REFLEXIONES

24 - Mayo

7º Domingo de Pascua

LA ASCENSIÓN

" "Estoy con vosotros
todos los días "

 

 

 

 REFLEXIÓN - 1

¡QUE PASE LA ANTORCHA!

Cuando van a tener lugar unos juegos olímpicos, en Grecia, en Olimpia, tiene lugar la ceremonia del encendido de la antorcha.

Concentrando los rayos del sol en un espejo, se forma la llama con la que se enciende la antorcha que, después, en una carrera de relevos, recorrerá los países hasta llegar al lugar donde se realizarán las competiciones.

Atletas de diversas naciones, razas y culturas van pasando la luz de unos a otros.

No faltarán tropezones y caídas; no faltará quien se desvíe del camino; no faltará quien, no estando de acuerdo con el acontecimiento, intente boicotearlo, poner zancadillas, pero, al final, la antorcha llegará a su sitio.

Hace dos mil años se encendió la gran Luz: vino a nosotros, nos visitó, el «Sol que nace de los alto»; nos iluminó con su vida y su Palabra; se entregó en la cruz por nosotros, nos rescató del pecado y de la muerte eterna, abriéndonos de par en par las puertas del Reino del Padre, para que entremos como hijos.

Tras la muerte, vino la resurrección y después, subiendo al cielo, la glorificación, sentarse a la derecha del Padre.

Pero antes de subir al cielo, el que es la Luz, nos mandó ser testigos de la Luz: que la llama de su Palabra, de su vida, de su salvación, llegue hasta los confines del mundo.

Esta es la antorcha que ha de pasar de mano en mano, de un lugar a otro, de un tiempo a otro hasta que lleguemos al lugar de la gran fiesta: la casa del Padre.

La vida de los cristianos debe ser esa luz («Vosotros sois la luz del mundo») que pasa e ilumina; una luz hecha obras: «Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor...» y que no falte la unidad y la paz.

Todos llevamos las misma luz , porque todos tenemos un Señor, una fe, un bautismo, un mismo Dios y Padre; todos somos miembros del mismo Cuerpo y, cada uno, desde su misión y tarea, debemos mantenerlo sano, fuerte y en permanente crecimiento, hasta que cada uno de los miembros demos la talla de Cristo.

No van a faltar los que se cansen, los que se caigan, los que se desvíen, los que dejen la carrera; no van a faltar las zancadillas, los que no quieren que la Luz llegue a la gente. 

No importan las zancadillas, hay que seguir corriendo con la antorcha, pues aún no ha llegado su luz al mundo entero.

Todavía hay mucho mal (mucho «demonio») que echar fuera, todavía hay demasiadas lenguas, demasiados mensajes contradictorios, todavía falta camino para que todos hablemos la misma lengua: el amor, la comprensión, la solidaridad, la preferencia por los pobres, los enfermos, los marginados...

«Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes y sus obras les acompañaban»

Y aquí estamos hoy nosotros, que hemos recibido la antorcha, que hemos de correr nuestra carrera y debemos pasarla viva a los que nos siguen.

Y si hemos llegado hasta aquí y sabemos que la luz de Cristo seguirá adelante, es porque el Espíritu está en medio de nosotros.

Y la Eucaristía nos ayuda a mantener viva la antorcha de nuestra fe.

 

 REFLEXIÓN - 2


« PARA JESÚS, EL TRIUNFO;
          PARA NOSOTROS, LA FIESTA Y LA TAREA «

PARA JESÚS, EL TRIUNFO

La celebración de hoy debe estar impregnada de alegría y admiración por el triunfo de Jesús de Nazaret Y señalar también la carga de compromiso que proyecta esta victoria sobre nosotros. Jesús ha sido glorificado. Ha cumplido su misión, ha seguido su camino hasta el final, incluida la muerte, y ahora ha llegado a su plenitud como persona y como cabeza de la nueva humanidad.

Como nos ha dicho Pablo, «el Padre ha desplegado la eficacia de su fuerza poderosa en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo», o sea, constituyéndole Señor de todo el universo. El prefacio emplea unos términos entusiastas que en la homilía podemos anticipar para proclamarlos o cantarlos luego con más énfasis: «Jesús el Señor, el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte, mediador entre Dios y los hombres, juez de vivos y muertos».

La Ascensión es el mismo misterio que hemos venido celebrando durante la Pascua, pero pedagógicamente desplegado en dos movimientos. La Resurrección apuntaba a la liberación de Cristo de entre los muertos. La Ascensión, a su exaltación a la nueva existencia gloriosa

PARA NOSOTROS, LA FIESTA...

La Ascensión la hemos escuchado dos veces . Y es que, por una parte, representa el final del evangelio, la plenitud del camino de Jesús. Y por otra el comienzo, el punto de partida de la historia de la Iglesia.

a) Para nosotros es ante todo FIESTA. El triunfo de Jesús nos afecta: «La Ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria» (oración colecta), «nos das ya parte en los bienes del cielo», «en Cristo nuestra naturaleza humana ha sido enaltecida y participa de su misma gloria» (poscomunión), «ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino» (prefacio).

La fiesta de hoy nos llena de optimismo: «Que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos» (2ª lectura). Más aún: es fiesta de esperanza para la humanidad entera. Todos estamos incluidos en la victoria de Cristo, que nos da la medida del amor de Dios y de la capacidad del hombre. La Ascensión nos señala el camino y la meta final: un destino de vida, aunque el camino sea a veces difícil y oscuro.

b) El motivo es que no celebramos un «aniversario» del triunfo de Cristo. Sino que estamos convencidos de su presencia: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Su presencia a la Iglesia y a cada uno de nosotros -y además la donación que nos hace de su Espíritu- es lo que da más vigor a nuestra fe y a nuestra acción. Como dice el prefacio, «no se ha ido para desentenderse de este mundo». La Ascensión no es un movimiento contrario a la Navidad (entonces «bajó» y ahora «sube y se va»): desde su existencia gloriosa, libre ya de todo límite de espacio y de tiempo, es cuando más presente nos está Jesús, el Señor, como él mismo nos ha prometido.

... Y LA TAREA

Los discípulos son invitados a que no se queden mirando al cielo.

Reciben el encargo de continuar la misión de Jesús en este mundo: «hacer discípulos», «bautizar», «enseñar». Así como Cristo ha sido el gran testigo del Padre, ahora la comunidad cristiana lo tiene que seguir siendo en cada generación, animada siempre por el Espíritu de Jesús: «Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos».

El tiempo que sigue a la Ascensión, hasta la manifestación gloriosa de Cristo al final de los tiempos, es tiempo de trabajo y responsabilidad, tarea y compromiso. Misión: «Id y predicad». Debemos ser cristianos tan convencidos de nuestra fe en Cristo, que la comuniquemos a los demás, de palabra y de obra, con un estilo de vida que resulte creíble y elocuente a todos . El libro de los Hechos fue el primer capitulo. Nosotros, al final del siglo XX, estamos escribiendo el nuestro, en la historia de la Iglesia, esta comunidad que se sabe débil y pecadora, pero sigue fiel al encargo recibido de evangelizar al mundo.

La tarea que nos deja el Señor es que en medio de un mundo donde no abunda la esperanza, seamos personas ilusionadas. En medio de un mundo egoísta, mostremos un amor desinteresado. En medio de un mundo centrado en lo inmediato y lo material, seamos testigos de los valores que no acaban. Y esto son invitados a realizarlo los religiosos y los laicos, los mayores, los jóvenes y los niños, cada uno en su ambiente. Miramos al Cristo que triunfa, le recibimos en la Eucaristía, y esto nos da fuerzas para seguir cumpliendo la tarea de cada día.

J. ALDAZABAL (+)
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 REFLEXIÓN - 3


RECUPERAR EL HORIZONTE

Ascendió al cielo...

Según el magnífico estudio «La esperanza olvidada» del pensador francés J. Ellul, uno de los rasgos que mejor caracterizan al hombre moderno es la pérdida de horizonte. El hombre actual parece vivir en «un mundo cerrado», sin proyección ni futuro, sin apertura ni horizonte.

Nunca los seres humanos habíamos logrado un nivel tan elevado de bienestar, libertad, cultura, larga vida, tiempo libre, comunicaciones, intercambios, posibilidades de disfrute y diversión. Y, sin embargo, son pocos los que piensan que nos estamos acercando «al paraíso en la tierra».

Han pasado los tiempos en que grandes sectores de la humanidad vivían ilusionados en construir un futuro mejor. Los hombres parecen cansados. No encuentran motivos para luchar por una sociedad mejor y se defienden como pueden del desencanto y la desesperanza. Son cada vez menos los que creen realmente en las promesas y soluciones de los partidos políticos. Un sentimiento de impotencia y desengaño parece atravesar el alma de las sociedades occidentales.

Las nuevas generaciones están aprendiendo a vivir sin futuro, actuar sin proyectos, organizarse sólo el presente. Y cada vez son más los que viven sin un mañana. Hay que vivir el momento presente intensamente. No hay mañana. Unos corren al trabajo y se precipitan en una actividad intensa y deshumanizadora. Otros se refugian en la compra y adquisición de cosas siempre nuevas. Muchos se distraen con sus programas preferidos de TV... Pero son pocos los que, al salir de ese cerco, aciertan a abrir un futuro de esperanza a sus vidas. Y, sin embargo, el hombre no puede vivir sin esperanza. Como decía Clemente de Alejandría, «somos viajeros» que siguen buscando algo que todavía no poseemos. Nuestra vida es siempre «expectación». Y cuando la esperanza se apaga en nosotros, nos detenemos, ya no crecemos, nos anulamos, nos destruimos. Sin esperanza dejamos de ser hombres.

Sólo quien tiene fe en un futuro mejor puede vivir intensamente el presente. Sólo quien conoce el destino camina con firmeza a pesar de todos los obstáculos. Quizás éste sea el mensaje más importante de la fiesta de la Ascensión para una sociedad como la nuestra. Para quien no espera nada al final, los logros, los gozos, los éxitos de la vida son tristes porque se acaban. Para quien cree que esta vida está secretamente abierta a la VIDA DEFINITIVA, los logros, los trabajos, los sufrimientos y gozos son anhelo, anuncio, búsqueda de la Felicidad final.

JOSE ANTONIO PAGOLA

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