MARÍA

El tiempo de Adviento es también una gran invitación a ponernos en la piel de María, la Virgen Madre de Dios, ella es el gran modelo. Ella desea que los pobres levanten la cabeza y está dispuesta a colaborar en esta acción de Dios y acepta ser la Madre del Mesías, abre su corazón a la fuerza de Dios y permite que se hagan realidad las esperanzas de los profetas. Ella es modelo de apertura a Dios y modelo de espera gozosa del Señor que viene...

                Durante el Adviento se recuerda con cierta frecuencia a la Virgen, es una de las grandes protagonistas del misterio de Navidad. La imagen de María que recibe con sencillez y obediencia la intervención de Dios en su vida y que lleva a casa de su prima, madre del Bautista, la presencia salvadora de Jesucristo, es una imagen que recorre el Adviento e invita a la imitación. Los profetas decían que Dios ama a su pueblo, ama a sus reyes, se complace en sus siervos; pero la realidad es más grande en María: es llena de gracia, es objeto absoluto de la gratuidad de Dios, es inmaculada. Ella es la imagen perfecta de los creyentes, es quien nos dio al Señor que es el centro de nuestra fe. En la inmediata preparación para la Navidad, a partir del día 17, es el tiempo mariano por excelencia de la liturgia: "De este modo, los fieles que viven con la Liturgia el espíritu del Adviento, al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo, se sentirán animados a tomarla como modelo y a prepararse, 'vigilantes en la oración y... jubilosos en la alabanza' para salir al encuentro del Salvador que viene. Queremos, además, observar cómo la Liturgia del Adviento, siendo la espera mesiánica y la espera del glorioso retorno de Cristo al admirable recuerdo de la Madre, presenta un feliz equilibrio cultual, que puede ser tomado como norma para impedir toda tendencia a separar, como ha ocurrido a veces en algunas formas de piedad popular, el culto a la Virgen de su necesario punto de referencia: Cristo. Resulta así que este periodo, como han observado los especialistas en Liturgia, debe ser considerado como un tiempo particularmente apto, para el culto a la Madre del Señor: orientación que confirmamos y deseamos ver acogida y seguida en todas partes" (Pablo VI, Marialis Cultus, n.4).

                Dios hoy también quiere hacerse presente, es verdad que está presente dentro de tantos que luchan y hacen pan para los demás, pero quiere de nuevo anunciarse y nacer y vivir y desarrollarse. Es más, quiere que tú y yo seamos tierra para un vergel en medio del desierto. También yo, como María, me pregunto ¿cómo es posible, Dios, que mi vida sea un vergel? ¿Cómo es posible que de mí nazca algo que valga la pena? Me cuesta creer que Dios tenga fuerza para hacer florecer algo en mi tierra agostada y reseca. Como María, pero en mi caso peor, lo primero que intento es la defensa, o la duda, aquello de "a mí aclárame bien las cosas para saber a qué me comprometo, que no quiero sorpresas de última hora". ¿Cómo a mí? ¿Cómo es posible que yo...? En el fondo se trata de defenderme evitando a Dios y le digo: "Busca a otro; pasa de largo; déjame en paz con mis cosas, que no quiero saber nada más... Mira, estoy bien con las cuatro cosas que tengo, con mi corta visión me valgo para hacer la pobre recolección de mi existencia, no me pidas ahora meterme en líos". Para lo que Dios me propone siempre me parece que soy tierra inapropiada, que otros lo harían mejor que yo... Y, sin embargo, Dios me visita a mí. Espera de mí hoy la palabra que le permita encarnarse, hacerse presente. Lo que más quiere Dios de mí es que pronuncie una palabra de disponibilidad, que le diga: "Haz lo que quieras de mí; haz lo que quieras en mí. Puedes contar conmigo". Lo que más me sorprende de Dios es que no me imponga nada..., sin duda es una delicadeza suma. Cuando escribo esto, cuando pienso esto, cuando me quedo en reflexión, confieso que me da miedo, mucho miedo. ¿Me estaré comprometiendo a más de lo que puedo? También ahora deseo fiarme y temblando me fío.

                Cuando Dios visita a alguien no le deja tranquilo. Las visitas de Dios siempre movilizan, ponen en marcha, hacen camino. El sestear, el letargo, es uno de los signos de que Dios no nos ha visitado o que no hemos aceptado su visita. María, la que acaba de decir sí, la visitada y solicitada por Dios, se pone en marcha inmediatamente. Y su meta es 'alguien que la necesita'. Su Adviento le lleva a un viaje de Nazaret a Ain Karim, del Norte al Sur. Las visitas de Dios son algo así como una capacitación para abrir los ojos y ver que a nuestro lado hay gente que nos necesita, como si se nos dijese que nuestras manos son manos para los demás. Las visitas de Dios siempre empujan hacia los demás. Pero no es sólo esto, desde ese momento se crea una especie de cadena con aliento divino, con sorpresa divina, porque cuando yo me hago para los demás, los otros descubren que Dios les visita y pueden saltar de alegría, al menos en el caso de María así sucedió y creo que Dios quiere que suceda siempre, tú eres portador de Dios, Dios sigue visitando a los hombres a través tuyo. Nuestra presencia y nuestras visitas a los demás son la manera que Dios tiene hoy de hacerse presente, de visitar a los hombres con necesidad; ya no manda ángeles ni signos de no sé qué tipo, te envía a ti y en ti se presenta Él. En el Adviento que es el tiempo de las visitas, sería bueno tener conciencia de la importancia que tiene hacer presente a Dios.

                María, una de nuestra raza, ha cantado porque ha descubierto la manera de salvar que tiene Dios, la manera de obrar que tiene Dios. Me da un poco de envidia María, porque canta sabiendo lo que canta, porque experimenta el canto, porque narra su experiencia íntima, su magnificat y yo también querría entonar un cántico igual; mi envidia es la envidia de un hijo que quiere parecerse a su madre, es la envidia del que quiere ser imitador y cantautor del himno de la vida, del que quiere bajar al sótano de su vida y poner al descubierto la obra que Dios realiza en lo más profundo, en medio del silencio; toda mi historia personal está penetrada de la salvación de Dios, toda mi historia es un trabajo artesanal de Dios, que con mimo ha ido modelando, desbrozando el camino, superando resistencias. Hoy quiero cantar mi magnificat, puede que todavía no lo pregone a los cuatro vientos, pero en la intimidad y en baja voz, quiere narrar tus maravillas en mí, porque hoy me siento salvado. Pero, tengo que reconocer, ¡oh Dios!, que tú siempre me descolocas y tu presencia es deliciosa compañía.

                Sin duda, el misterio de María es uno de esos misterios que te dejen profundamente marcado y que te llena de esperanza y de consuelo. La reflexión que hace Unamuno sobre la realidad de María, nos puede servir también a nosotros: "He llegado hasta el ateísmo intelectual, hasta imaginar un mundo sin Dios, pero ahora veo que siempre conservé una oculta fe en la Virgen María. En momentos de apuro se me escapaba maquinalmente del pecho esta exclamación: Madre de Misericordia, favoréceme. Llegué a imaginar un poemita de un hijo pródigo, que abandona la religión materna. Al dejar este hogar del espíritu sale hasta el umbral la Virgen y allí le despide llorosa, dándole instrucciones para el camino. De cuando en cuando vuelve el pródigo su vista y allá, en el fondo del largo y polvoriento camino que por un lado se pierde en el horizonte ve a la Virgen, de pie en el umbral, viendo marchar al hijo. Y cuando al cabo vuelve cansado y deshecho encuentra la que le está esperando en el umbral del viejo hogar y le abre los brazos, para entrarle en él y presentarle al Padre. María es de los misterios el más dulce. La mujer es la base de la tradición en las sociedades, es la calma en la agitación, el reposo en las luchas. La virgen es la sencillez, la madre, la ternura. De mujer nació el Hombre Dios, de la calma de la humanidad, de su sencillez. Se oye blasfemar de Dios y de Cristo y mezclarlos a sucias expresiones, de la Virgen no se oye blasfemar. Dijo Cristo que los pecados contra él se perdonarían, pero no los pecados contra el Espíritu Santo, y pecado de los mayores contra el Espíritu Santo es insultar a su Esposa y blasfemar de ella" (Unamuno, M., Diario íntimo, Alianza Editorial, Madrid 1970, 29-30).

                                                                                                                                                          (P. Santiago Sierra)