REFLEXIONES  

8 - Diciembre

DOMINGO 2º
ADVIENTO
(A)


"Estad en vela"

 

 

REFLEXIÓN - 1

CAMBIANDO EL CORAZÓN

Un lobo habitará con el cordero y una pantera se tumbará con el cabrito.

Tanto el león como el novillo comerán hierba juntos y las crías de vaca y oso estarán una al lado de otra.

Y el niño los pastoreará, y al niño no le hará daño la serpiente.

Y será un tiempo de justicia, sobre todo, para los pobres y los que sufren.

¿Dónde está este país de las maravillas?, pues lo que vemos y experimentamos es todo lo contrario. La visión de Isaías, ¿no será un sueño bonito de una noche estrellada?

De momento, muchas veces vemos cómo el hombre se ha convertido en lobo feroz para otros hombres y sus relaciones acaban en guerras y violencia, en críticas y descalificaciones, en pisarse unos a otros para ver quién sube más arriba y domina a los demás.

También los cristianos estamos metidos en esto; también somos pecadores. Y es que, aunque la Iglesia sea santa, porque santo es la Cabeza, Cristo, y grandes santos han crecido en ella, la Iglesia acoge a los pecadores en su seno, es decir, nos acoge a nosotros, aunque, por nuestra culpa, quede manchada.

De hecho, nuestra falta de testimonio, nuestras críticas, nuestras descalificaciones y faltas de unidad, aun fuera de los ambientes de la Iglesia, escandalizan a más de uno.

Por eso siempre necesitamos que nos llamen a la conversión, ya que, si no nos convertimos cada uno en nuestro corazón, el mundo no cambia.

Si en el mundo hay guerra y división, es porque en el corazón hay guerra y división. Si no hay solidaridad y justicia es porque tampoco la hay en el corazón.

Si yo soy mejor, el mundo es un poco mejor y está más cerca del país de las maravillas, descrito por Isaías, que es el cielo, el Reino de Dios, que esperamos y al que vamos caminando.

"Dad el fruto que pide la conversión", dice Juan Bautista.

¿Qué fruto de conversión me piden las personas que viven junto a mí? ¿Qué espera de mí mi familia, mi parroquia, mis compañeros de trabajo, mis amigos, los pobres, los que sufren...? Posiblemente la lista sea larga. Elijamos lo que nos parece más importante y hagamos de ello nuestro camino de conversión en este Adviento.

Así celebraremos el nacimiento del Señor renacidos, nuevos, mejores.

 

REFLEXIÓN - 2

¿NOS ESTAMOS PREPARANDO?

Cuando un gran personaje (un jefe de Estado o de Gobierno, el Papa, un artista famoso) viaja a cualquier país, se prepara todo desde mucho tiempo antes: itinerarios, discursos, comidas, homenajes, gestos...

          Adviento significa venida: en este tiempo, esperamos la llegada de alguien muy importante, mucho más que cualquier artista, que cualquier gobernante, que el mismo Papa...
¿Cómo nos estamos preparando?

          ¡Qué duro y qué terrible era Juan Bautista! ¡Camada de víboras!, ... castigo inminente..., hoguera que no se apaga... Parece como si más que atraer a la gente quisiera espantarla. ¿Verdad que resulta un poco exagerado?

          Sí, hay que reconocerlo: el Bautista, en algunas cosas, se pasa. Pero en otras lleva toda la razón.

          Se pasa, o mejor, no llega, al hablar de Dios y de su inminente intervención en la historia de los hombres. Porque la idea que Juan tiene del modo de ser de Dios quedará definitivamente anticuada cuando Jesús explique cómo es el Padre.

          Pero si al hablar de un Dios amenazador y terrible (Mt 3, 10-12; Lc 3,9.17) se equivoca, en lo que acierta al ciento por ciento es al exigir sinceridad y seriedad a quienes, interesados por su mensaje, se acercan a él: dad el fruto que corresponde al arrepentimiento.

          Juan anunciaba la cercanía del reinado de Dios: «Enmendaos, que está cerca el reinado de Dios». Era ésta una vieja esperanza del pueblo de Israel, que aguardaba que Dios restableciera la justicia en la sociedad israelita y en sus instituciones y devolviera a su nación su antiguo esplendor.

          Por eso las gentes del pueblo responden a su anuncio masivamente y se preparan para la ya próxima intervención de Dios confesando sus pecados y bautizándose. Este bautismo era señal de que estaban dispuestos a enmendar su comportamiento, de que estaban decididos a romper totalmente con la injusticia.

          También se acercaron al Jordán unos individuos que provocaron la ira de Juan: unos saduceos y fariseos que pretendían bautizarse como los demás. Estos pertenecían a dos partidos opuestos entre sí pero unidos por un hecho: compartían el poder y, cada grupo a su manera, dominaban y explotaban al pueblo. Y por la reacción de Juan ante su presencia, no parece que estuvieran muy dispuestos a cambiar de actitud. Por eso Juan les plantea una clara exigencia: «dad el fruto que corresponde al arrepentimiento». Les está pidiendo simplemente que sean sinceros, que no intenten engañarle a él y a la gente, que no pretendan burlarse de Dios. Ellos, responsables en gran parte del desorden establecido, de la injusticia legalizada y de la explotación y opresión de los pobres... ¡se atreven a presentarse aparentando que también ellos vibran con la misma esperanza del pueblo que soporta sus injusticias! No. Para prepararse a los acontecimientos que se acercan no basta con un gesto exterior: es menester dar frutos que demuestren que de hecho el arrepentimiento es sincero; es necesario abandonar la injusticia y adoptar un nuevo modo de actuar.

          Jesús de Nazareth sale constantemente a nuestro encuentro. Para nosotros la cercanía del reinado de Dios es un hecho permanente. La celebración del Adviento y de la Navidad no es un puro recuerdo histórico ni una simple celebración tradicional. Es una invitación a prepararnos para que Jesús entre definitivamente en nuestra vida y en nuestra historia.

          Y tampoco a nosotros nos basta con algunos gestos externos. Para que nuestro encuentro con Jesús pueda realizarse es condición indispensable que ni practiquemos nosotros la injusticia ni seamos cómplices de la injusticia del sistema.

          ¿Cómo nos estamos preparando?

(mercabá)

 

REFLEXIÓN - 3

EXPERIENCIA DE DESIERTO

La vida es una oportunidad formidable. Un regalo de Dios. Una posibilidad extraordinaria de alegría y de felicidad. Y la humanidad ha hecho grandes progresos para disfrutar de los bienes de la tierra. Entonces, ¿por qué nos sentimos infelices con tanta frecuencia? ¿Por qué, en una sociedad como la nuestra, en lugar de sentirnos ya saciados, vivimos anhelantes por tener cada vez más, buscando un bienestar que nunca conseguimos? ¿Qué puede llenar de verdad nuestro corazón?

El pueblo de Israel tuvo que pasar una etapa larga y difícil en el desierto, seducido por constantes tentaciones y echando de menos las ollas del Egipto de la esclavitud. Se olvidaban muy pronto de que habían emprendido un camino de libertad. Una libertad que tenían que conquistar cada día. Los profetas y los santos no han llegado a sentirse con ánimo de hablar y de actuar hasta después de haber pasado por duras pruebas personales que les han hecho madurar su confianza en Dios. Y era Dios y no ellos quien hablaba y actuaba.

 Juan Bautista se había despojado de todo en el desierto y sentía la llamada imperiosa y apasionada por anunciar la proximidad del Reino de Dios. Había escuchado a Dios en el silencio de su corazón y había fortalecido su esperanza.

Nuestra vida tan ajetreada y tan llena de cosas nos da buenas excusas para decirnos a nosotros mismos que no debemos pararnos, reflexionar, rezar, hacer un tiempo de retiro, pasar un fin de semana en un lugar adecuado para ver qué hago con mi vida y qué quiere Dios de mi vida. Preguntarme por mi felicidad y por mi capacidad de ser útil a los demás. En definitiva, si amo y me siento amado.

Podríamos pensar que esto es para los que han hecho votos religiosos... Ellos justamente nos dan ejemplo de esta necesidad evangélica. Como también Jesús buscaba tiempo para subir a la montaña y rezar. También él va al desierto donde pasa duras pruebas y al volver empieza a comunicar sus vivencias y su mensaje.

El desierto puede ser este tiempo que nos tomamos para escuchar, leer, callar, visitar, compartir, acoger, admirar... pero también puede ser un desierto la irrupción en nuestra vida un hecho inesperado, como la muerte de un ser querido, una circunstancia adversa, un cambio súbito. El desierto rompe nuestros esquemas y nos sitúa en otro horizonte, en otro plano... Como aquella familia que este verano ha ido a una de las regiones más pobres del Perú a compartir con la gente de allí, con sus propios medios... Esta experiencia de desierto ha hecho crecer a padres e hijos en la dimensión del amor y la solidaridad.

Ir al desierto significa asumir un riesgo. Dejar cosas. Frenar los deseos. Deshabituarnos de lo que nos parecía imprescindible y que, de hecho, es absolutamente secundario o superfluo; de ideas y sentimientos que nos pueden engañar o esclavizar.

¿Cómo lo podemos hacer para no retroceder ante todo lo que nos empuja a vivir en la mediocridad o a instalarnos en el pesimismo? ¿Cómo abrir nuevas rutas en el camino de la vida? Juan nos dice: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Aunque también nos dice otras cosas... Que la conversión no se puede dar sin austeridad, sin un estilo de vida nuevo, que repose en los valores del evangelio.

Nos dice que no podemos presentarnos a los demás con “orgullos salvadores”, sino como servidores y preparadores humildes.

Vivimos instalados en la cultura del poseer y del consumir, y tenemos que cambiar hacia la cultura del ser y del vivir sobriamente. No sólo porque el planeta se degrada y cambia el clima, sino porque esta manera de vivir no da la felicidad a los ricos y condena a los pobres a una vida indigna y a una muerte prematura. Lo dijo el Papa muy especialmente a los jóvenes reunidos en el Santuario de Loreto: “Seguir a Jesús comporta un esfuerzo constante por construir una sociedad justa y solidaria... Se os confía el futuro del planeta y su equilibrio.., para no llegar a una degradación irreversible”.

Juan nos deja el ejemplo del verdadero testimonio, aquel que no sirve a la propia causa sino a la causa del Maestro. Vive austeramente. Vive de la esperanza y del amor de los que se hace servidor.

Dejémonos llevar por el Espíritu de Dios que transforma nuestras vidas y alimenta nuestra esperanza.

JOSEP M. FISA