REFLEXIONES  

Cuaresma 2018
Domingo 1º (b)


 

"Se  ha cumplido el plazo"

 

 

REFLEXIÓN - 1

"EL ESPÍRITU EMPUJÓ A JESÚS AL DESIERTO"

Estamos metidos hasta el fondo en un mundo de prisas, ruidos, cosas...

Se vive al día, corriendo, sin tiempo de pensar y asimilar los acontecimientos.

El ayer está lejos, sólo sirve el hoy, el presente; mañana "Dios dirá", decíamos antes, ahora simplemente decimos: "Mañana será otro día", parece que ya no hay sitio para Dios, pues estamos llenos de nosotros, de otras cosas  y preocupaciones.

Necesitamos que la Iglesia, Madre y Maestra, nos haga cada año una llamada a salir del estrés de la vida y marchar al desierto, al silencio, al encuentro con el Señor, con uno mismo y con los demás, pues, a veces, los demás se han convertido en bultos que corren de un lugar a otro, como nosotros, sin decirnos nada.

Y la ocasión para esta llamada nos la brinda la gran fiesta del Amor de Dios: la Pascua.

Cuando en las relaciones humanas muchos buscan el propio interés, el de sus ideas, el de sus posiciones sociales o políticas; cuando para algunos, también en la Iglesia, sólo existen los que piensan, sienten y actúan como ellos, nos encontramos que Dios se revela como el que se acerca a la persona para hacer un pacto con ella, un pacto de vida y para siempre: "No habrá otro diluvio que devaste la tierra". Y qué interpretación más bonita del Arco Iris: el sello de Dios, que firma un pacto con todos y "por todas las edades".

Necesitamos salir de nosotros mismos, de nuestras preocupaciones, de nuestros cortos horizontes, para encontrarnos con el Dios de la Alianza.

Y es que el Pacto, la Alianza de vida que selló con Noé, que después fue recordando a lo largo de la historia del pueblo elegido, era Pacto Y Alianza de Vida, con mayúscula. No sólo no habrá un diluvio que vuelva a "destruir la vida", sino que habrá una Vida en plenitud para siempre.

La carta de San Pedro, en la segunda lectura,  nos ha dicho que Cristo murió y resucitó "para conducirnos a Dios", es decir, a la Vida verdadera.

Por eso necesitamos periódicamente hacer un alto en el camino para encontrarnos con el Dios que nos salva por su Hijo; necesitamos rememorar y revivir los acontecimientos que nos dieron la Vida; necesitamos comprobar si nuestros caminos son adecuados, si estamos en caminos de vida o de muerte o, simplemente, en caminos que no llevan a ninguna parte.

No faltará la tentación de escapar, de salir del desierto, de dejar el encuentro con Dios y nuestra conversión a Él, para volver a nuestras cosas, a nuestras prisas, a nuestros pecados.

La experiencia nos dice que, aunque hemos sido incorporados por el Bautismo a muerte y resurrección de Cristo, necesitamos estar en un constante camino de conversión, de acercamiento al Señor: a su Palabra, para hacerla vida; a su comunidad, Iglesia, y a los hermanos con los que caminamos.

La llamada a vivir con intensidad la Pascua del Señor, comenzando por la Cuaresma, es necesaria. Hemos de acogerla con alegría y ponernos en camino hacia Dios y hacia el prójimo.

A Jesús en los cuarenta días de desierto, tal como nos lo presenta el evangelio de San Marcos, los ángeles le servían. A nosotros, es Él mismo el que nos sirve y nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre en estos cuarenta días y siempre.

 

REFLEXIÓN - 2

CAMINO DE LIBERTAD

(Cuaresma, camino de libertad para conducirnos hacia Dios)

Como a Jesús, el Espíritu también nos empuja en este tiempo de Cuaresma. Nos lleva a vivir un tiempo de gracia. De purificación. Un tiempo para volver a lo que es esencial, y que bebe de las fuentes que dan vida y fecundidad. Entrar en el camino de la Cuaresma no quiere decir, de ningún modo, entrar en un camino de angustia por el hecho de sentirnos pecadores. Debemos tomar conciencia y aceptar humildemente nuestro pecado, pero no replegarnos en nosotros mismos y entristecernos de modo enfermizo. Se nos invita, sobre todo, a liberarnos. Liberar nuestro cuerpo y nuestro espíritu de los que nos adormece y no nos deja vivir. Y no nos deja desarrollar como personas, como hijos de Dios.

La Cuaresma es un camino de libertad, porque viendo en el horizonte la fiesta de la Pascua, nos sentimos alentados a afrontar los retos que tenemos dentro y fuera de nosotros mismos.

Dentro tenemos el miedo que no nos deja avanzar, que frena el dinamismo del Espíritu “que nos quiere devolver a la vida”. El miedo a descubrir aquellos repliegues de nuestros sentimientos y de nuestras actitudes poco limpias, poco transparentes. El miedo a reconocer que hemos retrocedido en aquellos proyectos de conversión tantas veces iniciados. El miedo a no saber cómo salir de nuestro egoísmo, de nuestra indiferencia, de nuestra mediocridad.

Y fuera tenemos la tentación de dejarnos llevar por un entorno desencantado, o por la corriente que dice que “no hay nada que hacer, que todo está manipulado”. Tenemos también la seducción de propuestas superficiales pero que nos satisfacen de manera inmediata. La llamada mediática a disfrutar de más confort, de más comodidades, a seguir la corriente. La tentación de hacer muchas cosas sin parar, más que a crecer como personas. Vivir la cultura del momento y olvidarnos de los grandes problemas de nuestro mundo, porque implicarnos nos complicarla la vida. En definitiva, dimitir de la responsabilidad nuestra en la obra de la creación, que empieza por nosotros mismos.

· (Una llamada y unos medios)

El Reino de Dios está cerca de nosotros. “Convertíos y creed en el Evangelio”, nos dice Jesús. No podemos sentirnos pasivos ante la llamada que Dios nos hace en la Cuaresma de este año. El Espíritu de Dios nos empuja a “hacer limpieza”, de nuestras superficialidades y de nuestros miedos. Nos empuja a cambiar nuestro corazón, nuestra mirada, la manera nuestra de afrontar los problemas personales, familiares, sociales. Tenemos que estar atentos para responder a esta nueva oportunidad que Dios nos pone delante. Él no tiene en cuenta nuestro pasado sino que nos ofrece el don de poder volver a empezar, con la fuerza de su Espíritu.

La Cuaresma nos propone unos medios que es necesario actualizar y personalizar para que no se conviertan en unas normas estériles. Un ayuno purificador de todo aquello que se puede simplificar, en nuestros hábitos, de una alimentación a menudo innecesaria y poco saludable. O ayuno de aquellos ágapes extraordinarios que se pueden convertir en una aportación solidaria limosna—, para aquellos que más lo necesiten. Un ayuno de compras o de actividades inútiles, de tiempos muertos, de cosas que llenan nuestros hogares y no nos dejan respirar con libertad. Esta simplificación evangélica nos debería llevar a alimentar nuestro espíritu con el silencio, con la eucaristía y la oración, la música, la conversación y la escucha del otro, el paseo tranquilo por el bosque o por el parque, la excursión familiar espontánea, la atención más tranquila y cariñosa a los hijos, a los mayores, al esposo o a la esposa, a los amigos...

· (Dios hace una alianza con nosotros)

Dios nunca nos deja a la deriva en los problemas de nuestra vida. “Pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra”, hemos escuchado en la primera lectura. Si nos dejamos llevar por El, por el don de su Espíritu, no dejará que nos engulla la tempestad. Nos ha prometido que no nos dejará abandonados a nuestra suerte. Somos amados por Él. Jesús, por su Espíritu, fue retornado a la vida. También nosotros, por el bautismo que nos identifica con la resurrección de Jesús, tenemos una conciencia nueva y recta que nos hace caminar por las sendas de justicia y por los caminos y rutas que Él nos enseña.

El Arco Iris, el arco en el cielo después del Diluvio, es un signo poético pero real de este compromiso de fidelidad. Él nos da la paz y la serenidad. Una paz que recorre todos los colores y matices de nuestra existencia y que se abre al universo entero. Además del proyecto personal de nuestra conversión, no podemos olvidar el proyecto de transformación de todo nuestro mundo diverso pero unido en la solidaridad. Cristo nos empuja para encontrar el camino de conversión personal capaz de transformar nuestro corazón y también el corazón del mundo.

JOSEP M. FUSA

 

 

REFLEXIÓN - 3

LAS TENTACIONES

La vida humana y cristiana, reflejada en este tiempo de cuaresma, se presenta como un tiempo de constante conversión y cambio.

Este primer domingo, la Palabra de Dios nos habla de la "tentación". La experiencia de sentirnos "tentados" o inducidos al mal es una experiencia cotidiana. El superarla exige un proceso de conversión.

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús tentado por el Diablo en el desierto.

El desierto había sido para el pueblo, el lugar de la prueba. Allí quiso también ser probado Jesús, para salir victorioso y mostrarnos dos cosas:

· que la tentación es inevitable en nuestra vida y

· que debemos vencer –y esto es posible-, al tentador.

San Marcos, no detalla las distintas tentaciones, como san Mateo y san Lucas. Es que todas las tentaciones de Jesús durante su vida en realidad fueron una sola: "vivir una vida cómoda huyendo el camino de la cruz"

Pero el Señor, se mantuvo firme como Cordero de Dios y Servidor sufriente.

El "desierto", es más que un lugar geográfico. El desierto es "ésta" nuestra vida transitoria, durante la cual contamos con las promesas de Dios, pero también debemos pasar por duras pruebas.

Dios llevó a su pueblo elegido primero por "el desierto", para hacerlo entrar después en la Tierra prometida. El desierto fue el lugar de las pruebas purificadoras. En él nació el Pueblo de Dios. Allí Dios le dio a su pueblo los mandamientos, y selló su alianza con él.

Pero en ese camino de desierto, el pueblo desobedecía constantemente los mandamientos de Dios.

En Jesús, en cambio, el desierto es el lugar donde puede permanecer unido a su Padre. En la soledad, Jesús está a solas con Dios Padre.

El camino de Jesús por el desierto de este mundo, terminó en la victoria sobre el malo y sobre el mal. Jesús no cayó ante las tentaciones de Satanás. El Señor se mostró como el "más fuerte".

Y esta lucha contra el enemigo de Dios, Satanás, Jesús la debe comenzar "enseguida", después de salir del agua bautismal. No es un simple detalle gramatical que el texto diga: "lo llevó al desierto".

¿A quién el Espíritu llevó?. A Jesús.

Este relato de san Marcos, -el relato de la tentación de Jesús- forma parte del relato de su Bautismo.

No había que perder tiempo para llevar a Satanás a la derrota. El mismo Espíritu Santo, que había descendido sobre el Señor al ser bautizado, inmediatamente lo empujó a enfrentarse con Satanás.

También a nosotros, el Bautismo "no" nos dispone para una vida tranquila y cómoda, sino más bien para una constante lucha contra el espíritu del mal.

Satanás significa "el que confunde", el "padre de la mentira" y personifica todo lo que hay de malo y opuesto a Dios.

Cuando Dios nos visita, cuando nos da consuelos, es fácil ser diligentes, es fácil servirlo. Cuando Dios parece estar ausente y nos envía trabajos, es cuando verdaderamente se ve si "lo amamos". Sólo cuando llueven tristezas y pesares sobre el alma, se ve la constancia de los que sirven a Dios.

En esos momentos, aparece frecuentemente la "tentación".

Cuántas veces hemos pensado que "otras personas", alejadas de Dios, parecen ser más mimadas 

por la suerte. Ahí, aparece la "tentación".

En ese momento, tenemos que unirnos más al Señor, confiar en él, sentirnos más que nunca sus hijos predilectos, porque esas tentaciones, que aparecen como desaliento, como cansancio de que Dios no nos atienda..., son las señales de que el demonio "no nos posee". Y como "no nos posee", entonces va tras de nosotros con la tentación. Si nos poseyera, no nos atacaría.

Lo típico de la tentación es que "aparece como una propuesta buena", de allí la dificultad de discernir y elegir. Debemos descartar la imagen ingenua de que el demonio en persona nos incite a hacer algo malo. En tal caso ni siquiera es una tentación, y no hay esfuerzo alguno en darse cuenta que es algo malo. Lo problemático de las "tentaciones" es su misma apariencia de camino de felicidad, de voluntad de Dios...

Y Dios..., consiente la tentación y la consiente, para su gloria y para nuestro bien, para que nos acerquemos más aún a Él.

El demonio, ataca, a los "amigos de Dios", y ataca más aún a aquellos "amigos de Dios", que pueden arrastrar con su caída a otros. Por eso las mayores tentaciones las reciben quienes tienen en sus manos cuidar los "valores" y la "fe" en nuestro mundo de hoy.

Por eso al comenzar esta cuaresma, la Iglesia nos invita a retomar nuestra conversión. Esa conversión, que es un proceso en el cual analizamos nuestra realidad personal y comunitaria y producimos las correcciones necesarias.

Es el tiempo de preguntarnos, qué quiere Dios para el mundo de hoy, para nuestra sociedad, para nuestra familia para nuestra vida personal.

Es un tiempo de oración, de unión más profunda con el Señor, para poder descubrir en nuestra vida lo que tenemos dentro nuestro y que "no es de Dios".

Vamos a pedirle hoy al Señor, que nos ayude a descubrir, lo que no es suyo y rechazarlo.

Cristo "duerme" en nuestra barca, pero está. El demonio es un enemigo, pero vencido. Si le resistimos y hacemos frente, no puede nada con nosotros.