REFLEXIONES

19- Enero

2º DOMINGO

TIEMPO ORDINARIO
(A)

" Este es el cordero de Dios"

 

REFLEXIÓN - 1

IMÁGENES DE CRISTO

Cuánto nos duele escuchar, aun entre nuestros familiares más cercanos: "Yo no creo en Dios", "todo eso eso es una tontería, invento de los curas". O cuando alguien va torciendo el camino, te acercas y se lo dices, te responden: "Déjame en paz; yo hago de mi vida lo que quiero, soy libre". O cuando se revuelven y te dicen: ¿A ti para qué te ha servido creer en Dios? ¿tienes más dinero, más salud, más amor?

En nuestro tiempo hay muchos que ponen la felicidad en metas muy cortas y en aspectos muy superficiales.Son los grandes mitos de nuestro tiempo: el dinero, el placer fácil, el sexo, la eterna juventud, la fama, el rechazo de todo aquello que suponga esfuerzo, sacrificio, ir a contracorriente...

Y, con el apoyo de los medios de comunicación, se ha marcado todo un estilo de vida con el que, en muchos aspectos, el cristiano no puede estar de acuerdo.

"Y es que...", decimos, el gobierno, los partidos, el cine, la televisión, el trabajo de las madres, la escuela laicista... están propiciando una sociedad donde auténticos valores se están echando por la borda.

Puede ser que haya parte de verdad en esto; pero, para nosotros, los cristianos, no es toda la verdad.

Es muy fácil, a la hora de hacer nuestras reflexiones, echar las culpas a los otros: el ambiente, el gobierno, los medios de comunicación social... ¿Y nosotros?, ¿somos signos de que se puede ser feliz, de que se puede construir un mundo mejor viviendo de otra manera? ¿o también nosotros hemos caído en la trampa y vivimos igual que todo el mundo?

"Tres cosas hay en la vida: salud dinero y amor; y el que tenga estas tres cosas, que le dé gracias a Dios". Así decía la vieja canción y, tal vez, nos hemos quedado con este ideal de vida.

Nuestro problema como cristianos, al menos en muchos, es que nos hemos acomodado, es decir, nos hemos hecho cómodos; y estamos perdiendo nuestra condición de signos.

En el Bautismo Dios nos consagró y nos dio el Espíritu para una misión: ser signos de la salvación que nos ha traído el Hijo, "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". 

Y, habiendo acogido nosotros la salvación, deberíamos ser en el mundo imágenes de Cristo, para que Cristo siga hablando y actuando por medio de cada uno de nosotros.

Y, así, si Cristo es el Siervo de Yhavhé, nosotros, como él, debemos estar en actitud de servicio, entrega, ayuda, dando la vida por todos, especialmente por los más necesitados de la vida nueva.

Y si Cristo es luz de las naciones, nuestra forma de vivir debe marcar caminos, iluminar situaciones oscuras, sacar a la luz todo lo que atenta contra las personas y les impide crecer como tales y como hijos de Dios creados a su imagen y semejanza.

Y si Cristo es la salvación, hemos de vivir como personas que han aceptado esa salvación y, con nuestra vida, demostrar que hay un mundo nuevo, un mundo de luz, una ruptura con las esclavitudes que nos atenazan, que se puede ser feliz siguiendo a Jesucristo, viviendo según el Evangelio.

Y si Cristo es el Cordero que quita el pecado del mundo, aunque las secuelas del mal son una larga sombra, el cristiano debe esforzarse para acortarla, para que se pueda creer que el mal no tiene la última palabra.

El alimento del Pan, Cuerpo y Sangre de Cristo, la Palabra de Dios y la comunidad reunida en su nombre fortalezca nuestra fe, para que cumplamos la misión que se nos ha encomendado: ser imágenes de Cristo y de su salvación.

 

 

REFLEXIÓN - 2

UN GRAVE MALENTENDIDO

Son bastantes los cristianos que llevan en el fondo de su alma la caricatura de un Dios desfigurado que tiene muy poco que ver con el verdadero rostro del Dios que se nos ha revelado en Jesús.

Dios sigue siendo para ellos el tirano que impone su voluntad caprichosa, nos complica la vida con toda clase de prohibiciones y nos impide ser todo lo felices que nuestro corazón anhela.

Todavía no han comprendido que Dios no es un dictador, celoso de la felicidad del hombre, controlador implacable de nuestros pecados, sino una mano tendida con ternura, empeñada en "quitar el pecado del mundo".

Son bastantes los cristianos que necesitan liberarse de un grave malentendido. Las cosas no son malas porque Dios ha querido que sean pecado. Es, exactamente, al revés. Precisamente porque son malas y destruyen nuestra felicidad, son pecado que Dios quiere quitar del corazón del mundo.

A los hombres se nos olvida, con frecuencia, que, al pecar, no somos sólo culpables sino también víctimas.

Cuando pecamos, nos hacemos daño a nosotros mismos, nos preparamos una trampa trágica pues agudizamos la tristeza de nuestra vida, cuando, precisamente, creíamos hacerla más feliz.

No olvidemos la experiencia amarga del pecado. Pecar es renunciar a ser humanos, dar la espalda a la verdad, llenar nuestra vida de oscuridad. Pecar es matar la esperanza, apagar nuestra alegría interior, dar muerte a la vida. Pecar es aislarnos de los demás, hundirnos en la soledad, negar el afecto y la comprensión. Pecar es contaminar la vida, hacer un mundo injusto e inhumano, destruir la fiesta y la fraternidad.

Por eso, cuando Juan nos presenta a Jesús como "el que quita el pecado del mundo", no está pensando en una acción moralizante, una especie de «saneamiento de las costumbres».

Está anunciándonos que Dios está de nuestro lado frente al mal. Que Dios nos ofrece la posibilidad de liberarnos de nuestra tristeza, infelicidad e injusticia. Que, en Jesús, Dios nos ofrece su amor, su apoyo, su alegría, para liberarnos del mal.

El cristianismo sólo puede ser vivido sin ser traicionado, cuando se experimenta a Jesucristo como liberación gozosa que cambia nuestra existencia, perdón que nos purifica de nuestro pecado, respiro ancho que renueva nuestro vivir diario.

JOSE ANTONIO PAGOLA

(mercaba)

 

 

REFLEXIÓN - 3

¿CORDERO O PASTOR?

Las palabras que pronunció Juan, cuando vio que te acercabas, Señor, son palabras que definitivamente llenan el mundo de esperanza: «Ese es el cordero de Dios que quita...».. Son tan bellas y prometedoras que todos los días, mostrando la hostia santa, las pronuncia el sacerdote, antes de llegar a la comunión.

Pero, como tantas veces pasa con tu evangelio, son palabras que desconciertan: «He ahí el cordero». Pero, ¿no habíamos quedado en que tú eras el «Pastor», el «Buen pastor que da la vida por sus ovejas»? ¿Qué eres, por tanto: pastor o cordero?

PASTOR.--Desde niño me gustaba contemplarte bajo la imagen del «buen pastor». Ya en las catacumbas así te dibujaron los primeros cristianos. También me ha conmovido siempre saber que te interesaba «la oveja perdida» por encima de «las 99 del aprisco». Igualmente me ha consolado siempre oírte decir que eras «el buen pastor, que conocías a tus ovejas» y que, a diferencia de «los pastores que huyen cuando ven venir al lobo», tú eras capaz de «morir por tus ovejas». Sí, tu imagen de «buen pastor» siempre ha influido en mí. Y he agradecido que los pintores te pintaran así, con una oveja sobre los hombres. Y me he entusiasmado más de una vez leyendo a los poetas: «Pastor que con tus silbos amorosos me despertase del profundo sueño...».. Más aun: no sabría decir lo que siento, cuando me doy cuenta de que me has dado parte en su «pastoreo» y me has asignado mi parcela en «lo pastoral».

CORDERO.--Pero, estoy desconcertado. Juan no te presentó como «Pastor» sino que dijo: «He ahí el cordero». Y parece que es verdad. Ya Isaías, muchos años antes de que aparecieras en este mundo, nos decía que «Irías a la muerte, como una oveja que no abre la boca al ir al matadero». Y no era una metáfora. El hombre de todos los siglos había ofrecido «corderos y machos cabríos» para llegar a la amistad con Dios. Extendía sobre aquellos corderos sus brazos, como hace ahora el sacerdote sobre la oblata, tratando de descargar sobre ellos los pecados de la Humanidad. Pero se daba cuenta de que todos esos sacrificios eran insuficientes hasta que llegara el «cordero infinito y único» que fuera capaz de abrir las puertas de un cielo que el mismo hombre había cerrado.

Por eso, cuando Juan anunció: «He ahí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo», tuvo el hombre la seguridad de que el momento había llegado. Y, cuando Tú, Señor, en la última cena, tomando el cáliz, dijiste: «Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la nueva y eterna alianza...», todos los hombres supieron --supimos-- que Tú eras ya «el cordero pascual» que nos libraba de todas las esclavitudes.

Pero, insisto: ¿qué eres: pastor o cordero? ¡Vana cuestión, amigos! Tanto monta, monta tanto. Eres «el pastor que has dado tu vida por las ovejas» y eres el «cordero inmaculado que borra los pecados del mundo». Lo único que interesa es que todo lo que has hecho --y lo has hecho «todo»: humillarte, anonadarte y morir en sacrificio-- lo has hecho «para nosotros». «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación».

A Lope de Vega se le encandilaba la pluma y escribía:

--«Pastor y cordero, sin choza y lana,
¿Dónde vais que hace frío, tan de mañana?».

ELVIRA-1

(mercaba)