerzas:

            “¡Levántate y come!... ¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas”. También nosotros necesitamos el alimento para afrontar la vida y rehacer las fuerzas, para poder así afrontar tanto los momentos sencillos y fáciles de vivir como los complicados y difíciles de asimilar. Por un lado, todos nosotros necesitamos el alimento básico que permite que nuestro cuerpo pueda funcionar, pero, por otro lado, también tenemos necesidad de otras muchas formas de “alimento”: la compañía de los demás, unas palabras de afecto, unas palabras iluminadoras que nos hagan ver las cosas desde una perspectiva nueva, y, por qué no, también alguna que otra reprensión que nos haga reaccionar.

            Todos nosotros tenemos necesidad de alimento para rehacer las fuerzas, ¿nos damos cuenta de ello y damos gracias por tenerlo? ¿Damos gracias a los que nos lo procuran? ¿Damos gracias a Dios y a los demás?

            Pero además de éste, nosotros hemos descubierto que necesitamos otro alimento: Jesús, aquel que se presenta como “el pan vivo que ha bajado del cielo”.

            Después del signo de la multiplicación de los panes y los peces, que escuchamos hace quince días, el evangelista san Juan pone en boca de Jesús un

discurso en el que se presenta a si mismo como el pan básico y definitivo para la vida de todos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”.

            Esta afirmación de Jesús provoca le extrañeza de los que le escuchan: ¿Cómo puede decir estas cosas, si nosotros le conocemos perfectamente, sabemos de dónde procede, quién es toda su familia?

            Para poder entender la afirmación sobre Jesús es necesario un espíritu abierto, no quedarse en los elementos exteriores, sino acercarse a su identidad profunda y, de manera especial, dejarse impregnar profundamente por su enseñanza, que no es suya, sino del mismo Padre: “Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mi”. Esta es la experiencia a la que somos invitados hoy: dejarnos interpelar por Jesús, penetrar en la profundi­dad de su persona, aceptar su enseñanza, dejarnos alimentar por él.

            Cuando hacemos real y personalmente esta experiencia, nuestra vida se transforma. Seguimos necesitando el alimento básico que permite que nues­tro cuerpo pueda funcionar; seguimos necesitando el alimento que nos da la compañía de los demás, unas palabras de afecto, unas palabras iluminado­ras que nos hacen ver las cosas desde una perspectiva nueva o la crítica que nos hace reaccionar. Pero descubrimos que básicamente necesitamos estar cerca de Jesús y alimentarnos de él, porque en él encontramos el alimento que da sentido a nuestra vida y a la del mundo: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

ENRIC TERMES

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