VÍA CRUCIS CON CATORCE OBRAS DE MISERICORDIA

Textos Javier Leoz

Obras de misericordia corporales

1ª Estación:
Jesús entregado
a muerte

Visitar a los enfermos
 

En una clínica se encontraba ingresado un enfermo al cual nadie visitaba excepto un sacerdote. Un día, ante la tristeza del paciente, el religioso le dijo: mira siempre a esta silla vacía. Piensa que, cuando yo me voy, Cristo está sentado junto a ti, escuchándote, mirándote, cuidándote y animándote. Y piensa también, que cuando duermes, Él vela tus sueños. A los pocos días cuando el sacerdote regresó de nuevo para verlo le informaron que había fallecido. Al preguntar cómo había sido, las enfermeras le contestaron: murió por la noche pero, cuando lo descubrimos por la mañana, nos llamó mucho la atención que estaba sonriendo y fuertemente abrazado a la silla. Cuántas veces, sin saberlo, podemos ocupar muchos espacios vacíos. Espacios que nadie llena y que, Cristo, reclama. Tengamos un recuerdo especial por los enfermos.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

2ª Estación:
El Señor con la cruz
a cuestas

 

Dar de comer al
hambriento

En una localidad existía un crucificado que levantaba mucha devoción. Eran constantes las peregrinaciones hasta ese lugar pero, no menos cierto era, que también había mucha pobreza y miseria en algunos barrios. Como todas las tardes, un piadoso cofrade pero a la vez bastante tacaño, se acercó hasta el crucificado con intención de adorarlo, besarlo y echar su limosna. Cuál fue su sorpresa cuando al acercarse e ir a besarlo sólo se encontró con un papel que rezaba: “estoy ahí afuera”. Dar de comer al hambriento denota la grandeza y la sinceridad de la fe. Amar a Dios y no amar a los demás es tener una fe incompleta. Recemos por los hambrientos y necesitados.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

3ª Estación:
Jesús cae por primera vez



Dar de beber al sediento
 

 Dar un vaso de agua resulta fácil pero regalar el “vaso de nuestra persona” a veces resulta costoso y sobre todo sacrificado. Golpeaba y llamaba a hora y a deshora una anciana en la puerta de su vecino. El resto de los habitantes se quedaban un tanto extrañados por la insistente y constancia de sus visitas. Uno de ellos se acercó hasta la longeva persona y le preguntó: ¿Tiene usted necesidad de algo? ¡No! –respondió la anciana- Y ¿entonces por qué llama tantas veces y tantos días a la puerta de al lado? Llamo –continúo la anciana- porque tengo sed de cariño, sed de compañía, sed de atención, sed de amor, sed de sentirme querida. Todo eso, y mucho más, me lo dan aquellos que viven dentro. El agua no solamente se sirve en vaso, también con el corazón y desde las palmas abiertas de nuestras manos. Rezamos por los sedientos de tantas cosas. Seamos nosotros vaso.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

4ª Estación:
Jesús se encuentra
con su Madre



Dar posada al peregrino

  Un constructor sentía con gran pena la jubilación de uno de sus mejores y más humildes obreros. Antes de retirarse le dijo: construye una última casa pero hazlo con detalle, sobre todo confortable y cómoda. El obrero, agradecido por la encomienda, dispuso el mejor solar, la madera del mejor nogal, el suelo con el mejor material y los muebles de la superior calidad. Por si fuera poco, además, la orientó hacia el Este para que por la mañana saludase el sol y rodeada de un inmenso jardín. Cuál fue su sorpresa cuando, al finalizar la obra, el patrón le llamó y le dijo: aquí tienes las llaves. Es el premio a tu virtud. El peregrino no es aquel que camina hacia un lugar determinado. Peregrino es el que busca y no encuentra y, también, el que de repente se encuentra con un premio inmerecido: la generosidad que viene de Dios. Como María siempre fue hogar, que también lo seamos para los demás.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

5ª Estación:
El Señor ayudado
por un cirineo

 

 Vestir al desnudo

A Teresa de Calcuta, cuando se encontraba curando las llagas de enfermos severos o recogiendo por las calles de Calcuta a pobres de solemnidad le dijeron: “Yo no haría eso por todo el oro del mundo”. Ella, al punto, contestó: “Yo tampoco lo haría; sólo viendo a Dios en la desnudez de estas criaturas veo la belleza de todos ellos más allá del estupor que me producen sus llagas”. Cuando colocamos a Dios en el centro de todas nuestras acciones somos capaces de llevar a cabo los más altos y nobles ideales. Cuando, por el contrario lo dejamos de lado, una pequeña cordillera nos parece una cumbre imposible de escalar. Con el cirineo seamos sensibles a vestir dignamente al desnudo de su fama, de su vestido o de su dignidad.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

6ª Estación:
La Verónica enjuga
el rostro a Jesús

 

 Visitar a los presos
 

 Disertaba un gran predicador sobre la necesidad de hacerse presente en el mundo de los presos. Un feligrés, acomodado y sin excesiva sensibilidad social, le espetó: es imposible llevar a cabo esa obra de misericordia. No hay cárceles a nuestro alcance. Todas quedan muy lejos. El sacerdote, sonriéndose, siguió el sermón: presos de la tristeza (depresión), enclaustrados en la seducción (bebida y la droga), asfixiados por la amoralidad (no distinguen el bien del mal), aprisionados en la angustia (falta de medios económicos y humanos), dominados por las ideologías (los que defienden su verdad y no la verdad). ¿Sigo? –contestó el predicador- Ya veis, hermanos, que hay muchos presos a nuestro alrededor. El mundo, aunque nos parezca lo contrario, es una inmensa cárcel. Lo peor es que creemos ser totalmente libres. Hay muchos presos, y muy cerca de nosotros, a los que visitar. Como la Verónica también podemos aliviar la esclavitud de los “cristos” encerrados en sí mismos.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

7ª Estación:
Jesús cae en tierra
por segunda vez

Enterrar muertos
 

 “No esperes a enterrar a la gente para decirle lo mucho que les querías”. El camposanto, entre otras cosas, es el lugar de las semillas de eternidad; de aquella siembra que en forma de padre, madre, hijo, esposo, sacerdote, religioso, vecino o anónimo depositamos para que Dios, cuando quiera, les haga volver a la vida. Hay algunas plazas en España, y también en otras ciudades del mundo, en las que se elevan monumentos a mascotas o animales de compañía. En una de ellas, dedicada a un perro reza así al pie de su escultura: a la mejor y más fiel compañía. Qué triste es que, mientras alzamos monumentos a las mascotas, vayamos desparramando como si nada fueran las cenizas de nuestros seres queridos. ¿Acaso no nos damos cuenta que, al hacerlo, no dejamos un lugar reservado para su memoria? ¿Enterrar a los muertos? ¡Por supuesto! Como Cristo fue depositado en una gruta no estrenada todavía. Nuestros difuntos no pueden caer en el suelo del olvido.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

Obras de misericordia espirituales

8ª Estación:
Jesús habla a las
Hijas de Jerusalén



Enseñar al que no sabe

  En un pueblo ejercía un profesor que tenía el carisma de entretenerse con los alumnos menos aventajados. Un buen día, un grupo de padres, protestó ante los superiores con la excusa de que, el citado profesor, no era diligente con el resto de estudiantes. Alertado el inspector de zona por la denuncia se acercó hasta el aula del pedagogo y, situándose detrás de la puerta, escuchó las siguientes frases: hoy comenzamos de nuevo esta lección sobre la naturaleza; como siempre, al final de esta clase, os quedaréis Juan, María y Alberto para aclarar dudas. Y así fue; al finalizar el horario –el profesor- dilataba una hora más su enseñanza con los que más apoyo necesitaban. Saliendo al exterior dijo a los padres: el profesor es justo con sus hijos pero, con los que está ahora, es caritativo. Jesús nos habla, como a las mujeres de Jerusalén, para que lamentemos las cosas que merecen la pena y emprendamos el camino de dar luz a los que no la tienen.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

9ª Estación:
Jesús cae en tierra
por tercera vez

Dar consejo
al que lo necesita

Se acercó un discípulo a su maestro espiritual y le preguntó: ¿Qué tengo qué hacer para ser feliz? El maestro, pensándoselo dos veces, le agarró por el hombro y le susurró al oído: haz lo contrario de lo que te hace desgraciado. El discípulo apartándose con desagrado le contestó: eso no puede ser. No podría vivir sin ello. Entonces, el maestro espiritual le añadió: has venido a pedirme consejo o a reafirmarte en tu insatisfacción. Si quiere escuchar lo que te agrada sigue el mismo camino, pero si sigues mi consejo deberás de elegir otro para salir de tu preocupación y de la confusión en la que se debate tu vida. Aconsejar como Dios manda, a veces, nos trae complicaciones, persecuciones, incomprensiones o incluso soledades. El consejo ha de iluminar aunque a veces cause dolor o desconcierto y a veces muchos tropiezos con quien más queremos.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

10ª Estación:
Jesús despojado
de sus vestiduras

Corregir al que se equivoca

  Equivocarse es de humanos y, a veces reírse de los errores de los demás, es de los que son inhumanos. Sólo Dios no comete error y sólo Dios es infalible. Se equivocó tremendamente Judas (vendió al mejor amigo y se ahorcó); no menos grave fue el equívoco de traición de Pedro (lloró amargamente). A los dos, Jesús, corrigió y advirtió: “lo que tengas que hacer, hazlo cuanto antes” o “antes de que el gallo cante me habrás negado tres veces”. Los dos quedaron al descubierto pero ninguno de los dos movió un ápice de su intencionalidad. Uno lo hizo con premeditación y, al otro, le pudo la situación o la presión del momento. ¿Cómo corregimos? ¿Con amor o con odio? ¿Para hacer el bien o para dejar al descubierto? ¿Con soberbia o con humildad? Es bueno corregir pero sin despojar a nadie.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

11ª Estación:
Jesús clavado
en la cruz

Perdonar al que nos ofende

“Si no perdonas a tu hermano, Dios no te perdonará a ti”. Vivían en un pueblo dos hermanos separados emocionalmente por una herencia mal repartida. El mayor beneficiario vivía absorbido en su posición y engreído en su superior situación económica. En cambio, el pequeño, no era feliz porque aún teniendo lo suficiente para vivir le faltaba un gran capital: la amistad de su hermano. Cuando llegó Jueves Santo, los dos hermanos coincidieron en el oficio religioso y, sin dudarlo, el menor se acercó al mayor diciéndole: no puedo acercarme al altar si no sello contigo la paz. El mayor, con lágrimas en los ojos, le contestó: ayer me confesé y, al escuchar “Dios te ha perdonado haz tú lo mismo” fui al banco de ahorros y puse a tu nombre la parte de más que la herencia me dejó. Los dos hermanos fundidos en un gran abrazo celebraron el mandamiento del amor. Perdonar es cuestión de un primer pequeño paso y, a veces, cuánto cuesta darlo. No nos quedemos clavados en la cruz del rencor.

 Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

12ª Estación:
Jesús muere
en la cruz

Consolar al triste

Había llegado un misionero a una parroquia para preparar la Pascua. Después de la primera alocución, preguntó a los asistentes: ¿Qué es lo más fácil para un cristiano, dar una limosna o hacer sonreír al que está sumergido en la tristeza? La mayoría de los feligreses, levantando la mano, dijeron: hacer sonreír al triste. El misionero les contrarió advirtiéndoles: consolar al triste no es entretenerle sino preguntar por las causas de su amargura; animar a una persona no es darle palmadas en la espalda sino acompañarle en su decaimiento; alegrar a un abatido no es decirle “ya pasará todo” sino saber descender con él hasta el pozo de sus sufrimientos. Después de estas palabras, el predicador, preguntó de nuevo: ¿Qué es más fácil; dar limosna o hacer sonreír a un triste? Todos, apesadumbrados, bajaron las manos. Alegrar a los demás, consolarles, es saber, conocer y asumir las razones de su pesimismo o dolores. Consolar no solamente es alegrar sino, como Jesús lo hizo, es compartir la misma vida e incluso morir.

 Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

13ª Estación:
Jesús bajado de la cruz

Sufrir con paciencia los defectos del prójimo

Quejarse constantemente por los defectos del hermano, no edifica, sino que destruye. ¿De qué nos sirve la queja amarga? Sólo va en nuestro perjuicio, y en el de aquellos que nos rodean. Un carpintero tenía dos operarios, Juan y Pedro. Uno era habilidoso para todo pero, el segundo, era más torpe para colocar la ebanistería en las casas. El dueño de la carpintería, al hacer las cuentas cada mes, veía con sorpresa que lejos de perder ganaba dinero. Un día, el segundo obrero, se le acercó a su amo y le dijo: tengo que decirle algo importante. El dueño, pensando que se trataba de un lamento sobre la torpeza de su compañero, le escuchó. Cuál fue su asombro cuando le dijo: no tome ninguna represalia con Juan. Cuando vamos a las viviendas es un desastre y, tal como hace las cosas, son objeto de mi sonrisa y del colmo de mi paciencia. Pero quiero que sepa una cosa: cuando estamos en el taller, es excepcional y único manejando la sierra, el martillo o el barnizado de toda la carpintería. El dueño, conmovido por la paciencia y la comprensión de Pedro, decidió subirles el sueldo a los dos. Cada uno, en lo suyo, eran buenos. Y cada uno, en algún momento, tenían sus defectos que eran asumidos y recompensados por el otro. Nuestra humanidad ingrata fue comprendida y pacientemente clavada en la cruz. Si Jesús hubiera estado pendiente de los fallos de sus discípulos no se hubiera atrevido tan siquiera ni a subir a la barca y mucho menos a dejarse clavar en la cruz. Jesús bajó de la cruz para que nosotros descendamos también a las realidades sufrientes de los demás. Señor pequé, ten piedad y misericordia de mi

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

14ª Estación:
Jesús es puesto
en el sepulcro

Rezar por los vivos y difuntos

Si hay alguien que necesita de nuestras oraciones (no sólo de nuestros recuerdos) son precisamente nuestros seres queridos fallecidos y también los que viven junto a nosotros. Cuando llegaban las fiestas patronales de un pequeño pueblo situado en la montaña, un joven que vivía en la plaza desaparecía todos los días durante las tardes. Sus padres y sus amigos se preguntaban el por qué de esas ausencias repentinas y tan prolongadas. Un día, en medio de las fiestas, decidieron seguirle. El asombro fue enorme cuando, sus pasos, les hizo detenerse en el cementerio. Al sorprenderlo le preguntaron: ¿Qué haces aquí? El joven respondió; me parece injusto que, mientras nosotros estamos disfrutando de las fiestas, otros estén aquí sin poder gozar de la fiesta del cielo porque tal vez han sido olvidados o porque, simplemente, ya no tienen quien les rece. Por eso, porque nosotros estamos en fiesta y rezamos los unos por los otros, aquí tal vez alguno no goza de la fiesta del cielo. Quiero darles el último empujón acompañándoles con mi oración lejos del ruido. Además, ellos, luego me enseñan a sentirme más feliz y a poner cada cosa en su justo sitio. Ser cristiano, entre otras cosas, es acordarnos de los que ya no existen físicamente pero que espiritualmente necesitan nuestro apoyo. Jesús, desde el sepulcro, nos da vida para todos.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

 

Oración final
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor,
muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor,
y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.