REFLEXIONES


XXXII Domingo

Tiempo Ordinario

(A)

"Llega el esposo,
salid a recibirlo "

 

 

 

REFLEXIÓN - 1

LLEGA EL ESPOSO, SALID A RECIBIRLO

Nos cuesta pensar en la muerte como meta del camino de esta vida, más aún cuando la propaganda nos presenta como posible el mito de la eterna juventud, cuando la ciencia lucha diariamente por alargar la vida y alejar la muerte.

Para muchos, la muerte no deja de ser una gran tragedia, un inmenso dolor, una pérdida irreparable. Hasta la expresiones externas de los lamentos, los lutos, la reclusión en la casa, acompañaban unos momentos que se vivían como dolorosos y negros. Hoy, el negocio de los tanatorios, hace que vayan desapareciendo esas imágenes más lúgubres, pero no por la esperanza en la resurrección, sino por hacer de ese momento algo más bonito y comercial.

No hay que esconder la realidad de la muerte, presente en todas las edades y circunstancias.

Cuando no se valora la vida, tampoco se le encuentra sentido a la muerte.

¿Qué valor da a la vida el que. a la menor dificultad, se la quita?

¿Qué valor le da a la vida el que, diciendo que la quiere vivir a tope, la destroza?

¿Qué valor le da a la vida el que, a veces por razones pseudoreligiosas, se la quita a sí mismo y a los demás en actos terroristas?

¿Qué valor le puede dar a la vida quien vive en situaciones de muerte, sea por su pobreza, por su incultura, por la falta de libertad, etc., etc.?

El cristiano, desde su fe en Jesucristo muerto y resucitado, cree en la vida, en esta y en la eterna.

El cristiano debe esforzarse para que esta vida se dignifique y exprese mejor la vida eterna en Dios, que es la verdadera vida y nuestra esperanza.

Precisamente la Palabra de Dios nos presenta el final de los tiempos como una fiesta de bodas y esta vida como la espera de la llegada del novio.

El Señor viene en su gloria al final de los tiempos, aunque no sabemos ni el día ni la hora, aunque cada uno tenemos nuestro encuentro personal, tras la muerte física.

Y mientras Él llega, debemos estar con las lámparas encendidas y bien provistas de aceite, por si se retrasa.

Por lo tanto, la vida no puede ser una espera pasiva de la muerte o de la vuelta del Señor.

Hay que ser sabios y prudentes. La lámpara encendida es una vida orientada desde la voluntad del Señor; la lámpara encendida es defensa del derecho a la vida, a toda vida, desde la del no nacido, hasta la del anciano enfermo, que nos parece inútil, y que creemos que se le hace un favor quitándosela; la lámpara encendida es un no a las situaciones de muerte producidas por el egoísmo humano; la lámpara encendida es un no a la pobreza, a la incultura, a la guerra, al terrorismo, a una sociedad que, en aras a  los beneficios, desprecia la vida.

Un día el novio llegará, el Señor volverá glorioso, y quienes tengan su lámpara encendida, entrarán en el banquete de bodas, en la fiesta que no se acaba, en la vida verdadera y plena

Que la Eucaristía, celebración de la muerte que acaba en vida, alimente nuestra esperanza y nos fortalezca para defender el derecho a la vida de todas las personas.

 

 

REFLEXIÓN - 2

CRISTO, VERDADERA SABIDURÍA

· (“Meditar en ella es prudencia consumada...’)

Las lecturas de este domingo nos orientan a las postrimerías del año litúrgico, y nos introducen en lo que será nuestra misma vida después de la muerte.

La primera lectura, que ha sido proclamada del libro de la Sabiduría, impulsa al oyente a buscar la sabiduría que ilumina la vida y que nunca se apaga. Aquella sabiduría que viene de Dios y que en el fondo es el mismo Dios. Ella se deja encontrar por los que la buscan, y con su presencia en nuestras vidas ayuda a leer el pasado, mirar el presente y contemplar el futuro, es decir, la vida para siempre, la vida eterna.

· (El presente es el momento oportuno...)

La sabiduría para nosotros es Cristo, luz que ilumina nuestro interior y orienta hacia la plenitud de la vida.

Pensar en su propuesta de vida y acogerla es para todos camino cierto y seguro. Él lo ha hecho primero y lo ofrece a todo el mundo.

Jesús nos invita a vivir el presente con mirada de futuro, a corto y a largo plazo. La vida del hombre es una y única, aquí y ahora, donde se prepara lo que será nuestra vida para siempre.

Creer que el Señor vendrá a encontrarnos es del todo cierto, tener esta certeza motiva la esperanza y espolea nuestra caridad.

El mensaje que se puede extraer de la parábola de las diez doncellas nos anima a estar en vela, es decir, a llevar a la práctica las buenas obras que se desprenden de la vida cristiana: las obras de misericordia que tan a menudo no retenemos en la memoria, pero que sí miramos de llevar a cabo lo mejor que sabemos, tanto en la vida comunitaria como en la vida personal.

La caridad hacia el prójimo es el verdadero termómetro de amor a Dios tal como lo hemos rezado en el salmo: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío... Tu gracia vale más que la vida”.

Si esto es así, querrá decir que toda nuestra vida está ya de alguna manera en el Señor.

· (Estaremos con Él para siempre...)

San Pablo nos lo ha dicho muy claro, estaremos siempre con el Señor: ésta es la suerte de los que han vivido deseando y llevando a cabo la vida según Cristo. El cristiano no puede ignorar y menos esconderse de reflexionar serenamente sobre lo que será su vida y la vida de los difuntos después de la muerte; dejar de anunciarlo llevaría a una verdadera mutilación del mensaje evangélico y de su plenitud. Sería como dar por terminado antes de tiempo el proyecto de vida que cada uno ha escogido como respuesta a la llamada del Señor.

La responsabilidad que todos tenemos de contemplar hoy en día los “vacíos” que hay en relación a la vida futura es de grave importancia.

No se comprende, incluso, la muerte voluntaria del Señor en favor de los hombres si no se ayuda a hacer experiencia de muerte y resurrección, es decir, que es totalmente necesario anunciar que una vida entregada para siempre, como respuesta al amor de Dios, a favor de los demás, es “ganar” la vida para siempre, tal como dice el Señor en el Evangelio.

La vida cristiana tiene futuro y éste es para siempre. Nuestra carrera, en la caridad, acaba en plenitud de vida y por lo tanto, deseamos hacerla junto a todos los que buscan a Dios con corazón sincero y con todo aquel que, a tientas, busca la felicidad para siempre.

Todo lo que somos y vivimos, tiene que llevar en último término a estar para siempre con el Señor.

· (La Eucaristía, anticipación del banquete...)

La Eucaristía que estamos celebrando es anuncio y pregustación de lo que será definitivo: sentarse con Cristo, y con todos los que en él han creído y vivido, en el Reino de los cielos.

La Eucaristía refuerza nuestra caridad para compartir ahora, en este mundo, nuestros esfuerzos evangelizadores como Iglesia y como cristianos, y ser así, en medio del mundo, luz y sal de Cristo, que da sabor al trabajo de los hombres e ilumina el camino que lleva a la Vida.

Acogemos, pues, con el corazón agradecido, todo lo que el Señor hace a nuestro favor. El nos promete la vida sin fin, la vida para siempre, la vida con Él.

FELIP-JULI RODRÍGUEZ

www.catolicaweb.com

 

 

REFLEXIÓN - 3

DIOS SACUDE NUESTRA MODORRA

El Reino es una Fiesta que Dios prepara para la humanidad, y que nos va a pillar a todos por sorpresa: más o menos dormidos.

Cuando el grito de Dios nos sorprenda, ya no habrá tiempo de ayudas mutuas: quien tenga aceite, entrará a la Fiesta; quien tenga la alcuza vacía, verá cerrada la puerta. Por eso, aunque tantas veces os durmáis, estad atentos a la llamada; porque no sabéis el día ni la hora.

Pero esta llamada del Señor, este grito que nos sorprende en la noche, no es solamente válido para el momento de la última llamada. Muchas veces sacude Dios nuestra modorra y encuentra a unos preparados, con aceite en las alcuzas, y a otros encuentra impreparados. "Sucede como en los días de Noé: la gente comía, bebía, se casaba, gozaba y sufría; y de pronto el diluvio arrasó a todos, salvo a los que entraron en el arca". Así sucede cada vez que Dios grita: Están dos hombres en el campo" cuando les llega el síntoma del cáncer: uno se desespera y otro afronta la enfermedad con la paz. "Están dos mujeres moliendo juntas" cuando les llega un hijo subnormal; una reniega de la vida y otra lo acoge como un don de Dios. Están dos padres de familia en la oficina cuando les llega la peste de un hijo drogata; uno se tira de los pelos: ¿Qué quieren estos jóvenes?" ¿Qué más podía haber hecho por él? ¡Lo tiene todo: dinero, coche, buen colegio, trabajo en perspectiva...!; se desespera, pierde el sentido de la vida y se derrumba en la depresión. El otro escucha en el acontecimiento una llamada: "No sólo de dinero, coche y colegios buenos se alimenta un hijo, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"; y se convierte a la fe bendiciendo a Dios que le despertó de su sueño burgués con tan estridente grito; pone a Dios al centro de su vida, renuncia a la fiebre de poseer, y su vida, su matrimonio y su familia, se rehacen.

MIGUEL FLAMARIQUE VALERDI

(mercaba)