REFLEXIONES

31 - Mayo

Domingo de

PENTECOSTÉS

"...exhaló su aliento
sobre ellos..." 

 

REFLEXIÓN - 1

VEN ESPÍRITU SANTO

Hay un sentimiento y un anhelo en toda persona: ser feliz, ser feliz para siempre.

En lo que muchas veces discrepamos es en qué entendemos por felicidad y en los caminos a recorrer para conseguirla.

Están los que ponen la felicidad en la autonomía humana, es decir, no depender de nada ni de nadie, ni siquiera de Dios; están quienes fundamentan la felicidad en sus cosas, especialmente materiales: el tener: tener dinero, tener poder, tener prestigio, tener otras personas a su servicio; otros ponen su felicidad en el saber: la ciencia, la técnica, la investigación...¿Para qué Dios?; nosotros somos dios.

Recordemos la imagen de la torre de Babel, que de tanto querer dominar a Dios, acabaron sin entenderse entre ellos.

Y es que la experiencia nos dice que ni la autonomía humana, ni el tener, ni el saber, ni el poder, dan la plena felicidad. Si la dieran, el mundo no estaría tan roto, no habría tanta miseria, odio y violencia, las personas se respetarían más y las relaciones humanas serían más justas y solidarias.

Nosotros los cristianos, los que hemos hecho de Jesucristo el centro de nuestra vida, proclamamos que la verdadera felicidad está en él, que él es el Camino, la Verdad y la Vida en plenitud; proclamamos  que en él, el Hijo de Dios hecho hombre, está la plena realización de la persona humana, es decir, la felicidad, pues únicamente siendo personas auténticas, libres de las esclavitudes de las personas, de las cosas, y, sobretodo, del pecado, seremos felices de verdad.

No hay otro camino para cambiar el mundo que cambiar el corazón y ponerlo en sintonía con el Dios Amor. Pues sólo el amor, entendido como entrega absoluta, generosa y gratuita en favor de los demás, puede lograrlo.

Por eso en este tiempo de Pentecostés nuestra oración es: "Ven Espíritu Santo"; ven y llénanos con la fuerza de tu amor; ven y haznos testigos que proclamemos bien alto que sólo Jesús es el Señor; ven y que seamos en el mundo signos de fraternidad, que pongamos lo que somos y tenemos para el bien común; ven Espíritu Santo y que el lenguaje de nuestra vida pueda ser entendido por todas las personas, de cualquier lugar, lengua y cultura; ven Espíritu Santo y sé el aliento de vida de una nueva creación; ven Espíritu Santo y haznos portadores de paz y perdón, pues para eso nos ha enviado el Señor.

Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a tomar conciencia de la necesidad que tiene el mundo de cristianos auténticos y comprometidos. Y que, participando en la Eucaristía, alimentándonos del Pan de la Palabra, del Cuerpo y la Sangre de Cristo y de la comunidad reunida en su nombre, recibamos la fuerza para ser testigos de Cristo. 

 

 

REFLEXIÓN - 2

ES ESE ESPÍRITU

Según estimaciones de sicólogos norteamericanos, la mayoría de las personas sólo viven al diez por cien de sus posibilidades.

Ven el diez por cien de la belleza del mundo que los rodea. Escuchan el diez por cien de la música, la poesía y la vida que hay a su alrededor. Sólo están abiertos al diez por cien de sus emociones, su ternura y su pensamiento. Su corazón vibra sólo al diez por cien de su capacidad de amar. Son personas que morirán sin haber vivido realmente. Algo semejante se podría decir de muchos cristianos. Morirán sin haber conocido nunca por experiencia personal lo que podía haber sido para ellos la vida creyente. En esta mañana de Pentecostés muchos volverán a confesar aburridamente su fe en el Espíritu Santo, "Señor y dador de vida", sin sospechar toda la energía, el impulso y la vida que pueden recibir de él.

Y sin embargo, ese Espíritu, dinamismo misterioso de la vida íntima de Dios, es el regalo que el Padre nos hace en Jesús a los creyentes, para llenarnos de vida.

Es ese Espíritu el que nos enseña a saborear la vida en toda su hondura, a no malgastarla de cualquier manera, a no pasar superficialmente junto a lo esencial.

Es ese Espíritu el que nos infunde un gusto nuevo por la existencia y nos ayuda a encontrar una armonía nueva con el ritmo más profundo de nuestra vida.

Es ese Espíritu el que nos abre a una comunicación nueva y más profunda con Dios, con nosotros mismos y con los demás.

Es ese Espíritu el que nos invade con una alegría secreta, dándonos una trasparencia interior, una confianza en nosotros mismos y una amistad nueva con las cosas.

Es ese Espíritu el que nos libra del vacío interior y la difícil soledad, devolviéndonos la capacidad de dar y recibir, de amar y ser amados.

Es ese Espíritu el que nos enseña a estar atentos a todo lo bueno y sencillo, con una atención especialmente fraterna a quien sufre porque le falta la alegría de vivir.

Es ese Espíritu el que nos hace renacer cada día y nos permite un nuevo comienzo a pesar del desgaste, el pecado y el deterioro del vivir diario.

Este Espíritu es la vida misma de Dios que se nos ofrece como don. El hombre más rico, poderoso y satisfecho, es un desgraciado si le falta esta vida del Espíritu.

Este Espíritu no se compra, no se adquiere, no se inventa ni se fabrica. Es un regalo de Dios. Lo único que podemos hacer es preparar nuestro corazón para acogerlo con fe sencilla y atención interior.

JOSE ANTONIO PAGOLA

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REFLEXIÓN - 3

PENTECOSTÉS: ¡DEJARSE QUERER!

No os dejaré desamparados; volveré», decía Jesús. No eran simples palabras de consuelo, para suavizar su tristeza ante la inminencia de su «no presencia física». Eran mucho más. Eran la garantía de «otra presencia» continuadora de lo que con El habían vivido. Dejarían de verle físicamente. Y sentirían tristeza. Pero irían descubriéndole, «viéndole» de otro modo misterioso y admirable: «El mundo no me verá, pero vosotros sí me veréis». Efectivamente, cuando recibieron a su «enviado» --el «espíritu de la Verdad»--, lo comprendieron todo. Comprendieron que ese «Espíritu» había estado siempre «dando vida a todo». Así había actuado:

--En la prehistoria de Jesús. 
--La Sagrada Escritura, al hablar de la Creación, dice que «la tierra era una masa confusa e informe». Más adelante, se nos pinta el surgir escalonado de la Naturaleza. Pero, como quien no dice nada, se nos asegura que «el espíritu del Señor se cernía sobre las aguas». Era El, el que ponía «en marcha» todo. Del mismo modo, se nos dice que «Dios hizo del barro al hombre». También aquel barro era una masa confusa e informe. Pero Dios «le infundió su espíritu». Y, bajo el aliento divino, empezó a «vivir» la Humanidad. También María prestó su barro preciso, su carne y su sangre, a la aventura de la Encarnación. Pero hizo falta que «el Espíritu la cubriera con su sombra» para que la Vida llegara hasta nosotros. ¡Siempre el Espíritu! Y el Espíritu estuvo.

--En la persona de Jesús. 
--Estuvo en todos sus pasos; y los apóstoles lo comprendieron. «El espíritu lo condujo al desierto» cuando iba a comenzar su misión. Nos lo cuenta Mateo: «El Espíritu descendió sobre El» en el Jordán, en el prólogo de su vida pública. Nos lo cuenta Marcos. Y Lucas cuenta las palabras que pronunció Jesús en la sinagoga de su aldea: «El Espíritu está sobre mí y me ha enviado...».. Sí. El Espíritu alentaba todos los pasos de Jesús. Es más, cuando ya terminaba su etapa de presencia física, nos garantizó y nos prometió que:

--El Espíritu alentaría toda su «obra». 
--«Le pediré al Padre otro defensor que esté siempre con vosotros». El día de Pentecostés, al sentirse transformados, debieron de decirse: «¡Ya está aquí!» Y supieron que El guiaba sus pasos, al comprobar que «a toda la tierra llegaba su pregón». Incluso entendieron aquellas raras palabras de Jesús: «Os conviene que yo me vaya, porque Si no me voy, El no vendrá a vosotros».

A veces, los cristianos nos desanimamos. En esta increíble Babel de ideas y de hechos en la que vivimos, nos preguntamos si no hubiera sido mejor que se perpetuara su presencia empírica y tangible entre nosotros. Pero El se adelantó respondiendo: «Os conviene que yo me vaya». Y nosotros sabemos que El descendió a nosotros. Ahora bien, de nada valdrá el haber recibido el Espíritu en nuestros corazones si no nos «dejamos querer», si no nos dejamos transformar por El, de dentro hacia afuera, en una positiva espiral de círculos concéntricos. En efecto. Los apóstoles «estaban reunidos en un mismo lugar». Allá es donde «se llenaron del Espíritu y empezaron a hablar en lenguas extranjeras». Es decir, «se salieron de sí mismos» y empezaron la tarea de transformar la faz de la tierra. Pues, ésa es la lección. Necesitamos buscar en nuestro interior y encontrar a «nuestro dulce huésped del alma». Y, desde El y con El, salir por los caminos pregonando «magnalia Dei», las maravillas del Señor.

ELVIRA,

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