REFLEXIONES


IIIº Domingo de Pascua

(b)

¿Por qué os alarmáis? 
¿Por qué surgen dudas
en vuestro interior?

 

 

REFLEXIÓN - 1

LAS FIESTAS DEL PUEBLO CRISTIANO

En muchos pueblos y ciudades se celebran fiestas en las que se recuerda el origen, el pasado y la historia del pueblo.

En alguno de ellos reviven los acontecimientos y hasta los representan y se visten como en aquellas épocas. Entre nosotros están las fiestas de Cartagineses y Romanos, las fiestas de Moros y Cristianos, los Caballos del vino...

Recordar el tiempo pasado común ayuda a reforzar la identidad , a resaltar lo que es peculiar, aquello que puede diferenciarnos del resto, lo que nos hace ser ese pueblo y no otro.

Un colectivo sin historia es un colectivo sin raíces.

También el pueblo cristiano tiene su historia, sus raíces, acontecimientos que marcan nuestra identidad ante otros.

La Palabra de Dios de estos domingos de Pascua hacen constantemente referencia a aquellos momentos fundamentales.

Los que fueron testigos oculares, sobretodo los apóstoles, continuamente nos están recordando lo que pasó y sus consecuencias para que nosotros robustezcamos nuestra fe, nuestras raíces y acerquemos al pueblo de Dios a todas las personas, pues este pueblo no es exclusivo, de unos pocos.

En concreto, hoy, Pedro nos recuerda algo esencial: Dios ha glorificado a Jesús, al que los judíos entregaron a Pilato; Él es el autor de la vida y Dios lo ha resucitado; si os convertís a Él, se borrarán vuestros pecados.

Así, pues, este pueblo cristiano está formado por seguidores de Jesucristo, Hijo de Dios, muerto y resucitado por nuestra salvación.

A Él seguimos, aun en medio de nuestra debilidad y pecado, confiando en que, como nos dice San Juan, "tenemos a uno que abogue ante el Padre", pues él ha entregado su vida por nuestros pecados y los del mundo entero.

Y este pueblo cristiano de seguidores de Cristo tiene sus costumbres y tradiciones, su estilo de vida: el cumplimiento de los mandamientos de Dios, el amor a Dios y al prójimo. Esto es lo que debería distinguirnos de otros pueblos, grupos y colectivos.

Y si aquel pueblo de Dios, aquel grupo de cristianos ha llegado hasta hoy, es por la fe de aquellos hombres en Jesucristo resucitado.

No fue fácil entender la resurrección: ¿será él?, ¿no será él?, ¿será un fantasma? ¿Es Jesús aquel caminante de Emaús, aquel que parece el hortelano del huerto del sepulcro?... ¡Es Él!, gritarán con alegría a los cuatro vientos. Dios, en Jesús, ha cumplido sus promesas.

Y así, aquel pequeño grupo, aquel pequeño pueblo cristiano se lanza al mundo a anunciar la salvación, el perdón de los pecados que ha traído Jesús con su pasión, muerte y resurrección.

Hay que llamar a todos a la conversión y a formar parte de los suyos.

Las fiestas de Pascua son las fiestas de nuestro pueblo cristiano.

Recordamos y hacemos presentes los acontecimientos de nuestra salvación.

Pero no sólo debemos recordar, hay que seguir anunciando la Buena Noticia; hay que seguir agregando al pueblo nuevos miembros, mediante la conversión a Jesucristo.

 

 

REFLEXIÓN - 2

COMIDA, PALABRA Y PERDÓN

La reunión no podía estar más animada. Los de Emaús cuentan y no acaban. El Caminante, después de una autorizada catequesis sobre el Mesías, con las Escrituras al fondo, se les ha manifestado de un modo familiar: "en el partir el pan". Y, a pesar de sus palabras y de su talante optimista y alegre, entusiasta quizás, los demás discípulos siguen tristes, cariacontecidos, desanimados.

La aparición de Jesús ni les da seguridad, ni les quita las dudas. Creen ver un fantasma. No se fían ni de ellos mismos.

Frente a esa actitud, por lo demás lógica, el Señor les va a ofrecer dos signos permanentes de su presencia y lo que con ella quiere en sus Apóstoles y en todos nosotros.

-Primer signo: una comida faternal

Es curioso lo que supone en la vida de Jesús la comida como signo de fraternidad, expresión de amistad y ocasión para comunicarnos su mensaje.

Comiendo con publicanos y pecadores nos revela para quién ha venido; en una comida de cierto rango social acoge a la pecadora y la defiende, mientras que al anfitrión le pide cuentas por no haber cumplido unas normas elementales de cortesía que para él, en ocasión distinta, son totalmente secundarias; en otra comida, a la que él se invita, nos revela que con él ha entrado también la salvación a aquella casa; en una comida singular -la cena última con los suyos- Jesús nos adelantará su entrega, la perpetuará en un sacramento, tendrá para con los suyos las más hondas expansiones y nos dejará aspectos fundamentales de su mensaje. Y será precisamente en varias comidas en las que Jesús se aparecerá a los suyos y los hará partícipes de su Resurrección, de manera que el propio Pedro lo recordará, años más tarde, en uno de sus sermones: "Nosotros, que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos" (Hechos 10, 41).

Jesús en esta ocasión pide de comer para así fortalecer su fe, quitar sus miedos y traspasarles su paz. La sencillez, la cercanía, el diálogo, la fraternidad, son en Jesús -y deberían ser en nosotros- signos de una vida nueva.

-Segundo signo: apertura a la palabra de Dios

Es otra de las constantes de Jesús Resucitado con sus Apóstoles: abrirles el entendimiento para que comprendieran las Escrituras.

Le preocupa al Señor el que los Apóstoles encuentren sentido al pasado inmediato que tanto les afecta. Por eso tanto a los de Emaús en el camino, como a todos juntos en esta ocasión, "comenzando por Moisés y siguiendo por los Profetas, les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura" (Lc. 24,27).

La obsesión de Jesús es que los discípulos comprendan el significado de la Cruz, de su Pasión y de su Muerte. Que comprendan que la historia de Israel, que es historia de salvación, pasa por la muerte del Hijo de Dios. Que comprendan que el "fracaso" del Viernes Santo no es fracaso para la muerte, sino condición de Vida, "paso" necesario de este mundo al Padre para él y para todos nosotros.

Todo lo ocurrido no sólo estaba previsto, sino que estaba anunciado.

La gran lección que les da Jesús -que nos da- es que él se nos presenta como el centro de toda la Escritura. Hasta El toda ella fue preparación para su venida. Tras El, todo será consecuencia de su Muerte y de su Resurrección, de su Vida y de su Mensaje.

-La resurrección, la Pascua de Jesús, signo y fuente de perdón universal.

Es el mensaje común a las tres lecturas del presente domingo y en las tres aparece la relación Resurrección-perdón.

"Dios cumplió lo que había dicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos" (Hechos).

"Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo" (1. Juan, 2, 1). "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará... y en su nombre se predicará la conversión y el perdón a todos los pueblos" (Lc. 24, 26).

La Resurrección de Jesucristo universaliza el perdón y abre la perspectiva estrecha y localista de los Apóstoles.

La Eucaristía (significada por la comida), la Palabra y el Perdón ya no van a ser patrimonio de unos pocos, signos de distinción de un pueblo determinado. Jesucristo quiere que se prediquen a todos los pueblos y ésta será, desde ahora, la tarea de los Apóstoles. Y este triple motivo será el que semanalmente nos reúna a los cristianos, en el Día del Señor, en la Pascua semanal, cuando todos juntos celebremos el Perdón, nos abramos a la Palabra y ofrezcamos al Padre el Sacrificio Eucarístico de Jesucristo Resucitado.

DANIEL ORTEGA GAZO

(mercabá)

 

 

REFLEXIÓN - 3

SIGNOS DE LA PRESENCIA DE JESÚS

En el Evangelio de Lucas la presencia de Jesús es real, directa, viva. En persona, sin signos intermediarios. Alguien de carne y huesos a quien se puede tocar, alguien que está comiendo el trozo de pez asado que le acaban de ofrecer. Sólo el miedo les ha podido hacer pensar en un primer momento en fantasmas, ahora están viendo todos con sorpresa que es el mismo Jesús que murió en la cruz. Sigue vivo y presente entre ellos. De este hecho van a ser ellos testigos.

Aquella presencia fue única, excepcional. Algunos versículos más adelante, Lucas habla de la Ascensión de Jesús y de cómo se "separó de ellos".

Y, sin embargo, todos los cristianos seguimos creyendo que de diversas formas Jesús sigue presente entre los hombres. Vamos a intentar rastrear y detectar, siguiendo el texto de Lucas, la presencia de Jesús hoy entre nosotros. O, si prefieres, dicho de otra forma: cómo buscar y encontrar hoy a Jesús, qué pistas o signos hay que seguir.

PAN/PARTIR: En primer lugar, a Jesús se le reconoce y encuentra al partir el pan. Aquí tenemos el sentido de su vida: se parte y entrega a los demás como el pan. Allí donde se parte y comparte el pan está Jesús. Allí donde un hombre se parte por los hermanos hay un cristiano y está Jesús. A Jesús, que según el Evangelio no es muy amigo de ritos y ceremonias, le encanta este gesto de partir el pan y lo convierte en eucaristía. Allí donde se comparte el pan, donde se hace justicia y nadie pasa hambre, está Jesús. Allí donde hay amor y alegría como en toda comida amical y fraterna, está Jesús. De esta realidad cotidiana hace Jesús un signo y un sacramento.

Jesús se hace presente en medio de sus discípulos. Nadie refleja mejor a Jesús que un buen cristiano. Encontrarse con un buen cristiano es el mejor modo de encontrarse con Jesús. Jesús, al aparecerse, está echando los cimientos del Reino de Dios y de la Iglesia. El Concilio Vaticano II asegura que "El Espíritu habita en la Iglesia" y, por otra parte, se oye a muchos decir que creen en Jesús, pero no en la Iglesia y en sus discípulos de hoy. No tenía que ser así, ya que Jesús hace a sus discípulos testigos de su presencia.

DABAR