UN NUEVO AÑO LITÚRGICO

Comenzamos de nuevo el Año Litúrgico con este tiempo que llamamos Adviento; tiempo de esperanza y de encuentro con el Señor, que se hizo hombre para buscarnos a todos los que andamos dispersos y desorientados a causa del pecado. 

Mi vida es Cristo dice San Pablo y también nosotros queremos afirmar lo mismo en este comienzo del año.

Por poco que reflexionemos, descubrimos en todos los rincones del mundo una realidad, tanto personal como social, que nos lleva al desaliento, al enfado, a la desesperanza.

Se dan situaciones frecuentes y graves que nos desbordan, nos hacen sentir impotentes, nos irritan, nos llenan de oscuridad, desánimo e impotencia, y que nos plantean una pregunta muy seria ¿Dónde está Dios? ¿Es que se ha olvidado de nosotros? ¿Es que nos ha dejado, cansado de nuestras torpezas?

Esas situaciones deben hacernos descubrir nuestros pecados y nuestras culpas, como lo hiciera el Pueblo de Israel; porque hemos sido y somos nosotros quienes destrozamos el mundo y provocamos la muerte masiva de seres humanos. Porque somos nosotros quienes vivimos amargados y hacemos sufrir –a veces mucho- a quienes tenemos junto a nosotros. Y el descubrimiento de nuestros pecados debe provocar en nosotros el arrepentimiento y la oración: ¡Ojalá rasgases el cielo y bajaras! ¡Ojalá salieras a nuestro encuentro y fuéramos salvados. 

Estamos en camino. Buscamos constantemente. Ojalá levantemos nuestros ojos y encontremos al Señor, que es el final de la búsqueda. 

La oración esperanzada que brota del corazón arrepentido, se apoya en la promesa de salvación que hizo Dios a los hombres después del primer pecado. Promesa que cumplió en Jesús de Nazaret viniendo así al encuentro de los hombres. Pero los humanos seguimos dormidos y olvidamos que vino a nuestro encuentro, o estamos tan dormidos que no somos capaces de descubrir que ya está aquí, a nuestro lado.

Marcos intenta sacarnos de nuestra modorra diciéndonos: ¡Vigilad! Pues no sabéis cuándo vendrá el Señor. Y el Señor se hace presente en nuestra vida en muchos acontecimientos pequeños y grandes a los que no somos capaces de mirar con ojos limpios para descubrir la presencia del Señor; porque andamos ocupados con nuestras cosas, nuestras pequeñeces, o con nuestras miserias que hacen presente el pecado y el mal allá donde nosotros estamos. 

¡Velad para que el Señor no os encuentre dormidos!

El tiempo de Adviento, como tiempo de preparación a la Navidad, es tiempo de conversión y arrepentimiento; es tiempo de oración y súplica confiando en la misericordia del Señor. Es tiempo de esperanza porque el Señor es el que más interés tiene de encontrarse con nosotros y espera encontrarnos despiertos.

Propongámonos esta primera semana dedicar tiempo a la oración suplicando al Señor que venga a nosotros y llene nuestra vida de su presencia y su esperanza.