REFLEXIONES


XXIX Domingo

Tiempo Ordinario

(A)

"¿Es lícito pagar impuesto al César o no?"

 

 

 

REFLEXIÓN - 1

"A DIOS LO QUE ES DE DIOS"

Estos días están los políticos enzarzados por el tema de las elecciones del 20 de Noviembre: que si los programas están bien, que si están mal, que si ganarán unos, que si lo harán los contrarios, que si "te apoyo si me das...", que si "te critico si no me das"...

Y se llenan la boca diciendo, cada uno, que lleva los programas más sociales, los que se preocupan más de los más débiles... Las más de las veces sólo palabras bonitas para la galería.

El caso es que, para que haya unos presupuestos, para tener unas inversiones, debe haber unos impuestos.

El tema de subir o bajar impuestos está en todas las campañas electorales.

Y sabemos que, si bajan de un sitio, y se cacareará la bajada, calladamente, sin que nadie se entere, se subirá de otra parte. Sólo saldrán a la palestra las subidas tradicionales: el alcohol, el tabaco y los carburantes. El caso es que cada vez hay que pagar más impuestos, directos e indirectos.

Y es que con esos impuestos, dirán los políticos, os damos educación, la sanidad, las pagas de los jubilados y parados, las carreteras...  Sin pagar impuestos no se puede hacer nada; no se puede dar nada gratis.

Es lógico que lo común se pague en común, en proporción a lo que cada uno tiene.

¿Es lícito pagar el impuesto al César? ¿a los "césares" de turno?

Jesús no entra en una cuestión que le ponen para hacerle caer. En otra ocasión, en la que tocaba pagar impuestos, Jesús le dice a Pero que, aunque el dueño de toda la tierra no tiene porqué pagarlos, que vaya al lago, saque un pez y tome las dos monedas que lleva en la boca y que pague por los dos.

A él le interesa otro tema.

Si con los impuestos pagamos a los jefes de la tierra lo que nos dan, ¿cómo pagamos a Dios lo que nos da?

Los jefes de la tierra cobran y, después, dan. Dios da y, después, espera nuestra respuesta, no la exige, no mete en la cárcel si no se responde.

Él nos ha dado la vida, la creación, para que la compartamos como buenos hermanos, él está siempre a nuestro lado para que vayamos seguros por el camino de la vida. Y, cuando rompimos con él por el pecado, nos dio lo que más quería, su Hijo, que, muriendo por nosotros en la cruz, nos devolvió la amistad con Él y nos abrió las puertas de su Reino para que vivamos eternamente en su compañía. Él, que es Amor, se ha dado total y gratuitamente a nosotros.

¿Damos a Dios lo que es de Dios?

¿Cómo estamos respondiendo?

La Eucaristía, otro gran regalo. El Pan de la Palabra, el Cuerpo y Sangre de Cristo, la fraternidad...

No seamos tacaños con Dios. 

 

 

REFLEXIÓN - 2

UNA PREGUNTA CON MALA INTENCIÓN

El impuesto al César recordaba a los judíos que eran un pueblo dominado por los extranjeros, por los paganos. Y esto era una afrenta al Pueblo de Dios. Frente a la cuestión del impuesto se adoptaron en Israel diversas actitudes: Mientras los saduceos (los colaboracionistas de aquellos tiempos) no tenían inconveniente en pagar y someterse a un poder que los privilegiaba, los fariseos lo hacían de mala gana y los zelotes se negaban en absoluto. Estos últimos, nacionalistas exaltados, habían hecho de ello una cuestión de conciencia. Creían que pagar al César era tanto como negar que Dios es el único Señor de Israel.

La pregunta era comprometedora en extremo y estaba formulada con la peor intención. Ponía a Jesús entre la espada y la pared, entre los saduceos y los zelotes, entre el César y el pueblo, entre la autoridad de Dios y el poder temporal.

Evidentemente no hay que suponer que Jesús no llevaba consigo ni siquiera un denario (una moneda de plata equivalente a unos diez duros), menos aún que no lo hubiera visto nunca. Si les pide que le enseñen un denario es sólo para poner en evidencia su hipocresía y su mala intención. Pues si llevan dinero del César, si lo utilizan corrientemente en la vida, es claro que reconocen de hecho su autoridad. Y si es así, ¿por qué han de negarse a pagar sus impuestos? Era un principio generalmente admitido por todos que el poder político se extendía tanto como el curso de la moneda. Según este principio, diríamos hoy que no es posible aceptar los dólares americanos sin reconocer de hecho su autoridad. Aunque Jesús no dice expresamente qué es del César y qué es de Dios, es claro que no todo es del César. Y en este sentido Jesús pone coto a cualquier absolutismo y recorta la autoridad del estado. Por otra parte Jesús critica también cualquier concepción teocrática que identifique los intereses y los derechos de una nación con la misma voluntad de Dios. Pone también límites a cualquier clericalismo. Digamos que la respuesta de Jesús condena por igual la deificación del estado y la suplantación de Dios por los que dicen representarlo.

EUCA 1987/49