EL PREGONERO DEL MESÍAS

Juan no es el Mesías, sino la Voz que grita: "Preparad el camino al Señor. Él no es la Luz, sino el testigo de la Luz".

Desconciertan a sus oyentes estas afirmaciones porque no son capaces de discernir dónde se hace presente un profeta y la importancia de su misión.

Siempre un profeta habla en nombre de Dios para invitar a la conversión poniendo al descubierto el pecado y la infidelidad de los hombres, y anunciando a la vez la salvación que Dios ofrece a todos.

La misión profética la ha recibido la Iglesia con el mismo objetivo que Juan: Invitar a la conversión y señalar a Jesús como el Salvador, como el que quita el pecado del mundo.

Cristo es la meta y en Él encontramos también el camino para llegar a la misma.

La Iglesia existe para evangelizar, para dar a conocer al Señor al mundo entero. No debe tener excesiva preocupación por ella misma ni encerrarse en pequeñas cuestiones internas de organización o de lugar público.

Cuando actúa así, la Iglesia no cumple su misión porque no habla de Jesús ni lo señala a Él como el Salvador, sino que habla en exceso de ella misma considerando que todo cuanto dice es salvación para los demás.

Esa manera de actuar y de hablar no transmite nada ni convence a nadie. Crea más bien desazón e inquietud. No genera alegría.

Pablo invita a las comunidades cristianas: "Estad siempre alegres. Sed constantes en la oración". Y lo afirma así porque sólo la oración os hace progresar en nuestra identificación con el Señor, en nuestro amor apasionado a Él y en sentir la urgencia de hablar de Él y anunciarlo a los hombres con la fuerza y la alegría de quien posee el tesoro más grande.

Esa alegría y ese anuncio salvador no puede quedarse en palabras. Tiene que ir acompañado del compromiso de cambiar el mundo haciendo que en nuestro entorno estén presentes las obras de misericordia como expresión y signo del amor de Dios que quiere la felicidad de los hombres.

De esa manera, nuestra voz que grita: "¡Preparad el camino al Señor. El Señor está aquí!" será un grito y un anuncio creíble.

 Esta tercera semana podemos reflexionar sobre el modo como podemos cumplir nuestra misión de profetas, sin olvidar que, muchas veces, obrar el bien es suficiente denuncia que pone al descubierto a quienes practican el mal. Y preguntarnos también si la alegría es nuestro signo de identidad.

Que el Señor nos de bondad de corazón que se manifieste en nuestros pensamientos, palabras y acciones, para que hablando sólo de Jesús y ocupando nosotros un segundo  plano, colaboremos eficazmente para que el amor de Dios, hecho carne en Jesús, esté también presente en nuestro mundo encarnado en nuestras obras y en nuestro compromiso social.