CUARESMA - TERCERA SEMANA 

CUARESMA Y  PURIFICACIÓN

       Cada año la Iglesia nos renueva en Cuaresma la llamada a la conversión, como una exigencia de nuestro seguimiento a Jesús y participación en la vida de su Reino. Los evangelios nos dicen que el Reino de Dios está cerca, es más, que está "entre nosotros" y es Jesucristo

La conversión hace referencia a este hecho que es una gracia, pero que necesita de nuestra colaboración. Es obra de Dios, pero también del hombre. San Pablo nos va a hablar de cambiar el corazón, de apartarlo de toda ambigüedad o apego desordenado, para luego, y no antes, cambiar el estilo de vida. Querer cambiar lo exterior sin llegar a un cambio interior es quedarnos en la apariencia; en la vida espiritual hay que evitar los maquillajes, que son cambios sin profundidad.

La conversión comienza por el descubrimiento de Jesucristo. Él es el objeto y el contenido de la conversión cristiana. Es a él a quien debemos contemplar y escuchar; es a él a quién nos convertirnos. No se trata de un ejercicio de perfección humana o la búsqueda de una vida más sana, sino de un encuentro con la persona de Jesucristo y su proyecto de vida, esta es la base y el sentido de una verdadera conversión. La conversión se orienta a fortalecer nuestra libertad y nos ayuda a desprendernos de todo aquello que nos impida vivir el amor hacia Dios y hacia nuestros hermanos. Es por ello que el signo de una auténtica conversión cristiana, es la caridad: “en esto reconocerán que son mis discípulos” nos dice el Señor (Jn. 13, 35). Un corazón no convertido nos aparta de Dios como fuente de vida y de sentido, además nos esclaviza y bloquea nuestra caridad.

Creo que nos puede ayudar en esta meditación de Cuaresma el relato de san Mateo cuando nos presenta la parábola del tesoro escondido (Mt. 13, 44).

Recuerdo algunas reflexiones que me ayudaron en un Retiro para sacerdotes, el predicador, utilizando una terminología clásica, nos hablaba de tres momentos en este camino de la conversión: Iluminación, Renuncia y Purificación. El tesoro escondido del evangelio se refiere al Reino de Dios, que para el que lo encuentra se convierte en un bien que ya, inmediatamente necesita comprarlo, porque ha descubierto en él lo que da sentido a su vida.

Este bien, que es Jesucristo, tiene sus exigencias, requiere una actitud de apertura, de coherencia y entrega. El encuentro con Cristo todo lo cambia, es el comienzo de una vida nueva.

El primer momento de este camino de conversión es, decíamos, la Iluminación.

La conversión no comienza por la renuncia sino por la alegría de haber encontrado el tesoro. El encuentro con Jesucristo es la primera gracia, la de la “luz”, la de la fe, la que nos va a permitir que “vendamos”, que renunciemos a todo aquello que no pueda permanecer en su presencia, porque ya no tiene valor. Es la respuesta de san Pedro cuando exclama: “Señor, ¿a quien iremos? Solo Tú tienes palabras de vida” (Jn. 6, 68). No se comienza por la renuncia sino por la experiencia de la luz, del encuentro con Jesucristo, que es lo que ilumina la conciencia y nos muestra el camino nuevo. Puede haber una conciencia dormida, con cierta ceguera o pereza, con zonas grises que nos impiden ver a Jesucristo. Debemos, por ello, comenzar por la oración y pedir con insistencia la “luz” que nos permita descubrirlo a Él, que es la fuente y el contenido de nuestra conversión.

El segundo momento en este camino de conversión es la Renuncia, que corresponde a la venta del campo de la parábola del Reino. La renuncia no es lo más importante ni lo primero, sino descubrir el tesoro, a Jesucristo. La vida cristiana no está en la renuncia, ella es algo positivo, es el amor como presencia de Dios. Entonces para qué la renuncia?. Aquí interviene la realidad del pecado como un obstáculo a la vida de la gracia y a nuestra libertad. El pecado no es algo exterior, una grosería o un acto de mala educación, esto lo podemos arreglar entre nosotros, sino que su malicia es más profunda porque destruye la imagen de Dios en el hombre y deteriora sus relaciones. El pecado endurece el corazón del hombre y quiebra la armonía en su vida y en el diálogo con Dios, como con los hombres y la creación. Esta es la gravedad del pecado. La conversión busca llegar a este nivel interior en el hombre para sanar y recrear su vida y sus relaciones. En este camino de triunfo sobre el pecado debemos estar dispuestos a la renuncia y a la disciplina personal, que incluso nos puede y debe poner límites. El límite no es un impedimento que me reprime, por el contrario, la falta de límites se convierte en un verdadero impedimento para madurar en la libertad y crecer en la responsabilidad. Si bien la conversión es una gracia, en la renuncia se acentúa más la obra del hombre, nuestra obra, que se expresa en el libre ejercicio y fortaleza de nuestra voluntad. Este nivel es necesario pero no el más importante.

La renuncia como obra nuestra tiene sus límites, somos inconstantes, vendemos (renunciamos) y tal vez volvemos a comprar lo que ya vendimos. La conversión no depende solo de nuestras fuerzas que son limitadas, la renuncia sola no alcanza. Llegamos así, al tercer momento de la conversión que es la Purificación. Yo renuncio, podríamos decir, pero es Dios quién me purifica. La purificación es pura gracia sanante, es Dios quien actúa, que viene en nuestra ayuda para liberarnos y sanarnos. En algunos casos puede llegar esta gracia en forma de cruz o de fracaso, tal vez sea la poda que necesitábamos, estas circunstancias las debemos vivir con una actitud de fe y de esperanza. Es importante en este proceso la virtud de la humildad que nos permite conocer nuestra fragilidad y abrirnos a la ayuda de Dios. Es necesario saber valorar, también, el sentido salvífico del tiempo como espacio del obrar de Dios, en el que me llama y espera. La purificación va a alcanzar su mayor certeza y visibilidad en la vida sacramental de la Iglesia, especialmente en el sacramento de la reconciliación, porque son signos objetivos que Jesucristo nos ha dejado para comunicarnos su gracia.

Sin embargo, parecería que el Señor nunca nos purifica del todo, que nos deja algún defecto o miseria, pienso en aquella “espina clavada en mi carne” de la que nos habla san Pablo, y a quién el Señor le va a responder:

“Te basta mi gracia” (2 Cor. 12, 9). El camino de la purificación, como vemos, no se da en un instante sino a lo largo de toda la vida, porque su horizonte y su verdad, en última instancia, es la eternidad, su gozo pleno aún nos espera. Salimos de Dios y vamos hacia Él. En esta historia única y personal, Dios es fiel, no nos abandona y nos acompaña.

No olvidemos que el fruto de la conversión es la presencia de Dios en nosotros, cuyo signo es la caridad, especialmente hacia aquellos más cercanos y más necesitados. 

                                                                                                                      
José María Arancedo,

Oración de la tercera semana de cuaresma

¿que ayuno quieres, Señor?

♦ Que no haga gastos superfluos.
♦ Que sea generoso con los que tienen menos que yo
♦ Que ofrezca mi tiempo al que me lo pida.
♦ Que prefiera servir a ser servido.
♦ Que tenga hambre y sed de justicia.
♦ Que me comprometa en la lucha con marginación.
♦ Que vea en cada ser humano a un hermano.
♦ Que vea menos TV y video, y dedique tiempo a la oración.
♦ Que ayune de tanta palabra superficial y tanta discusión inútil.
♦ Que no me considere dueño de nada
♦ Que ponga mis cualidades a disposición de los demás.
♦ Que prescinda de miedos y añoranzas, depresiones y cobardías.
♦ Que prefiera pasar necesidad, antes que la pase mi hermano.
♦ Que procure ser cada día más libre y sólo Tú seas mi Señor.