REFLEXIONES


XXXIV Domingo

Tiempo Ordinario

(A)

JESUCRISTO

REY DEL UNIVERSO

" Se sentará
en el trono de su gloria"

 

 

 

REFLEXIÓN - 1

"...CONMIGO LO HICISTEIS"

Bien lo dijo Jesús: "mi reino no es de este mundo", ni como los de este mundo.

Por eso, su forma de estar tampoco es como la de los reyes y autoridades de este mundo.

Los reyes y las autoridades viven en los palacios, las mansiones, rodeados de sirvientes y fuerzas de seguridad; cristo, nuestro rey, en el tiempo que compartió su vida con nosotros, fue el hijo del carpintero de Nazareth, en la Galilea de Palestina; y sus súbditos unos pocos hombres y mujeres, algunos de no muy buena reputación.

Qué pocas veces vemos a los reyes, a los jefes de este mundo compartiendo su vida con las personas más necesitadas y en los lugares más difíciles. Alguna vez, y cuando ha sucedido algo,  y van rodeados de guardaespaldas y con todo bien revisado y programado. Y, por supuesto, que no falten los fotógrafos y la prensa.

Cristo, nuestro rey, no sólo visita a los pobres y a los necesitados, sino que ha hecho de su casa la suya, de su vida la suya, de su persona, la suya. Tanto se ha identificado con ellos, que servir, defender, estar al lado de los pobres y necesitados, será la clave para entrar y participar en su Reino.

Y es que, como decía el profeta Ezequiel en la primera lectura, cuando los pastores, los jefes, han abandonado al rebaño, Él, el Señor, se hace pastor que se preocupa de cada uno en su situación: descarriados, heridos, enfermos...

Todos estamos llamados al Reino de Dios, a compartir con Cristo su resurrección, todos estamos llamados a la Vida.

Y, cuando el Señor vuelva, pedirá cuentas de cómo le hemos servido (recordemos el Evangelio de la semana pasada)

Un servicio que va más allá de encender unas velas en la iglesia, de una cantinela de oraciones hechas más con la rutina que con el corazón.

Un servicio que pasa por estar a su lado en los hambrientos, en los sedientos, en los emigrantes, en los desnudos, en los enfermos y encarcelados... en fin, en lo último, en la escoria. Ahí hay que buscar al que llamamos "Señor Dios del Universo". Ahí no vayamos a buscar a los reyes y jefes de este mundo.

Es verdad que el Señor está con nosotros en la Eucaristía, en el Sagrario, en las especies sacramentales del pan y el vino, pero no es menos verdad que también los pobres, los necesitados, los últimos, son su Sagrario, porque Él está en ellos.

No lo olvidemos: al atardecer de la vida, me examinarán del amor.

 

REFLEXIÓN - 2

"ME EXAMINARÁN DEL AMOR"

Estamos ante la última enseñanza de Jesús según el evangelio de Mateo. Su lenguaje es sobre todo profético, aunque en algún momento se acerca a la parábola y a la alegoría. Estas últimas palabras del Maestro nos describen la venida del Hijo del Hombre en gloria y poder para el juicio; cuando se ha sentado en el trono y se dispone a juzgar es llamado Rey: los que son juzgados le llaman Señor y, al hablar de "mi Padre", se nos muestra también como el Hijo: los títulos que la Iglesia primitiva da a Cristo resucitado, como expresión de su fe, se han concentrado aquí en pocas líneas.

El juicio se hace sobre todo el mundo ("todas las naciones"), como también a todos debe ser predicado el Evangelio (cfr. 28,19). La descripción del juicio es sobria, y estructurada en dos partes paralelas y antitéticas. La división derecha e izquierda o entre ovejas y cabras -imagen que recuerda al pastor que al caer la tarde reúne a su rebaño- es convencional y pedagógica.

Las palabras con que se acoge o se rechaza la entrada al Reino son un repaso de las llamadas obras de misericordia. Si toda la Ley consiste en amar a Dios y al prójimo (cfr. evangelio del domingo 30), lo que aquí aparece es el amor manifestado en hechos muy concretos. Por tanto, cada uno es declarado justo o es condenado según haya servido a los demás o se haya abstenido de hacerlo.

Ante este juicio aplicado por igual a "todas las naciones", cada uno de los dos grupos contesta a coro expresando la extrañeza cuando oyen que al ocuparse de un hermano o al dejar de hacerlo se lo hacían o rechazaban hacerlo al mismo Cristo. Y esta pregunta prepara las palabras del Juez sobre la razón de la sentencia: El Hijo del Hombre, Jesús, se hace solidario de aquellos que tienen alguna necesidad de ayuda. "Estos, los humildes" no son sólo los miembros de la Iglesia o comunidad de Cristo, sino que su alcance es universal, como el juicio: esto significa que la identificación de Cristo con ellos es independiente de su situación subjetiva.

Pero ni siquiera los justos son plenamente conscientes de esta solidaridad hasta el último momento, que será cuando aparezca el sentido pleno de cada una de las obras. Por otro lado, estas acciones de las que aquí se habla no son cosas excepcionales, sino hechos presentes en la vida de todos los días. Si el amor conduce a Cristo a solidarizarse con cada uno de los hombres, estos significa que el modo que tiene el creyente de manifestar su amor a Cristo es la solidaridad con el hermano, con todo hombre. Y que aquel que actúa con amor y misericordia, del mismo modo es juzgado; mientras que quien no ejerce la misericordia, es juzgado sin misericordia.

J. ROCA

(mercaba)

 

 

REFLEXIÓN - 3

DIVERSOS DISFRACES

Jesús "reconocerá" como suyos a aquellos que hayan sabido "reconocerlo" en sus diversos disfraces.

No basta conocer a Cristo. Hay que reconocerlo.

Desgraciadamente y con mucha frecuencia nos obstinamos en fabricar una imagen de

Dios. Y si Dios se presenta "distinto" de esa imagen, no lo acogemos.

Buscamos a Dios "fuera", mientras él está presente en nuestra vida.

Aguzamos la vista porque lo consideramos lejano. Y está muy cerca, nos pasa al lado.

Lo imaginamos en las nubes. Y nos cruzamos con él en el camino.

Estamos siempre a la espera de lo sublime, de lo extraordinario.

Y él se pone la ropa de cada día. Simple, a nuestro alcance. Casi hasta banal.

Nuestro rechazo, en concreto, es un rechazo de la encarnación.

Rechazo de ver a Dios que se revela en un rostro de hombre.

Cristo, lo hemos tenido que entender, no ha abandonado la tierra el día de la ascensión. No debemos confundir -ésa precisión es de L. Evely- la desaparición con la partida. La partida comporta una ausencia. Pero la desaparición provoca una presencia escondida. Jesús no se ha ido. Permanece aquí abajo. Simplemente se ha escondido. Se ha disfrazado, adoptando un aspecto ordinario.

Entonces, la distracción se convierte en un verdadero peligro para el cristiano. Alguna "persona piadosa" en las confesiones se acusa de las "distracciones durante la oración". Y no pensamos en las distracciones que tenemos a lo largo del camino. Cuando una infinidad de veces rozamos a Cristo, y no nos damos cuenta. No lo reconocemos. Tiene el inconveniente de tener un rostro "demasiado conocido". El rostro del harapiento, del niño, del colega, de la cocinera, del parado, del marido, de la esposa, de la mujer de la limpieza, del forastero, del enfermo, del individuo mal vestido, del preso. Nosotros, que conocemos esos rostros demasiado bien, no sabemos reconocerlo.

Y él continúa estando en el exilio, cuando está en casa. Y nosotros peligramos de no ser "reconocidos" por él en el último día. Porque jamás hemos tenido algo que ver con él. Le hemos dado con la puerta en las narices. No le hemos prestado un mínimo de atención. Lo hemos considerado un extraño. No hemos advertido su "presencia real" en el sacramento de los hermanos, de los pequeños, de los pobres. (...). Dame ojos nuevos para verte, para reconocerte en todos los rostros que se cruzan en mi camino.

Equípame de ojos nuevos. Los ojos de antes ya no me sirven. Tengo necesidad de ojos nuevos para reconocerte, desde el momento en que tú has cogido la costumbre de viajar de incógnito y de parecer siempre... otro.

...Y no me dejes caer en la distracción. Más líbrame del descuido.

ALESSANDRO PRONZATO

(mercabá)