X Domingo de Tiempo Ordinario (A)

 

"Misericordia quiero y no sacrificios"

Eucaristías anteriores

 

Introducción

La Eucaristía en los Santos Padres: 

Primera Lectura

Oseas 6, 3-6

Salmo Responsorial

Salmo 49

Segunda Lectura

Romanos 4, 18-21

Aclamación

Lucas 4, 18-19

Evangelio

Mateo 9, 9-13

Reflexión 1

"Fachadas"

Reflexión 2

"He venido a llamar a los pecadores"

Reflexión 3

"Dios quiere misericordia"

Hoja parroquial

Hoja parroquial para imprimir

Eucaristía idiomas

Alemán - Inglés - Francés

   

 

 

INTRODUCCIÓN

LA EUCARISTÍA EN LOS SANTOS PADRES

 San Juan Crisóstomo

LA MUESTRA DE AMOR

     “Pues bien, para que esto lleguemos a ser no solamente por el amor, sino también en realidad, mezclémonos con aquella carne; porque esto se lleva a cabo por medio del manjar que El nos dio, queriendo darnos una muestra del vehemente amor que nos tiene. Por eso se mezcló con nosotros y metió cual fermento en nosotros su propio cuerpo, para que llegáramos a formar un todo, como el cuerpo unido con su cabeza. Pues ésta es prueba de ardientes amadores… “Pues por eso hizo lo mismo Cristo, induciéndonos a mayor amistad y demostrándonos su amor ardentísimo hacia nosotros; ni sólo permitió a quienes le aman verle, sino también tocarle, y comerle, y clavar los dientes en su carne, y estrecharse con El, y saciar todas las ansias del amor.


 

 

PRIMERA LECTURA.
Oseas 6, 3-6

Una experiencia matrimonial negativa en el matrimonio de Oseas es el camino que Dios elige para denunciar la infidelidad del pueblo en el que la misericordia es como nube mañanera, que se evapora, cuyos sacrificios y holocaustos están vacíos.
       Pero Él está ahí como aurora, como luz, como lluvia que empapa la tierra.

 

PRESENTACIÓN

Dura experiencia la del profeta Oseas en su vida matrimonial.

Ha sido abandonado por su esposa y sigue queriendo profundamente a quien le ha dejado.

Saldrá en su busca, intentará reverdecer el amor primero, pero no va a ser fácil.

Israel ha abandonado al Señor en su corazón, por eso sus sacrificios y holocaustos están vacíos de sentido, su misericordia es como "nube mañanera".

El Señor ha hecho saber su descontento por medio de los profetas, para que vuelvan otra vez.

Si vuelven, se van a encontrar con un Dios, que, a pesar de todo, sigue queriéndoles, que será para ellos como una aurora, como luz de  amanecer que llena todo de vida y color; será como una lluvia temprana o tardía, según se necesite, que empapa la tierra y la reverdece.

¿Es que no son palabras alentadoras, también para nosotros, estas que ha pronunciado el Señor por boca de Oseas?

OSEAS  6, 3-6

Quiero misericordia, y no sacrificios

Esforcémonos por conocer al Señor: su amanecer es como la aurora, y su sentencia surge como la luz. Bajará sobre nosotros como lluvia temprana, como lluvia tardía que empapa la tierra. "¿Qué haré de ti, Efraín? ¿Qué haré de ti, Judá? Vuestra piedad es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora. Por eso os herí por medio de los profetas, os condené con la palabra de mi boca. Quiero misericordia, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos."

Palabra de Dios

 

 

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 49

PRESENTACIÓN

El Señor no reprocha los sacrificios, pero no hay que quedarse sólo en ellos.

¿Quién es el hombre para “dar de comer” a Dios?

Toda la tierra es suya.

Si alabas al Señor con tus sacrificios, que estos vayan acompañados del cumplimiento de su voluntad y de una confianza tal, que sólo en él encuentres refugio en el momento de peligro.

Entonces te escuchará, te ayudará y tu sacrificio y acción de gracias será aceptado.

Al que sigue buen camino, le haré ver la salvación de Dios.

 SALMO 49

Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

El Dios de los dioses, el Señor, habla:
convoca la tierra de oriente a occidente.
"No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí." 
R.
Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

"Si tuviera hambre, no te lo diría;
pues el orbe y cuento lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos?" 
R.
Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

"Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,
cumple tus votos al Altísimo
e invócame el día del peligro:
yo te libraré, y tú me darás gloria."
R.
Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

 

 

SEGUNDA LECTURA
Romanos 4, 18-25

La fe es la fuerza para el camino que nos lleva a Dios y para vivir según su voluntad.
      San Pablo nos presenta a Abraham, que se puso en camino tras llamada de Dios, que creyó contra toda esperanza, que se fió de Dios, que cumple lo que promete.
     Y esa fe se le tuvo en cuenta.
     Nuestra fe en Cristo, muerto y resucitado por nuestra salvación, también se tendrá en cuenta.

 

PRESENTACIÓN

"Yhavhé dijo a Abram: Vete de tu tierra y de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré... Marchó, pues, Abrám como se lo había dicho el Señor" (Gn 12,12,1-2a.4a).

Y se puso en camino fiándose de que Dios iría guiando sus pasos, que le hablaría en el camino a través de todo lo que le iba sucediendo.

Y se fió de Dios que le prometía hacer de él una nación grande, cuando Saray, su esposa, era anciana y su vientre estaba vacío.

Y se fió de Dios cuando, habiéndole concedido el hijo en su ancianidad, se le pide lo ofrezca en sacrificio como primogénito que pertenece al Señor.

No fue incrédulo, se hizo fuerte en la fe porque se fió de Dios, que cumple lo que promete.

Enraizados en Abraham, nuestro padre en la fe, creemos en las promesas del Dios que cumple, y por la muerte y resurrección de Jesucristo, su Hijo, nos ha liberado del pecado.

Nuestra fe contará a la hora de la verdad.

ROMANOS 4, 18-25

Se hizo fuerte en la fe, dando con ello gloria a Dios

Hermanos: Abrahán, apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. No vaciló en la fe, aun dándose cuenta de que su cuerpo estaba medio muerto -tenía unos cien años-, y estéril el seno de Sara. Ante la promesa no fue incrédulo, sino que se hizo fuerte en la fe, dando con ello gloria a Dios, al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete, por lo cual le valió la justificación. Y no sólo por él está escrito: "Le valió", sino también por nosotros, a quienes nos valdrá si creemos en el que resucitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesús, que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.

Palabra de Dios

 

 

ACLAMACIÓN
Lucas 4, 18-19

El Señor me ha enviado para anunciar el Evangelio, para anunciar a los cautivos la libertad.

 

 

EVANGELIO
Mateo  9, 9-13

Jesús llama a Mateo, que está en su despacho cobrando impuestos.
      Qué escueto el encuentro: " ¨Sígueme¨. Él se levantó y le siguió".
      La fiesta que organiza expresa su alegría.
      Los que creen que Mateo es un pecador, critican a Jesús, que le ha elegido.
      Pero Jesús deja claro a quién ha venido a llamar: a los pecadores.
     A veces los que parecen pecadores no lo son tanto, ni los que parecen justos, tampoco.

 

PRESENTACIÓN

La invitación de Jesús: "Sígueme", traspasa siglos y lugares.

Jesús invita, pero hay que sentir necesidad, tener la confianza en que él va a llenar nuestros vacíos profundos.

No importa quién seas; un despreciado cobrador de impuestos, Mateo, recibió la llamada. Se levantó y lo siguió.

Jesús se ha fijado en él, ha confiado, y lo ha agrupado a los suyos. Qué alegría y qué fiesta preparó para todos: Jesús, los discípulos y otros publicanos y pecadores.

Y aparecen los "justos", los que se creen justos, los que están tan llenos de sí mismos, que no se dan cuenta del que viene a llenar vacíos, a curar enfermos, a reconciliar pecadores. Tan llenos de sus cumplimientos, tan convencidos de que son mejores que nadie, se han olvidado de la misericordia y de hacer un hueco para que Jesús pueda llenarles de vida y de alegría.

 MATEO 9, 9-13

No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores

En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: "Sígueme." Él se levantó y lo siguió. Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: "¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?" Jesús lo oyó y dijo: "No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores."

Palabra de Dios

¡SÍGUEME!

Hemos nacido en un país de tradición cristiana: de pequeños nos bautizaron, con confirmaron a edad temprana, hicimos la primera comunión, la mayoría se casaron por la Iglesia...

Cristianos de siempre, con todos los derechos. Y, ahora, cumplimos con la Iglesia: vamos a misa, no comemos carne los viernes de cuaresma, rezamos todos los días el rosario, ayudamos a la Iglesia con nuestra prqueña aportación en la colecta...

¿Se nos ha ocurrido pensar que más importante que todo eso es que el Señor nos ha dicho: "Sígueme".

Porque puede ser que estemos entendiendo nuestro ser cristianos como el cumplimiento de una serie de cosas, más que como el seguimiento de la persona de Jesucristo.

En algún momento de nuestra oración se nos ha ocurrido preguntar: Señor, ¿por qué me has elegido a mí?, ¿por qué me has dicho: "Sígueme"?, ¿ qué quieres de mí?

Es muy importante hacerse estas preguntas y escuchar la respuesta del Señor, para que nuestra fe vaya tomando consistencia y no se quede en una rutina, en una tradición recibida, en un cumplir por cumplir, porque está mandado.

Lo más importante de nuestro ser cristianos es Jesucristo, que pasa delante de nosotros y nos dice: "sígueme". La respuesta depende de nosotros y esa respuesta va más allá de cumplir cosas. La respuesta es seguir sus pasos, vivir como él vivió y nos enseñó.

Lo hemos escuchado en el evangelio: Jesús pasó por delante de la oficina de los impuestos donde estaba Mateo; le dijo: "Sígueme". Él se levanto y le siguió.

Me puedo preguntar: ¿Por qué llamó a Mateo si era un publicano, si era tenido por un pecador? ¿Por qué me llama a mí que no estoy preparado y que no quiero complicarme la vida? Porque quiere, porque nos quiere, porque espera mucho de nosotros, porque le necesitamos.

Que no nos quedemos como aquellos fariseos que creían que con cumplir bastaba; que se creían con todos los derechos del mundo porque habían nacido en el pueblo elegido; que se consideraban los puros.

Cumplían, hacían sus sacrificios en el templo, sus oraciones, sus ayunos; ponían en práctica los cientos de preceptos que se habían ido dando para ser cada día más fieles. Pero, al final, se olvidaron de que lo que dios más quiere es la misericordia, porque Él es compasivo y misericordioso.

También nosotros podemos cumplir los mandamientos de Dios y de la Iglesia, con los sacramentos, y dejarnos fuera a Jesús; hacer de nuestra vida cristiana una rutina, una costumbre, una forma de ser.

Lo primero es el seguimiento de Jesucristo. Mateo lo dejó todo, se levanto y le siguió. Todo lo demás es una forma de seguimiento. Jesucristo dará sentido a todo lo que hagamos para ser buenos cristianos.

 

 

REFLEXIÓN - 1

FACHADAS

Iba el otro día por Cartagena y observé cómo varios edificios del casco antiguo habían sido derribados; todo, menos la fachada.

La fachada era bonita, artística, hecha con buenos materiales, pero el interior, lo que no se veía, no valía para nada.

No había casa; no importaba, había fachada.

Desgraciadamente esto no sólo pasa en los edificios de piedra, cemento o ladrillo; también pasa, aunque en medida diferente, en todas las personas.

Cuánta gente vive de la imagen, de la fachada; cuántos se encandilan ante el televisor con los famosos, famosillos y famosetes, que, sin pegar un palo al agua, siempre están en el candelero.

Y la cirugía estética, no por necesidad, sino para dar imagen: me quito de aquí, me pongo allá...

Pero no sólo se cuida la imagen en el aspecto físico, también en el moral, y esto es mucho peor. Para algunos es más importante parecer bueno, que serlo; parecer justos y honrados, que serlo; parecer religiosos, que serlo.

Esto es lo que denuncia la Palabra de Dios de hoy.

Oseas denuncia la falsedad de aquellos que llenan el templo de sacrificios, pero se han olvidado de la misericordia, es decir, de tener un corazón que se compadece del que sufre y del necesitado.

Y Jesús en el Evangelio denuncia a quienes se creen justos y se quejan porque se ha acercado a Mateo y a sus amigos, que son tenidos por pecadores. Y les repetirá las mismas palabras de Oseas: "Misericordia quiero y no sacrificios".

En las dos lecturas se nos remarca la importancia de ser sinceros, transparentes, sin dobleces, sin dobles varas de medir, una para nosotros y otra para los demás. Así tendremos el favor de Dios: "Bajará sobre nosotros como lluvia temprana", como decía Oseas en la primera lectura; será el médico que cure nuestras enfermedades, que decía Jesús en el Evangelio.

Lo importante no es la fachada, es el interior y para el creyente, su fe. San Pablo nos ha presentado a Abraham, el padre en la fe. La fachada estaba en ruinas, más de cien años, y su esposa vieja y estéril; pero él seguía esperando, contra toda esperanza, que sería el padre de un gran pueblo. Y lo fue.

Pidamos al Señor que aumente nuestra fe, que seamos cristianos de verdad, desde el corazón; que lo que manifestemos hacia fuera sea expresión de lo que llevamos dentro.

 

 

REFLEXIÓN - 2

HE VENIDO A LLAMAR A LOS PECADORES

Sin duda, son muchos hoy los que «pasan» de Dios y viven en una actitud de total indiferencia a cualquier llamada religiosa. Sus oídos se cerraron hace tiempo a toda invitación de la gracia.

Pero también hay muchos hombre y mujeres en cuyo corazón el recuerdo de Dios permanece vivo. Un Dios, quizás olvidado y arrinconado con frecuencia, pero que no está ausente de sus conciencias.

Pero bastantes de ellos no viven en paz con El. Dios les recuerda inmediatamente su vida pequeña, empobrecida por el egoísmo, la mediocridad y la búsqueda superficial del placer. Son creyentes que sienten necesidad de Dios, pero no se atreven a acercarse a El desde su conciencia de pecado.

Todos tenemos la tentación de pensar que el pecado es algo que aleja a Dios de nosotros. Pocos creen en un Dios que se acerca a los hombres precisamente cuando nos ve más desorientados y necesitados de vida y de paz.

Creemos en un Dios que mira complacido a quienes viven una existencia fiel pero cuyo rostro se enfurece y llena de ira frente a los pecadores.

Hemos hecho de Dios una caricatura a nuestra imagen y semejanza. Lo imaginamos tan pequeño como nosotros. Alguien que ama exclusivamente a quienes le aman y que rechaza automáticamente a quienes le contrarían. Nos resulta difícil creer en un Dios grande, que ama a los hombres sin fin, no porque nos lo merezcamos sino porque lo necesitamos. Los creyentes hemos de recordar una y otra vez la actuación y las palabras de Jesús: «No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores».

Cometemos una grave equivocación cuando buscamos primeramente ocultar nuestro pecado, pacificar nuestra conciencia o justificar nuestra vida, para poder, en un segundo momento, presentarnos con una cierta dignidad ante Dios.

Nuestro pecado, por muy grave que sea, no ha de ser nunca un obstáculo para acercarnos humildemente a Dios. Al contrario, pocas veces está el hombre tan cerca de Dios como cuando se reconoce pecador y acoge agradecido el perdón de Dios y su fuerza renovadora.

En el interior mismo de nuestro pecado, podemos siempre encontrarnos con el Dios de Jesucristo que nos perdona, nos llama y nos invita a una vida mejor y a una felicidad mayor.

JOSE ANTONIO PAGOLA
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REFLEXIÓN - 3

DIOS QUIERE MISERICORDIA

Hay algo conmovedor en el Evangelio del día. Mateo no nos narra algo que Jesús dijo o hizo un día a alguien, sino lo que le dijo y le hizo personalmente a él. Es una página autobiográfica, la historia del encuentro con Cristo que cambió su vida.

«Vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y le siguió». El episodio, sin embargo, no es citado en los Evangelios por la importancia personal que revestía Mateo. El interés se debe a lo que sigue al momento de la llamada. Mateo quiso ofrecer un gran banquete en su casa para despedirse de sus ex compañeros de trabajo, «publicanos y pecadores».

A la indefectible reacción de los fariseos Jesús responde: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio».¿Qué significa tal frase en la que Jesús cita al profeta Oseas? ¿Tal vez que es inútil todo sacrificio y mortificación y que basta amar para que todo vaya bien? De este pasaje se puede llegar a rechazar la dimensión ascética del cristianismo, como residuo por superar de una mentalidad aflictiva o maniquea.

Ante todo hay que observar un profundo cambio de perspectiva. En Oseas, la expresión se refiere al hombre, a lo que Dios quiere de él. Dios quiere del hombre amor y conocimiento, no sacrificios exteriores y holocaustos de animales. En boca de Jesús, la expresión se refiere en cambio a Dios. El amor del que se habla no es el que Dios exige del hombre, sino el que da al hombre. «Misericordia quiero, que no sacrificio» quiere decir: quiero usar misericordia, no condenar. Su equivalente bíblico es la palabra que se lee en Ezequiel: «No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (33,11).

Dios no quiere «sacrificar» a su criatura, sino salvarla. Con esta puntualización se entiende mejor también la expresión de Oseas. Dios no quiere el sacrificio a toda costa, como si gozara viéndonos sufrir; no quiere tampoco el sacrificio hecho para alegar derechos y méritos ante él, o por un malentendido sentido del deber. Quiere en cambio el sacrificio que es requerido por su amor y por la observancia de los mandamientos. «No se vive en amor sin dolor», dice la Imitación de Cristo, y la misma experiencia diaria lo confirma. No hay amor sin sacrificio. En este sentido, Pablo nos exhorta a hacer de toda nuestra vida «un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» (Rm 12,1).

Sacrificio y misericordia son cosas buenas, pero pueden convertirse en malas si se distribuyen mal. Son cosas buenas si (como hizo Cristo) se elige el sacrificio para uno y la misericordia para los demás; se vuelven malas si se hace lo contrario y se elige la misericordia para uno y el sacrificio para los demás. Si se es indulgente con uno mismo y riguroso con los demás, dispuestos siempre a excusarnos a nosotros y despiadados al juzgar a los otros. ¿No tenemos nada que revisar al respecto en nuestra conducta?

No podemos concluir el comentario de la llamada de Mateo sin dedicar un pensamiento afectuoso y reconocido a este evangelista que nos acompaña, con su Evangelio, en el curso de todo este primer año litúrgico.

Caravaggio, que pintó la «vocación de Mateo», también dejó un cuadro del evangelista mientras escribe su Evangelio. Una primera versión fue destruida en Berlín en la última guerra; en una segunda versión, que ha llegado hasta nosotros, está arrodillado sobre el escabel, con la pluma en la mano, atento a escuchar al ángel (su símbolo) que le transmite la inspiración divina. Gracias, san Mateo. Sin ti, ¡cuánto más pobre sería nuestro conocimiento de Cristo!

Raniero Cantalamessa
(mercabá)

 

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