REFLEXIONES  

Cuaresma 2018
Domingo 2º (b)


 

"Se  transfiguró ante ellos"

 

 

REFLEXIÓN - 1

"CREER"

Algunas veces, cuando preguntas a personas por su fe, suelen decir: "En algo hay que creer". Y en ese "algo" cabe todo: desde una fe interesada (para que el Señor, la Virgen, los Santos, me den...) a esa fe que es acogida gratuita, generosa y comprometida del don de Dios.

La Palabra de Dios , en la primera lectura, nos ha presentado a Abraham, el hombre  de la fe, que acepta los designios de Dios en su vida con la alegría de quien ha sido elegido y la tensión de quien sabe que ese Dios se le revela en cualquier momento y en cualquier acontecimiento; hay que estar atentos.

Abraham cree, aun cuando es más fácil dudar; más aún, cuando todo se pone en contra: la esterilidad de Sara, la ancianidad, la orden de ofrecer en sacrificio a Isaac.

Abraham, que arriesga todo por seguir la llamada de Dios. Deja tierra, casa y parentela y marcha a la aventura, confiando que Dios le guía.

Tener fe es conducir la vida no sólo con la cabeza, sino con el corazón, un corazón movido por el Espíritu.

Fe es confiar, fiarse, de los hombres, pero sobre todo de Dios.

Y fe es ponerse en camino tras las huellas de Dios, que Abraham las fue siguiendo en las situaciones por las que pasaba, y nosotros las seguimos yendo tras de Cristo, el Hijo, revelación plena del Padre y de los caminos que van hasta Él.

Quizás nosotros quisiéramos, para robustecer nuestra fe, una "Transfiguración", un "Tabor", que se nos presentara el Señor en toda su gloria. Sin embargo, desde la fe, acogemos al Señor en la Eucaristía, en su Palabra, en la reunión de los hermanos, en tantas personas que pasan por el mundo haciendo el bien de manera generosa y desinteresada, en los pobres, los humildes, los que sufren..., tan cercanos a la cruz, en tantas y tantas situaciones por las que pasa nuestro mundo, y en las que Dios nos llama a gritos.

Como a Abraham, Dios sigue llamando a los hombres y esperando la respuesta de la fe: ponerse en camino hacia donde Él nos envíe.

La Eucaristía es "Sacramento de nuestra fe"; que sea también la que la fortalezca.

 

REFLEXIÓN - 2

NECESITAMOS LA FE

Los domingos de Cuaresma son días de escrutinios. Lo son para los catecúmenos “elegidos” para el próximo Bautismo, pero es bueno que lo sean también para cada cristiano y para cada comunidad con las acciones pastorales que podamos realizar con aquellos que tendrán un contacto especial con los sacramentos de la iniciación durante el tiempo pascual: padres que quieren bautizar a un hijo, o aquellos que tienen un hijo a punto de participar en la primera eucaristía, o el grupo de jóvenes que deben ser confirmados... Las lecturas de hoy nos invitan a preguntarnos en profundidad por nuestra fe.

            * ABRAHÁN, ELÍAS, MOISÉS... JESÚS

            En las etapas de la historia de la salvación que nos propone la primera lectura, hoy el modelo es el sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe. Abrahán es el hombre peregrino que se ha fiado de Dios y que, gracias a esta fe, lo arriesga todo en esta vida, incluso su propio hijo. Dios ha hecho alianza con él; Dios ha concretado con “alguien” aquella alianza universal del inicio, y ahora pide a cambio la fe del hombre, fe que le llevará a peregrinar siempre hacia adelante, abierto al futuro que es de Dios, en búsqueda de la “tierra prometida” y del numeroso pueblo que tendrá en descendencia. El sacrifi­cio de su hijo que está dispuesto a hacer, es el fruto maduro de la fe que no duda a ofrecerlo todo por amor. Es el anuncio, el preludio del sacrificio real de Cristo en la cruz.

            A Abrahán le debió costar muchísimo entenderlo; estaba ante lo incom­prensible del Dios que le llamaba a tirar adelante. También a Pedro, Santiago y Juan que peregrinando con Jesús habían subido a la montaña de la transfiguración, se les debió hacer incomprensible el anuncio de cruz y de resurrección. Tan sólo “fiándose” — la fe siempre es protagonista— podrían un día, en el futuro de la Pascua, comprender la fuente de vida nueva que Dios les daba. Por el momento Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, la Palabra de Dios hecha letra y vida, les son luceros que iluminan su camino de la fe para llevarlos al gran signo fulgurante y blanco que tienen en Jesús, hacérselo comprender y hacerles participar en ello.

            Qué precioso paralelo con la vida del cristiano, a quien la Palabra recibida de la Iglesia y en la Iglesia debe llevar a la Eucaristía por el camino de la fe. Así se abrirá a horizontes insospechados de contemplación y de vida nueva.

            * DE LA TENTACIÓN A LA TRANSFIGURACIÓN

            Pero la subida a la montaña ha empezado desde la vida más humana, tentada en su radicalidad tal como nos presentaba con crudeza el evangelio del pasado domingo. Es imprescindible, en el contexto cuaresmal en que nos encontramos, poner en relación ambos domingos. Porque la vida de fe que se recibe en el Bau­tismo y que nos preparamos para celebrar en su núcleo central de la Pascua, es una vida a ser vivida “bajando de la montaña”, en la normalidad de cada día, donde la tentación se volverá a presentar. Pretender vivir siempre en la “transfiguración” sería querer vivirla vida en la nube —¡qué bien se está aquí!- y rehusar la vida que nos toca vivir; sería otra tentación, la de huir de nuestra vida en la condición humana.

            Pero nos hace falta, lo más a menudo posible, “subir a la montaña con Jesús” para volver a oir la voz que dice: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”, y así poder volver a vivir la vida sabiendo que tenemos a Dios a nuestro favor, que nada ni nadie —aunque con frecuencia lo parezca— nos puede ir en contra (cf. la segunda lectura). Esta “experiencia de fe” nos transforma y cambia nuestra mirada; nos hace vivir la vida de manera diferente; nos hace ser testigos de nuestra esperanza.

            * LA EUCARISTÍA, EXPERIENCIA DE TRANSFIGURACIÓN

            Todos los sacramentos son momentos de transfiguración. El primero, el Bautismo, primera experiencia de Dios en nosotros. Pero siempre, la Eucaristía, donde el pan y el vino, Cuerpo y Sangre del Señor, deben ser experiencia de transfiguración que nos devuelva a la vida de cada día un poco más transfigurados, es decir, siendo nosotros mismos un icono cada vez más nítido de la vida de Dios en nosotros. Y debe transfiguramos también la mirada, para saber mirar a los demás con la mirada de Dios y así descubrir en ellos al mismo Jesús que camina junto a nosotros para hacernos tirar adelante.

JOAN TORRA

 

 

REFLEXIÓN - 3

"EL DIOS DE LA ALIANZA"

-La alianza entre Dios y Abrahán

El Antiguo Testamento está lleno de personas que se enfrentaron cara a cara con la  invitación que les hacía Dios a vivir en comunión con El, a colaborar con El, a cumplir sus  planes en favor de los demás.

El domingo pasado recordábamos la alianza de Dios con Noé, después del diluvio. Hoy  estamos admirando a Abrahán, "el padre de los creyentes".

Dios le pidió cosas difíciles: que saliera de su tierra, para peregrinar a lo desconocido;  que abandonara su religión pagana; que se fiara de su promesa de que le daría un hijo, a  pesar de su avanzada edad; y cuando tuvo el hijo, Dios le puso de nuevo a prueba  pidiéndole que se lo sacrificara. Abrahán lo aceptó, con obediencia total. Su disponibilidad  tuvo el premio, la promesa de la bendición para él y su descendencia: "por haber hecho  eso, por no haberte reservado tu hijo, te bendeciré... todos los pueblos del mundo se  bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido".

Misteriosos los caminos de Dios. Admirable la actitud de Abrahán.

Diálogo difícil que se ha repetido a lo largo de la historia en tantas y tantas personas que han dicho "Sí" a Dios no solo en los días en que todo les iba bien, sino también en las  pruebas y dificultades.

-La verdadera Alianza por la obediencia de Jesús

Nosotros admiramos todavía más la profundidad de la alianza en Cristo Jesús. El amor de Dios y la disponibilidad de Jesús llegan a la totalidad. Si al hijo de Abrahán, Isaac, se le perdona la vida, el plan de salvación de Dios y su nueva Alianza se cumplen  con plena generosidad. Para salvar a la humanidad de su mal y de su pecado, Dios  encuentra un camino asombroso: asume nuestro pecado, toma para sí nuestro castigo, reedifica los puentes rotos por nuestro pecado, restablece la amistad interrumpida por  nosotros.

El amor profundo de Dios vence a nuestro pecado con su propio dolor. El Hijo se entrega  hasta el final, consiguiéndonos el perdón y la Nueva Alianza.

Tenemos buen valedor ante Dios. Podemos alegrarnos de la garantía que El nos da. San  Pablo ha cantado con entusiasmo un himno a este amor de Dios: "Si Dios está con  nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio HIjo, ¿cómo no nos  dará todo con El? ¿Quién nos condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, que está a la  derecha de Dios y que intercede por nosotros?".

Por parte de Dios la Alianza es firme. Y nunca como en este tiempo de Cuaresma lo  recordamos más gozosamente: la entrega absoluta de Jesús en la Cruz y la apuesta por la  vida que Dios hace resucitándole para nuestra salvación.

-La alianza es siempre costosa

Ahora bien, a Jesús le costó su obediencia. Le costó sudor de sangre, miedo a la muerte,  soledad, lágrimas.

También para nosotros el camino de la alianza con Dios puede resultarnos a veces  oscuro y difícil. Abrahán no debió entender los motivos por los que Dios le pedía el sacrificio  de su hijo.

Los apóstoles no lograron entender por qué Jesús les anunciaba tantas veces su  muerte.

Por eso la escena de la Transfiguración que hemos escuchado hoy puede interpretarse  como una ayuda que Jesús hace a los suyos, como una lectura anticipada del sentido de su  Pascua.

Y es que la Alianza pasa por la Pascua, y el camino de la Pascua es un camino serio.  Como lo es el camino de toda amistad y de todo amor. La amistad y el amor no sólo saben  de sonrisas y cercanías, sino también de entrega, fidelidad, sacrificio.

No son buenos modelos de alianza los que encontramos en las relaciones humanas. No  parecen muy creíbles y estables las varias alianzas políticas, o comerciales, o incluso a  veces las matrimoniales. La Alianza que Dios ha sellado con la humanidad en Cristo Jesús  sí es una Alianza firme, a la que en esta Cuaresma somos invitados a sumarnos con mayor  claridad que en años anteriores.

Cada año, en la Vigilia Pascual, somos interrogados sobre la lucidez con la que seguimos  esta Alianza: ¿Creéis en Dios, creéis en su Hijo Cristo Jesús? ¿renunciáis al pecado, al  mal, a lo que no es Pascua, a lo que es antievangelio? La Pascua, para poder ser  celebrada legítimamente, comporta esta actitud, sumándonos a la actitud de obediencia y  novedad de vida de Cristo Jesús.

-La Eucaristía, viático hacia la Pascua

A nosotros, para animarnos en nuestro camino, no se nos aparece Jesús, rodeado de  Elías y Moisés, en el monte de la transfiguración.

Pero sí nos sale al camino como a los discípulos desanimados de Emaús, ofreciéndonos  el alimento de la Eucaristía, el alimento de su Palabra y de su Cuerpo y Sangre. La  Eucaristía, una Pascua concentrada, es nuestro "viático" para el camino. Para que  recibiendo como alimento al mismo Señor Resucitado, vayamos asimilando su Vida y su  Alianza Nueva.

J. ALDAZABAL (+)