REFLEXIONES  

15 - Marzo

CUARESMA
TERCER DOMINGO

 
"  " Dame de beber"

 

 

REFLEXIÓN - 1

EL MANANTIAL DE LA VIDA

Dicen quienes la han padecido, que peor que el hambre es la sed. Así me lo contaba una persona muy mayor que vivía sola y se cayó, mientras se duchaba, en una media bañera y se pasó más de dos días encajada en ella sin poder salir.

Pero quien no tiene sed, quien no tiene que ir lejos a buscr el agua, quien la ve correr y perderse, no la valora.

La samaritana va a su pozo de siempre, al que les había dejado el padre Jacob. No era nada nuevo, lo hacía todos los días; era la monotonía, todos los días igual: llevar el cántaro, sacar el agua con el cubo, echarlo al recipiente y volver a casa. Nunca había nada nuevo.

Es lo que nos suele pasar a todos: vivir en la rutina; los días, uno tras otro y todos iguales.

Pero aquel día hubo una novedad: Jesús le esperaba al lado del pozo. En ese momento era un sediento que le pide de beber: "Dame". Tal vez muchas veces nos ha esperado Jesús en los necesitados: de agua, de pan, de compañía, de solidaridad... "Dame".

Si la samaritana acoge a Jesús y le da de beber, van a brotar en ella manantiales de agua viva que le lleven a la vida eterna, aunque ella, de momento, no quiera más agua que la suficiente para no tener que ir cada día al pozo. Cuando acogemos a Jesús, nuestra vida experimenta un crecimiento de sentido. Llenos de él, no necesitamos ir a otros pozos, cuyas aguas no quitan la sed de vida eterna que tenemos. Personas y cosas nunca son comparables a Cristo, fuente de agua viva.

¿Porqué Jesús espera al lado del pozo a la samaritana? No sólo pertenece a un pueblo tenido por hereje, es mujer y su vida no es muy edificante. Precisamente por eso. "No he venido a buscar a los que se creen justos, sino a los pecadores". Desde la experiencia de la debilidad, de la caída y del pecado, necesitamos la mano amiga que nos saque de nuestra situación y nos devuelva la esperanza y la alegría.

Es lo que le ha pasado a la samaritana: una vez que se ha encontrado con Jesús, el Mesías, deja el cántaro, ya no necesita ese agua, y corre al pueblo a comunicar lo que le ha sucedido  y a invitar a todos a acercarse a Jesús: "Venid a ver a un hombre que  me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?".

En este episodio, Jesús nos marca el camino que hemos de seguir en la vivencia de nuestra fe.

* Él es siempre el que nos espera.

* Nosotros nos acercamos.

* Aceptar lo que él nos ofrece es aceptarle a él mismo: su misterio de Dios hecho hombre, su vida, su palabra su ejemplo, su muerte y resurrección por nuestra salvación.

* Y cuando lo acogemos así, nuestra vida se llena de una plenitud que no la pueden dar otras personas o cosas.^* Aunque seamos pecadores, ese manantial de agua viva, que es él, nos limpia y purifica.

* Finalmente, lo que hemos recibido, lo que creemos, debemos comunicarlo para que otros también puedan acercarse a Jesús y llenarse de vida.

En la Eucaristía, Jesucristo se nos da como fuente que calma nuestra sed, como pan que sacia nuestro hambre.

 

REFLEXIÓN - 2

TIENES SED DE MI

Allá se llegó ella, la mujer samaritana, a sacar agua del viejo pozo de Jacob. Y allá estaba El, Jesús, «cansado del camino, sentado junto al manantial».

Allá fue el encuentro, en un ardoroso mediodía. Y yo me pregunto: «¿Quién buscaba a quién? O ¿quién encontró a quién?» Porque, sabedlo: ella acudía, jadeante y afanosa, cada día al pozo para saciar su sed y la de los suyos.

Pero, claro, «el que bebía de aquel pozo volvía a tener sed». Ella igualmente acudía a «otras fuentes incitantes y apetitosas», tratando de apaciguar esa otra sed de felicidad que ella, como todos los mortales, llevaba en su corazón.

Se lo apuntó Jesús: «Cinco maridos has tenido y el que ahora tienes... ». Todos los hombres vamos buscando la felicidad. Detrás de ella caminamos diariamente. Corren el niño y el mayor, el rico y el pobre, el poderoso y el mendigo. Cada uno la sueña de una manera, bajo una figura distinta. Pero, cada mediodía o cada medianoche, todos vamos teniendo la repetida sensación de que «el que bebe de esas aguas, vuelve a tener sed». ¡Vano intento!

Cuando, consciente o inconscientemente, buscamos la felicidad, es a Dios a quien buscamos. Lo confesó bellamente San Agustín, hastiado al fin de tanta aventura tras el placer, la sabiduría y la belleza: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti».

El hombre, decían los Padres griegos, es un «teotropo», alguien que da vueltas alrededor de Dios. Así como los girasoles van volviendo su belleza amarilla al sol, los hombres, aun sin saberlo, a Dios buscan.

La samaritana, inconscientemente, eso hacía. Y allá se lo encontró, en el pozo. Dice Cabodevilla: «Cualquier forma de sed es sed de Dios».

Y es que Dios es un buscador del hombre. Imitando a los Padres griegos, podríamos decir que es un «antropotropo». Y esa idea nos debe llevar a la maravilla y la ternura: «¿Cómo puede El, manantial inagotable de agua viva, andar sediento de este mínimo y pobre riachuelo que sale de mi corazón?» He ahí la paradoja. Dios desea que le deseemos, tiene sed de que estemos sedientos de El, anda buscando que le busquemos. Sueña que le soñemos. Por eso, mi adivinanza: «¿Quién busca a quién? ¿Jesús a la samaritana o la samaritana a Jesús?» La respuesta está en ese peregrino que siempre nos espera «junto a cualquier pozo de nuestra vida».

«He aquí que estoy junto a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo».

(mercaba)

 

 

REFLEXIÓN - 3

LLEGAR A JESÚS

1. El evangelio de la Samaritana es una de las escenas más humanas y bellas del cuarto evangelio. Gira en torno a la cuestión de quién es Jesús y cómo se accede a él por medio de la fe. Constituye una iniciación o proceso catecumenal. En el doble diálogo que mantiene Jesús con la Samaritana y con los discípulos, san Juan describe un proceso análogo: revelación misteriosa de Jesús, incomprensión del interlocutor y revelación explícita. En ambos casos, el punto de partida es vital y sencillo: la sed y el hambre. Desde estas necesidades humanas, Jesús revela otros dones: el «agua viva» y el «alimento nuevo». El «agua» es sinónimo de «don de Dios» o de la palabra de Jesús que debe ser «bebida», interiorizada por el discípulo. El «alimento» de Jesús es la voluntad del Padre y el cumplimiento de su «obra», que es la misión cristiana.

2. La Samaritana progresa en el conocimiento de Jesús gradualmente. Al principio, Jesús es para ella un viajero desconocido; después, un judío enemigo; a continuación, un hombre desconcertante; más tarde, un profeta; y, finalmente, el Mesías. Según el credo de san Juan, los títulos básicos de Jesús son «Mesías» e «Hijo de Dios», que se resumen en el de «Salvador del mundo». La Samaritana es prototipo personal que puede representarnos a los cristianos actuales. Hemos heredado unas tradiciones reducidas con frecuencia a un culto formalista dirigido a quien no conocemos. En realidad, vivimos pendientes de nuestra vida, de nuestros «maridajes», divorciados del verdadero amor. Tenemos conversaciones y diálogos, pero rara vez nos dejamos interpelar profundamente por otro, y difícilmente interrogamos al otro. Mientras no coincida con nuestro acento, habla, etnia, cultura o clase social, el otro es, en principio, una especie de enemigo. Muchos hombres y mujeres, aunque vivan próximos como los judíos y samaritanos, «no se tratan».

3. Jesús está en medio del camino, como un caminante más; se identifica con todos y a todos «trata». Siempre está dispuesto al diálogo, a pronunciar palabras de «vida», a revelarse progresivamente. Nuestros niveles de fe o nuestros juicios en relación a Jesús tienen una graduación extensa: es uno más, es alguien que desconcierta, es un profeta que interpela, es el Salvador del mundo... Como su descubrimiento conlleva un proceso analítico de nuestra vida, fácilmente desviamos su palabra dialogante; rara vez llegamos al final, hasta que se diga «todo».

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Nos dejamos convertir por el Señor?

¿Dialogamos con Él?

CASIANO FLORISTAN

(mercaba)