IX Domingo de Tiempo Ordinario (A)

" El hombre prudente edificó su casa sobre roca"

 

Eucaristías anteriores

 

Introducción

La Eucaristía en los Santos Padres: San Juan Crisóstomo

Primera Lectura

Deuteronomio11, 18. 26-28

Salmo Responsorial

Salmo 30

Segunda Lectura

Romanos 3, 21-25a. 28 

Aclamación

Juan 15, 5

Evangelio

San Mateo 7, 21-27

Reflexión 1

"Obras son amores"

Reflexión 2

"Jesucristo es el cimiento"

Reflexión 3

"El que escucha y cumple"

Hoja parroquial

Hoja parroquial para imprimir

Eucaristía idiomas

Alemán - Inglés - Francés

   

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

EL BANQUETE DEL SEÑOR
Miguel Payá - Página franciscanos

Capítulo VI
LA CELEBRACIÓN
Haced esto en memoria mía

¿Cómo celebramos los cristianos la Eucaristía? ¿Por qué la celebramos así? A responder estas preguntas vamos a dedicar los capítulos restantes.

En el presente capítulo, que inicia esta parte importante de nuestra reflexión, vamos a presentar, primero, una visión de conjunto sobre el desarrollo de la celebración. Pero también nos vamos a fijar en las posturas, gestos e incluso vestidos que empleamos. En los capítulos siguientes tendremos ocasión de profundizar en las distintas partes de la celebración.

2. POSTURAS Y GESTOS LITÚRGICOS

c) Gestos litúrgicos

1. La señal de la cruz: en el bautismo somos marcados con la señal de la cruz en la frente, como signo de nuestra pertenencia a Cristo. De ahí que, cada vez que repetimos este gesto, queramos renovar nuestra condición de cristianos. Y, además, este significado se ha enriquecido al unírsele una confesión trinitaria: En el nombre del Padre...

En la Eucaristía nos sirve de gesto de comienzo, para tomar conciencia de lo que somos y de que estamos en presencia de la Trinidad. Después lo repetimos tres veces, sobre la frente, sobre los labios y sobre el corazón, antes de escuchar el evangelio, con el rico simbolismo de que la palabra de Jesús penetre en nuestra inteligencia y en nuestro corazón, y de que seamos capaces de proclamarla con nuestros labios. Y, finalmente, el celebrante lo emplea como gesto de bendición.

2. El golpe de pecho: es un signo de arrepentimiento y humildad, como el del publicano de la parábola (Lc 18,3), o de los testigos de la crucifixión (Lc 23,45). Podemos emplearlo opcionalmente al decir las palabras «por mi culpa» en el «Yo confieso» del acto penitencial.

3. La inclinación: es un signo de veneración. Hay dos clases de inclinaciones: de cabeza y de cuerpo, o inclinación profunda.

El sacerdote hace inclinación de cabeza siempre que nombra a las tres divinas Personas, al nombre de Jesús, de la Virgen María y del santo en cuyo honor se celebra la Eucaristía.

La inclinación de cuerpo la hace el sacerdote para saludar al altar al principio y al final de la celebración, si no está presente en él el Santísimo Sacramento, para la consagración y mientras recita algunas oraciones que subrayan la humildad del orante. Y todos nos debemos inclinar profundamente durante la profesión de fe, a las palabras: «Y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre», y durante la bendición final, cuando se emplea la fórmula solemne.

4. La genuflexión: es siempre un signo de adoración a Jesucristo presente en la Eucaristía. Por eso el celebrante hace este gesto después de la elevación del pan consagrado, después de la elevación del cáliz y antes de la comunión. Además, si el Sagrario está en el altar donde se celebra, hace también genuflexión al principio y al final de la celebración, y siempre que pasa delante de él. Los fieles, por su parte, deben hacer genuflexión al entrar en el templo y al salir, si el Sagrario está en el altar mayor o en otro lugar del presbiterio

5. El beso: en la liturgia el beso es un signo importante de reverencia. Por eso, sólo se besan aquellas cosas que representan a Cristo de una forma especial. El sacerdote besa el altar al principio y al final de la celebración, y besa el libro después de la lectura del Evangelio. También todos besamos la cruz el Viernes Santo.

 

 

PRIMERA LECTURA.
Deuteronomio 11, 18. 26-28

No hay nada más importante que la Palabra de Dios. Hay que llevarla en la mente y en el corazón; bien atada, para que no se pierda.
      Del cumplimiento o no de esa Palabra de Dios va a depender bendición o maldición.
      El señor ha dado sus mandamiento, hay que ponerlos por obra.

 

PRESENTACIÓN

La importancia de seguir o no el camino del Señor.

Un deseo en todos los seres humanos: ser felices; y un rechazo de todos los seres humanos: lo que supone algo malo.

Como supremo deseo del creyente, queremos que Dios nos bendiga, ya que su maldición es muerte eterna.

Pero no es Dios el que reparte arbitraria mente bendiciones y maldiciones, sino que cada uno, con su conducta, se hace acreedor de unas u otras.

El camino de la bendición pasa por cumplir la voluntad de Dios; de esa manera Dios comunica su vida y el hombre puede ser feliz. Por el contrario, el camino de la maldición pasa por el rechazo de la voluntad de Dios, por vivir como si no existiera, por apartarse de su Ley, por irse tras otros dioses.

Con frecuencia se comparó la bendición de Dios con la posesión de bienes materiales y la maldición con todo lo contrario. El Evangelio dejará bien claro que no va por ahí la bendición o la maldición.

Amar a Dos sobre todas las cosas, también las materiales, es el camino de la bendición.

La decisión está en cada uno, en propia libertad. 

No deben olvidarse las palabras del Señor, pues de ellas depende la propia felicidad; deben estar en la mente y en el corazón: bien atadas, para no olvidarlas, para que no se escapen.

DEUTERONOMIO 11, 18. 26-28

Mirad: Os pongo delante bendición y maldición

Moisés habló al pueblo, diciendo: "Meteos estas palabras mías en el corazón y en el alma, atadlas a la muñeca como un signo, ponedlas de señal en vuestra frente. Mirad: Hoy os pongo delante bendición y maldición; la bendición, si escucháis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy; la maldición, si no escucháis los preceptos del Señor, vuestro Dios, y os desviáis del camino que hoy os marco, yendo detrás de dioses extranjeros, que no habíais conocido. Pondréis por obra todos los mandatos y decretos que yo os promulgo hoy."

Palabra de Dios

 

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 30

PRESENTACIÓN

"Sé la roca de mi refugio, Señor"

El que edifica su casa sobre roca sale airoso en los momentos de peligro. Cuando caen las lluvias, soplan los vientos, se salen los ríos de madre, la casa no se viene abajo.

Y en los momentos de peligro, qué mejor roca que el Señor.

En este salmo encontramos representado al justo que sufre, a Israel cuando pasa por momentos difíciles, a Jesús que, traicionado y abandonado, cuelga de la cruz, los cristianos de todos los tiempos, también de hoy, perseguidos y tentados de poner su confianza en sí mismos, en sus fuerzas, en sus influencias.

La única salvación, el único refugio, la única roca donde agarrarnos, es el Señor.

Él no nos defrauda, Él escucha nuestros gritos, viene en nuestra ayuda y nos pone a salvo.

En él estamos seguros; él enseña el camino para que no caigamos en el abismo.

No perdamos la confianza en el Señor; seamos fuertes y valientes en todo momento, sobretodo en las dificultades. Él hará brillar su rostro sobre nosotros y nos salvará.

"Sé la roca de mi refugio, Señor."

 SALMO 30

Sé la roca de mi refugio, Señor.

A ti, Señor, me acojo;
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme. 
R.
Sé la roca de mi refugio, Señor.

Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame. 
R.
Sé la roca de mi refugio, Señor.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Sed fuertes y valientes de corazón,
los que esperáis en el Señor. 
R.
Sé la roca de mi refugio, Señor.

 

SEGUNDA LECTURA
Romanos 3, 21-25a. 28

La justicia de Dios, su fidelidad a las promesas hechas, es un don gratuito al que accedemos por la fe en Jesucristo.
     Dios es "compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad".
     La muerte de Cristo fue sacrificio de propiciación.
    Acoger la muerte de Cristo, es acoger la redención que nos trae.

 

PRESENTACIÓN

Ya en el Antiguo Testamento se entendía la justicia de Dios como fidelidad a la Alianza y porque ésta se lleve a cabo, aunque sea por la misericordia y el perdón.

"Ahora", en este tiempo final al que se refiere San Pablo, esa justicia de Dios se ha manifestado por medio de Jesucristo.

En la Cruz, Cristo, nos manifiesta de una manera clara la misericordia y el perdón de Dios, pues por ella hemos sido redimidos, rescatados para la vida, a pesar de ser herederos de la muerte por el pecado.

Cristo se ha ofrecido al Padre por nosotros para que podamos tener de nuevo en nosotros la vida de Dios.

Pero debemos tener deseo de esa vida mediante el cambio de la nuestra; nuestra vida de pecadores cambia al contacto con la vida de Dios, que nos trae Jesucristo. Dios es un Dios de perdón.

Esta justificación, esta redención, es un don gratuito que se ofrece al hombre y  del que puede beneficiarse mediante la fe; no hacen falta las obras de la Ley.

San Pablo separa justificación y salvación. La justificación se ha producido ya en Jesucristo, la salvación, el juicio de Dios está reservado para el final de los tiempos, cuando el Señor vuelva.

Para alcanzar la justificación, basta la fe; para alcanzar la salvación hemos de demostrar, con nuestras obras, que hemos acogido la justificación ofrecida.

ROMANOS 3, 21-25a. 28

El hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley

Hermanos: Ahora, la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los profetas, se ha manifestado independientemente de la Ley. Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna. Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien Dios constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre. Sostenemos, pues, que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley.

Palabra de Dios

 

ACLAMACIÓN
Juan 15, 5

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos -dice el Señor-, el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante.

 

EVANGELIO
Mateo 7, 21-27

Del "decir" al "hacer".
      Sólo decir: "Señor, Señor", puede llevar la respuesta del Señor: "No os conozco".
       Hay que cumplir la voluntad del Padre del Cielo.
       El que escucha la Palabra y la pone en práctica, está bien cimentado, nadie le cerrará las puertas del Reino.
       El que escucha la Palabra y no la pone en práctica, construye sobre arena.

 

PRESENTACIÓN

El mensaje del evangelio de hoy está entre los verbos "decir" y "hacer".

Simplemente decir, hablar, opinar... no lleva a ninguna parte, o al menos, a la verdadera meta: el Reino de los cielos. "No todo el que me dice ¨Señor, Señor¨...".

Hay que pasar al compromiso, a la acción, al testimonio, a vivir aquello que se dice: "... sino el que cumple la voluntad de mi Padre...".

Incluye San Mateo unos versículos, 22 y 23, que no se encuentran en San Lucas y que pretenden remarcar lo que ha dicho en la primera parte.

Qué cercanos nos creíamos: en su nombre profetizamos, echamos demonios, hasta hicimos milagros... "Nunca os he conocido". Qué duro.

Un himno de Laudes dice:

                                   "No basta con dar las gracias,
                                          sin dar lo que las merece.
                                          A base de gratitudes
                                          se vuelve la tierra estéril."

Y es que escuchar la palabra de Dios y responder: "Señor, Señor", es insuficiente.

El texto evangélico presenta una parábola ilustrativa, la de las dos casas: la edificada sobre roca y la edificada sobre arena.

Escuchar la Palabra y ponerla en práctica, es edificar sólidamente en función del Reino; no habrá nada que lo eche abajo.

Escuchar la Palabra y no ponerla por obra, es edificar sin cimiento, hundirse totalmente.

 MATEO 7, 21-27

La casa edificada sobre roca y la casa edificada sobre arena

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Aquel día, muchos dirán: "Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?" Yo entonces les declararé: "Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados."

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente."

Palabra de Dios

 

 

REFLEXIÓN - 1

 

OBRAS SON AMORES...

Hay que distinguir entre las palabras y la "Palabra".

Estamos hartos de palabras: la radio, la TV, la prensa, los libros...

Estamos hartos de las palabras, que prometen y no dan, de nuestros políticos, más preocupados de mantenerse en el poder que de servir a sus conciudadanos.

Estamos hartos de que nos digan lo que tenemos que hacer y de que, quien nos lo dice, no haga nada; también en la Iglesia.

Ya hablaba Jesús de los que dicen y no hacen, de los que cargan pesados fardos en las espaldas de los otros.

Y, muchas veces, las palabras no nos dejan escuchar la Palabra.

La Palabra de Dios que, desde el principio, fue pronunciándose y creando todas las cosas; la Palabra de Dios que dijo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza".

Y si Dios se reveló mediante lo que había creado por su Palabra, también habló con los hombres: Abraham, Moisés, los profetas, María...; les fue comunicando su voluntad, sus planes.

Cuando llegó el momento oportuno, "la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros".

Y la Palabra de Dios es bendición, vida y salvación para los que la escuchan, la acogen y viven según ella.

Pero no se trata de acoger únicamente las palabras de Jesús, sino de acogerle a él, que es la Palabra de Dios hecha carne.

Y acoger a Jesús es vivir según el vivió. En el Hijo, el Padre nos marca el camino a recorrer para llegar al Reino de los Cielos. Jesús, que, como dijo San Pedro, pasó por el mundo haciendo el bien; que predicó; que acompañaba con su vida lo que decía; que estaba en continua unión con el Padre

Por eso no basta decir: "Señor, Señor". Si acogemos, por la fe, a Cristo como Palabra de Dios encarnada, nos hacemos de los suyos, recibimos una vida nueva, que debe manifestarse en nuestros comportamientos, cumpliendo la voluntad del Padre.

Se nos va a conocer por nuestras obras; si nuestras obras son según Dios, él nos bendecirá.

No podemos poner nuestra total confianza en las palabras de los hombres, muchas veces promesas que no llevan a ninguna parte.

El que sigue a Cristo con su vida, está construyendo firmemente, sobre roca. No cederá ante los cantos de sirena de las palabras humanas, ante promesas limitadas, ante vaivenes de las vida.

Cristo es la roca y la piedra angular; quien edifica sobre él, edifica para la eternidad.

No olvidemos que "obras son amores, y no buenas razones".

 

 

REFLEXIÓN - 2

JESUCRISTO ES EL CIMIENTO

«Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo» (1C 3,11)

     Un  rey no reside en una casa vacía de todo; de ninguna manera habitará en ella. Sino que se necesita una buena ornamentación para la casa del rey, de modo que no falte nada en ella... Así ocurre también en el hombre que se convierte en una casa para que resida en ella Cristo, el Mesías: provee todo lo que conviene para el servicio del Mesías que reside en ella, todas las cosas que le placen.

     En efecto, primero de todo: construye su edificio sobre piedra, es decir, sobre el mismo Mesías. Sobre esta piedra pone la fe, y sobre la fe se levanta todo el edificio. Para que la casa llegue a ser su residencia, se le pide el ayuno puro, establecido sobre la fe. Se le pide la oración pura, recibida en fe. Se necesita el amor, crecido sobre la fe. Precisa también las limosnas, dadas con fe. Se le pide la humildad, amada por la fe. Que escoja para sí mismo la virginidad, querida por fe. Que lleve consigo la santidad, plantada sobre la fe. Que también medite la sabiduría, encontrada en la fe. Que también pida para sí la condición de extranjero, provechosa para la fe. Precisará también  de la simplicidad, mezclada con la fe. Que pida también la paciencia, llevada a término por la fe. Que se vuelva perspicaz por la dulzura, adquirida por la fe. Que ame la penitencia, que aparece con la fe. Que pida también la pureza, guardada por la fe... Estas son las obras necesarias para el rey Mesías que habita en los hombres que se edifican con tales obras. En efecto, la fe está compuesta de muchas cosas y se adorna de muchos colores, porque es semejante a un edificio construido con múltiples materiales y su edificio se levanta hasta lo alto...

     Así es nuestra fe: su fundamento es la piedra verdadera, nuestro Señor Jesucristo, el Mesías... Este fundamento es la base de todo el edificio. Si alguno llega a la fe, está sólidamente edificado sobre esta roca, es decir, nuestro Señor Jesucristo, el Mesías. Y su edificio no se verá quebrantado por las olas, ni estropeado por el viento, ni la tempestad lo derrumbará, porque este edificio se levanta sobre la roca, el verdadero fundamento.

 

San Afraates (?- hacia 345), monje y obispo en Nínive, cerca de Mosul en el actual Irak
Las Disertaciones, nº 1

 

REFLEXIÓN - 3

EL QUE ESCUCHA Y CUMPLE

El centro de la liturgia de la palabra de este domingo está en el evangelio. Diríamos que son unas palabras duras que llaman al realismo. No es oro todo lo que reluce, ni todo el monte es orégano, ni es cristiano todo lo que así se llama. Y Jesús propone a sus discípulos un criterio, una clave de verificación o de "falsabilidad", como dirían los neopositivistas lógicos; un criterio para comprobar la veracidad o la falsedad de lo que vivimos. No todo el que dice "Señor, Señor" entrará en el Reino.

Es decir, ni siquiera la misma invocación al Señor -que en cuanto invocación resultaría ser el gesto externo aparentemente más adorante- está exenta del peligro de la falsedad. Sólo entrará en el Reino el que hace la voluntad de mi Padre. Ese es el criterio. Es preciso ponerse en guardia.

Palabras duras, efectivamente. Son las mismas que oyeron las vírgenes insensatas, a quienes la vuelta del esposo sorprendió desprevenidas. Y ese es el mismo Jesús el que se sitúa como Juez apelando al día del juicio: "aquel día muchos dirán... pero yo entonces les declararé...". "No os conocí", dirá Jesús, y lo dirá con verdad, porque ellos tampoco le conocieron. "Conocer a Yahvé", conocer a Dios es un filón de enorme profundidad en la teología bíblica, de los profetas o en el mismo Nuevo Testamento (cfr. los diccionarios de teología bíblica, o el profundo e inquietante estudio de J. P. Miranda, "Marx y la Biblia", de la ed. Sígueme). Ahí se encierran todas las polémicas de los profetas con los sacerdotes sobre el culto y la justicia.

Muchos profetas emplean claramente con toda naturalidad como enteramente sinónimos los términos de "conocimiento de Dios" y "justicia entre los hombres". Y Jesús, el gran y definitivo profeta, empalma con toda la tradición de los profetas.

Juan lo vuelve a repetir: "todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios". No dice Juan: "todo el que ama e invoca a Dios", sino "todo el que ama", sin más. Y viceversa: "el que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor" (/1Jn/04/08).

Importa no perder de vista las connotaciones de justicia que este amor reviste en la teología bíblica, porque hoy día todavía quedan -mucho más antes, aunque hay siempre nuevos brotes- corrientes, espiritualidades, mentalidades cristianas acríticas e ingenuas que reducen el amor a una moral de paños calientes, de sonrisas complacientes, de buenas costumbres burguesas. Y esto sería dejar a medio camino la aplicación a nuestra vida del criterio de verificación que Jesús nos propone. Aunque haya milagros -que los hay en algunos sectores- en medio de la asamblea que invoca al Señor, no basta eso como criterio de verificación (/Mt/07/22). También el amor puede estar entre nosotros los cristianos "devaluado", reducido, aburguesado, infantilizado en la ingenuidad acrítica.

El texto de Pablo de la liturgia de hoy hay que complementarlo necesariamente con otros momentos del Nuevo Testamento -aparte del evangelio que hoy leemos- como por ejemplo la carta de Santiago (St/02/14-26. La fe, sí. La salvación es un don de Dios.

Pero a la vez y sin negarlo -para no caer en el pelagianismo- la fe es un compromiso voluntario del hombre, un esfuerzo que nos conquista a nosotros mismos en favor de la justicia y del amor radical. Y Santiago habla de un tipo de "obras de la fe" nada ingenuas o espiritualistas.

Para estar en la línea de este criterio de verificación, en la Iglesia, a escala global, aún nos falta mucho por recorrer. La vida concreta de la Iglesia -de los cristianos- y su predicación, aún es muy escasa en referencias concretas y comprometidas a la injusticia, la explotación, la marginación, la corrupción de los poderes, el desequilibrio económico mundial, los problemas del hambre, la degradación de las instituciones, la violencia revolucionaria y contrarrevolucionaria, la carrera de armamentos, la perversión de la técnica, el materialismo práctico de nuestra sociedad, etc.

De ninguna manera se deduce esto de todo lo anterior. Jesús dice: "el que escucha estas palabras y las cumple". Escuchar y actuar.

Las dos cosas son necesarias. Con ello Jesús se muestra tan lejos de un gnosticismo espiritualista como de un pragmatismo material.

Algunos cristianos, muy comprometidos en lo social y en lo político tendrían que revisar su falta de "escucha y de invocación". Y otros cristianos muy orantes en la ingenuidad tendrían que reflexionar sobre la conveniencia de mermar la oración evasiva hasta crear un espacio realista de amor-justicia que la avalara. ¿Quién puede asegurar que está en el punto medio, el querido por Jesús?

DABAR

 

 

 

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