CUARESMA - PRIMERA SEMANA 

CUARESMA Y EUCARISTÍA

 

La Cuaresma, que nuevamente nos disponemos a recorrer, es el tiempo que anualmente nos regala la Iglesia para prepararnos a la celebración de la Pascua, viviendo con mayor intensidad nuestra vida cristiana. En efecto, durante este tiempo somos invitados a profundizar nuestro camino de conversión para alcanzar una vida cristiana más plena y auténtica. Para ello se nos proponen estos días de intensa oración, austera penitencia y perseverante solidaridad.

La Cuaresma es un tiempo en el que vivimos de forma “intensiva” la realidad de nuestra vida cristiana. En este tiempo litúrgico todo nos invita a tomar renovada conciencia del inmenso amor de Dios por nosotros. Amor manifestado en su voluntad de hacernos hijos, hermanos, familia. Amor que comparte la íntima comunión trinitaria y, por ello, nos hace partícipes de este proyecto de comunión. Pero también en la Cuaresma experimentamos la dureza de nuestro corazón y los muchos obstáculos que se interponen en el camino de la comunión ofrecida por Dios. Por ello nos sentimos llamados a la conversión; es decir a cambiar de vida para dejarnos tomar cada día más por el amor de Dios y a manifestarlo en el amor a los hermanos.

En cada Eucaristía, celebrada con plena conciencia, se actualiza este designio amoroso de Dios. El Padre nos regala a su Hijo, muerto y resucitado, para que por la fuerza del Espíritu Santo seamos todos sus hijos, más hermanos entre nosotros y miembros de su familia. Por ello al celebrar cada Eucaristía somos capacitados para corresponder al amor de Dios, en una creciente identificación con Cristo, obediente al Padre y servidor de los hermanos. Precisamente en esto consiste la conversión.

Desde esta perspectiva de fe, nunca vivimos con tanta plenitud lo que nos propone la Cuaresma como cuando celebramos la Eucaristía. El camino de la conversión cuaresmal pasa necesariamente por la Eucaristía. Así vida cristiana, vida cuaresmal y vida eucarística son-de alguna manera- sinónimos.

A través de la celebración eucarística, prolongada y profundizada en la adoración, el creyente experimenta la certeza del amor de Dios que le invita a participar de su vida de comunión trinitaria. La Cuaresma nos invita a avivar esta conciencia en la oración prolongada y la adoración, la meditación de la Palabra, la intimidad con el Señor. Como enseña Santa Teresa de Ávila, sólo “estando a solas con él” podemos acrecentar la certeza de su amistad.

Pero esta conciencia creyente del amor de Dios, se encuentra con los obstáculos que se nos presentan a diario en el orden personal, familiar, comunitario, social para vivir esta propuesta de comunión. De aquí nace el anhelo y la práctica de la reconciliación que necesita verificarse en gestos concretos y comprometidos. La realidad de tantas familias divididas, los enfrentamientos entre diversos grupos y sectores que afectan a nuestra realidad social, y aún a la misma comunidad eclesial, nos urgen a un compromiso decidido a favor de la reconciliación. En este camino ocupa un lugar insustituible la Eucaristía ya que ella “es el Pan de la reconciliación que restaura la comunión de amor, recrea los vínculos fraternos y mueve a iniciativas reconciliadoras para reconstruir la amistad, la concordia, la unión y la paz..".

El fruto de una Cuaresma vivida en clave eucarística será una comunidad cristiana que vive más intensamente la comunión y, por ello, da testimonio de una vida más reconciliada, solidaria y misionera. Esta es la gracia que pido para todos en esta Pascua, por la intercesión de la Virgen Madre, Nuestra Señora de Guadalupe.

                                                                                                                                  Carlos María Franzini

Oración de la primera semana de cuaresma 

 No nos dejes

No nos deje tu amor, Padre del cielo.
En la tarde sin fe, danos tu gracia.
En noches de inquietud llueva en el alma
la caricia del Dios que es Amistad.

No nos deje tu paz ni tu esperanza.
Que tu rostro nos brille como el día
cuando salga al camino la tristeza
queriéndonos ahogar.

No nos deje tu amor, pese a nosotros,
cuando esté confundido nuestro espíritu,
y parezca que no necesitamos
la mano que nos das.


Somos pobres, Señor del universo.
Nos perdemos, cual niños descarriados,
por senderos inútiles y ciegos
cuando junto a tus hijos Tú no estás.

No nos dejes sin Ti, Padre del cielo.
Nos envuelva en su abrazo y su consuelo,
a pesar de que somos tierra y cieno,
el Dios que es Amistad.