FRASES DEL

PAPA FRANCISCO

EN LA JMJ16

DE CRACOVIA

 

La Jornada Mundial de la Juventud es un encuentro internacional en el que jóvenes
de diferentes partes del planeta se reúnen, junto con sus catequistas, sacerdotes, obispos,
en algún lugar del mundo para dar testimonio de su fe en Jesucristo.

Se realiza cada tres años y es internacional: llegan jóvenes de más de 180 naciones. Su objetivo común: conocerse entre sí, compartir experiencias y celebrar una gran fiesta ante la presencia del Papa.

La Jornada Mundial de la Juventud se inició como una invitación del papa san Juan Pablo II a los jóvenes a reunirse en Roma para el Domingo de Ramos de 1984.

Más de 300.000 personas asistieron a la celebración.

En 1985 coincidió con el Año Internacional de la Juventud de las Naciones Unidas.

El 20 de diciembre de ese mismo año, el Papa anunció la primera JMJ de 1986.

Las Jornadas Mundiales de la Juventud desempeñaron un papel especial en el papado de Juan Pablo II, y tanto el papa Benedicto XVI como el Papa Francisco han llevado a cabo las Jornadas Mundiales de la Juventud instituidos por san Juan Pablo II, como un símbolo de esperanza para los jóvenes.

Cada JMJ exige una buena preparación del contenido que los jóvenes van a meditar durante sus encuentros.

El tema de cada encuentro es escogido por el Santo Padre quien manda a los jóvenes un MENSAJE.

Durante la JMJ, el contenido va profundizándose en los encuentros llamados triduos de catequesis.

Este año 2016 la cita fue en la ciudad de Cracovia, en Polonia,
del 25 de Julio al 1 de Agosto y siendo la trigésima desde la primera celebrada.

La misericordia fue escogida como tema de reflexión de la JMJ de 2016, cuyo lema escogido fue: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mateo 5:7).
La misericordia también forma parte del pontificado del papa Francisco, cuyo lema es "Miserando atque eligendo" ("Lo miró con misericordia y lo eligió").

Frases

del Papa Francisco

durante la

JMJ 2016

 

Venimos de “todas las naciones del mundo” (Hch 2,5), como aquellos que llegaron en gran número a Jerusalén el Día de Pentecostés, pero aquí somos incomparablemente muchos más que hace dos mil años, porque llevamos siglos de prédica del Evangelio; desde entonces, ha llegado hasta los confines del mundo.

Estamos aquí porque hemos sido reunidos por Cristo. Él es la luz del mundo. Solo Él, Jesucristo, puede satisfacer los anhelos más profundos del corazón humano. Él nos acompaña como a los discípulos de Emaús.

Jesús desea acercarse a la vida de cada uno, recorrer nuestro camino hasta el final, para que su vida y la nuestra se encuentren realmente.

Porque hemos sido creados a su imagen; Jesús hizo suya nuestra humanidad y su corazón nunca se separará de nosotros; el Espíritu Santo quiere habitar en nosotros; estamos llamados a la alegría eterna con Dios.

Esta es nuestra «estatura», esta es nuestra identidad espiritual: somos los hijos amados de Dios. Dios nos ama tal como somos, y no hay pecado, defecto o error que lo haga cambiar de idea.
Para Jesús, nadie es inferior y distante, nadie es insignificante, sino que todos somos predilectos e importantes: ¡Tú eres importante!

Dios espera algo de ti, Dios quiere algo de ti, Dios te espera a ti.

Él quiere tus manos para seguir construyendo el mundo de hoy.

Cuando el Señor nos llama no piensa en lo que somos, en lo que éramos, en lo que hemos hecho o de dejado de hacer. Al contrario: Él, en ese momento que nos llama, está mirando todo lo que podríamos dar, todo el amor que somos capaces de contagiar.

 

Jesucristo es un don, es un regalo del Padre, el don de nuestro Padre.

Jesucristo es quien sabe darle verdadera pasión a la vida,

Jesucristo es quien nos mueve a no conformarnos con poco y a dar lo mejor de nosotros mismos;

es Jesucristo quien nos cuestiona, nos invita y nos ayuda a levantarnos cada vez que nos damos

por vencidos. Es Jesucristo quien nos impulsa a levantar la mirada y a soñar alto.

Cuando Jesús toca el corazón de un joven, de una joven,

este es capaz de actos verdaderamente grandiosos.

Porque un corazón misericordioso se anima a salir de su comodidad; un corazón misericordioso

 sabe ir al encuentro de los demás, logra abrazar a todos.

 

 

Decir misericordia, es decir oportunidad, decir mañana, es decir compromiso, es decir confianza, apertura, hospitalidad, compasión, es decir sueños.

Y cuando el corazón abierto es capaz de soñar hay lugar para la misericordia, hay lugar para acariciar a los que sufren, hay lugar para ayudar a quienes no tienen paz en el corazón o les falta lo necesario para vivir, o les falta lo más bello, la fe, la Misericordia.

 

Felices aquellos que saben perdonar, que saben tener un corazón compasivo, que saben dar lo mejor de sí a los demás, lo mejor.

Servir con amor y ternura a las personas que necesitan ayuda nos hace crecer a todos en humanidad; y nos abre el camino a la vida eterna: quien practica las obras de misericordia, no tiene miedo de la muerte.

 

 

«Venid, benditos de mi Padre, y recibid en herencia el Reino que os fue preparado desde el comienzo del mundo: porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme»

 (Mt 25,34-36).

 

Abrazando el madero de la cruz, Jesús abrazó la desnudez y el hambre, la sed y la soledad, el dolor y la muerte de los hombres y mujeres de todos los tiempos.

 

Estamos llamados a servir a Jesús crucificado en toda persona marginada, a tocar su carne bendita en quien está excluido, tiene hambre o sed, está desnudo, preso, enfermo, desempleado, perseguido, refugiado, emigrante.

Allí encontramos a nuestro Dios, allí tocamos al Señor.

Jesús mismo nos lo ha dicho, explicando el «protocolo» por el cual seremos juzgados: cada vez que hagamos esto con el más pequeño de nuestros hermanos, lo hacemos con él (Mt 25,31-46).

Después de las obras de misericordia corporales vienen las espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia a las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Nuestra credibilidad como cristianos depende del modo en que acogemos a los marginados que están heridos en el cuerpo y al pecador herido en el alma.

Pensemos en tantos hijos e hijas de vuestro pueblo: en los mártires, que han hecho resplandecer la fuerza inerme del Evangelio; en las personas sencillas y también extraordinarias que han sabido dar testimonio del amor del Señor en medio de grandes pruebas.

De modo particular, en María: es ella ese espacio, preservado del mal, en el cual Dios se ha reflejado; es ella la escala que Dios ha recorrido para bajar hasta nosotros y hacerse cercano y concreto; es ella el signo más claro de la plenitud de los tiempos.

ORACIÓN POR LA PAZ Y EL FIN DE LA VIOLENCIA     Y EL TERRORISMO EN EL MUNDO        

Dios omnipotente y misericordioso, Señor del Universo y de la historia humana.

Todo lo que has creado es bueno, y tu compasión por el hombre, que te abandona una y otra vez, es inagotable.

Venimos hoy a implorarte que ampares al mundo y a sus habitantes con la paz, alejando de él el destructivo oleaje del terrorismo, restaurando la amistad y derramando en los corazones de tus criaturas el don de la confianza y la prontitud para perdonar.

Dador de la vida, te pedimos también por todos los que han muerto, víctimas de los brutales ataques terroristas.

Concédeles la recompensa y la alegría eternas.

Que intercedan por el mundo, sacudido por la angustia y desgracias.

Jesús, Príncipe de la Paz, te rogamos por los heridos en los ataques terroristas: los niños y los jóvenes, las mujeres y los hombres, los ancianos, las personas inocentes y los que han sido agredidos por casualidad.

Sana su cuerpo y el corazón, que se sientan fortalecidos por tu consuelo, aleja de ellos el odio y el deseo de la venganza.

Santo Espíritu Consolador, visita a las familias que lloran la pérdida de sus familiares, víctimas inocentes de la violencia y el terrorismo.

Cúbreles con el manto de tu divina misericordia.

Que encuentren en Ti la fuerza y el valor para continuar siendo hermanos y hermanas de los demás, especialmente de los extranjeros y los inmigrantes, testimoniando con su vida tu amor.

Mueve los corazones de los terroristas para que reconozcan la maldad de sus acciones y vuelvan a la senda de la paz y el bien, el respeto por la vida y la dignidad de cada ser humano, independientemente de su religión, origen o status social.

Dios, Eterno Padre, escucha compasivo esta oración que se eleva hacia Ti entre el estruendo y la desesperación del mundo.

Llenos de confianza en tu infinita Misericordia, confiando en la intercesión de tu Santísima Madre, fortalecidos con el ejemplo de los beatos mártires de Perú, Zbigneo y Michele, que has convertido en valientes testigos del Evangelio hasta derramar su sangre, nos dirigimos a Ti con gran esperanza, suplicando el don de la paz y pidiendo que alejes de nosotros el látigo del terrorismo.

Por Jesucristo, nuestro Señor Amén.

 

Os encomiendo a Dios y a la Palabra de su gracia (Hch 20,32).

Os encomiendo a nuestra Madre, modelo de voluntariado cristiano; y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí.