REFLEXIONES

16- Febrero

DOMINGO 6º

TIEMPO ORDINARIO
(A)

 " No he venido a abolir la ley o los profetas..."

 

REFLEXIÓN - 1

EL ÁRBOL DA FRUTOS SIENDO FIEL A SI MISMO.

"No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar  plenitud". Jesús no es de aquellos que pretenden progresar destruyendo el pasado. Ni  tampoco de aquellos que se encierran en el pasado como si fuera el término final de toda  perfección. El, el Maestro supremo, tuvo el arte de infundir plenitud a los valores ya  existentes. Como cada árbol -que adquiere plenitud cuando crece y da fruto- permanece  idéntico a sí mismo. Esto también es verdad de cada persona, de cada institución y de cada  pueblo.

La experiencia demuestra el fracaso de aquellos que quieren adelantar negando o  anulando su identidad. Jesús trató con un sincero respeto a todo lo que estaba en el  corazón de la identidad de su pueblo: la "ley y los profetas" (lo que nosotros ahora llamamos  "el Antiguo Testamento". Pero lo hizo de manera que de sus entrañas pudiera florecer el  Evangelio.

Por eso debemos contemplar siempre de una forma más profunda la honda coherencia  del Antiguo Testamento y del Nuevo.

Con la franqueza a la que nos invitan las últimas palabras del evangelio de hoy: "a  vosotros os basta decir sí o no", podríamos hacer dos aplicaciones de la pedagogía de  Jesús.

Primera: ser fieles a nuestras identidades fundamentales como miembros de un país, y  también: como cristianos y miembros de la Iglesia.

Segunda: procurar que nuestra pedagogía se inspire en la de Jesús. Nosotros, con  excesiva frecuencia, confundimos progreso con poco respeto o destrucción del pasado y de  la tradición. Y, aún más a menudo, hemos sido más eficientes en destruir que no en  construir sobre el pasado para mejorarlo.

J. PIQUER

 

 

 

REFLEXIÓN - 2

LAS SEIS PIEDRAS

Seis piedras cayeron rodando desde lo alto de la montaña.

Duras, inexorables, precisas.

Un ruido seco. Dos, tres, seis golpes duros, al zambullirse en el agua estancada de un  legalismo arrogante y complaciente.

Las salpicaduras llegaron muy lejos, molestando y empapando materialmente a un gran  número de personas.

El agua pesada del estanque comenzó a encresparse y se puso a hervir.

La bonanza fue abatida brutalmente por la tempestad. Un auténtico desastre, provocado  por aquellas seis piedras toscas.

Sí. Aquel era el fin de un mundo. Ocurrió hace dos mil años.

Desde el monte de las bienaventuranzas, que se refleja en el lago de Galilea, Jesús lanzó  seis piedras que dieron despiadadamente en el blanco de nuestro bienestar, de nuestras  seguridades, de nuestros cómodos egoísmos, de nuestros penosos compromisos. Seis piedras lanzadas por la Palabra hecha carne.

Seis «pero yo os digo» de un poder irresistible, de una fuerza arrolladora, que cambiaron  para siempre el ritmo de las cosas.

«Habéis oído que se dijo a los antiguos... Habéis oído que se dijo...

Se dijo... Pero yo os digo...».

Estos «pero» repetidos por Cristo, señalan el paso del antiguo al nuevo testamento. 

Continuidad y ruptura al mismo tiempo.

Paso del legalismo a la ley del amor. Del sentido humano a la divina locura de la cruz. De  la prudencia al riesgo sublime de la aventura. Del orden formalista al escándalo evangélico.

No es la abolición de la ley. Sino la suprema perfección, el cumplimiento de la ley.

La perfección de la interioridad, del amor. Un amor cuya única medida es no tener  medida.

(mercabá)

 

REFLEXIÓN - 3

.«PERO YO OS DIGO...».

Un día, ya lo sabéis, dijo Jesús: «El amor resume toda la ley y los profetas». Quizá, por eso, los coetáneos de Jesús y ese hombre anárquico y «bon sauvage» que en el fondo somos todos, pensó: «he aquí a alguien que viene a liberarnos de la ley».

Pero ese hombre, «soñador de falsas liberaciones» se equivocó: «Yo no he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud». Ya lo oís: vino a enseñarnos a buscar su «verdadero sentido».

Conviene recordar cómo estaban las cosas. La religión judía se basaba en la obediencia ciega a Yavéh; y la voluntad de Yavéh estaba manifestada en la ley. De este modo, un buen judío era un observante escrupuloso de los preceptos concretos que emanaban de la ley. La ley mosaica era, por tanto, algo sagrado.

Y eso está muy bien, amigos. El mismo Jesús se sometió gustosamente a las leyes. Así, le vemos aparecer en la sinagoga los sábados, acudir en peregrinación a Jerusalén en las fiestas, celebrar el rito de la pascua judía, rezar como todos los judíos, los salmos --«dichoso el hombre que sigue tus leyes, Señor»--, y, cuando curaba a un leproso, lo enviaba después, a los sacerdotes, como mandaba la ley.

Lo malo es que ese respeto del pueblo judío por la ley, adquirió dos serios desenfoques. Uno, el cumplimiento de la ley se hacía por motivos de «terror»: «Que no nos hable Dios, que moriremos». Y dos, las leyes se tomaban de un modo «tan literal, minucioso y obsesivo» que llegaron a convertirse en gestos meramente externos, superficiales y mecánicos.

Esas dos posturas son las que trata de corregir Jesús. Dios no es un Dios para el temor, sino para el amor. Si algo explicó claramente Jesús es que «Dios es Padre»: «Dios cuida de los lirios y los pajarillos. ¡Cuánto más de vosotros, pues bien sabe él lo que necesitáis!» O en otro lugar: «Podrá una madre abandonar al hijo de sus entrañas, pero Dios no os abandonará jamás». Por eso añadía: «Os concederá cualquier cosa que le pidáis en mi nombre». Y nos enseñó a rezarle, llamándole: «Padre nuestro».

Esto supuesto, ¿cómo querer contentar a ese «padre» con el cumplimiento meramente formal, externo y frío de las cosas que a El le gustan, es decir, de «sus preceptos»? El cumplimiento de sus leyes tiene que arrancar de nuestro corazón. «Amor con amor se paga». Y eso es lo que quiere decirnos Jesús con esas «antinomias» (?) que El proclama: «Habéis oído que se os dijo... Pues yo os digo». Efectivamente, «se nos dijo: no matarás», acto brutal y externo. Pero «Jesús nos dice» que debemos extirpar el rencor y el mal deseo en nuestro interior. Del mismo modo, «se nos dijo: no cometáis adulterio», una infidelidad externa igualmente y consumada contra el amor. Pero Jesús nos invita incluso a que desarraiguemos las malas intenciones y apetencias de nuestro corazón. También «se nos dijo que no juráramos ni por el cielo ni por la tierra». Pero Jesús quiere más. Quiere que hablemos con transparencia y sencillez, como hacen los niños que no tienen «tapujos». Por eso añadió: «Vosotros decid "sí, sí" o "no, no"».

En una palabra, lo que Jesús quiere es que nosotros miremos la ley no «como una raya de prohibiciones de la que no hay que pasar», sino como «una meta de ideales a la que debemos aspirar». Jesús quiere «la verdad interior» de nuestras acciones, no la mera «apariencia».

ELVIRA